Algunas instantáneas






Mi ánimo derivó esta mañana hacia un puñado de fotografías que andaban por ahí, en el limbo, esperando un instante en que mi interés recayera en ellas. Pertenecen a los años setenta. Un material que de vez en cuando me entretengo en digitalizar para meterlo en el saco sin fondo que es mi disco duro. Desde allí me es más fácil convocarlas, aparecen incluso inesperadamente cuando trabajo en el programa de diseño gráfico. Fue el caso de esta mañana. De golpe me encuentro a pantalla completa con el rostro duro de Magdalena. Intento retocarla, pero no merece la pena, la deteriorada copia original no da para más. Probablemente fue una de tantas fotografías que uno toma sin que haya tiempo para establecer un raporto con el sujeto que está retratando; sin embargo este rostro estuvo colgado en las paredes de mi casa durante muchos años. Magdalena no iba al colegio, vagaba por la calle, pedía un bocadillo, una peseta, pero lo hacía desde lejos, como lo haría un perro al que han arreado más de una patada en el hocico. La miro mientras corrijo el contraste y el brillo; uso el tampón para hacer desaparecer los muchos desperfecto de la copia de papel. Haciendo el trabajo, con el rostro de frente y ampliado, me siento muy cercano a esta niña; probablemente ahora tendrá en torno a los cuarenta años. Pienso en que me gustaría conocerla, tomarme un café con ella mientras me cuenta algo de su vida. He tenido oportunidad en los últimos meses de encontrarme con gente de mi edad a la que no conocía y con quienes las circunstancias ha hecho posible hablar de eso que llamamos la vida. Es una experiencia entrañable. Mis negativos están llenos de gente con las que me gustaría volver a encontrarme para saber qué hubo entre esa toma realizada más allá de un lejano cuarto de siglo atrás y la actualidad. Las infinitas variables en que puede materializarse la vida. Un buen ejercicio de reflexión para mirar en perspectiva nuestro propio acontecer. Apenas sólo un amable deseo.

¿Qué tal le habrá ido a a Magdalena en la vida? ¿O a esta gitanillas con el chochete al aire que se sonaba los mocos frente a la puerta de su chabola en el Cerro de la Mica junto al barrio Lucero? Por cierto, que la pasada semana se me ocurrió teclear mi nombre en el Google y me llevé una sorpresa cuando me encontré con una carta que en los años setenta había enviado al periódico El País en relación a las chabolas y a los gitanos que ocupaban aquel lugar en esos años. Tiempos aquellos, como los de ahora, en que los ediles, entonces el señor Arespacochaga (sí, todos nos tenemos que morir; algo que difícilmente comprendemos, y que de comprenderlo nos ayudaría a vivir mejor, más en armonía con nosotros mismos y con los demás. A la armonía interna del señor Arespacochaga y a la del teniente alcalde de la zona les habría ido mejor de haber atendido debidamente a esta gente del Cerro de la Mica; pero... consideraban, de la misma manera que el párroco de la zona, D. Enríquez de Salamanca, que aquella gente no merecía siquiera la posibilidad de disponer de agua potable.), tiempos, decía, en que gustaban hacerse la foto, incluso aunque tuvieran que mancharse de barro los zapatos, como fue el caso. Es imposible no preguntarse por las razones últimas (estupideces últimas, diría yo, que guía en su conducta a este tipo de gente. Y que se lo pregunten si no al señor Arespacochaga o al aristocrático párroco D. Enríquez –ambos, imagino, convertidos ahora en simple abono- para quienes los gitanos no eran dignos del Reino de su Dios; ¿para qué les habrá servido a estos señores ser alcaldes o párrocos, “gente notoria”, si no supieron contribuir a paliar los problemas o el dolor de gente que lo necesitaba. Sí, me fui por los cerros de Úbeda, lo sé; pero que quede, que de esto algún día haré un libro y me gustaría que algo de ello pudiera ser leído por algún futuro descendiente; que no es fácil vivir y los caminos para equivocarse son abundantísimos y conviene incidir una y otra vez sobre lo que es importante en la vida y lo que no lo es, no vaya a ser que me salga un nieto que quiera ser alcalde, párroco, “alguien sumamente importante”, sí, cualquiera de esas cosas que sólo sirven para añadir oscuridad al sencillo camino de la vida.

Junto a Magdalena apareció también la niña de las Hurdes de manos y rostro quemados, que se acercó a nosotros mientras comíamos algo en un bar de algunas de las perdidas aldeas de la región. Encogida, agarrada una mano a la otra, y la expresión inconfundible, en su rostro abrasado, de alguna deficiencia mental; se acercaba a la mesa en donde comíamos para pedir algo, comida, dinero, unas palabra amistosa. La niña debería estar atendida en alguna institución estatal pero los familiares más cercanos habían optado por una subvención alternativa en metálico, lo que dejaba a la niña en el total desamparo de la calle, donde mendigaba un trozo de pan. No eran ya los tiempos de Tierra sin pan, de la película de Buñuel, pero no le andaba lejos. Todavía recibían allí a los viajeros a pedradas. Fue nuestro caso en El Gasco, una mañana temprano que bajábamos de las montañas después de hacer un vivac sobre la nieve del collado que comunicaba con Aldehuela.

Habíamos llegado a Aldehuela procedente de Castillo, en donde habíamos comido en casa del Alcalde, a falta de fonda, bar o restaurante en donde poder restaurar fuerzas, y nos encontramos con el pueblo en pleno furor festivo; una euforia triste que nacía de la necesidad de beber sin límites. No faltaron hospitalarios ofrecimientos para dormir en aquella aldea, pero según fue transcurriendo la tarde comprendimos que aquel no era lugar para pasar una Nochebuena tranquila. Así que un par de horas antes de que empezara a oscurecer tiramos monte arriba. Fue una noche intensamente estrellada y fría; desde nuestro vivac unas pocas luces en el fondo negro del valle nos señalaba la situación de la aldea.

Mi álbum está lleno de fotografías. Mañana habrá lugar para otras. Buenas noches.

El momento más bonito del día

Últimamente, el momento más bonito del día es aquel en que mi cuerpo y mi alma desperezan lentamente en íntima comunicación con las primeras luces del alba. Perfecto instante en que arropado en mi cuerpo en el final del último sueño, mi otro yo onírico desvaneciéndose en la oscuridad hasta la próxima noche (esa sensación de ser yo nocturno, sueño, otro yo y otras vidas cada noche rondando de una parte a otra del mundo), yo reencontrándome en mi cuerpo arropado y perezoso, caliente bajo el edredón. Y abrir apenas los párpados y encontrarme con las ramas de las acacias y del olmo y hallar allí casi siempre la figura insinuada del cuerpo de una mujer entre el jeroglífico de su madera. Sí, porque en el bosque que crece frente a mi ventana no hay invierno en el que no crezcan estas cosas, torsos, cuerpos desnudos, mujeres sedentes, la atrayente línea del pubis. Y además, la luz del amanecer posándose en la copa dorada del eucalipto que esta mañana se balanceaba señorial e imponente al impulso del viento sobre el frío cielo azul del invierno. Uuuumm, precioso instante; mi cuerpo despertando, la fuente de piedra que fabriqué para que acompañara con su sonido claustral en los bordes de mi sueño rumoreando al otro lado de un enorme ficus.

