Entre la locura y la mediocridad





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Esta noche, cuando todo esté en silencio y el fuego arda en la chimenea, me dedicaré a ver Aguirre, la cólera de Dios. Un personaje con el que trabajo en un largo monólogo está expectante porque no logra creerse la posibilidad de que la locura (Kurtz, Aguirre, Fitzcarraldo) sea compatible con los personajes de a pie que ella diseña, aunque estos se planteen problemas de hondura vital -la muerte, el tiempo que pasa, las pasiones todas por poner en pie y realizar-, no logra ver lo que tenemos de épicos, esa grandiosidad que revisten los héroes y heroínas de las creaciones literarias. El tema de la locura como posibilidad visionaria de una cierta plenitud de vida parece ajeno a nuestra vida cotidiana porque quizás no creemos que cualquiera de nosotros podamos vivir esa plenitud; por eso buscamos a algún loco para vivirla, y necesitamos un entorno exótico, difícil, misterioso, a la medida de esa locura para expresar lo primigenio de nosotros que nuestra vida corriente, me atrevería a decir también, mediocre, no nos permite expresar. De ahí la dificultad de mi personaje monologante que se pregunta constantemente sobre cómo trascender, cómo salvar ese escalón que va de la vida corriente y la mediocridad a la locura, a la ascesis, la fe que hace que uno se vuelva como los dioses, crea en sí mismo y entonces sea capaz de izar el barco hasta el collado de la montaña. El lugar donde habremos trascendido la puerta invisible que nos impedía el paso, donde seremos como los héroes, poderosos, sublimes, hermosos; la naturaleza nos ha ofrecido su ayuda y podremos cabalgar entonces sobre las aguas y los bosques, Cristo sobre el Tiberiades, Kurtz dominando las fuerzas salvajes de la selva, Aguirre arrastrando su obsesión a través de los tortuosos e infectos senderos fluviales que la locura habrá transformado en reto posible, o Klaus Kinski llorando la encarnación de su propio personaje asimilado después de meses de rodaje como un segundo yo del que jamás podrá separarse ya en vida.

Y de ahí la necesidad de creer en la locura, de lo que es posible más allá de la fuerza gravitatoria que encierra una vida pedestre a la que la búsqueda de un exceso de seguridad lastra e impide la ventura de los encuentros de la selva, puesta ahí, al alcance de la mano, para retar nuestra creatividad, despabilar la voluntad y despertar la capacidad para medir nuestras fuerzas y gozar del ejercicio de nuestro esfuerzo. El problema, desde el punto de vista narrativo, es cómo hacer creíble a ese personaje, qué ponerle ante las manos, qué hechos inventar para que nuestro héroe, salido de la corriente vida de un ciudadano de a pie, sea capaz de trascenderse a sí mismo y convertirse en una especie de Aquiles o en un Eneas en cuyo periplo siga siendo posible encontrarse a Dido o acaso la posibilidad de recalar junto a las sirenas de Odiseo sin sucumbir a la destrucción. Porque vivir sin que la vida venga a estar salpimentada con pequeñas dosis de delirio es tan triste como “tenerlo todo” (sí, que el Señor en su infinita misericordia nos ampare y nos libre del castigo de tenerlo todo). Dichosos los pioneros y los que sufren las dificultades y el trabajo de llegar a una cumbre o a una meta (sí, que el Señor nos libre también de la necesidad de tener durante el invierno el trasero en la permanente cercanía de un radiador).


Ya se ve, apología, en fin, por recuperar la credibilidad en nosotros; el derecho y el deber que tenemos que hacer uso de la dosis de locura que nos fue asignada en el reparto del principio del mundo. Sin embargo el problema sigue sin solución, aunque alguno por circunstancias ajenas a su voluntad se haya encontrado con la fuente de la emoción entre las manos, como fue el caso de Klaus Kinski cuando le cupo interpretar el papel de Aguirre bajo la dirección de Werner Herzog, lo que supuso vivir en la selva algunos meses de plena y auténtica cercanía a su personaje; hálitos de locura que se desprendían de la vida en la selva navegando sobre una precaria balsa que reproducía en parecidas condiciones la gesta del propio Aguirre en 1559. Sin solución, porque aunque no se trate de emprender una gran aventura es triste verse confinado en eso que llaman la odisea del hombre moderno, por mucho que Joyce alentara desde su Ulises la transposición del héroe homérico al hombre corriente de hoy, odisea cuya energía se centra en gran parte en conseguir los recursos necesarios para satisfacer necesidades que sobrepasan con mucho aquellas con las que el individuo podría vivir en santa paz, eso sí, disponiendo en este caso del tiempo necesario para poder pensar en administrar “su propia odisea” . El asunto es pues tratar de salir de ese confinamiento y poder visitar la selva. Ya se sabe, hay selva para todos los colores, para Anaïs Nin la selva podía estar alrededor de una mesa camilla, otros necesitan verdaderamente atravesar algún desierto o internarse meses en la jungla.

