Cuerpos




Mañana de melodía de cuerpos. Estoy solo, me despierto con el concierto para clarinete de Mozart, le sigue Harold en Italia; la mañana, plena de luz, entra por las ventanas. La música del cuerpo, exagerada, convulsiva, compleja, como las notas de una melodía lejana que acerca la brisa para acariciar el espíritu; suave, desaforada, impulsivamente contenida como un arroyo hinchado por la lluvia a punto de desbordarse. Sigue La Pasión según San Mateo de Bach tronando por toda la casa, hago gimnasia, me afeito, atiendo el teléfono, pongo un poco de orden aquí y allí. Estoy solo. Es hermoso estar solo y tener la carne así de fresca.




Imaginaba el cuerpo de una alpinista que escaló en solitario la cara norte del Eiger; cuerpo exquisito y disciplinado, música de muchas y apasionadas notas, el cuerpo como centro del universo -continúa sonando La Pasión-. La voz también es cuerpo, como la mirada y el tacto; el cuerpo oído, el cuerpo luz, el cuerpo tacto contemplando la mañana, las hojas balanceantes de los sauces, el tránsito por el azul del cielo de largas nubes blancas.




Desde el vacío posnatal


Esta mañana, tras el bullicio navideño, me encontré algo perdido; hago el esfuerzo por arrancar con cualquier cosa, por ordenar mis ideas. Leí hace días que somos en el anhelo y la ilusión; solamente ellos expresan lo individual. Nuestros anhelos expresan lo individual, pero ¿en qué consiste lo individual? ¿Realmente lo que digo, lo que siento, lo que escribo expresan lo individual? ¿Soy yo y la expresión de mi individualidad la misma cosa? ¿Puedo ser yo algo diferente a lo que se expresa en mí? ¿Y eres tú, el otro, algo diferente de lo que se expresa en ti? ¿Y si tú, el otro, eres lo que expresas de ti, donde coexisten manifestaciones tan contrapuestas, cómo se hace posible la convivencia de la disparidad?

Desierto de Atacama, Chile

¿Qué mundo es este que vivimos en cualquier relación? ¿Qué hace que después de tanta historia de factura de apariencia infantil sigamos dando vueltas un día tras otro a la misma loca rueda de las reiteraciones? Hablé en un blog anterior de las fijaciones que en el cerebro se producen como consecuencia del miedo; con estas cosas quizás suceda algo parecido. Nuestras necesidades son complejas y el cerebro parece ser una herramienta que como buena madre, cuida de nosotros y de nuestros desvalimiento; y de la misma manera que nos alerta frente al peligro mediante el miedo, nos crea el dolor del anhelo, la angustia de la separación. Nuestra condición de huérfanos —tarde o temprano somos huérfanos, una mañana, una noche, que después se disolverán en el encuentro con los otros, un instante quizás que subyace dentro de nosotros— tiene necesidad de un regazo materno, un amor, la fusión en el Todo que puede estar representada en la unión de dos cuerpos. Y cuando ese regazo peligra, la inquietud hace su aparición. Regazo, madre, amante, el Todo universo. Sentimiento de orfandad y de soledad. Tras la eclosión de la Navidad, el silencio matinal, las dispersión de amigos y familiares deja a cada uno consigo mismo, nuestro yo vibra en el frío del invierno buscando razones de ser en medio de ese silencio que siguió al bullicio, a las risas, a la alegría del encuentro.

¿Seguimos dictados ajenos a nuestra voluntad? ¿Estamos sometidos a nuestra biología, que por caminos intrincados y complejos tira de unos hacia otros, intenta protegernos de la soledad ominosa, de la orfandad creando vínculos ardientes, haciendo una tarea paralela, aunque diferente, a esa que hizo la Iglesia Católica con sus formulaciones de contrato matrimonial? El anhelo y el amor protegen nuestro organismo del peligro del sin sentido de la vida. Dado que la vida no tiene sentido globalmente, como no sea la de contribuir al ciclo energético con nuestras cenizas, ésta, mirando por sí misma, atiende a su propio loco negocio de reproducirse a sí misma haciendo de nuestro organismo un deseo continuo de pertenencia a otro; lo que alivia no poco nuestra soledad, amén de proporcionarnos un maravilloso y amoroso estímulo que pone en juego todo nuestro organismo, creándonos en vida esa hermosa sensación que enunciaba Santa Teresa de Jesús, de vivir sin vivir en mí.