Ahora me es dado adormilarme si es eso lo que me place, y es que inventé –gran invento- la manera de no ir a trabajar más y poder así jugar a la comba con las sensaciones. Yo, fiel obediente, en lo que me interesa, se entiende, del señor Pessoa, cuando dice que hay que cuidar las sensaciones, que son lo mejor que tenemos, me dedico en estas mañanas a la plenitud de saborearlas, degustarlas lenta lentamente, cuerpo, piel, calor, frío, cielo azul, aire; incluso el berrinche de la pajarera que circunda mi casa pese a este frío que pela de hoy, es en extremo agradable; toda una música y un entorno que propicia que mis pensamientos vuelen lejos; unas veces en ala delta hacia las altas montañas que recorrí durante toda la vida; otras en globo aerostático, hacia los rincones amables y amorosos de mi vida; acaso en un batiscafo a la búsqueda de las profundidades marinas donde nadan envueltas en una difusa luz de amanecer lejano como en una noche de cuento, todo lo que amé, todo lo que sorbí en la vida con la plenitud de mi inocencia, con el candor de mi ingenuidad, mujeres que amé, que amo (que el amor es como una garra que una vez te ha asido no te suelta jamás); acaso entre las alas de Juan Salvador Gaviota o siguiendo las huellas de Shidarta hasta la orilla del Gran Río y visitando de nuevo su corriente, prendiendo a la noche la Gran Hoguera junto a sus aguas, refrescando mis ojos en las estrellas, congratulándome a cada instante por la vida que escogí vivir.

Sí, así de gratificante es a veces el momento más bonito del día. Vuelta aquí, vuelta allá. Me pongo boca arriba y recuerdo las estrellas con que mi hija había sembrado el techo de esta habitación antes de marcharse de casa, o el poema de amor de Gioconda Belli que había dibujado con letra grandota junto a las estrellas; esos tiempos en que la sangre empezó a hacerle gorgoritos por dentro, Cupido, el de las flechas candentes había hecho su aparición en la vecina localidad de Humanes... eso era lo que pasaba. Mi fuente suena como un arroyo lejano en el borde del bosque.

Sí, yo también tuve un amor aquí, o lo tengo, que no lo sé muy bien, un amor que me visitaba en las mañanas de invierno. Figúrense ustedes: el plácido sueño, la modorra, el frío, también agradable, de la nariz para arriba, en comparación con el calorcito de debajo el edredón, y de repente sentir lejano el pestillo de la puerta de la calle, unos pasos suaves, el bamboleo de la cortina, el frufrú de la ropa que cae sobre la moqueta y la irrupción de la amada entre tus brazos, calor, frío, suavidad... ternura entrañable. Y llenar la mañana de besos... y hacer el amor largamente, despacio, emprendiendo ese largo viaje con los labios del que habla Neruda, desde los pies a la cabeza. Hubo un tiempo no muy lejano que eso sucedía. Ahora lo añoro. Ahora, cada vez que durante la madrugada sorprendo un ruidito en mi casa no puedo dejar de pensar si no será ella que viene a meterse un rato en la cama conmigo. Bonitos y amorosos tiempos que me gustaría repetir.

A veces demoro tanto en la cama que no tengo por menos que mosquearme; vago de mierda, levanta, me digo, entonces. Pero no, tranqui, amigo, esto es pura meditación zen, respondo yo, y la meditación zen es algo muy, pero que muy serio. Traer paz al espíritu, constancia de que estás vivo –vivo, coño, ¿no lo ves?-; y sentirse uno así es algo sumamente interesante, y por supuesto un momento crucial en el hecho de existir, dada nuestra incapacidad para vivir el momento presente, abocados como estamos a elaborar proyectos o a recordarnos de continuo, sin llegarnos a enterar de lo está pasando en este instante. Por tanto, carpe diem a tope, bienvenido remoloneo matinal. Si esta mañana no hubiera remoloneado no podría haber subido nada a este mi blog de Pies de Foto; así que una vez más, bienvenida vagancia mañanera. Y además, puestos a equivocarse, como “equivocarse en la vida es necesario para la vida” -esa interesante intuición de Nietzche- pues un hueso más para el cocido, que con toda seguridad va dar más sustancia y sabor a la comida del mediodía.

Sí, es verdad, el momento más bonito del día. Y sobre todo cuando se trata de una manera más de organizar la música, porque el día anterior no fue remoloneo sino todo lo contrario, sonar el despertador, dar un brinco, mirar por la ventana que estaba nevando –precioso el campo todavía oscuro pero iluminado por la mortecina luz de la mañana-, quitarme las legañas y salir corriendo por el campo como las cabras dejando una oscura huella a mi paso por el delicado tapiz de la nieve que había cubierto el camino que lleva al pinar cercano. Frío intenso, guantes, gorro, buen abrigo y mis piernas despertando eufóricas en la mañana. El mundo a mi alrededor es una constelación de estrellas todavía –todas las luces, cercanas y lejanas, de los pueblos de los alrededores bañando el lago oscuro del campo que me rodea-; y arriba, arriba, la nada, la intemporalidad, nebuloso, gris azulado, la nieve cayendo blanda y lentamente como una música indescriptiblemente hermosa sobre lo largo y ancho de este mundo. Quince minutos después ya no hacía frío, ya soy el hombre carrera, el oso de los bosques que sale de la hibernación, la liebre que corre pies-para-que-os-quiero con sus posaderas blancas en lo alto dando saltitos inquietos y apresurados; ya soy el mirlo, el petirrojo, todos los animales que corren en el ribazo del alba entre la noche y el día. Y me siento hermosamente bien, ágil, parte de la naturaleza, amoroso madrugador dando los buenos días a la cebada, a los pinos, a la nieve que poco a poco me va cubriendo de blanco.

Efectivamente, el momento más bonito del día.

El dios de las pequeñas cosas




Recuerdo una conversación con mi hijo mayor hace ya muchos años. Todos deberíamos tener la suerte de encontrar a alguien, le decía entonces, que nos pudiera decir cuándo somos irremediablemente pesados o cuándo nuestra conducta no es la conveniente; alguien que fuera capaz de decirnos de esas pequeñas manías o hábitos que nos afean ante los demás y que no somos capaces de descubrir, y que, por supuesto, los otros callan, y aguantan, incapaces de decirnos aquello que les molesta en nuestro trato... y que les seguirá incordiando por una década sin solución de continuidad porque nosotros en cuestión no somos conscientes de estar provocando el nerviosismo de la persona que tenemos delante. ¿Quien no tuvo, es un ejemplo, una compañera de trabajo, quizás buena persona, a la que durante años hubo de aguantar su facundia, sin que hubiera posibilidad durante todo este tiempo de hacerle una indicación encaminada a moderar su charla o a dejar participar a los demás en la conversación común?

