Bendito olvido




El Chorrillo, 31 de octubre
Sololoquio camino del Guadarrama. Lunes. Trenes abarrotados. Ningún excursionistas, todo gente que va al trabajo. Hubo una confusión en los paneles de información y perdí mi tren en Nuevos Ministerios. Busqué un asiento en el andén y me entretuve en mirar a la gente; leí esos carteles que han aparecido estos días en los trenes: “Hazte donante de prensa” (ahora hemos dejado de ser donantes de sangre para convertirnos en donantes de “prensa” –una cuestión por demás de limpieza y de abaratar costos de papel aumentando la circulación-); consulto los horarios,
el próximo tren con destino Cercedilla... me queda casi una hora. La megafonía anunciaba destinos y andenes diferentes. Yo estaba envuelto como tantas veces en mis reflexiones. No trabajar es terreno abonado para practicar esta clase de deporte. Saco mi libro, Diarios, de Kafka, y me sumerjo en la lectura. Al poco me encuentro con esta anotación, correspondiente al 11 de enero de 1911: “Durante estos días he dejado de escribir (amén de por holgazanería) por miedo a traicionar la conciencia de mí mismo”. Kafka piensa que es un miedo justificado porque habría que fijar definitivamente la conciencia de uno mismo, cuando esto pudiera hacerse, con la mayor integridad hasta las últimas consecuencias, porque si no, lo escrito, con la prepotencia de lo fijado, terminaría sustituyendo al autentico sentimiento, provocando la desaparición de éste. Kafka desea conservar impoluta la conciencia de sí mismo, pero no puede dejar testimonio escrito, por miedo a no reflejar con exactitud su pensamiento, ya que con frecuencia “uno reconoce demasiado tarde la futilidad de lo anotado”.
Probablemente tenga razón, y la futilidad de mucho de lo que decimos y escribimos sea abundante; pero acaso sea ese merodear en torno a la realidad el único modo de ir aproximándonos a la comprensión de la misma.
Bendito olvido, me escribía el otro día una amiga; a la que yo respondía con un “bendito tiempo”, tiempo de ahora, presente, porque creía en la bondad de lo que tenemos pese a que su apariencia pueda ser a veces tan poco atractiva. Además, vivir con el dolor del pasado sirve también para purificar nuestras disposiciones, de manera parecida a como que el fuego limpia y ennoblece los metales. Éste era mi leitmotiv en el trayecto de tren que me llevaba a Cotos: el olvido.
Bendito olvido, Dios.
¿bendito no haber vivido?
¿bendito ser de nuevo un folio en blanco,
sin pasión, sin recuerdos, sin anhelos?
¿Qué seremos el día que una pasión, un anhelo, un recuerdo no tire de nosotros hacia adelante? ¿Qué sucedería si mañana mismo olvidáramos absolutamente todo? Toda esa prodigalidad que se hace sobre vivir exclusivamente del presente, ¿no quedaría en mero fantaseo que nos desposeería del acercamiento a la integridad de nuestro propio yo?
Hacía cuarenta y un año que había recorrido el itinerario que pretendía hacer hoy. En cierto modo era una propuesta de reencuentro con el pasado, un penoso fin de semana de invierno en que con dieciocho años y una nula experiencia en montaña me perdí junto a mi compañero Emiliano en la niebla de la sierra bajo las laderas de Cabezas de Hierro. Una vez perdido nuestro rumbo, vagamos la tarde de aquel domingo en una espesa niebla en donde nos fue imposible orientarnos. Nuestro equipo era rudimentario. Cuando se hacía de noche, sentados sobre la nieve, dimos cuenta de nuestras últimas provisiones, unas latas de anchoas convertidas en aquella hora en un bocado de hielo. La nieve era blanda. Anduvimos toda la noche con ella hasta más arriba de la rodilla; de madrugada en dos ocasiones caímos en el río, que nos arrastró algunos metros en la oscuridad. Nos sentábamos cada rato a descansar y nos dábamos golpes para huir de la muerte por congelación, agitábamos nuestros pies y manos, hacíamos un enorme esfuerzo por mantenernos despiertos. Luego hubo un amanecer lívido, todo estaba blanco. En el límite de nuestras fuerzas llegamos a la última nieve. Era agradable pisar el prado verde con nuestros pies totalmente insensibles. Después encontramos el asfalto; llegamos entrada la tarde a Rascafría. Cenamos en un hotel y dormimos acurrucados como dos benditos en la misma cama. Fue mi primer encuentro con la cercanía de la muerte.
