Orlando

Sólo me interesa el amor, dice Orlando, en la película que acabo de terminar de ver; el Orlando de Virginia Woolf llevado al cine.
Mi privilegiada posición de contemplador —tiempo disponible, ánimo divagador e interpelativo— convierte el mundo en un escenario en donde unas veces miro lo que sucede —simplemente— y otras me dejo arrastrar por las pasiones y por los cantos que la escena me depara; todo ello suscita también la propia contemplación como elemento escénico; todo puede suceder más allá del proscenio. También yo soy ahora parte del conjunto del escenario, actores, escenografía, pasiones, amor, el decurso de los acontecimientos, la obsesión melancólica del hecho amoroso. Cuando miro una película junto al fuego de la chimenea —todavía, mientras el invierno no termine del todo—, yo soy Orlando, o el amante de la cabra (esa bella historia de amor Edward Albee), o... pero también soy mi propio hijo empeñado en vivir como en el paleolítico en una cabaña arriba en el monte, y soy mi propia madre, o acaso mi padre ciego; o incluso mi propia amante en quien me encarno. Cuando la vista se posa durante un largo tiempo sobre las crines de las llamas —crepitar, ondulación, armonía, jardín mullido en donde se atemperan las emociones— todo es posible. Las llamas son un antídoto contra la soberbia del “progreso”, me remiten al hombre primitivo, a los fundamentos del ser, al hecho simple de vivir.
Uno no tiene constancia del compañero amigo, ese músculo, el corazón, hasta que el cardiólogo no le diagnostica una hipertrofia; ahora, cuando apoyo mi cabeza en mis manos, las yemas de mis dedos buscan el bombeo sanguíneo de mis arterias junto a mis oídos, y sé que mi corazón está ahí, haciendo su trabajo, po po po po po... día y noche. Y yo me siento feliz oyendo a mi corazón. Y cuando me doy una carrera porque pierdo el tren de cercanías y minutos después me acomodo en mi asiento y el vagón empieza a traquetear, yo escucho atentamente el inesperado desasosiego de mi corazón. Venga, chico, tranquilo, le digo amigablemente...
Así que además de ser los personajes de los libros, de las películas, o de las obras de teatro que veo, también soy mi corazón. Y si me refiero a mis ojos, pues con mucha más razón todavía. También soy mis ojos, que tanto me lloran últimamente, porque no les gusta la pantalla del ordenador, o porque se han vuelto delicados con el exceso de luz. Tampoco antes yo sabía nada de eso de la tensión sanguínea... hasta que me voy al oftalmólogo y me dice que una hipertensión puede producir una atrofia del nervio óptico; vamos, que te puedes quedar ciego de la noche a la mañana. Y entonces me altero y enciendo el ordenador y me pongo al día, y yo que antes no tenía ni idea de que mis ojos necesitaban alimentarse a través de las ramificaciones arteriales —las arterias: tan finas, tan mínimas, tan frágiles, tan vitales para que yo pueda admirar con mis ojos el mundo y toda la belleza que los hombres han creado con sus manos—, ahora cierro los ojos y observo su trabajo; soy yo, una parte de mí, tanto como mi nariz o mi rostro, o la tripita esa que se me empieza a poner de buda feliz. Y yo sin haberme enterado hasta ahora.
Y entonces miro las llamas en la chimenea recién terminada de ver la película de la noche: Orlando, y me admiro de mis tantos descubrimientos últimos. Esa sorprendente sensación de reencontrarse con uno mismo, alguien al que conoces desde hace más de cincuenta años pero con el que sólo te tratas rudimentariamente, y eso cuando algún órgano se queja, que mientras tanto ni flores. Y así las cosas, va Virginia Woolf y pone en la boca de su andrógino protagonista eso de sólo me interesa el amor; es decir sólo me interesa algo en lo que está implicado todo, absolutamente todo mi ser (eso parece ser el amor): el músculo ese de la sangre, po po po po, la tensión arterial, los ojos, el riñón, el cerebro, el alma, las emociones, todo; y es que sucede que cuando leo o soy espectador de un espectáculo es precisamente la sabiduría de mi cuerpo, que yo tanto admiro, la que a palos con la razón —tantas veces— viene a darme de estacazos para que me ponga de una vez por todas las pilas. Porque es el caso que uno —e imagino que casi todo quisque—, pretende darle lecciones al corazón a cada momento —el neocórtex, muy lúcido él, muy razonador, no deja ni un minuto de aleccionarnos y decirnos lo que tenemos o no que hacer—, y sin embargo, necesariamente termina por llegar el momento ese, precisamente ese, en que tarde o temprano todos los argumentos de la razón terminan por desplomarse frente a las arremetidas de esa sabiduría escondida de nuestro cuerpo que pide desde el interior de nuestros órganos —el corazón, los ojos, los oídos, la memoria, el sistema nervioso al completo— una cálida aproximación a aquello que nos interesa primordialmente.