¿Cuánto de nuestra convivencia está hecho de la desmesura -que nos parece desmesura- de los pequeños actos de los otros que nos dejan un poco nerviosos, y que sin embargo no atajamos y nos guardamos por temor a que nuestro interlocutor, nuestro amigo, nuestra pareja se sientan molestos? Esta misma mañana que me encontraba trabajando concentrado en el silencio de mi cabaña y recibo una llamada de una amiga, y que, tras unos cordiales intercambios, cuestiones comunes, hechos que compartimos, empieza a contarme una larga historia sobre algo escasamente interesante que no me interesa; ella está enfadada con la gente de una de esas empresas monopolio de las que es difícil librarse –y quien no-, y se hace prolija en sus explicaciones, y... Y mientras tanto yo noto que me pongo nervioso; miro mi lectura interrumpida frente a mí, paseo la vista por el campo, ¡qué lejos estoy! Cuando cuelgo el teléfono mi sistema nervioso está excitado; necesito un buen rato para concentrarme de nuevo. Tenemos ejemplos a montones. Hay personas con mayor necesidad de hablar que otras; unas prefieren el sol, otras la sombra; unos quieren ir a la playa, otros a la montaña; el programa o la película del momento requiere un acuerdo previo; y, además, si al otro se le ocurre emitir sonidos inconvenientes, apaga y vámonos, excomunión al canto.

Rendir honor al dios de las pequeñas cosas, a los mínimos detalles que nos pueden pasar desapercibidos en nuestras relaciones con los otros, debería ser una buena consigna a tener en cuenta. Cuánto tenemos que aprender. Vemos a cada momento que estamos loquitos por tener a alguien al lado, por disfrutar de la compañía de un amigo, amante, pareja, y sin embargo qué inconscientes somos, qué ciegos para ver lo importante que es para la vida una larga batería de hechos cotidianos que corren el peligro de acabar con la convivencia, de enturbiarla por no tener en cuenta la influencia que ellos pueden tener en la persona con la que nos relacionamos.

Una amiga, casada hace diez años, se despierta por la mañana y se encuentra, sobre el lecho vacío de su compañero, un sobre. Mira inquieta aquel sobre. Lo abre. Una despedida: no volverán a verse más. Ella jura que “todo en su matrimonio iba bien”. Pues que venga Dios y lo vea...

¿Cómo saber de todas esas pequeñas cosas, que reunidas, un día pueden hacer saltar por los aires una relación? ¿o por el contrario, ese otro puñado de pequeñas cosas que nos hacen dichosos a nosotros y a los que nos rodean? A mi me sucede abrir el periódico con frecuencia y parecerme que hay un alto porcentaje de gente sin cabeza rodando por el mundo. Estamos tan obsesionados por “los grandes problemas” que no parece haber ya tiempo para esas pequeñas cosas. Lista de los grandes asuntos: el dinero, el poder, el consumo, las creencias políticas que tienden a reproducir el peligroso esquema de las dos Españas. Apenas queda un rato para hablar con los hijos o leer un buen libro; o razonar acaso sobre los problemas comunes de la vida diaria. Subidos que estamos en el tren expreso de tener grandísimas casas, carísimos coches, o participar en la refriega de ver quien lleva razón si el PSOE o el PP, apenas queda tiempo para contemplar otro paisaje. El individuo no le importa a casi nadie. Pequeño él, diminuto, entidad abstracta sobre la que levantar el jugoso negocio económico o el anodino andamiaje político, no le queda más remedio que convertirse en convidado de piedra a la espera de hacer o dejar de hacer aquello que le venga inducido desde los distintos frentes del “progreso social y económico”.

No, no es cierto que no haya otra opción. El excesivo trabajo nos aleja también de lo que más apreciamos; nos impide dedicarnos a nosotros mismos y a los nuestros. Bastaría con dar a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César. No dejarse engañar, saber que lo más importante que tenemos es nuestra vida y la de la gente que queremos; conceder a la política y al dinero el espacio que merecen, en todo caso pequeño, exiguo en relación a nuestro espacio personal, y dedicarse a lo importante. No se necesita una casa-castillo para educar bien a los hijos, ni gastar infinitas horas de trabajo para disfrutar de la compañía de quienes amamos, para dedicarnos a un proyecto personal. Tener tiempo es infinitamente más importante que todo el poder, la gloria y el dinero juntos; tiempo para amar, tiempo para crear, tiempo para aprender a cultivar el jardín de las pequeñas cosas.

La vida está llena de disminutos detalles que requieren nuestra atención. La propuesta de estas líneas está encaminada a dar suficiente relevancia a lo más simple y cotidiano de nuestro hacer. Leía ayer en Punset que las relaciones sociales son uno de los mejores índices de predicción de la felicidad humana en todo el mundo. Debe de ser verdad. Uno siente una especial emoción cuando los engranajes de las relaciones funcionan con suavidad. Cosa de mimar, por tanto, lubricar y evitar que la arena penetre en el delicado mecanismo de la convivencia.

Pongámonos de hinojos un ratito frente al día que comienza y recemos al dios de las pequeñas cosas para que nos sea propicio, lave nuestros ojos y nos tenga en cuenta a la hora de iluminar nuestro deambular por la jornada de hoy.






Las "locuras" de Fitzcarraldo

Ella había visto el día anterior Fitzcarraldo, la película de Werner Herzog, y la exuberancia del paisaje y la pasión de aquel personaje, su loca manera de vivir, había despertado su inquietud de una manera poco corriente. Algo impropio para su situación y circunstancia, que desde hacía años hundían sus raíces, como los ficus en los templos de Angkor, en su voluntad hasta resquebrajar piedra a piedra la entera estructura de su edificio interno y convertir su voluntad disminuida en un caos de sillares y piedras dislocadas por los líquenes, la humedad y los tentáculos de una limitadora cotidianidad. Impropia porque no creía ella que remontar ríos, urdir ideas locas y ponerlas en práctica fuera algo deseable, conveniente e incluso posible. Impropia porque pienso que hay personas a las que difícilmente les llegará el día en que puedan levantar cabeza y sacar fuerza de sí mismas hasta el punto de elevar el barco de su propia vida sobre las aguas estancas para arrastrarlo monte arriba y llevarlo así hacia las aguas bravas de la libertad y la creación.