La experiencia sigue en pie, mi personaje continuará por una temporada explorando las posibilidades narrativas de ese otro personaje al que quisiera adentrar en el subcontinente americano en busca de los rastros de locura que son necesarios poner en acción cuando uno va descubriendo que la fiesta de la vida no va a durar toda la noche de los tiempos y que nos tenemos que morir un día de estos.

Que nos muramos, vale, pero sobre todo que nos muramos contentos, locos de contentos. Porque si no, menuda gracia; porque si, además de morirte te mueres con la conciencia de haber derrochado tus talentos o tus dosis de locura, de haber perdido soberanamente el tiempo con cuatro paparruchas... pues menuda gracia, ¿no?.



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Material relacionado: Fitzcarraldo y Aguirre, la cólera de Dios, de Werner Herzog; El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad.



Reflexiones cobre la vida cotidiana

Tratar de hacer la vida interesante. Hoy sostengo una larga conversación telefónica en torno a este tema. Hacer la vida interesante en el contexto del encuentro con otras personas. El pasado verano, a las pocas semanas de iniciar una amistad, me vi sorprendido por un breve correo en el que lo que se me pedía era mi esfuerzo; en principio no entendí bien lo que me quería decir, pero me fue suficiente echar un vistazo más arriba para comprender; lo que se me pedía era el esfuerzo por mantener despierta la inteligencia, la creatividad, el afán por hacer la vida interesante. A mí mismo y, en correspondencia, a la persona que me escribía. Encontrar alguien interesante con quien compartir conversación y amistad no es tarea fácil. Alguien que logra sorprenderte, que tiene ideas propias, que ha vivido lo suficiente, alguien que puede no ser especialista en nada pero que es capaz de conversar de casi todo, alguien con quien se puede estar bien en silencio, alguien para quien hablar no es reproducir las páginas de un periódico o un libro, alguien que sabe escuchar, alguien que no pierde el tiempo con temas que no lo merecen. Eso era lo que pedía aquella persona; algo para lo que indudablemente hay que prepararse. Hacer la vida interesante, no puede haber una actividad más prioritaria que ésta.