Y para eso debe servir ver cine y leer muchos libros, para encontrar precisamente en ellos los rastros de nuestro yo que hay en cualquier historia escrita o filmada, para reencontrar en los otros el modo en que las emociones y las pasiones circulan por los cuerpos y las almas ajenas. Para reencontrarnos con nosotros mismos y con nuestras escondidas pasiones.


La cabra

Una historia de amor. Yo también me enamoré de una cabra, no precisamente de la misma que José María Pou en la obra de Edward Albee, pero una parecida; estaba profundamente enamorado. Hasta ahora no lo había manifestado en público debido al natural rubor que tales amores podían despertar, amén de las inconveniencias que podrían acarrearme entre mis amistades y conocidos; pero ahora que me entero de que gente tan respetable sufre del mal de amores de este tipo y los hace públicos frente a un numeroso aforo, pues me vino la gana de hablar de ello. El caso es que esta mañana andaba un poco deprimido en la cama, precisamente porque los amores con mi cabra se han ido definitivamente al carajo, y no encontraba la manera de levantarme, que el cuerpo me pesaba enormidad, cuando se me ocurrió que quizás si contaba algo de esta historia por escrito acaso me liberaba del muermo al que a punto estaba por sucumbir. Y en ello estoy, una especie de terapia, a probar si entre el aire de la mañana, tan violento, y el cuento de mis amores el sistema nervioso se me relaja un poco.
Contaré la historia. Un día de primavera, paseaba por los pinares de Gudillos tratando de alcanzar el camino que sube a la Peñota, el día era soleado, yo mediosalía entonces de una de esas crisis matrimoniales que se cruzan en la vida de todas las parejas, cuando allá, al fondo del claro de bosque que atravesaba me tropecé con la mirada de una cabritilla que me observaba tímida con sus grandes ojos morenos desde el otro lado de unas jaras. Estaba triste entonces, y paseaba mi soledad y mi nostalgia por los montes a modo de quien busca un refugio para sus penas. Pronto me di cuenta de que no podía quitar la vista de los ojos de la cabra, que hablaban, sí, hablaban de la misma manera que los míos; hablaban de soledad, de deseo de ternura; ella estaba tan sola como yo.
No pude dejar de pensar en otra cosa durante toda la semana siguiente que en salir disparado de Madrid para coger el tren que me dejaría junto a mi cabra querida; sí, porque nuestro amor fue fulminante, yo amé en seguida su pelaje blanquinegro, su ociquillo, esos ojos saltones que me miraban con tanta desmesura, la aterciopelada longitud de su lomo. No lo creerán pero aquella misma semana le escribí una docena de sonetos, nada que no fuera ella podía ocupar mis pensamientos. Dos o tres semanas después consumamos nuestra unión. Bajaba en Gudillos; ella me solía esperar en los pastos altos que suben a la Peñota. Aquel día remontamos hacia el collado de Marichiva camino de la Fuenfría. No, mi cabra no hablaba, siempre fue muy silenciosa. Y después, por la pradera de Navalusilla subimos por la ribera de un riachuelo hacia Cotos y la laguna de Peñalara. Era una tarde preciosa, en las cumbres todavía quedaban restos de nieve. Allí, sobre un montículo, no en el montículo, no, sino sobre el montículo, con la maravillosa vista de Cabezas de Hierro al fondo, me desvestí, y mi cabra y yo hicimos el amor sobre un prado resguardado del viento. El sol acariciaba nuestros cuerpos desnudos. Nunca había sentido nada igual, extrema dulzura, amor, ternura. Los dos nos hicimos un poco cabras, tanto nos aficionamos a las alturas que en ocasiones pasaba a recogerla en las cercanías de San Rafael en mi coche y nos marchábamos a la sierra de Gredos. Nos gustaba hacerlo en las cumbres, en lo alto de los Galayos, por ejemplo, o en la cumbre de la Galana, aunque para llegar allí tuve que atar a mi cabra con mi cuerda de escalar, que sus pezuñas resbalaban condenadamente en el granito y no era ella como las cabras de esos lares, tan habituadas a escalar aquellos riscos.