“Es una maravilla estética: los chavales indígenas escuchando ópera por la gramola, la lucha por la subida del barco monte arriba hasta el otro río, la representación final, la suprema, la desbordante alegría de Klaus Kinski, con un enorme puro en la boca: el logro de vivir la vida.” Esto escribía. La verdad es que no parecía ella, a la que yo imaginaba como una Laoconte rendida ante los tentáculos y los imponderables de la vida. Sin embargo, ahí estaba, deseándose también un trago de agua y un poco de luz y preguntándose cómo había de hacer para contener eso que golpeaba contra su piel. Imagino que se refería a lo que golpeaba su piel de dentro a fuera. La inquietud que bulle, el ardor de un proyecto, la intensidad de una vida que de no tener aire y luz se extinguirá; cosas así pensaba yo que eran las que golpeaban contra su piel.
Pienso con mucha frecuencia en lo mucho que estamos apresados en la banalidad (sí, banalidad) de cuatro cosas a falta de algo sustancioso que llene nuestro ser interior; en lo mucho que existimos apresados en circunstancias sin chicha ni limoná; en las preocupaciones de un mundo en donde el individuo de carne y hueso apenas cuenta para nada. “Nos suben” (nos dejamos subir) en el carrito de la compra de Alcampo y ya tenemos la vida hecha: éste es el mundo, esto se debe de hacer. A los políticos, especialmente chalados en estos días, jugando en estos tiempos a pintar o no en una pancarta una consigna, les corresponde una responsabilidad importante en ello. Además de adular al personal o comerle la olla con estúpidas consignas destinadas a ocultar su incapacidad de gestión, deberían cumplir el mínimo objetivo de preocuparse por la gente de a pie. Sí, alentar esos conceptos básicos tan perjudiciales para ellos mismos o para la moral de la obediencia debida tan cara a todo tipo de poder; éstos, por ejemplo: el sentido crítico, el valor de la dignidad y libertad, el fomento de la creatividad en oposición al gregarismo y a la falta de iniciativa, la calidad de vida (y no me refiero precisamente a tener una abultada cuenta corriente).
No es pedir mucho, tan sólo la posibilidad, sin pasar por unos excéntricos, de encontrar un modo de vida acorde con nuestros propios criterios; sin necesidad de tener que rendir pleitesía a las modas y a ese corpus uniformador que son las convenciones corrientes. Solamente dejar un poco de margen a nuestra inteligencia, a nuestras posibilidades de encontrar caminos acordes con nuestra propia capacidad de razonar y entender. Que nos dejen consumir nuestra ración de locura, vamos.
¿Por qué nos son tan caros personajes como Fitzcarraldo? ¿Qué hay de nosotros no resuelto que hace que nuestra curiosidad, nuestros proyectos se disparen hacia determinadas regiones de la actividad humana, hacia otros mundos, lejos, acaso, de una actividad reiterativa y cotidiana que castra una buena parte de nuestras posibilidades? Todos llevamos dentro un buen puñado de anhelos; somos en el deseo y en la expresión, apetecemos lo que hay más allá de la reiteración de los hechos diarios. ¿Por qué entonces la prédica del conformismo y la repetición?
“Pienso que debí encontrar la vida mucho antes de los cuarenta. Ahora, quiera o no, estoy condicionada. Me pregunto a veces cómo he de hacer para contener esto que golpea contra mi piel a veces,” ¿La vida se acaba después de los cuarenta, los cincuenta, los sesenta? ¿Quién lo ha dicho? ¿Por qué? ¿Quien intenta engañarnos o convencernos de tal aberración? ¿No vemos que la vida no puede parar, que basta abrir los ojos para que nos sintamos inundados por algún tipo de deseo, de locura?
Somos blandos. Las barreras sólo se encuentran en nuestro cerebro. En nuestro cerebro, sí. Ni estamos entre los anillos constrictores que aprisionan a Laoconte y sus hijos, ni en Auschwitz. El que no se encamina hacia una vida a la medida de sus deseos es porque no quiere o no pone voluntad suficiente para ello. Destino, escribe Ciorán, es la palabra selecta en la terminología de los vencidos. Y agrega: no despilfarremos la dosis de delirio que nos cupo en suerte.
La conquista de lo inútil, es el título de un libro clásico sobre alpinismo. Tan inútil como llegar al final de una meta en un maratón, tan inútil como hacer música o escribir un libro; tan inútil como tantas cosas en la vida, las que más nos interesan, las “menos productivas”, pero las más gratificantes. La lucha por lo inútil, por lo que nos hace felices.

La inutilidad de los actos de Fitzcarraldo sólo tienen repercusión en los espíritus que todavía albergan la capacidad para comprender hacia donde deben dirigir su vida.













Caminar, un modo de meditación

Leí algo así en una novela de John Berger y se quedó por ahí la idea bailando. He pasado media vida caminando. Me gusta caminar. Caminar desde antes del alba, sentir interiormente el movimiento cardiaco en un segundo plano de la vivencia; hacerse cargo de los distintos ritmos de la respiración, fijar la atención en el momento que se produce la inflexión entre la inspiración y la expiración, el pecho que se hincha, el aire que atraviesa la traquea. Este simple y constante movimiento que nos mantiene vivos necesita de nuestra atención, primera atención cuando se atraviesan los bosques, todo a la vez fundido en nosotros.
Después está el bosque mismo, los olores, la descomposición foliar en lo profundo de los hayedos, el matiz pastoso y amargo de un espacio que deglute al tiempo; las lilas flotando sutiles entre las aguas rumorosas del arroyo cercano; el humo de la leña mojada en la vecindad de un refugio; o el color y las formas de las montañas cuando la niebla con pincel de blanco vaporoso juega a esconder los valles bajo un lago de ceniza clara; cuando la luz aterciopelada que atraviesa el bosque dibuja hilachos de sol convirtiendo en incienso y mirra, en hora de recogimiento, el paso del caminante; atención a los sonidos, apenas un murmullo en las ramas de los árboles, al crescendo del viento, al fragor impetuoso siempre maravillosamente mágico de las tormentas bajo la la lluvia; y a los pájaros que tras ella, u ocupando el comienzo de la mañana, acompañan al camino; el bosque es de tacto suave y húmedo, se deja acariciar con tu paso, con tus ojos, con tus manos, le gusta cantar una nana cuando une tu sueño al suyo, le gusta vestirse de fiesta de tanto en tanto.
Espectáculo intenso para este caminante que guardará primorosamente en su interior cada manifestación íntima del bosque. Ha de darse por sabido que en la montaña no todo se ve en un paseo y no todo se comprende ni se deja comprender en una accidentada visita. El bosque alberga muchos más enanitos de los esperados. Entre las ramas de los árboles fluyen inevitablemente los interrogantes, el placer de la soledad y el silencio, esos espacios de tiempo que habrán de convertir en meditación y rezo nuestro tránsito, el largo deambular por los valles y los bosques; trozos de locura que añadir a la sinfonía de la existencia.

¿Merece la pena hacer el amor sin amor?