Desierto de Atacama, Chile

Y si hoy escribo es porque deseo aclararme; saber que le busco al deseo un lugar al sol, un espacio donde poder templar la guitarra para cantar a la vida su pujanza y su ardor. Sí, aunque la quimera de compartir dejara de existir; sentir que los anhelos acaso puedan ser sólo de uno sin necesidad de tener que someterse al grave riesgo de las turbulencias no correspondidas. Al fin de cuentas un anhelo es algo que existe en el cerebro de quien anhela; el anhelo crea poemas y obras de arte, el anhelo es fuerza y vigor. Quién sabe si será posible vivir sólo en la estanqueidad del anhelo, más allá de lo que anhelamos. Acaso sí. Lo que expresa la individualidad y el anhelo es una fuerza que puede empezar y acabar en uno. Algo así sucede en los impetuosos cataclismos de la naturaleza, en la magnífica expresión que hace de una tormenta un maravilloso e inolvidable espectáculo.



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Sobre el misterio

¿Es un vaso algo más que un vaso? Ayer, mientras asistía a la representación de Otelo, recordé aquella cita Márai en El último encuentro, que recientemente había exhumado para enviársela a una amiga: “Uno envejece poco a poco, primero envejece su gusto por la vida, por los demás, ya sabes, todo se vuelve tan real, tan conocido, tan terrible y aburridamente repetido... Eso también es la vejez. Cuando ya sabes que un vaso no es más que un vaso”. La razón de la cita venía motivada por ese entusiasmo inducido del que a veces hacemos uso sea porque la vida en ese momento es amable con nosotros y nos sentimos plenos de su gracia, sea porque expresándolo a otros intentamos en una especie de rito propiciatorio hacer actuar sobre nosotros los mecanismos de la sugestión.

En realidad es una defensa contra el paso inexorable del tiempo. O acaso no, acaso nos vamos haciendo tal vez tan sabios con los años, que realmente podemos ir encontrando pautas de percepción y comportamiento capaces de reconciliarnos con nuestro yo y, de paso, ir abriendo nuevas y asombrosas perspectivas que nos hagan asomarnos a la vida, después de aquellos dilatados años de dedicación de crianza a los hijos, como si realmente estuviéramos no en una tercera edad, en una dimensión eufemística de connotaciones siempre como de a quien quieren dorarle la píldora al que inevitablemente camina cercano ya al inexorable agujero negro; que nos haga asomarnos al mundo con la plena conciencia de un yo asumido de la extensísima experiencia de vida que ve en el presente y en el futuro un nuevo estadio de proyectos y vivencias capaces de llenar de plenitud los años venideros.

En realidad queremos que un vaso sea algo más que un vaso. El conocimiento mata, dice Ciorán. Carlos Fuentes en Los años con Laura Díaz, se esfuerza por recrear en el personaje de Laura ese misterio en el cual cada uno intentamos encerrar la parte más prístina de nuestro yo, un reducto que sólo poco a poco iremos descubriendo a lo largo de la vida, acaso, a las personas más próximas a nuestra intimidad, sin llegar nunca a entregarnos en su totalidad; el espacio de misterio que nos atrae del otro y que una vez descubierto, una vez todo asumido, es probable que marque un punto sin retorno, una relajación del anhelo, de la tensión que anteriormente mantenía fuertemente unidos a un hombre y a una mujer. Razón por la cual Laura Díaz, antes de llegado a ese punto en que ineludiblemente el interés se agota, se autoimpone el alejamiento, la sabia distancia que habrá, con la contribución del tiempo, de volver a regenerar lo que el conocimiento y los años llegaron a erosionar en las relaciones con la pareja.