Quería un montón a mi cabra, como no quise a nadie; y ella, aunque soy algo estrábico y un poco sordo, y no me parezco ni mucho menos a Robert Redford, también me quería, que a la vista estaba cómo daba saltos de alegría cuando me veía aproximarme cada semana desde la estación del tren, que saltaba y brincaba hasta colgarse de mi cuello y cintura. Sí, y así pasaron algunos años hasta que un día el cabrero nos descubrió. Y entonces... sí, entonces, mi cabra cogió miedo; más que miedo, terror, diría yo. El cabrero era como la hidra de las mil cabezas, de mirada penetrante y aliento venenoso. Ya sólo nos podíamos ver una vez al mes cuando el pastor atravesaba el cordal de La Mujer Muerta para visitar en La Losa a su mujer y a sus hijos.
¿Y saben qué pasó entonces? Pues que desde que ella estaba encerrada día y noche en el corral, le dio por tener celos y esto sí que era ya el cuento de nunca acabar. Y es que de vez en cuando estaba tan solo, yo, allá, en los prados, esperando verla desde lejos sin que el cabrero me descubriera, que en algún momento, principalmente en las largas horas de la siesta, cuando todos andamos abobolinaos sin saber que hacer, yo me lo hacía con alguna que otra cabra que encontraba en mi camino, que tratándose de cabras no hay pegas que poner, que a mí las cabras siempre me gustaron; lo que a mi entender, que uno es liberal, no faltaba más, no debiera haber preocupado a la mía a la que tanto amo. Sin embargo las cosas no caminaron en ese sentido, y mi cabra ha ido cada vez a peor complicándose la vida y complicándomela a mí. Hemos llorado uno en las patas del otro muchas veces; ella me dice amor mío cuando estamos juntos, me arrima el lomo, entorna sus ojos saltones y me pide perdón, me dice que ya no va a ser celosa; yo le digo te quiero y amor mío y hacemos largamente el amor, siempre con el oído avizor para que los pasos del pastor no nos sorprendan en nuestro rincón del corral. Pero no pasan unos pocos días y ya la está armando otra vez. Total, que pese a lo tanto que nos queremos he decidido que esto se acaba, que es imposible tener amores con una cabra encerrada en medio del monte.
Y así estábamos, despedidos ya, cuando me entero que los avances tecnológicos han hecho su aparición en el aprisco de Gudillos, que hasta wifi han instalado, y entonces me han empezado a llegar mensajes, en los que mi cabra me pone continuamente de vuelta y media.
Una triste historia en cualquier caso. Ayer, durante la representación de La cabra, en el Bellas Artes, oí reír incomprensiblemente a los espectadores. Ni yo, ni probablemente el protagonista, entendíamos por qué reía tanto la gente; tratándose de una tragedia desoladora todos tendríamos que haber llorado desconsoladamente. Pero así está el mundo, mientras unos lloran las tragedias de la existencia, otros tratan de convertir todo en comedia... que se lo digan a los del PP si no.

Desmontando a Harry

Acabo de terminar de escribir mi última novela, Invierno, el tercer tomo del ciclo estacional con que me propuse ocupar mi primer año de excedencia. En ella resolví lo mejor que pude el problema que la influencia de la realidad cercana tiene sobre mi escritura. Descubrir los débitos que la escritura tiene con la realidad o con la experiencia personal de quien escribe es un juego posible en el que tan fácil es equivocarse como todo lo contrario. Regalas una novela, te leen y el amigo o amiga de turno ya cree tener a mano algunas claves interesantes de la vida de uno. No, no es así, y sin embargo la experiencia merece la pena; si la cosa literariamente vale el fin justifica los medios siempre que no haya ningún descalabro en el camino por su causa; en definitiva, dar un poco de sentido lúdico a los días no viene nada mal; no faltan ejemplos en la literatura en donde la mezcla de la realidad y la ficción dan como resultado un producto digno de leer.