Ayer sonaba como una campanilla en la niebla esa cuestión en mis oídos.
Hace unos días El País, bajo la engañifa de informar, hacía una propaganda descarada de algunos portales de intercambio sexual. El santo, las señas, la dirección, el cómo hacer. (me pregunto con curiosidad: ¿cuánto cobrará este periódico por introducir las direcciones en sus líneas y por divulgar ante el gran público las bondades del producto?). Uno, buen discípulo (jeje) de los medios (y no medios), aprende lo que tiene que hacer o dejar de hacer un ciudadano, toma nota de una par de esas direcciones, las introduce en la ventanilla del navegador y se pone a curiosear. Muchos millones de clientes dicen que circulan por esos portales, muchos más que otros que sólo se dedican a “cándidos” escarceos amorosos, a buscar una pareja, a encontrar un amigo o amiga a través de la virtualidad. Que cada cual interprete como le venga en ganas qué significa esto, qué significa el flamante negocio de los productos que se etiquetan como pornográficos, qué significa tanta alerta de protección a la infancia, de remisión a una determinada moral. Hay tanta gente que no quiere ni ver ni oír.
Bien, no se trata de hacer propaganda, claro, pero no nos vendría mal hacer una pequeñísima reflexión sobre cómo es la realidad, sobre lo que son las cosas. Que hay mucha gente que está deseando enamorarse, cierto; que hay mucha gente que tiene un tabú encima que no le deja moverse, también cierto; que la educación nos maniató y nos deja indefensos ante los desmadres y desórdenes que se producen en nuestro interior, está claro; que la hipocresía es una moneda corriente aquí y en Pekín en lo que se refiere a nuestra relación con realidades apremiantes, evidente; que nos mentimos a diario, más que obvio. Fóllame, se anuncia una usuaria en uno de estos portales; evidente, claro, diáfano: fóllame, que con ello se me van a ir todos los males que me agarrotan el alma. El otro día, escribía algo aquí en relación a un artículo de Bucay, que sonaba parecido, que no igual: Búscate un amante, decía allí.
¿Cuántas veces decimos para explicar nuestro comportamiento, es que nuestro cerebro funciona así o de otra manera? ¿Qué es lo que hace que nos interesemos por las películas de terror, por una historia de amor, por un partido de fútbol, por una partida de ajedrez? Es que el cerebro funciona así, está preparado para ello, de la misma manera que nuestro cerebro está perfectamente equipado para despertar nuestro instinto y llevarnos a la reproducción. Intentar llevar la contra al cerebro es algo más que difícil, en general nuestra psicología en seguida se queja. Encontrar el camino de la verdad, esa naturalidad, coherencia con uno mismo no es algo que se aprenda en la escuela. Ni en la escuela ni en la universidad se aprenden cosas importantes para la vida. Tampoco se aprende a educar a los hijos, sea dicho de paso. Así que, apáñatelas como puedas. No te voy a enseñar pero lo que sí voy a intentar es hacerte la puñeta, condicionarte, prohibirte, crearte complejos de todo tipo si no me haces caso; todo eso parecen afirmar las instituciones, la Iglesia la primera; obedece, consume y calla, parece ser la consigna. Sí, que hay que dar de comer a todos los profesionales que viven de los desarreglos mentales de todo tipo. Usted cásese, aténgase al débito matrimonial y déjese de monsergas. Ah, y si tiene un aprieto, pues eso, búsquese a escondidas, ¡a escondidas, he dicho! un apaño, eche el polvo y a casita de nuevo... y eso si no le basta con las películas pornos, con el desmadre comercial en torno a las bondades del cuerpo.
Coño, ¿a qué jugamos? Esta gente nos toma por imbéciles. No es de extrañar que Felix de Azúa haga afirmaciones como éstas (Historias de un idiota contadas por él mismo): “Los proyectos de infantilización que promueven estados muy poderosos, como el norteamericano, han tenido un éxito biológico considerable y la edad actual de las poblaciones occidentales ronda los ocho o nueve años intelectuales”. Y añade: “No es de extrañar que en la actualidad la población desarrollada sea prácticamente analfabeta, a la manera de los niños, es decir, con una cantidad ingente de información inútil ocupando la totalidad del cerebro”.
¿No seremos nunca lo suficientemente mayorcitos como para determinar por nuestros propios medios, con nuestra inteligencia lo que queremos o dejamos de querer sin sufrir el estorbo de una moralidad prefabricada para uso de edades mentales que no superan los ocho o nueve años?
¿Quien dice que para hacer música tenga que acostarse uno con la bandurria que te regalaron hace cuarenta años? ¿Quién dice que la música ha de hacerse exclusivamente con tal o cual instrumento (y damos por supuesto que un artista puede hacer mejor música con un stradivarius que con un violín parecido a la Venus de Willendorf)? ¿Dónde está, además, la música; en las cuerdas, en las teclas, en el cobre de un instrumento de viento? Mire usted, no, eso son sólo instrumentos. La música es lo que suena, lo que fabricamos con nuestras manos, con nuestro espíritu, con nuestra inspiración, con nuestro deseo. Lo que fabricamos tú y yo. Así que ¡viva la música! Por favor, no confundamos el violín, la viola, la flauta ni la gaita, el saxofón con la música. Y aquí de lo que se trata es de hacer música, música cuanto más celestial mejor. Así que nada de débitos matrimoniales ni aburridos polvos bajo el palio de la costumbre o de la mano de una moral hipócrita y castrante.
Oiga: ¿a usted le gusta jugar al fútbol? Pues juegue al fútbol. Que le place soplar en los palitos de la gaita, pues sople y haga música con ellos, y convoque de paso a las meigas alrededor de una humeante queimada... y si después le place echar un polvo y puede, pues amigo... habrá hecho usted su día. Que le quiten después lo bailao... y a esperar la próxima.
Y contesto a la cuestión que encabeza estas líneas. ¡Cómo no va a merecer la pena! Lo bonito siempre es bonito, dejemos a un lado una moral casquivana, que ya somos mayorcitos. Y a vivir, que son dos días. Vivir; amorosamente, con ternura, con delicadeza, con sabiduría; lo repito, con amor.

Día de niebla




El acercamiento a la comprensión de los mecanismos de la vida parece estar frecuentemente teñido de un halo de tristeza y de irremediabilidad. Pasear por el campo lleno de niebla de esta mañana me produce una sensación de luminosa percepción de la realidad. Se me hace inevitable recurrir a los tópicos del sin sentido de la vida. Están bellos los sembrados, la niebla acaricia los campos en barbecho, los olivos aparecen alineados como sombras dormidas a la espera del amanecer. Tener la expectativa de un amor, un anhelo por medio parece aliviar el alma del peso de la nada. Porque quedar a la intemperie en las cercanías del conocimiento de la verdad, ese movimiento continuo con que pasamos los días, sin una tensión que nos alivie de la presencia de ese hueco oscuro en donde nada tiene sentido, es extremadamente doloroso, a no ser que gocemos de las ventajas de la inconsciencia o de un buen número de obligaciones que no dejando tiempo para estas “zarandajas” nos permitan “ser más felices”.