Descubrir que un vaso no es más que un vaso es triste. Necesitamos rodear a la realidad, a la persona que empezamos a anhelar, del aura de la expectativa, del misterio. Es de ello de lo que se alimentará nuestra emoción, nuestra búsqueda. Pero hoy, asistiendo a la representación de la obra de Shakespeare, no podía quitarme de la cabeza lo que subyacía en muchos momentos a todos los personajes, su ser corriente de carne y hueso, el hecho de ser vasos, el hecho de ser lo que eran; algo en realidad de bastante menor entidad que los propios personajes de Shakespeare. Hombres y mujeres que hacían un trabajo, que actuaban, que estarían cansados, que terminados la función se vestirían, recogerían sus cosas, acaso se tomaran una cerveza con sus compañeros, y que marcharían después hacia sus casas con la lógica intención de meterse en la cama. Desdémona no era Desdémona, era Alicia Pérez; Otelo era Pere Arquillué, y así todos. El misterio no había subido para mí todavía a la escena. Fue necesario que transcurriera media hora larga para que los personajes fueran Yago, Casio, Otelo... Las pasiones empezaron a dar cuerpo a la escena, los personajes se fueron vistiendo de anhelo, de odio, de venganza, de celos, de amor. La atención del espectador está sostenida sobre la base de la densidad de los hechos y las pasiones, que apuntan, en este caso, hacia un desenlace dramático. La gran pasión de Otelo se ve empañada por otra pasión paralela, los celos; la pasión de la venganza columbrará la obra. Pero mientras tanto subyace el misterio, ambos son, uno para otro, un puro misterio que el amor ira deshojando poco a poco como una margarita de muchos pétalos. Romeo y Julieta, Tristán e Isolda, Otelo y Desdémona conservan la grandeza de anhelo, lo representan en su más puro estadio; sus vidas terminaron antes de que el tiempo hubiera hecho del anhelo y del misterio un pedazo de, acaso, prosaica realidad.


Peninsula de Paraguana, Coro, Venezuela

Pero visto así es como empezar a sospechar que hay mucha música en nuestra vida que tiene cierta similitud con esas acrobacias melódicas que nos tienen el alma en un puño durante unos minutos y que inevitablemente momentos después no será más que vibraciones en el aire extinguidas ya mucho antes de que nuestra emoción haya terminado de disiparse tras la audición.

A Márai el planteamiento de ese desvelamiento del misterio le sirve para aproximar lo que pueda significar eso que denominamos vejez; “ese momento, dice, en que todo se vuelve tan real, tan conocido, tan terrible y aburridamente repetido...”

También esta idea la podríamos aplicar a cada paso que damos en la vida, a cada conocimiento que adquirimos —el conocimiento mata—, lo que nos obligaría a no ser exhaustivos, a respetar los reductos últimos de las realidades, a acercarnos a ellas de puntillas, más con la esponja de la intuición que con el escalpelo de la razón. No matar al dragón, no terminar de hacernos con el Vellocino de Oro, no alcanzar el Grial, no llegar realmente a El Dorado... porque desvelar totalmente el misterio es la muerte; sólo vale el camino de las cumbres, la búsqueda, la meta como anhelo. No dice otra cosa Ciorán en El libro de las quimeras: “Cuanto más y mejor se conoce a un hombre, más cerca se está de una fatal separación de él. El conocimiento separa a un ser de otro y anula los granos de misterio que se encuentra en toda existencia”. Y añade en otra parte: “Existimos sólo a través de nuestras ilusiones, de nuestras desesperaciones y nuestros yerros, porque solamente ellos expresan lo individual”.


Chile, al norte del Estrecho de Magallanes

Nepal, campos de arroz junto al Annapurna

Quizás sea mejor referirse no tanto a esa vejez que columbra la existencia de una vida, como a aquella otra que nos amenaza de continuo cuando queremos traspasar el umbral del anhelo, penetrar el misterio hasta llegar a la conclusión de que un vaso no es más que un vaso. Existimos a través de nuestras ilusiones.