Y entonces me hacen reflexionar algunas “discrepancias” que surgen en nuestra conversación telefónica. Esta persona ha hablado largamente sobre algo que para mí tiene escaso intererés; yo trato de convencerla para cambiar de asunto y entonces se siente molesta y en disposición de cortar cualquier otra posibilidad de diálogo. Sentado como estoy al final de un largo periodo de vida en donde la gracia del tiempo libre me permite pararme continuamente a contemplar mi vida y la de los demás, amén de asomarme a ver lo que pasa someramente en el mundo (lo que tiene de contradictorio y absurdo, lo que no tiene solución -tanto político defenestrado-, los ramalazos de belleza de algún hecho gentil), es frecuente que me encuentre con materiales corrientes de la vida cotidiana que mi disposición convierte en interrogante. Con tantos años encima (suena de nuevo Stan Getz, un montón de discografía que bajé con el Emule; entrañable como en un día no muy lejano de chimenea y largas convercaciones junto al fuego), es necesario además haber pasado por muchas peripecias, de modo que de una manera u otra uno ha tenido tiempo de filtrar la realidad hasta el punto de reducir el interés hacia un pequeño número de contenidos. Algo que inevitablemente sucede a todo el mundo. Uno trata de abrirse a nuevos asuntos, pero el proceso es lento; por cuenta propia la biología, los años y la experiencia hacen una labor inversa sometiendo nuestro interés a una selección cada vez más exhaustiva; los frentes se reducen, pero en contraposición aumenta la calidad, la pasión con que el empeño rodea a esa familia de temas que van constituyendo nuestro universo personal. Una parte importante de la realidad empieza a dejar de interesarme de una manera alarmante, pero lo compensa la calidad con que me asomo a algunos asuntos. Churchill hacia el final de su vida decía que él no necesitaba conocer más, que ya estaba todo visto. Sucede lo mismo con los libros, Leonardo Sciacia decía que él después de los sesenta no volvió a leer libros nuevos, sólo releía. Leo desde hace un año El canon occidental, de Bloom; ante la imposibilidad de leer todos los libros (deben de andar por los ochenta mil los títulos que se publican en España cada año), es necesario elegir, y como no es fácil hacerlo trato de orientarme, y de momento este crítico cumple esa función, obras canónicas de la literatura universal; hace tiempo buscaba en las librerías, miraba y compraba; ahora cada vez que elijo un libro pienso que esa elección supone un enorme montón de otras lecturas que desecho; por ello prefiero pensármelo dos veces, porque un libro lleva mucho tiempo, mucho, leerlo y merece la pena emplear ese tiempo en un placer garantizado, en una enseñanza interesante, en una motivación que te va a llevar a otras cosas, en un diálogo con un autor con quien puedas discrepar o a quien puedes interpelar apasionadamente.
La necesidad de hacer una selección. Trabajé en colegios durante más de treinta años, ¿Cuántas veces pude llegar a oír ese imperativo "quiero que conste en acta" en las reuniones del claustro"? la necesidad de que algún santo varón, alguna instancia superior tenga conocimiento de los hechos para que venga a poner solución a los problemas de este planeta. Los libros de actas no se volvieron a abrir durante décadas, pero allí estaba nuestro imperativo, la recurrencia mesiánica. Las páginas de los libros de actas que se las comen los ratones, como muchas denuncias; ahora voy y le pongo una denuncia al señor Bush, a ese señor del bigotito que "ahora" sabe que en Irak no hay armas nucleares, ahora, después de haber asolado, él y otros, el país con miles y miles de muertos, y que se queda tan fresco el tío (en este mundo uno puede ser un genocida y seguir haciendo el chulo ante los medios), y otras diez denuncias a la Telefónica, que se van a enterar; como si a la Telefónica, esa entidad abstracta que está por encima del bien y del mal, le fueran a hacer cosquillas nuestras denuncias. Cosas, actos que cumplen su función psicológica, permiten que el sujeto en cuestión se desfogue, que igual podía desfogarse pegando una patada a un bote, dando un portazo, arremetiendo lanza en ristre contra un rebaño de borregos o liándose a palos contra los molinos de viento de Campo de Criptana. Mi conciencia de pérdida de tiempo de tantos años por los que uno andaba perdido me hace a veces enrojecer.
Como somos muchos y hay intereses para todos los gustos es importante ponernos de acuerdo y saber qué quiere cada uno; y de la misma manera que hay libros interesantes y otros que no lo son tanto (o que nos lo parecen a nosotros), igual la conveniencia de saber qué quiere cada uno cuando tratamos de relacionarnos con alguien, que no es bueno que suceda como en aquella historia de la sopa en la que una pareja de novios va a casa de los futuros suegros a comer por primera vez; ante el primer plato, que es sopa, el novio hace el elogio de cortesía, la sopa está muy buena. Como consecuencia, ella, su futura esposa le pondrá sopa diariamente durante cuarenta años, hasta que él, el día primero de su jubilación, le confiese que en realidad él ha odiado siempre la sopa. Si hemos de compartir conversación y compañía que ésta sea apasionante.
Hasta Ovidio en su El arte de amar no deja de hacer la necesaria recomendación cuando ilustra a los futuros amantes en la conveniencia de cultivar otras artes anejas a aquellas del amor, tales como la de saber mantener una conversación interesante... que no sólo de pan vive el hombre. Como siempre aquella maravillosa virtud de equilibrio y de saber compartir nuestras virtudes con las virtudes de los otros, procurando dejar un amplio espacio a eso que Emerson decía que era lo mejor de la vida, una buena conversación.


Palabras

Escuchando a Vivaldi frente al chisporroteo del fuego, me digo que no debería repetirme sobre esto o lo otro, tantas veces considerando lo conveniente o no de lo que uno hace, siempre con la vida a cuestas de aquí para allá, un interrogante a la vuelta de cada esquina; pero es una tarea difícil; se me ocurre que se trata de esa curiosidad de niño que encuentra su puerta en el muro (D.H.Wells), su jardín, o la maravilla del mar, o la nieve que nunca ha visto antes, y se pasa el rato mirando la cosa con los ojos de plato, admirado, interpelando el significado, el porqué de esos copos de nieve que caen; admirando, indudablemente, la maravilla del momento.