Sin embargo con qué extraña locura pretendemos salvarnos del vacío, esa que llamamos estar enamorado; un raro conglomerado de coincidencias en donde además del feeling, el amor y la huida de la soledad, la lástima y la compasión pueden formar una parte ineludible de ella. Fall in love, enamorarse, caer en el amor, ser atrapado por la imagen, percepción, idea de un hombre, una mujer, y ver entonces crecer el anhelo; anhelo, sustancia, fuerza magnética, tensión. Convertirse en tensión irremediable ya mismo, pero sin dejar de saber que acaso más allá de la tensión sólo existe otra nada. La volubilidad del tiempo y las circunstancias se encargarán de ello. ”Como mucho, el amor, no es sino un deseo demente por aquello que huye de nosotros”. Y cita a su vez Montaige a Ariosto, en Orlando furioso, “Igual que el cazador que persigue a la liebre, por el frío y por el calor, por los montes y valles; sólo la estima cuando huye y la menosprecia cuando la tiene”. Ninguna cita ni razonamiento sería capaz de expresar al completo estas cosas, pero sí ayudan a percibir alguna de la materia de que esta hecha la razón de nuestra zozobra y a observar cómo la irracionalidad campea a veces por nuestro ánimo de la mano de una ciega fuerza motriz que, nacida de lo hondo de nuestra biología para atender a sus necesidades más primarias, se desparrama por nuestro yo, arrasando con su calor, su veneno, como un río en tempestuosa crecida que arrasara los campos circundantes, otras partes del alma que quedan así estimuladas inútilmente por la ciega química del anhelo.

Quizás nuestro destino en la vida consista en paliar la infelicidad de los demás y de ahí que el amor, de hacer caso a Ciorán (“El amor es tanto más profundo cuando se dirige a seres más infelices... Me atrae la infelicidad de los otros como un ejercicio de mi amor”), sea de alguna manera un ejercicio de caridad, con lo que entroncaríamos con el concepto de caridad cristiana del Evangelio. ¿Estaríamos hablando de otra clase de amor?

Y sin embargo, siendo lo que fuere ese amor, anhelo, tensión, ejercicio de caridad, qué triste puede ser mirarle a la cara en un día de niebla como éste y encontrar que la persona que fue objeto de ese sentimiento podrá ser con el tiempo sólo un fantama de lo que fue (“No existe una tristeza más profunda que la de amar a un ser que no merece nuestro anhelo.” Musil, Diarios).

¿Y entonces? Entonces nada, la niebla sigue ahí, campando a sus anchas, susurrando sus verdades, llenando la mañana de una belleza magnífica e hiriente. Una bandada de estorninos se posó sobre el sembrado. La vida continúa.

La búsqueda de la felicidad


Esta mañana me dediqué a la lectura de El alma está en el cerebro, de Punset. Un intento por comprender qué sucede en nuestro cerebro en puntuales circunstancias, las ganas de explicarme algunos comportamientos; cosas así me llevaron a esta lectura. Solamente alguna aclaración, porque de sobra sé que mi cuerpo sabe cosas que yo nunca conoceré. Nuestro cuerpo funciona con frecuencia con una tal autonomía que uno duda de esa convicción tan corriente de ser uno mismo; porque no siempre nuestras pasiones o nuestros deseos van de la mano de la lógica aplastante que nos sugiere la actividad del cortex, una razón bien estructurada. Uno siente un imprevisto ramalazo de ternura, a otro se le inundan los ojos de lágrimas ante la aparición de una emoción repentina, en algún momento descubrimos que “lo propio”, lo convencional interfieren en la necesaria expresión de esa ración de locura que todos necesitamos poner en práctica. Ni el neocortex ni el sistema límbico pueden darnos razón de ser en la muchas encrucijadas del laberinto en que estamos metidos. Los libros de autoayuda inundan el mercado; indagamos a la búsqueda de conseguir un poco de tranquilidad, una reducción del estrés, un camino que se nos lleve al reino de la felicidad.



No aprecio ese énfasis que se pone comúnmente en la búsqueda de la felicidad; algo muy distinto en todo caso de una natural disposición a querer estar bien dentro de la piel de uno. Probablemente sea verdad eso que dice un personaje de H.G. Wells en La puerta en el muro, que no se pueda encontrar buscando aquello que deseamos conseguir, que no se pueda encontrar la felicidad buscando la felicidad.

Aclararse, indagar en los libros, reflexionar, hacer un rato de meditación zen, permanecer cercano a la naturaleza. Se me ocurre que hay mejores caminos de conocimiento que la búsqueda persistente de una felicidad. Y uno de ellos puede hacerse a partir de la historia personal de cada uno, de su propia memoria; recordar las situaciones y los hechos que nos han producido genuinos momentos de emoción, aprender a reconocer en ellos y en nuestra historia personal lo que es válido para nuestro yo y lo que no lo es tanto. Hacer uso de una experiencia que se hizo significativa, que nos reportó una vivencia notable. Aprender de nosotros mismos, encontrar las constantes en las que nuestro cuerpo y nuestra mente han encontrado lo mejor de sí, e incorporar a la vida todo aquello que nos llenó de plenitud. Saber y conocer, por tanto, en la soledad de nuestra reflexión, a qué o quien nos debemos, hacia dónde debemos dirigir nuestros pasos.

Lo de ayer, un post sobre las acepciones de “echar un polvo”, no le gustaba a una amiga, que decía que prefería otros textos anteriores en donde el sexo venía más de la mano de la ternura y del amor. Es probablemente la acepción más querida y deseada, pero ello no invalida otras posibilidades, ni las múltiples variables del juego de los cuerpos, ni que el deseo adquiera formas y maneras no canónicas. Precisamente el estar abierto a “otra cosa” es lo que hace con frecuencia que nuestra innata curiosidad se vea satisfecha. Un cuerpo nuevo siempre es bonito; un fuego improvisado calienta hasta el alma; un rato de locura alienta partes de nuestro yo que bien merecen el regalo de un rato de fiesta. Variaciones sobre un mismo tema en las que el humor no puede estar ni mucho menos ausente.

Corremos el peligro de perder el contacto con nuestra propia realidad cuando nos empeñamos en reglar las emociones alrededor de un modo de hacer o sentir. La fugacidad de los instantes y la velocidad con la que vivimos juegan en nuestra contra. Por ello nada mejor que estar atento para no perder el paso y forzar la sensibilidad a explorar todos los rincones de nuestra experiencia a la búsqueda de esas pepitas de oro que pueden pasar inadvertidas si no somos pertinaces en la percepción de nuestro propio hacer.