Quizás el organismo obedezca a una ley más general de tensión-distensión. La necesidad de lo ritmos y sus cambios. Es como llegar a “la vejez” cada poco tiempo, para comenzar a rejuvenecer a los pocos días. El apetito desaparece con un buen cocido, y mitigado aquél debe transcurrir un cierto tiempo para poder volver a sentirlo de nuevo. Luego, a un día X sigue un día Z diferente, y de nuevo nacemos a las ilusiones, nos renovamos. Nuestros amores y nuestros deseos se adaptan al ritmo de las estaciones, al frío invierno sigue la suave brisa, el calor, el piar de los pájaros y los campos inundados de flores. La primavera altera toda la masa biológica del planeta que se agita nerviosa sin saber qué pasa dentro de ella. El calor, el frío, el verano, el otoño, el invierno, la noche, el día, la alegría, la tristeza juegan una alternancia necesaria y universal. Existimos en el tránsito, en el movimiento, en las ilusiones.

¿No hay algo de esto en el comportamiento de nuestro organismo? ¿Y no entramos en crisis cuando no somos capaces de conocer y adaptarnos a estos ritmos?








Búscate un amante



El graffiti lo encontré el pasado mes de octubre mientras hacía una gira otoñal por los bosques del norte. Lo rescaté de una fachada de San Esteban de Gormaz. La oportunidad de hacer desaparecer la f y la r da al graffiti movilidad, lo hace polisémico. Entre la fragilidad que alerta contra la precipitación, que mide las consecuencias, que mima la delicada disposición de nuestra alma dispuesta a enamorarse, a encontrar el calor del otro cuerpo en el arrullo de los besos, y la agilidad, la excesiva facilidad, acaso, para convertir una experiencia significativa en un asunto apenas banal, media un rico manojo de posibilidades.

El que la sociedad, los popes, eso que llaman “la buenas costumbres”, y que tanta hipocresía ramplona suele esconder bajo su manto proteccionista, se empeñen en hacernos de papá y mamá de continuo, tratándonos como si fuéramos infantes de unos pocos años, indicándonos lo que debemos o no hacer, lo que debemos o no pensar, debería alertar nuestra capacidad y obligarnos a plantearnos la razón de tanto empeño. Todos sabemos de la fuerza de los tabúes y de la energía que requiere deshacerse de ellos; esa herencia: el bagaje de las costumbre, las creencias religiosas, las formas de ver la vida que se nos han impuesto y que no siempre son amables, que tantas veces alienan nuestras posibilidades y el empuje de crearnos nuestra propia vida.
Abrirse camino debería ser la consigna; el propio, el que nos conviene a cada uno, el que cada cual determine sin que tenga que rendir obediencia más que a sí mismo. Ni frágil ni ágil, saber simplemente de los ritmos del organismo, de la necesidad de encontrarnos con los otros, una pareja, un amante, cómo y de la manera en que nos dicte el ánimo y el afecto.
Recibí hace unos días un correo con un adjunto titulado Búscate un amante, cuyo autor es Jorge Bucay. Me parecieron tan sabios sus argumentos que no resistí la tentación de crear un vínculo aquí. Para Bucay, la alternativa a los antidepresivos, frente a un amplio abanico de problemas que nos agobian, es sencilla y llanamente la búsqueda de un amante. Si hay algo que no le funciona bien por dentro, si es pasto de tanto en tanto de la depresión, no lo dude, ponga usted un amante en su vida y déjese de pamplinas.







Quedarse ciego


La memoria es como un caminante en la niebla, necesita hitos para orientarse; sin los hitos el espacio neutro del tiempo parece tragarse los acontecimientos. Un día te preguntas: ¿Qué pasó en aquellos meses, en noviembre, por ejemplo, qué acontecimientos hubo que merecieran la pena reflejar? Y no recuerdas nada, aquellas fechas parecen pasar sin pena ni gloria al mundo de la nada. Pero dudas, te paras, te dices: ¿pero entonces no fue que...? Sí, tras la indagación descubres que entre la niebla aparece el dramático paisaje de una ceguera. Los hechos importantes también titubean a la hora se ser ubicados en la línea del tiempo. Fue el caso de la ceguera de mi padre, un otoño, que puesto en la tesitura de querer ser recordado no daba señas de identidad en un primer momento.