¿Por qué un buen día Emiliano y yo decidimos que aquello iba a ser el comienzo de una gran pasión? Nadie nos indujo a ello, simplemente lo descubrimos. Después de que el principio de congelación de mis pies me permitiera volver a caminar, no pensé en otra cosa que volver a la montaña. La amada, de cuyos brazos apenas había salido con vida unas semanas antes, me volvió a recibir una mañana de primavera. ¿Cómo olvidar? Si hubiera hecho caso a mis padres, a mis familiares, a los amigos, y hubiera abandonado aquel amor, nunca habría sido el que soy, amante agradecido de valles y montes, de bosques y de tormentas. Cada vez que emprendo una larga travesía, una ascensión dificultosa, mi amante no duda en hacerme sufrir: sed, dolor de espaldas, extenuación, miedo; principalmente los primeros días, mientras mi cuerpo se acostumbra al suyo, ella me pone a prueba. Mis dos casi recientes travesías en Pirineos y los Alpes fueron así, una primera terrible semana de sufrimiento hasta que mi deficiente entrenamiento y mi adaptación me pusieron en disposición de disfrutar del esplendor del mundo que pisaba. Después hubo días duros, de niebla, de tormenta, de lluvia torrencial toda la jornada; pero no importaba, mi amada y yo estábamos en perfecta sintonía, ya podíamos caminar hasta el otro lado del mar en el Pirineo, o hasta Eslovenia, en los Alpes, sin demasiadas dificultades.
Raramente parece poder conseguirse un placer genuino sin dolor y sufrimiento. Una extraña mezcla que los adictos a las dificultades de la montaña no desconocen. ¿Por qué esto sea así? ¿Y por qué habrá de tener un por qué y no habrá de ser simplemente siendo así, sin necesidad de por qué? Nuestros hábitos de pensar están tan atados a los porqués que parece imposible que podamos prescindir de un Dios, una religión, algo, una esperanza que nos libre de las angustias, un amor en el que acoger nuestra soledad y desamparo, un motivo para vivir. Así debieron de nacer los dioses y la vida ultraterrena, al amparo de nuestro desasosiego, bajo el cobijo de esa fuerza sin aparente cometido, ese pequeño big bang personal sin objeto que se consume en sí mismo. Buumm y ya fuerza pasional, tensión, necesidad de, deseo. Queremos articular, explicar nuestros deseos, cuando quizás no hay apenas nada que explicar, acaso los modos en que la energía vital se expresa. Buumm y después sufrir (o disfrutar) las consecuencias de la honda expansiva, estar disparados, en continuo movimiento, como lo está este planeta; sin finalidad, energía acumulada en permanente movimiento.
Y a continuación ser arrastrados; y no entender que nuestra pasión no es cosa de echarla a un lado cuando queramos, no entender que no es cosa de razón, de antojo; una energía vital, una enorme fuerza magnética se ha puesto en movimiento y somos envueltos, arrastrados; no hay entonces razón capaz de hacernos salir de la órbita para encontrar ese lugar apacible a la sombra de un árbol junto al cual un arroyo rumorea su tranquila indiferencia.
¿No son manifestaciones de todo esto enamorarse, vivir una pasión, un ambicioso proyecto? La tiranía del poder, la ambición del dinero, del triunfo, la fama, todas las fuerzas que empujan al hombre, fuerzas ciegas que nos arrastran y en las que vamos consumiendo esa energía de que estamos poseídos y que se manifiesta tan de diferente manera en el ser humano: amor, destrucción, odio, poder, solidaridad, ese largo etcétera...? Si todo en el universo sigue unas pautas físicas carentes de finalidad donde la energía incide constantemente en la materia bajo una forma u otra, no parece disparatado pensar que suceda algo parecido con esa otra energía que mueve nuestras vidas, en cuyo interior aparecemos frecuentemente como despistados turistas agarrados a un rudimentario mapa en el que no llegamos a orientarnos. Sucede como si la energía desplegada en nosotros, de una manera similar a como sucede en el universo, llegada a cierto punto no fuera posible pararla, y en el caso de intentarlo ésta fuera capaz de desbordar nuestro psiquismo o quebrantar nuestra salud.