Miro, por ejemplo, los relámpagos culebreando por encima del campo en la noche, recuerdo alguna magnífica tormenta en los Alpes, el Couvercle, al fondo Las Courtes, la Verte, los Grandes Jorasses; hace no mucho fue la Meije, Les Ecrins; el olor a azufre de los pedrusco precipitados por el largo talud de una morrena, una avalancha gigantesca. El trueno, la sombra junto al rincón de la acacia de casa, los olmos, la protección del seto de ligustros, la noche, los recuerdos, el croar cercano, los grillos, las sombras del plátano y el sauce, y el almendro contra la noche grisácea del sur. Retumbar bronco, como venido de bajo el suelo, un trueno lejano, el desvaído alejarse de la tormenta hacia otra parte.

Otras experiencias más. También la cama es una confluencia de complejos mundos. Uno termina por olvidarse de quien es, a quien se debe. El monopolio del instante, la maravillosa capacidad que puede tener éste para crear condiciones aceptables a su alrededor con tal de que nuestra atención sea apremiante y absorbente.


¿A quién nos debemos? ¿al señor de las tormentas y las noches, al de los arroyos y las fantásticas montañas? ¿a un cuerpo de mujer? ¿a la ternura que riega de continuo nuestras emociones y la cercanía de un anhelo? ¿a los años, a la muerte, a la hartura de vivir a veces? ¿a ese maravilloso ser, uno mismo, que se regala con los rododendros en flor, con la calina de la tarde que secciona los perfiles de las montañas en planos yuxtapuestos, mórbidos, azules, en lo desfalleciente de la tarde?

Quizás no haya que buscar ningún tipo de felicidad, quizás lo que corresponda sea vivir, nutrirnos con los aciertos de nuestra propia experiencia, visitar las fuentes de las que se alimenta nuestro ser, asumir cada mañana la conciencia del hecho de existir como un regalo inapreciable.











Acepciones de "echar un polvo"


Un metro más allá, la otra hamaca, vacía, oscilaba levemente. Estaba hecha de cuerdas, una red de bandas rosiblancas con flecos colgando a lo largo de los costados. Su trenzado me recordó cierta situación chusca de la que fui testigo un día de playa en algún lugar de la Costa Brava. Tomaba el sol sobre la arena en medio de un discreto gentío de bañistas; había madrugado y me creía con el derecho a ocupar un lugar privilegiado de la playa. Nada más errado, no tardaron en llegar los empleados de los chiringuitos con sus chaise-longue y sus sombrillas invadiendo el entero continente de la playa. Me tocó discutir con un alemán que desplazó su tumbona hasta casi colocarla encima de mí. Apenas había vuelto a encontrarme con la continuación de la novela que leía, cuando unos metros detrás del alemán descubrí el curioso espectáculo de unas tetas monumentales que colgaban entre los junquillos de plástico de una tumbona de franjas verdiblancas.


Playa de Puri, India


Las tetas, felinianas del todo, debían de ser sobradamente incómodas para dejarlas ahí, espachurradas entre los junquillos y el peso desconsiderado del corpachón de una alemana de armas tomar, así que ésta, atendiendo a las quejas de sus enormes pechos, había optado por abrir una vía de alivio en los junquillos de plástico introduciendo entre los mismos sus dos enormes tetas desnudas. Era difícil no imaginarse bajo la chaise-longue dando largos lametazos a aquellos pezones oscuros de matrona alemana que casi rozaban en su inmensidad la arena de la playa; rubia, ampulosa, llena de carnes por doquier, similar a las alegres prostitutas con que nos habíamos encontrado un día muy de mañana cuando nos perdimos con nuestros hijos por un divertido barrio de la ciudad de Lübeck, en donde las putas les saludaban festivamente desde las ventanas, depositando la abundancia de sus pechos sobre los alféizares. Las tetas de la alemana eran blancas, robustas, apetecibles, habrían merecido los honores de un buen polvo, que no era difícil de imaginar, en los minutos subsiguientes, como una proeza homérica si hubiera habido la posibilidad de introducirse bajo la alemana a indagar las posibilidades lúdicas de aquel cuerpo descomunal.

Echar un polvo, follar, hacer el amor: hay para elegir. Lo de la alemana habría sido echar un polvo, una cosa sencillita nacida del calor de una exuberancia tropical. Mejor explicarse un poquitín cuando tan fácil es confundir las cosas. El rubor tiene la culpa de todo, a lo que nace de la hipófisis con la fuerza descomunal del desasosiego, de morir entre los muslos de una mujer si llega el caso, hay que inventarle nombres, y apellidos incluso, a fin de poner distancia entre la neta intimidad y la vergüenza de haber sucumbido con todas las fuerzas a la fascinación del encuentro con otro cuerpo. El común de los mortales se comporta como si se avergonzara de la fuerza del deseo, de la intensidad con que toda su persona se apremia hacia el otro. Recordaba una lectura reciente, Henry Roth, el fornicador Roth que pasa la adolescencia y postadolescencia obsesionado por los imperativos del deseo, y, rasando los noventa años, escribe un día: “En este mundo, sólo dos cosas valen la pena: el amor y la sensación de crear algo” Muy probablemente cierto. Ya habla Pániker de la banalidad con que se usa esta palabra, alrededor de la cual fluyen no menos de doscientas sustancias diferentes en nuestro cuerpo. Entre el refinamiento, los amores idílicos y el mundo de Roth, sórdido y de apremiantes y clandestinos imperativos sexuales, hay la distancia de un interesante universo químico y mental. La sexualidad nos desembaraza de la presión que acumula la fuerza de la vida del modo más expeditivo posible. Las hormonas se lían a trancazo limpio con todo lo que pillan alrededor hasta encontrar más allá del deseo un poco de paz.


Templos de Angkor, Camboya

“Echar un polvo”: imperativos de la programación biológica, encontrar un coño; una connotación no exenta de la paradoja de quien desea poner distancia entre su yo y su erección, convirtiendo la eyaculación en trofeo de caza, aunque ocultando al asustado personaje, uno mismo, que pese a todo es criatura pequeña y desamparada, y por tanto indefensa frente a esa parte del yo que demanda ternura y amor. Eché un polvo... viaje a la lisonja, a la broma, rubor, no saber decir. Eché un polvo, sano, lustroso, hijo de la primavera, hermano del buen comer y del buen dormir: eché un polvo. Probablemente es la mejor acepción, una acepción campechana sin necesidad de trofeos, nacida del humor de la madre naturaleza.

Mérida, Andes, Venezuela

Pero también fornicación imperativa, como esa que nace acaso entre la seriedad de unas argumentaciones que pueden versar sobre, precisamente, el aburrimiento, la cadencia regular de esos periodo que, similares a un paisaje de dunas y horizontes planos -calor y ausencia de vegetación, sólo el rubio oleaje de la arena- dejan el cuerpo apto exclusivamente para el sueño. No obstante, cuerpo tenso dispuesto como agua de tormenta a abalanzarse violentamente sobre la tierra. Ariete espasmódico golpeando contra el fondo oscuro y húmedo. Apenas si hay tiempo para una caricia entonces. Acto desesperado y apremiante. Ser “un par de ásperas garras”, dice Eliot. El día cae entonces; a unos metros puede ronronear el disco duro del ordenador; la carne, blanca, despojada de ternura, vestida de una belleza fría, debe ser traspasada con el pedazo de desesperación que la tarde ha podido ir engendrando.