El Chorrillo, Madrid

Es una imagen apropiada, tantos años viviendo y sin embargo a veces la vida se parece a ese primer momento de ver el mar o la nieve, y por tanto la admiración permanente, la interrogación constante; una interpelación que con frecuencia es retórica, porque no es que queramos saber sobre la realidad, que frecuentemente ya conocemos, sino que necesitamos expresarla, aunque lo hagamos en forma de pregunta. La nieve cae igualmente, el agua del mar brilla bajo la luna dibujando su largo puñal blanco sobre su superficie líquida, pero nosotros debemos seguir parloteando sobre ello, hablar, prolongando los instantes en la reiteración de su contemplación o su expresión; la mitad de lo que somos es comunicación (Emerson); una necesidad frecuente en donde significante y significado no siempre van del brazo. Estamos hechos de palabras y comunicación y da la impresión de que a menudo el cerebro no teniendo suficiente material elaborado, que pensar es una tarea ardua, hay que reconocerlo, tira para adelante con lo que hay, palabras.

No debería repetirme tanto, es cierto. Pero cómo no volver a decir una y otra vez lo hermosa que estaba la mañana cuando, recién despierto hoy miraba quitarse las legañas al día que comenzaba y entonces empezó a llover y la lluvía resbalaba por el cristal de la ventana de mi dormitorio, y las ramas de los árboles se movían haciendo uuuuuuuuuuhhh como en la noche de Walpurgis; ¿quien puede costearse un pantalón o una camisa para cada día del año? Es de recibo repetirse, y más si de nuestras propias ideas, nuestras creaciones, nuestros leitmotivs se trata. Aunque en realidad más que de repetición de lo que estaría hablando sería de variaciones sobre el mismo tema. Cada cual tiene su universo temático, el obsesivo campo magnético de cuya atracción es tan difícil zafarse.


Jaipur, India

Perderse entre las palabras para reencontrarse, tras el embate de alguna ola, quizás un tanto aturdidos, en las mismas aguas del instante anterior al suceso, acaso ahora rozando con los pies la arena segura que nos llevará en suave declive hacia la playa. Palabras, palabras de todos colores y rangos, negras como la muerte, melodiosas como la melancolía; palabras aterciopeladas y suaves, ásperas, cálidas, amargas; conmilitones, compañeras de viaje con las que nos comunicamos con el mundo, con la amante, con el planeta que habitamos. ¿Me habré perdido? Miro arriba del primer párrafo para comprobarlo, y creo que no, pero acaso sí. En cualquier modo es coherente: ¡palabras al fin! Y además, sin casi otra posibilidad, porque ya me dirás, si encima suprimimos las palabras, pues... Y también considerar su posible inutilidad , el vacío que pueden encerrar, el que puedan no servir absolutamente para nada, más, acaso para enredar todavía más la realidad. Aunque bien es cierto que lo inútil, por oposición a lo útil y práctico, en un mundo que se desvive por acumular para después de la muerte (je je je), puede constituir una gran ventaja; precioso tesoro el de lo inútil que sólo sirve a nuestro recreo y a nuestra contemplación personal. Viene de lo inútil una agradable brisa que me calienta el cuerpo; aunque lo que arrastra la brisa sean palabras... también inútiles por supuesto (algo con lo que no puedes hacer una tortilla o que no te lleva a nada, que quizás sólo sea mera contemplación, un juego de argumentos o concomitancias. Y se me ocurre si no tendrá esto algo que ver con cierta literatura, por ejemplo la de Severo Sarduy, fiel discípulo de Roland Barthes (El placer del texto, ¿recuerdas?), una literatura que no me entusiasma pero que debería reconsiderar, o tener la paciencia de volver a leer sin prejuicios.

¿Me habré perdido? ¿no podríamos servirnos del lenguaje como quien se sirve de las piezas del ajedrez, de los colores de una paleta de pintor... pura diversión? y repetirse hasta la saciedad en interminables variaciones; también Bach se repite deliciosamente. Las cinco de la tarde, eran las cinco en punto de la tarde, ¡ay, qué terribles cinco de la tarde! La obsesión de una hora, del tiempo que corre, de la muerte, de un anhelo anegando el cerebro como una borrachera. Terminar de cenar, oír a Vivaldi y liarse a teclear sin idea precisa de lo que va a salir de los dedos es un regalo de los hados de la noche. Deberíamos jugar más.

Pero basta, me voy a otras palabras, éstas de Joseph Conrad, la tercera lectura de El corazón de las palabras (perdón, de las tinieblas); uno de tantos maestros de la palabra, hoy acompañadas del fuego de mi chimenea de bosque. Es de madrugada, fuera ululan los lobos, las ramas de los árboles se mueven como brujas en la inquietud de un aquelarre, y yo, con aspecto de niño esperando el cuento de antes de dormir, me acurruco junto al fuego dispuesto a oír las palabras de Marlow. Buenas noches.