Y sin embargo todo ese despilfarro energético no es otra cosa que nuestra propia vida. Y aún más, lo que prolonga como en un feedback nuestras existencia, porque es fácil que suceda como en el campo de la física, que unas energías se transformen en otras; y así, los desafueros energéticos de nuestra alma se hagan pura literatura, pura música (nada más hay que echar una ojeada a la historia de la literatura o de la música para conocer los débitos que ellas tienen con el dolor, el amor, las distintas pasiones que engendradas por los autores, dieron lugar a notorias obras de arte); y al hacerse literatura, convertir el deseo de escribir en un tocarle los huevos a la realidad, aunque sea a costa de experimentar cómo se hunde la punta del cuchillo en el propio cuerpo. Con lo cual una razón más para no arrepentirse de haber pasado por el angosto espacio del desasosiego, en no pocas ocasiones el padre y la madre de muchas obras de arte. Además, el desasosiego nos descubre ante nosotros al yo que no conocíamos, nos muestra su estrafalaria vestimenta de noche, nuestra bondad, nuestros monstruos, los sueños que duermen inquietos en nuestro interior. Así que casi queda dar las gracias por ese bendito muestrario que nos ofrece, un espectáculo y un conocimiento que nos perderíamos si nuestra vida se balanceara en medio de una calma chicha.
En esta ocasión el valle de Lozoya era un solitario y apacible rincón del mundo. Antes de hundirme en el fondo del bosque, miré con reconocimiento a aquellas cumbres de Cabeza de Hierro que cuatro décadas antes fueron capaces de hacer germinar en mí un amor a la naturaleza que me habrá de durar toda la vida; después entré en el pinar y llegué al río. Era extremadamente placentero caminar junto al agua en otro tiempo helada, peligrosa, abierta como boca de lobo en la noche; después de dos horas empezaron a aparecer las hayas doradas (sólo unas pocas), los prados llenos de frío junto agua, los robles con la oxidada herrumbre de sus hojas. Junto a El Paular el camino cruzó el río y ya fue un corto paseo hasta Rascafría sobre un suelo dorado que otoñaba lleno de sol.

De la dificultad de vivir sin hacer la puñeta a nadie

El Chorrillo, 28 de octubre
Entre los dieciocho y los veintitantos años mis fines de semana y las vacaciones de verano trascurrieron inmersos en una tempestuosa pasión por la montaña. Un tiempo en que desaparecía de casa y en el que no existía para mí otra cosa que el riesgo de la escalada o la posibilidad de recorrer algún rincón de las montañas de Europa. Han tenido que transcurrir muchos años para que fuera realmente consciente de lo que esto significaba para mi madre, que domingo tras domingo acompañaba su inquietud y su miedo, esperándome, fuera cual fuera la hora de la madrugada, sentada junto a la mesa camilla en el cuarto de estar. Mi ausencia creaba una inquietud y un miedo en mi madre que yo no asumí hasta décadas después. Se podrían citar montones de ejemplos similares. Deberíamos dejar de desear para que estas cosas dejaran de suceder.
El título de este post suena un tanto extraño pero apunta a una idea que es totalmente cierta; raramente pasa una temporada sin que de una manera u otra nos sorprendamos a nosotros mismos como causantes de alguna zozobra ajena. Por mucho que uno vaya con cuidado, atienda a las señales de tráfico, dé amablemente los buenos días a los vecinos o a los compañeros del trabajo, a la vuelta de cualquier esquina queda siempre la posibilidad de encontrarnos con algo que, nuestro despiste, nuestra manera de ver el mundo, nuestro simple modo de relacionarnos, va a perturbar a un tercero. Y no basta quedarse con los brazos cruzados, tratar de pasar desapercibido, extremar la atención con los demás, porque también por omisión podemos llegar a la misma situación.