Hace un par de días vi Desmontando a Harry, de Woody Allen; algo de esta película alumbró mi reflexión sobre el tema. Escribir porque a uno le place, porque ayuda a reflexionar o porque pone a prueba ciertas capacidades, lo que reporta en correspondencia una sana satisfacción, no parece estar reñido con que uno sepa de la notoriedad de sus límites, que se pueden aceptar sin más aunque se siga echando de menos una deseada imaginación de la que uno no está dotado, y que por consiguiente tire adelante con lo que hay. Ergo, no desesperarse por ello y, seguir por tanto, intentando sacarle a la realidad sus réditos aunque sea a veces a costa del dolor propio de una memoria sembrada de espinos, pasión, sangre y, por supuesto, amor.
Si la realidad fuera un frondoso pino, la escritura podría ser esa resina que, tras haber hecho una larga incisión en la madera del tronco, cae gota a gota, viscosa, llenando con su tesoro dorado la maceta de barro; de vez en cuando la maceta se llena y se completa con ello la escritura de un libro, un relato. Y sin necesidad de que escribir sea tanto como eso que afirmaba Bataille, escribir para no volverse loco, reconocerlo como un hecho significativo, catársico, estimulante para el sujeto que lo ejerce. Si la obra se lee o no, o si tiene o no repercusiones más allá de uno mismo, debe ser un hecho a tener en cuenta, pero ello ya es un asunto de segundo orden. Existimos creando, o más exactamente, es estimulante existir creando algo; o mejor aún, nuestra conciencia de existir con cierta plenitud es más notoria cuando nuestras manos y nuestra inteligencia son capaces de hacer algo digno de ser visto con gusto, admirado, escuchado. Anoche, a las dos de la mañana, terminando de diseñar la portada de mi novela (todo se hace en casa), me sentí bastante satisfecho; miré aquello con placer durante un buen rato antes de irme a la cama. Sentimientos similares han pasado por mí durante este mes y medio que ha durado la elaboración de este último trabajo, un largo monólogo sin ningún tipo de puntuación, un párrafo de principio a final.
Sin embargo, ahí sigue Woody Allen, con su humor acre maquillado de inocencia interrogándome esta noche sobre la viabilidad o no de la exploración narrativa de los materiales que la realidad inmediata sugieren al protagonista y que, durante toda la película, sufre las consecuencias de su disposición a hacer un retrato excesivamente crudo de sus personajes, que no son otros que familiares y amantes de ocasión. Todos ellos terminan pidiéndole cuentas cuando se ven retratados en los volúmenes que circulan por las librerías de toda la ciudad. Woody Allen pone la cara de siempre de quien no ha roto un plato en su vida y continúa sumido en “su realidad”. La película termina en una secuencia onírica en la que todos los personajes congregados rinden un cándido homenaje a su autor. En el interior de la lógica esperpéntica que mueve algunas secuencias de la película se puede leer sin embargo esa necesidad imperativa de crear, caricaturizada en este film, y que también forma parte del argumento de La vida de los otros, , que asaltan tan vitalmente a los escribidores de toda laya. Necesidad que, en muchos casos, obliga al autor a recolectar los arándanos en el particular bosque de la experiencia cercana. Y de ahí la incertidumbre. Y es que no hay vez que termine de escribir una novela que no me asalte la duda, o la conveniencia, o incluso el derecho a utilizar esos materiales; y en esta ocasión con más razón cuando veo aparecer en la pantalla el aspecto ingenuo y prolífico de Woody Allen. Procuro curarme en salud recordando alguna novela notable de Philip Roth, o Henry Roth, o Genet, o tantos otros, pero aun así el tema me preocupa; me deja intranquilo la manera en cómo la realidad puede mezclarse con la fabulación, al atribuir al personaje real unos hechos imaginarios, un desenlace funesto, por ejemplo, con el que evidentemente la persona de referencia puede verse no sólo sorprendida en su intimidad sino cuestionada por la interpretación y evolución que el autor atribuye a su vida. Por supuesto al personaje se le puede situar allá lejos, al otro lado del Tibet pongamos por caso, pero aun así.
En Más extraño que la ficción, Karen Eiffel, representada por Emma Thompson, escribe su última novela en la que, como las anteriores, el protagonista debe morir. Éste, que descubre a la postre que su vida depende de la escritura de la novelista que está escribiendo su vida, termina por ponerse en acción para interferir en la decisión de la autora de matarle; lo que consigue frente a la opinión en contra de la crítica, representada por Dustin Hoffman. En este caso, la concesión que hace a la vida la autora, sirve de alivio tanto al protagonista como al espectador que a estas alturas ha empezado a tomarle simpatía a un personaje que se pasa la película descubriendo en la vida un paraíso que hasta días atrás era sólo un recurrente encadenamiento de obligaciones laborales.