Siena, Italia

El hombre de la sonrisa bonita




En una ocasión visitó nuestra casa un muchacho marroquí; atardecía entonces. Desde aquel día para aquel joven nuestra casa sería siempre la casa del atardecer bonito; así, igualmente, José, mi antiguo compañero de trabajo en el cole, sería el hombre de la sonrisa bonita.

¿Quien no deseará encontrarse ante sí cada día una sonrisa bonita? ¿Existe acaso algo más agradable que una sonrisa? Uno tiene mucho que aprender en la vida, y hay cosas que no se aprenden fácilmente; necesitan el sosiego y la tranquilidad de ánimo, productos que no son muy abundantes en el mundo que habitamos; frutos que no crecen en nuestros árboles y que deberían adornar no sólo nuestra parcela particular sino los jardines de todas las ciudades que el hombre fue creando desde el Neolítico. De la misma manera que las flores y un bello arbusto contribuyen a nuestro recreo y admiración y a hacernos la vida bella (sí, algo de eso que aparece en la película de Roberto Begnini La vita è bella), una bonita sonrisa puede llegar a ser como un jardín plantado en el erial de un páramo, que no está muchas veces el horno para bollos, aparte de que con frecuencia olvidamos abonar debidamente nuestras buenas disposiciones y andamos como perdidos en un exceso de adustez.

A José era encontrársele por el pasillo del colegio con su sonrisa de hombre tímido y notar por dentro el indefinible placer de esa parte que todos debemos tener y que nos hace candidatos a buenas personas. Si la cara ha de ser el espejo del alma, la sonrisa es sin lugar a dudas la expresión de nuestras mejores bondades; la manifestación de esa parte de nosotros con la que de estar siempre presente podríamos encandilar al más exigente de nuestros detractores. Además, qué leñe, tanto debatirse con esto o lo otro en la vida, tanto callejón sin salida (ignorantes que somos, ya lo decía el Buda), tantos afeites, tantas horas de trabajo (sí, un día de estos cuento aquí cómo hacerse una casa por 250 € y ser la persona más feliz del mundo; la historia de mi hijo Mario, que decidió, con su chica, construirse una cabaña en el monte, en las estribaciones del puerto de Canencia), tanto de aquí y tanto de allá y luego no tenemos ni tiempo ni disposición para apreciar la belleza que nos rodea. No es necesario leer a Cicerón o a Sócrates para descubrir que la belleza es un preciado bien hacia el que debería tender una parte importante de nuestros esfuerzos. Para Francesco Alberoni (La esperanza), es el más preciado bien de todos cuantos nuestra civilización puede crear. Belleza, sí, de calidad diferente si se quiere, pero belleza de la mayor hondura esa de encontrarse uno con un rostro sonriente. Emociones parejas desencadena cierta música entrañable. Así que no hay por qué no poner a una y otra belleza en el mismo cántaro de donde despuntan las emociones.

No siempre tenemos la suerte de consolidar una relación con las personas, que es lo que me sucedió a mí con él, que nos tratábamos, y muy bien por cierto, pero que no tuvimos la oportunidad de esa espontaneidad de relación que desemboca en lo que para Montagne es la quintaesencia de la vida, la amistad (encantado yo también últimamente de leer a Montaigne en quien descubro una sabrosa sabiduría relacionada con el arte de vivir). De todos modos hay grados de cercanía que ni siquiera necesitan de la presencia física; la empatía y el recuerdo amable de un modo de sonreír pueden dejar en uno el perfume, el aroma, una muy grata sensación; lo que no es poco; de esas cosas está hecha la vida... o debería estarlo.

Si agradecidos hemos de estar a los creadores de belleza, a los artistas de todos los tiempos y condición, no con menor razón hemos de estarlo de los hombres y mujeres que tienen la habilidad y el ánimo de alegrarnos la vida con su sonrisa.

Un saludo, José. Con el deseo de que estas líneas alegren también tu ánimo.








“Lo que con tanto amor me enseñó mi padre”

A alguien que conozco, y de quien sé que la relación con sus padres fue tan notoriamente negativa como para inducirle a cambiar de continente para huir de su presencia, se le “escapa” esta tarde un agradecimiento hacia ese su padre que me llena de admiración: “Me encanta transmitir lo que con tanto amor me enseño mi padre”. No es la primera vez que te oigo hablar así de tu padre, le digo. Nada en la vida parece destinado a ser medido por el metro de lo unívoco. Me alegro de ello. Antes me sorprendía encontrarme el dueto amor-odio unidos por un extraño abrazo difícil de definir (no, no me valía aquello de que los extremos se tocan); ahora, cada vez que encuentro estas cosas me hacen mirar la vida con aire de sencilla admiración. Céline, al que me gusta leer, aunque ideológicamente no me sienta cercano a él, escribía en Viaje al fondo de la noche, que en el interior de toda persona hay un enorme fondo de bondad.