Deben ser cosas de la edad; a uno le gustaría no disgustar a nadie, no alterar ningún orden, vivir apaciblemente los días, y sin embargo, sin ni siquiera meterse en política, siendo indiferente a éste o aquel partido, dejando a los católicos con sus misas, a las multinacionales con sus beneficios, haciendo la vista gorda cuando alguien pretende acalorar nuestro ánimo, ni siquiera así uno está libre de la trampa de la culpa. La edad ayuda a recuperar una cierta humildad, a ser cautos, a descubrir en nuestros actos aquello que es capaz de producir dolor en el otro; ayuda, pero no digo que lo evite. A veces es tan fuerte la necesidad de no ser señalado, de pasar desapercibido, de no ser recriminado, que uno estaría dispuesto realmente a no decir esta boca es mía desde la mañana a la noche a lo largo del año.
Si todo esto es así es porque nos movemos en un mundo inarmónico y descabalado; un pequeño caos rodea a los individuos y sus circunstancias; los intereses de cada uno, los afectos, las verdades que cada cual sostiene, los deseos, las pasiones, las expectativas; todo eso, puesto en el hermético recipiente de la realidad cotidiana no deja de convertirse en algún momento en una bomba de relojería.
¿De qué estoy hablando? De todo, de los problemas del trabajo en donde intereses contrapuestos terminan alterando nuestras buenas disposiciones; de que no es dado mirar limpiamente el paisaje humano, porque enseguida aturullarán al celoso o a la celosa de turno; de las relaciones de vecindad mezcladas con el conflicto que generan mis derechos en relación a los tuyos; de que ni siquiera serás libre para sentir y pensar como te plazca a no ser que guardes un sepulcral silencio, ya que es muy posible que si lo que piensas o sientes difiere de lo que piensa y siente tu vecino estaremos en el camino del conflicto; de nosotros de quien se espera esto y lo otro, y cuando ello no es posible, etc., lo mismo.
Si no quieres dolor no deberías moverte, no deberías enamorarte, tener hijos, comprarte un piso; todas estas cosas hacen peligrar el equilibrio interior, nos someten a presiones “indeseables”. Así que mejor convertirse en piedra; no anhelar, decir sí a todo, no hacer nada que pueda molestar a nadie, ni siquiera permitir que alguien te tome aprecio, no vaya a ser que ese aprecio se convierta a la larga en una camisa de fuerza, en un cejijunto juez que te recriminará cualquier desvarío ocasional (ayer sin ir más lejos las dificultades de Marcello MastroiaNni con su pareja, en La doce vita, de Fellini). La inquietud ronda a cada paso en nuestras vidas, nos advierte de los peligros del camino que hemos elegido; y naturalmente de los peligros a los que están sometidos aquellos a los que queremos. Una difícil encrucijada.
Hoy temprano recibí un correo de mi amigo Ignacio; posa junto a su hija tras una cosecha de membrillos, los membrillos de la suerte se titula su email. Viendo su aspecto reposado de hombre dedicado a la montaña y a su familia me pregunto si él pasará también por este túnel de inquietud en que yo parece que pretendo convertir una parte de la realidad cotidiana. No, no es posible, me digo, pero acaso si él me mirara a mí mismo en otra fotografía similar que él pudiera recibir de mí, diría otro tanto. Todos solemos tener un aspecto tan saludable a veces, que parece mentira que los problemas nos ronden por dentro. Y es que acaso sí es cierto que hay realidades en la vida de cada uno, actitudes, hechos a veces diminutos, que nos afectan en mayor o menor escala y a los que aun no prestándoles mayor atención terminan por despertarnos golpeando el hierro de su aldaba sobre nuestra placidez para decirnos simplemente que hay algo que no marcha. El dios de las pequeñas cosas suele andar por ahí dándonos en el hombro y diciéndonos, cuidado, amigo, ojo al canto.
¿Que resultado obtendríamos, por ejemplo, si nos hiciéramos esta simple pregunta?: ¿cuántos a nuestro alrededor pueden ser objeto de un dolor producido acaso por nuestra conducta?
¿Y?