Una lotería la vida; en el invierno tardío del 97 un cáncer se llevaba a mi madre, en el otoño del año posterior un desprendimiento de retina dejaba ciego a mi padre. Ciego y solo. La membrana de la retina se resistió durante dos meses a quedar en su sitio, hubo varias operaciones; después de la segunda intervención ya no pudo ver más que débiles sombras. De casa de mi hermano pasó a la de mi hermana. Allí le instalaron una pequeña habitación en el primer piso, Beatriz hacía esporádicamente de enfermera. Mi padre lloraba por la noche. Aquellos días, los primeros de la ceguera, ese contacto con la oscuridad debió ser muy duro. He tratado de imaginármelo muchas veces. La estrechez de una habitación, las largas horas de cama en soledad.

Un domingo por la mañana me llamó. Yo estaba algo fastidiado, un tanto hundido, un arranque de esos en que te sientes especialmente insignificante y solo, no recuerdo bien; sé que me encontraba en la parcela arreglando algo. En ese momento sonó el teléfono. Bajé despacio los escalones de la rampa de la piscina; mi padre lloriqueaba al otro lado, “tengo miedo” decía, lloraba, era como un niño pequeño que hubiera adquirido la clarividencia del sentido de la vida y deseara la muerte antes de seguir en aquellas condiciones. El miedo estaba en el centro de esa noche en la que había ingresado pocos días atrás. También una dieta no adecuada hacía estragos, llevaba varios días con un estreñimiento que no le dejaba un instante de tranquilidad. Recordé cómo un relámpago los días que precedieron a la muerte de mi madre, las vivencias de aquellos días, la soledad, la estupidez ésta de la vida, la belleza, el horror, una tristeza sólida y descomunal, todo caía sobre mi estado de ánimo como una riada que arrasase, devastase lo que encontraba a su paso; hubo una explosión en mí que se resolvió en un llanto incontenible. Yo no sabía qué era aquello, pero tenía que gritarlo, llorarlo a moco tendido porque si no explotaría sin remedio. No quería junto a mí a nadie, me senté frente a la higuera del norte, no podía amortiguar mis gemidos. Subí al coche, necesitaba estar solo, bajaba despacio la cuesta de la morera, junto al cañaveral mi llanto era un grito, una necesidad inaplazable de arrancarme la pena; como las amígdalas, como una muela, conseguir alcanzar ese desgarrón inminente que aliviaría la presión interior. Los coches pasaban a mi izquierda irreales, como una sombra; miraba el asfalto con los ojos fijos, pensaba en mi padre, en mí mismo, en esta pena repentina que me ahogaba. En las cercanías de Valdemoro logré serenarme un poco. Hice sonar el timbre, abrí la puerta de la cancela, después la puerta de la calle; ahí estaba mi padre, en la oscuridad del pasillo, en pie, recostada la cabeza sobre la pared. “¡Cuánto has tardado, hijo!”, dijo. Olía a escrementos, todo el pasillo olía a mierda. Era el olor de la vejez y la decrepitud, mierda, orines, lágrimas. Mi llanto se había acabado frente a la casa de mi hermana; ahora debía de ejercer de lazarillo de mi padre, se acabó. Eché mano de todas las convenciones para el caso, intenté calmarlo, arroparlo.

Ya en casa, mitigado el miedo de la mañana, la prioridad inmediata fue el estreñimiento. Probamos de todo, su desesperación por defecar le hizo recurrir a formas expeditivas, dejaba señales de mierda por distintas partes del cuarto de baño. Sólo al final de la tarde pudimos descansar después de aplicar un enema que obtuvimos en una farmacia de guardia.

En los días siguientes organizamos un sistema de pasarelas en la rampa de cemento de la casa; mi padre aprendió a manejar el bastón. Buscamos una radio pequeña de fácil manejo y sin antena para que no se lastimase, compramos un teléfono especial que llevaría encima cuando no estuviéramos en casa, trajimos una bicicleta estática, le obligamos a hacer ejercicio.