China
En un caso así, ¿en quién hay ese fondo de bondad? ¿en el padre? y entonces no supimos verlo durante cuarenta, cincuenta años de la vida... que tuvimos que esperar a que se hiciera viejito viejito para darnos cuenta de ello, o ¿en nosotros, que nos vamos haciendo mayores, vamos sabiendo más de la vida y empezamos a comprender entonces lo que durante medio siglo no fuimos capaces de entender? Padres dominadores que quisieron hacer de sus hijos la extensión de un proyecto personal, padres agarrados al puño de hierro de una ideología o una creencia religiosa para quienes los hijos debían de ser la prolongación de su propio universo, de sus propias concepciones de la vida. Perpetuarse en los otros. Y aun así todavía es posible decir: “que con tanto amor me enseñó mi padre”. Y sin embargo qué bien si ese amor se hubiera podido matizar al modo que propone Sandor Márai en La mujer justa, un matrimonio que se deshace “por exceso” de amor; “me casé contigo porque no sabía que me amaras tanto”; y añade, intentando salvar la situación: “Hagamos un trato. Vamos a quedarnos juntos, pero quiéreme menos”. Lo que quiera decir esto no es muy difícil de adivinar. Ni el amor debe ser un cincel con el que modelar al otro ni algo que limite la propia capacidad de crecer; mejor considerarlo a este nivel como un deseo de aportar las condiciones que hacen posible que las personas podamos poner en juego todo nuestro potencial interior.
Egipto
Conozco también el caso de quien no tuvo padre. No sabemos con exactitud la manera en que la cercanía de los padres y su trabajo de crianza desde el nacimiento ejercen sobre nosotros su efecto, aunque a todas luces es determinante; uno se siente inclinado a colocar un buen montón de “irregularidades” de la personalidad en la larga lista de carencias que generarán a lo largo de la vida la ausencia de un padre o una madre. Cómo se conforma nuestro amor y nuestro afecto en el sistema límbico y cómo de la carencia de una autoestima suficiente y de ese mismo afecto cercano derivará una relación con la vida y con los otros conflictiva y desesperanzadora.
De todos modos hay que volver a decir que el cuerpo es mucho más sabio que nosotros mismos. A mí me sucede con mi padre, ciego, mayor, aislado en la oscuridad repentina de una noche interminable desde hace ya algunos años. Durante toda una década mi cuerpo ha ido asimilando algo que yo antes no supe considerar en base a una relación que siempre fue distante por razones diferentes. Yo no puedo hablar elogiosamente de ese amor temprano que mencionaba arriba, pero... sí, por el contrario, puedo hacerlo de un amor postrero, que poco a poco, según se va haciendo él mayor aflora cada vez con más fuerza en mí. Si a estos sentimientos, que seguro debían de estar dentro de él y de mí a lo largo de los últimos cincuenta años, les hubiéramos concedido la oportunidad de expresarse; si, acaso, no hubiéramos estado todos “tan ocupados” en nuestros propios asuntos, tan sordos a nuestra voz interior, es más que probable que las relaciones con nuestros padres, con nuestros hijos hubieran tenido mucha mayor posibilidad de ser un bello y armónico cuadro de convivencia y cariño.
Me pregunto: ¿cómo habría de ser la vida si nuestro conocimiento, nuestra percepción de todos los hilos de nuestras relaciones presentes y pasadas fueran susceptibles de ser valoradas empáticamente cada vez que entramos en conflicto con los otros, con nuestros padres, nuestros hijos? ¿Quién no recuerda tremendos conflictos familiares en su vida a los que el haber arrimado la brasa, la luz del conocimiento verdadero, habría reducido a cenizas? Conocimiento verdadero: los sentimientos que subyacen en lo hondo de nosotros por encima de los intereses de prestigio, ideología... lo contrario de esas cosas que ensucian la genuina y cristalina superficie del afecto, de la ternura, de los lazos de sangre.
Tailandia
No parecen comportarse las plantas de modo muy diferente. Un exceso de agua, “de amor”, las ahoga; una carencia de los nutrientes más necesario arruina la vida de la planta. Sin embargo está claro que no es posible, ni siquiera en el peor de los casos, dejar a un lado ese algo que representa la parte irreductible de nosotros, de nuestro afecto; ese caso de un cuerpo desnutrido sistemáticamente que va disminuyendo poco a poco hasta la mínima expresión, y en donde el cerebro –la parte más importante de nuestro cuerpo- es la última en mermar, es un ejemplo de cómo en última instancia nos podemos ver sorprendidos dentro de nosotros mismos por un amor o un afecto que nunca lo hubiéramos creído encerrado en el mecanismo de nuestro yo. El último valuarte de la vida, que como una fortaleza sitiada, saca de sí un último esfuerzo para decir algo que le sale de las tripas y del alma: te quiero.