Río Amazonas, cercanía de Iquitos, Perú

Uno es adicto a la hamaca, un lejano recuerdo de una travesía por el Amazonas; y desde la hamaca es fácil que suceda ver el mundo estructurado en categorías ligeramente diferentes a las que el plano tierra proporciona. Sumirse en su bamboleo un día de sol, aunque estemos en invierno, ayuda a desplazarse por la mente allende la vida cotidiana: Lübeck, el Amazonas, esa estampa que fotografié de una mesa en una playa de la India, la Costa Brava, Henry Roth, Eliot, las singladuras, en fin, de Fellini alrededor de cierta obsesión de la que no somos culpables, aunque sí agradecidos feligreses.





La pasión de correr




TRAS LA SAN SILVESTRE. Día de niebla. Anoche no hubo siquiera el tiempo para las uvas. La conversación, acompañada por algunas copas de champán, nos llevó de aquí para allá pasando de un año a otro, esta vez sin la presencia de las campanadas habituales, sin el ruido de feria de la Puerta del Sol. Tenía el cuerpo cansado, era agradable conversar frente al fuego de la chimenea. El fondo sobre el que discurría la noche era la fiesta vallecana de la San Silvestre. Saborear las emociones dispersas por esa hora de fiesta. Correr. Simplemente correr. Moverse por las calles de Madrid, atravesar bajo los semáforos en rojo en medio de un bullicio de feria; una larguísima y compacta masa de veintitantas mil personas con una pasión común.

Marisa, kilómetro 90. Todavía faltaban 10 kms. para la meta

Recordé el estado de ánimo que me suscitó momentos antes la lectura de un artículo que me encontré casualmente en la revista Geo, Maratón, la locura de correr, se titulaba. Me había duchado recién llegado de la San Silvestre, había encendido el fuego en la chimenea y me había repantigado en el sillón con la revista entre las manos; tras pasar unas pocas páginas me encontré con el reportaje: Nueva York inundado por la masa de los corredores de la última edición del maratón, un pueblecito de León donde se celebraba la misma prueba, Namibia, corredores atravesando el desierto, las puertas de Brandemburgo, las calles de Madrid... y sentí burbujeante la emoción subirme por todo el cuerpo. Y reparé en mi admiración por tantos corredores del mundo entero; profunda admiración porque aquello estaba fuera de mis posibilidades, aunque sí me hubiera aproximado en algún momento a esas soberbias emociones que colocan a los seres humanos a la altura de sus posibilidades más genuinas cuando uno se acerca al paroxismo de los últimos esfuerzos.

Seguí leyendo, el autor describía su propio recorrido en el maratón del pueblecito leonés. En torno al instante en que la carrera se acercaba al kilómetro treinta, noté que los ojos empezaban a humedecérseme. La voluntad pedía entonces un trabajo mantenido que el cuerpo no podía ya dar; las ampollas, las piernas rígidas, el esfuerzo por llevar un poco de oxígeno a los pulmones, colocaban al borde del colapso a los corredores. La emoción brotaba de la lectura como una fuente cantarina. Recordé aquí mi modestísima carrera en el último maratón de Madrid: mi trotar exhausto por la cuesta final desde el río Manzanares hacia Atocha; los pequeños grupos de personas aplaudiendo; algunas bandas de música. Volví a la lectura, el artículo relataba los últimos ocho kilómetros, los grupos se habían disgregado, una mujer morena que había seguido de cerca la carrera del periodista atleta sin decir palabra, se aproxima y le dice "De aquí en adelante es matar o morir. Si tienes fuerzas sigue mi paso". "No puedo, sigue tú", responde él. Kilómetro 38’5, el cerebro, en el límite de sus posibilidades se aguachina, se produce en él una disolución onírica en donde la realidad es sólo un atisbo de sí misma.



El final de mi propia carrera estaba ahí también, en las cercanías de Atocha. De pronto la multitud crece, se oyen aplausos que aumentan metro a metro. Se me hace un nudo en la garganta, dentro de mí se desata una emoción repentina oyendo la música que brota en las cercanías de la meta; me siento solo por medio de ese gran pasillo que lleva a la meta. Las piernas no resisten más; unos metros todavía y pronto me pentra desde la realidad externa un grito que me saca de mi ensimismamiento: ¡papá! ¡papá! Descubro la presencia de mi familia junto a las vallas de los espectadores. Agito los brazos sorprendido por esa presencia inesperada e intemporal, se me humedecen los ojos; la música suena fuerte inundando mi cerebro, mis piernas no me sostienen, apenas puedo contener las lágrimas cuando piso la alfombrilla de la meta.

Es raro que un artículo de una revista pueda llegar a suscitar con su asociación de ideas un estado emocional parecido. Un mes después de aquel primer maratón viví una experiencia similar cuando llegaba a la meta del estadio de la Peineta tras veinte horas de caminar y correr ininterrumpidamente. Extenuado, solo; quise hacer el último tramo de la pista del estadio corriendo; cuando daba la última curva sonó magnífico el Aleluya de Haendel junto a los graderíos. La música, el trabajo, el sufrimiento acumulado, hicieron que en aquel instante volviera a brotar una emoción cristalina dentro de mí. Inesperadas se agolparon de repente en unas décimas de segundo las muchas horas de camino: el doloroso ponerse de pie en Tres Cantos para continuar en un momento en que las ampollas parecían hacer imposible seguir; los veinte kilómetros finales corriendo desde San Sebastián de los Reyes; la noche; el pisar firme sobre las ampollas; el ritmo lento y continuo de la carrera; los rastrojos de los campos despertando ante los primeros rayos de sol, la sonrisa cordial de los otros corredores a los que fui adelantando desde las primeras horas del alba; la sensación de su cuerpo tenso y fuerte; el sudor inundando toda mi piel; el cielo azul; el suelo empedrado, duro, inclemente, como agujas en la planta de los pies.




Ese imponerme al agotamiento y al dolor fue un gran descubrimiento entonces; encontrar, después de que a las tres y media de la madrugada me sintiera totalmente exhausto, que mi cuerpo podía superar lo que parecía imposible, ese punto en que la voluntad se niega rotundamente a seguir, fue un maravilloso hallazgo. Una maravillosa intimidad la de ese diálogo, interpelación, lucha con uno mismo, por llegar a una meta. La sabrosa conquista de lo inútil.

Tengo una amiga, Marisa, con la que corrí muchas veces y cuya compañía eché ayer de menos en la San Silvestre. Le dedico estas líneas; que el nuevo año le traiga fuerzas suficientes como para enfrentarse a lobos y mandriles, que la fuerza inunde su cuerpo y que el hilo de la inspiración la acompañe siempre.