La literatura y el cine están llenos de ejemplos de personajes soliviantados contra su autor. En todo caso una dialéctica posible, una manera más de dialogar e interpretar la realidad, aunque esa realidad sea la realidad de los otros, a la que no siempre nuestra percepción alcanza del todo obligándonos a escribir desde la parcialidad de una interpretación posible. En el caso de Harold Crick, en el papel de inspector de hacienda, en Más extraño que la ficción, el personaje trata de modificar la acción, el modo en como el autor da forma a su protagonista; mientras que en mi caso, de momento, soy yo sólo quien está en acción; analizo una parte de la realidad de mi personaje, extrapolo, hablo con él, le quito la esperanza, lo suicido. Mi escritura en este punto trata de ser un diálogo del autor con su personaje, una provocación, la búsqueda de una síntesis. También yo debería esperar la reacción de mi personaje y con ello dar lugar, acaso a una realidad diferente, acaso a un nuevo relato.

Amanece que no es poco

El otro como posibilidad. Anoche, mientras veía frente a la chimenea aquella secuencia de la película Amanece que no es poco, de José Luis Cuerda, en la que Antonio Resines, ingeniero licenciado en Oklahoma, Estados Unidos, sube conduciendo la vespa en cuyo sidecar el padre le vocea que pare inmediatamente que tiene algo importante que decirle y que obliga al hijo a un frenazo de mil demonios y, en la que cuando el sidecar todavía está vibrando por efecto del frenazo, el padre se anuncia con un te quiero; mientras se desarrollaba esa escena, decía, apareció un cartelito sobre la pantalla que anunciaba la entrada de un correo electrónico. Después de que la moto se pusiera en marcha y ya en el pueblo se encontraran con el negro que les pone al tanto de que todo el vecindario está en misa, y de que nos enteramos de sus facultades, las del negro, claro, para hacer el favor desinteresado a los maridos poco agraciados en las tareas de un coito satisfactorio para sus respectivas; pues entonces, decía, me entró la curiosidad y me decidí a poner en pausa el dispositivo del Winamp para investigar aquel correo entrante cuya remitente me era desconocida: “Lola te ha enviado un vínculo relacionado con la última entrada de tu blog: Reflexiones sobre la vida cotidiana” y Lola añadía más abajo: “Me siento identificada con lo que has escrito... Valoro mucho poder mantener una conversación interesante con alguien.. Y no es nada fácil..”. Y tanto que no es fácil. Pero antes tenía que seguir viendo la peli que me había grabado mi osita y que había sustituido a última hora a las deliciosas escenas de Long pant en las que Harry Langdon se encierra en su buhardilla para sumirse en la lectura y aparecer poco después emborrachado con el ensueño de un flechazo en perspectiva: el otro como posibilidad. Digresiones en todo caso para el día siguiente, que no era cosa de dejar la película a medias.
"Amanece" es necesaria y contingente, que no es poco, afirma un comentarista. Yo diría que mucho más necesaria que contingente; y si, además, el crítico la califica como de humor absurdo, habría que añadir más peso aún en el platillo de las verdades que merodea y que nos parecen más absurdas dada nuestra condición de circunstancia (Ortega dixit) a fin de que el yo no haya de sufrir en exceso el descalabro que suponen unas circunstancias que le pueden ser ajenas en exceso. No hay tanto absurdo como parece en la película. Para mí que saca a pasear una bonita parte del inconsciente, tanto colectivo como personal, y que naturalmente el superego trata de reprimir en lo posible. Hay muchos detalles en la película que de no ser tan mojigatos y sometidos por el hábito a los dictados de costumbres que con frecuencia no se tienen con su propio pie, nos harían menos gracia. En realidad nos reímos de nuestra propia incapacidad para aceptar la realidad tal cual es. ¿Una broma? allí estaba el pueblo en masa, convertido en plebe, solicitando en manifestación del alcalde compartir a la rubia que se había traído del brazo desde la capital.