Su estómago volvió a la regularidad, pero su genio estuvo todavía a punto; no haría ejercicio con la bici si no se la poníamos en la biblioteca. “Bueno, pues ahí te quedarás en el asiento todo el día, o en una silla de ruedas”, le dije; no podía permitirme el ser blando con él, tenía que ayudarle a rehacer su propia vida, a enfrentarla con toda la autonomía que fuera posible. La radio a veces no iba porque corría inadvertidamente la rueda de la frecuencia, “vaya mierda de radio que me has comprado”, dijo entonces.

Fueron dos meses de duro trabajo. Traté varias veces de consolarlo, un día le pregunté qué le pasaba, hablábamos en el cuarto de estar, él ocupaba el centro del sofá bajo la ventana, “nada, que estoy triste, muy triste”, decía, hablaba con voz tenue sobre la muerte, era mejor morirse que estar así, insistía.

De esto hace casi diez años. Ahora es discretamente feliz, todos hemos aprendido a querernos un poco más con el tiempo.




Sobre el miedo



Ya no me humilla más.
Empezaron a proliferar en las vallas publicitaria de Madrid a finales del pasado mes de noviembre. Ya no me humilla, decían los carteles; lo expresaba, naturalmente, una mujer. Hoy, recordando esta imagen, consulté un artículo dedicado al miedo; rastreaba allí las huella, el rastro que deja el miedo en el cerebro de las personas que han vivido experiencias


relevantes de pavor, tratando de acercarme así a la comprensión del comportamiento de mujeres, que mucho tiempo después de haber sufrido vejaciones sin número por parte de su pareja, no solo continúan viviendo con la persona que las veja —teniendo posibilidades para no hacerlo—, sino que se humillan ante el marido hasta el punto de perder todo rastro de vida propia, ciñéndose por adelantado a todo deseo de la pareja, humillándose en la cama o en la vida diaria, siguiendo cualquier dictado de su agresor, como única manera de aliviar en sí la aparición de un nuevo periodo de angustia provocada por la posibilidad de la repetición de experiencias suscitadoras de pánico. Conducta que, reforzada día a día, la víctima termina por introyectar hasta el punto de preferir anularse como persona antes de volver a quedar expuesta a la amenaza de una nueva tensión.

Consulto un artículo sobre el tema: La consolidación en la memoria de un episodio de miedo intenso o trauma no es inmediata, el cerebro revisa de manera constante (incluso durante el sueño) toda la información que se recibe a través de los sentidos, y lo hace mediante la estructura llamada amígdala, que controla las emociones básicas, como el miedo y el afecto, y se encarga de localizar la fuente del peligro. Según esto, señala el artículo , las investigaciones recientes apuntan hacia la existencia de moléculas específicas que provocan que se produzca una huella en las células cerebrales, cuya existencia es la responsable de la permanencia del miedo en el sujeto. De las tres opciones de repuesta ante la situación de miedo, huida, pelea o rendición, es ésta última la que requiere menor entereza, es la más dolorosa a corto y a largo plazo, pero es el camino más fácil, basta cruzarse de brazos y aguantar el chaparrón de por vida. Triste y misérrima expectativa a la que contribuye no sólo la falta de un carácter suficientemente recio, sino también la propia biología que se puede ver afectada por las huellas que la experiencia traumática deja en las células del cerebro.

En estas condiciones, a alguien que asume la rendición como respuesta ante la agresión, le será imposible comprender la posibilidad de la pelea, el enfrentamiento, la dialéctica de un pulso en el que hacer valer sus derechos o la simple justicia; a lo sumo optará por la huida con tal de alejar de sí el objeto, la persona que provoca su miedo. Vienen al caso unas líneas de Montaigne que aparecen en su ensayo Del miedo: “A los que se han refregado bien en algún combate de guerra, todavía heridos y ensangrentados, vuélveseles a llevar a la carga al día siguiente; mas a aquellos que han cogido buen miedo a los enemigos no les haríais ni siquiera mirarlos de frente”. La ausencia de combate nos merma moralmente, aminora la confianza en nosotros mismos, nos deja ante la arbitrariedad del agresor, nos reduce a la condición de seres alienados.