El milagro de vivir cada día


Me despierto en casa de mi suegra Mary. Lleno de la novedad de un día fuera de mis hábitos diarios, bajo los cuatro pisos de escalera y me echo a la calle. Me siento como un niño pequeño que se asoma al día admirado por lo que ve, un hilo de sensaciones nuevas empieza a correrme por dentro. No hace mucho frío. En la esquina de la calle Sandoval miro hacia el interior de una cafetería; está muy concurrida, parece hacer un calor acogedor dentro; sobre la barra hay un buen montón de croissanes, ensaimadas, churros; las máquinas de café funcionan ininterrumpidamente; camino hacia la calle Fuencarral, tropiezo con un camión de reparto, me cruzo con una discreta oleada de gente; los agentes municipales, equipados con sus uniformes fluorescentes, dirigen el tráfico; los semáforos reparten a su arbitrio el espacio y el derecho de tránsito; en los quioscos se sirven calentitas todas las noticias del mundo reunidas en resmas de papel de distintos tamaños.
Saboreo con delectación lo que me ofrece la calle. Y es que basta que pongamos un poco de novedad en los hábitos diarios para que la forma de acercarnos a la realidad cambie. El milagro de cada día: estar vivo y ser consciente de ello. Tomar un café con leche y un croissant en el bar de la esquina y saber de la cantidad de esfuerzo humano que eso ha requerido; miles de años de civilización que hacen posible que hoy me pueda sentar a la barra de un bar y pueda desayunarme mientras observo al camarero dando los buenos días a un cliente; dos medianitas, Juan, dice éste; ¿leche caliente? contesta el otro. La chica de al lado se fuma un cigarrillo tras el desayuno. La mayoría de los clientes del bar fuma. El gusto del cigarrillo mientras se empieza a tomar contacto con el día que comienza.
Ahora estoy en la sala de espera del oftalmólogo. Me echan unas gotas para dilatarme la pupila y, mientras, hago tiempo. Sobre una mesita se amontonan las mismas revistas de siempre; en una de ellas, a toda página, hay una fotografía de una tal Letizia, a cuyo rostro asoma un cierto aire de timidez. Espera un bebé, una mujer que era la esposa del profesor de mi hijo hace años y que ahora parece que las circunstancias la han convertido en el vientre de gestación de los próximos reyes de este país. Gran honor, sí señor. Sigue siendo la misma pero ahora el rango la ha catapultado a todas las páginas de las revistas y periódicos. Por arte de bobilis bóbilis... etc.
Puede usted tener principio de atrofia del nervio óptico, me dice aséptico e indiferente el oftalmólogo. Sigue un breve (y significativo) silencio interior por mi parte; de repente la posibilidad de la ceguera. El oftalmólogo cumple su trabajo; una larga jornada laboral que comienza a las nueve de la mañana y termina a las nueve de la noche; doce horas de oftalmólogo son demasiadas horas para hacer un trabajo como Dios manda (que diría mi madre); teclea indiferente en su ordenador el diagnóstico; apenas habla; necesita tomar un vasodilatador, añade. Esto también es un milagro, poder ver, una suerte de la que raramente somos conscientes. Ahora recuerdo un artículo que pasé de largo mientras leía sobre el embarazo de la señora Letizia; una entrevista al alcalde de una localidad de Barcelona que es completamente ciego; eso lo recordé después de hacer su diagnóstico el oftalmólogo. Estar ciego, ser ciego. No ver más los colores, el bosque, las montañas, el mar, los cuadros que siempre amaste, la gente que abarrota la calle, las fotografías que recolectaste durante cuarenta años. Quedarse ciego y acaso seguir viviendo.
Cuando salía del oftalmólogo, una cascada de luz me impedía abrir apenas los ojos; mi pupila dilatada no podía soportar el flujo luminoso que bañaba la plaza y resplandecía inundando mi campo visual como si de un inmenso campo de nieve se tratara. Hube de acogerme al refugio de la acera umbría de la calle para protegerme de la luz que invadía mi retina. Busqué desorientado una óptica donde comprar unas gafas de sol; la encontré en la plaza de Iglesia (Iglesia, sí, que no Iglesias como había dicho siempre, que debo atender a la solicitud de una amiga que brega estos días por la exactitud de mis palabras y me ayuda a recordarme la incorrección de algún laísmo o la evidencia del género femenino del vocablo agua). A esta hora la magia de la mañana había desaparecido casi por completo. Me encontraba desvalido e inseguro con la visión mermada, con esa amenaza de atrofia de nervio óptico que me habían disparado a bocajarro momentos antes; y, además, ya sabe que usted tiene también principio de cataratas, añadió sádicamente, no conformándose con el impacto que había producido en mí su primer aserto. Opté por unas gafas que no me gustaban pero que protegían herméticamente mis ojos de ese mar de luz que invadía la calle.