Y se me antoja, volviendo otra vez al correo de anoche, que tenemos en gran estima muchos valores y que sin embargo es altamente difícil ponerlos en práctica; Lola se refería al hecho de mantener una grata conversación, pero podríamos hablar de un amplio abanico de posibilidades que por uno u otro motivo no explotamos. Todas aquellas que suponen la celebración del encuentro de dos personas. La vida pasa y son tan a veces descomunales las circunstancias que no hay manera de pasárselo uno medianamente bien a no ser que decida armarse de valor y, como Jabato o Capitán Trueno, se eche a la calle a combatir los imponderables; en mi caso una timidez que todavía da sus últimos coletazos, algo que no es demasiado malo, por cierto, y tendría que recordar aquella anécdota de Juan Rulfo que cuenta García Márquez, que estando en un acto público para recibir determinado premio cuando nombraron a Rulfo no se le encontraba, que se había metido bajo la butaca, que su timidez era de padre y señor mío; en otros casos la dificultad propia de esa magna deidad, doña Circunstancia; y, por supuesto, cómo no, la dificultad de encontrar nuestros interlocutores, porque seguro que entre esos seis mil millones de personas que polulan por el planeta alguien, alguien digo yo, tendrá que haber con quien pegar adecuadamente la hebra; alguienes debe de haber con quien pasar un rato agradable, tener una aventura, cruzar la selva o compartir un buen libro. Y sin embargo, qué difícil; tiene razón, Lola, qué difícil. Yo tengo con frecuencia la impresión de que mucha parte del personal anda como viajero solitario atravesando su desierto particular siempre con alguna parte del trasfondo de su conciencia ocupado en la posibilidad de un encuentro con otro, con otra; siempre. Hace unos años caminé durante dos meses solo, atravesando los Alpes entre Niza y Eslovenia; una espléndida soledad que amo experimentar con frecuencia. Pues bien, no faltaron montones de ocasiones en que mi solemne aislamiento no quisiera deshacerse en un abrazo, un polvo, una grata conversación; lo del polvo no hubo manera, que los preservativos durmieron en el fondo del macuto sin solución de continuidad durante sesenta días y sesenta noches; y tendría que recordar tras tantos días de caminar, ocho, diez horas al día, un agradable encuentro subiendo hacia un refugio anclado en la cercanía de una cumbre de las Dolomitas; unas pocas palabras, un saludo afectuoso de mutuo reconocimiento, pero Dios, la timidez, qué mala compañía, llegamos al refugio, ella se demoró sobre una piedra y yo entré a comer en el refugio; cuando salía del restaurante corriendo, repuesto de fuerzas, dispuesto a pegar la hebra con aquella caminante solitaria de agraciada simpatía, plas, nada, miradas por aquí, miradas por allá, nada, la tía se había largado ya. Y cómo soñé yo desde mi soledad, entonces, en lo bonito que habría sido caminar con aquella italiana de parecidos gustos andarines a los míos durante un par de días. Amigables encuentros hubo pero muy pocos, tan solo al final me pude despachar a gusto con una pareja de Italianos, y todo porque él me había confundido, barbudo y desaseado de tanto caminar, con un eremita ambulante, lo que desencadenó una apasionante chiacherata, que dicen allí, que duró medio día y en donde no falto teología, filosofía de la vida y arte de amar que no recorriéramos en apasionante conversación durante horas: el placer de conversar, la suerte de encontrar en el momento preciso unos contertulios dispuestos a pasárselo bien; guardo un grato de aquellos amigos, Angelo y Pierina se llamaban.
Todo otro con quien nos cruzamos es una posibilidad de conexión, pero estamos tan revueltos unos con otros, tan distantes, que no es fácil encontrar los interlocutores válidos, los contertulios afines, o simplemente la compañía que nos haga más grata alguna parte de las muchas facetas de la existencia. Tan centrados estamos en algunas paparruchas en las que se nos va la vida, que olvidamos con no poca frecuencia la necesidad de seguir buscando entre el anonimato de la calle a nuestros similares a los que sin conocerlos nos une algo que podamos compartir con entusiasmo. ¿Donde? no sé, sí sé que hay que seguir buscando, en la virtualidad, en la calle, donde se tercie; yo me prometo ya mismo, que la próxima vez que me eche a caminar por los Alpes será diferente, me disfrazaré de príncipe azul, de Sócrates, de lo que sea con tal de poder compaginar mis aficiones de solitario con aquella otra faceta amante y contertulio. Quizás recurra también a las soluciones de nuestros ancestros y ponga una vela a la virgen :) para que me ayude en el arduo camino de los encuentros y me mantenga discretamente alejado de las vicisitudes de los grandes “problemas” de este mundo de locos en donde la cremallera de un vestido de Penélope Cruz ocupa la quita parte de la portada del periódico de mayor venta del país.