Necesitamos crecer y creer en nuestra libertad, en nuestra capacidad de autonomía. Yo no sé bien qué significa esa afirmación de los anuncios del Metro. “Ya no me humilla más”. ¿Qué ha sucedido mientras tanto para que eso sea posible? ¿El despreciable macho se ha civilizado de repente, ha pasado de ser un caníbal, un Neanderthal, un bestia sin remedio, a convertirse en un ciudadano meritorio? ¿O acaso son las instituciones públicas las que han hecho posible la desaparición de esa humillación? ¿O la policía, o el juez? Me temo que el slogan no va más allá de una pura declaración de principio acorde con una fecha, que lo que nos recuerda es que existe una lacra social en nuestra sociedad mucho más mortífera y degradante que cualquier grupo terrorista.

Bienvenido sea que las instituciones se preocupen por estos problemas; ahora, sería necesario que lo hicieran, además, desde una perspectiva mucho más global. Educar desde la escuela, a ellos, esos individuos... a no ser unos bestias, enseñarles a ser personas, a pensar, a respetar a sus congéneres; y a ellas, esas mujeres que no son capaces de salir de una servil dependencia, que viven acogotadas por el miedo a su pareja, a desarrollar la confianza en sí mismas, a saber mantener con entereza su dignidad. Y si es necesario, tener a mano todas las facilidades de las instituciones públicas para amparar sus derechos y colaborar al desarrollo personal de quien lo necesite.

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¿Los reconoceríais si...?

Leí en algún lugar razonamientos en torno a por qué no reconocíamos nuestra propia voz; ya no recuerdo dónde. Eran razones curiosas. Sin embargo no dudamos de nuestra imagen, nos miramos en una foto y decimos: ese soy yo, no hay duda. Curiosa evidencia esa de que el que percibe testifique inmediatamente la concordancia entre una imagen y su yo. Curioso y bueno, porque casi es la única certeza que podemos tener de ser nosotros mismos en el caso de que alguna de las partes de nuestro yo se pierda. Si nuestro yo se perdiera en un supuesto espacio, pongamos más allá de la laguna Estigia, sólo podríamos reconocernos a nosotros mismos con seguridad si tuviéramos el ejemplar de su estructura física; difícilmente daríamos con nosotros en base a nuestras ideas o forma de ser. Sería, entre otras cosas una coña tener que ir preguntando a la gente por un tío que tal o que cual, que estudió esto o lo otro, o que se enamoró un día de fulanita o

menganita... no sé, quizás Virgilio o Dante pudieran echar una mano. Lo que sí es cierto es que si tuviéramos que reconocernos sin la ayuda de nuestra jeta entre las gradas del Bernabeu, pongamos por caso, mal lo íbamos a pasar. Entre paréntesis, ayer oí la última parte de El Mesías, es increíble cómo Isaías, San Pablo y toda la cohorte de interpretadores de la realidad se agarraban como clavo ardiendo a convicción de la incorruptibilidad de la carne; lo repiten hasta la saciedad. Maldita la gracia que nuestro yo se convierta en ceniza permanentemente; y mal igualmente, ahora en otras latitudes, si nos reencarnamos en conejo o en margarita; uno necesita reencarnarse en uno mismo, tener la seguridad de que ése soy yo mismo; y, además, si puede ser, con nuestra mejor presencia, guapos, bonitos y sin arrugas. Los inventos que hicieron San Pablo y sus seguidores en relación con ese deseo universal de conservar nuestra mismidad personal a través de la vida y la muerte son dignos de una locura sin cuento.

En la historia se han hecho ensayos notables por borrar el pasado y dejarlo atrás; el yo que no nos gusta, el pecado a nuestras espaldas. Es el relato bíblico de la mujer de Lot convertida en estatua de sal. También a veces quisiéramos ser otro, dejar atrás nuestro Sodoma y Gomorra particular, cambiar de jeta, de entorno, empezar una nueva vida en cualquier otro sitio. Sí, jugar en la vida -la única que tenemos para ello- con juguetes diferentes, con curiosidades heterogéneas y cambiantes, probar de todo. Y por tanto cambiar de jeta (busco sinónimos en el Word: morros, belfos, boca, hocicos, labios: no sirven). Es sólo una idea; ser otros siendo nosotros mismos.