Cambié de escenario, ahora es la consulta del urólogo. La hora del dentista se me pasó en el oculista mientras dilataba la pupila (sí, era mañana de ITV hoy). La próstata. Mi tío Mario murió de un cáncer de próstata; también mi madre murió de un cáncer; no de próstata evidentemente; y también otros dos tíos más, de los que no recuerdo en qué parte de su cuerpo se cebó el cáncer. La señorita de recepción me ha echado la bronca por no llevar volante (que olvidé en casa); tampoco sé el nombre del doctor; un desastre. También olvidé el talonario de las recetas, y el número de teléfono del dentista, a cuya consulta ya no tengo tiempo de llegar. Dos muelas jodidas que quizás puedan salvar una endodoncia. Mejor no ir al médico. Todo esto me deprime, o quizás no tanto, para eso hoy es una mañana de milagros.
Son las doce y media. Debo estar a las dos en la plaza de los Cubos, en plaza España. Después iré al cine con Victoria; la película que me recomendó mi amiga Raquel, Más extraño que la ficción. También el cine es otro milagro; y la novela de Jane Austen que leo, Persuasión, un ejemplar que ostenta el precio en caracteres relevantes: 3 Pesetas. Estamos rodeados de milagros y de amenazas de muerte. Una mujer mayor limpia la caspa de la chaqueta de su marido, le da golpecitos en los hombros. Cosas cotidianas, el hábito de la vivencia en común. Llaman a una señora mayor muy delgada con aspecto demacrado; su marido, un hombre fornido de cuerpo voluminoso, la ayuda a ponerse una rebeca y la empuja hacia la puerta dándole cariñosamente una palmadita en el trasero. Tres minutos para hacerme la ecografía.
Se acabaron los médicos por hoy. Sólo me queda darme un paseo, comer en algún sitio baratito, que la economía no está para derrochar, y ver tras el café una película. Durante el paseo seguro que pensaré un rato en esa necesaria cesación de una relación difícil a la que hago frente. No mucho, lo suficiente para ir deshaciendo en mi sistema límbico lo que el tiempo y el afecto construyó durante muchos años. También esto será un milagro que habrá de suceder. Pensaré también en esa amenaza de atrofia del nervio óptico del único ojo con el que veo. Un ciego alimentando sus días sin luz, sin color, sin imágenes, sin rostros llenos de alegría o temor, sin ese calor que desprende la mirada de un ser amado. Esto último va a prevalecer hoy en mis pensamientos; es obvio; acaso también ese dichoso asunto del tiempo, de los años cabalgando premonitorios como los jinetes del Apocalipsis por el segundo plano de la conciencia. Aprender a morir es una tarea importante, quizás la más importante. Mientras tanto, bebe tu sake, leía el otro día, bebe tu sake, vaga como un león, y muere, también como un león, cuando llegue tu hora, sin dejar rastro. Sí, sin dejar rastro; magnífico; vagar por el mundo y la memoria buscando en los ribazos del alba el halo de vida que surge de la tierra como un geiser en la madrugada del desierto de Atacama. Tal como sucedía esta mañana en que la vida parecía un milagro.
Le voy a pedir a mi suegra que me dé hospedaje de tanto en tanto. Dormir hoy en su casa y bajar a la calle temprano, me dio oportunidad de volver a las fuentes. Todos tenemos nuestras fuentes; yo también. Esta mañana me acerqué a ellas y pude vivir como si hubiera nacido un instante antes, como si un ancestro mío, yo mismo, se hubiera bajado de los árboles y hubiera descubierto el mundo en el transcurso de las primeras horas del día.
Dejo la consulta del urólogo, me voy a la calle. Tomaré en consideración aquel consejo: vagaré. Vagaré por ese milagro que es estar vivo.
Saboreo