Un enunciado más sobre la complejidad, nada es simple, nos aproximamos a la realidad y a la vida a veces tan en pañales que da rubor descubrir al cabo de los años nuestros numerosos errores, nuestra falta de consciencia o nuestra dificultad para comprender a los demás. Ya lo dijo un autor clásico: me explicaré como pueda, no hablaré de lo cierto y lo definitivo, sino que por medio de conjeturas buscaré lo probable. Y lo probable apunta a la necesidad de una mayor consciencia en nuestros actos, y en ese caso más me vale haber tardado quince años en descubrir la inquietud y el dolor de mi madre, que no haber sido consciente de ello jamás. Una reflexión que me acerca a ella, aunque ya no viva.
Sin embargo queda una cuestión sin resolver, ya que del hecho de que nuestra conducta puede ser objeto de dolor para otros, no puede deducirse inmediatamente que ello deba ser razón para anular dicha conducta. Si en mi caso concreto alguno de mis hijos se hubiera propuesto hacer actividades deportivas peligrosas, sin duda que el hecho me habría producido cierta zozobra, que en ningún caso habría tratado de anular recurriendo a hacerle cambiar de opinión. Sucede otro tanto con el amor; nadie ignora la fuente de dolor que supone querer a alguien y no por ello se evitan las situaciones que lo anuncian.
Ocurre como si el dolor fuera connatural a la vida, y esencialmente a la vida con cierto grado de plenitud. Aun siendo consciente de la inquietud que levantaba en mi madre yo no podría haber dejado de practicar alpinismo de dificultad, de la misma manera que no puedo encerrarme en la soledad para evitar los peligros, el dolor, que puede acompañar a una relación sentimental. ¿Dolor? No, gracias, me escribía alguien hace tiempo. Lo decía con demasiada seguridad; había sufrido y ahora quería una santa paz... sin embargo no era capaz de dejar de desear. ¿Cómo se como eso? Ya oímos a Buda hace muchos siglos, el deseo engendra dolor. No hay cáscaras. Pensar lo contrario sería descubrir la cuadratura del círculo.
Sólo queda poner remedio allá donde se pueda... que acaso no sea en la mayoría de las circunstancias, porque en cualquier caso es fácil que nuestros deseos entren en conflicto con los de los otros a la vuelta de la esquina, cuando no con alguna otra parte de nuestro yo. Todo dependerá de saber qué tipo de armonía buscamos, y qué grado de conflictividad nuestra necesidad vital está dispuesta a soportar.

Mataharis

El Chorrillo, 12 de octubre
“Mataharis nace de la idea de hablar de nuevo de hombres y mujeres, de sus relaciones y de lo que las sostiene, algo tan frágil y tan fuerte como es la confianza.” Iciar Bollaín
Esto es una buena película, una mirada simple y profunda a la vida cotidiana; hacer recorrer la cámara sin miedo por la realidad, incluso por esa realidad que se agota en sí misma al cabo de los años, esa relación que languidece entre las cuatro paredes de un hogar donde los geranios dejaron de regarse hace tiempo (Carmen); detener la cámara en los detalles, el cansancio extremo de Eva al final de un día de trabajo; indagar en el corazón de los personajes sorprendiendo una mirada, un gesto, una expectativa continuamente frustrada (Carmen); como quien camina por la calle o viaja en el metro mirando más allá del silencio de una mirada entretenida en un libro, el aspecto pensativo de un pasajero, los ojos de una mujer joven tristemente perdidos en un recuerdo que no puede quitarse de encima un pensamiento recurrente, y, en cierto momento se encuentra con el poder de penetrar sus rostros cerrados a cal y canto mediante una cámara que nos va mostrando alguna de esas preocupaciones que nosotros buscábamos descubrir. ¿Qué hay en la vida de la gente más allá de esa pulida superficie con que unos y otros nos relacionamos con nuestro entorno? De eso puede tratar una buena película. Pero es necesario hacerlo sin trampas, sin el recurso fácil de los estereotipos del melodrama. Un equilibrio difícil en donde se juega la diferencia entre una buena película y otra mediocre.
A menos que uno esté dormido o narcotizado por una ceguera que sólo deja ver los resultados de la liga o los programas de televisión de mayor audiencia, la vida nos coloca a todos, tarde o temprano, ante alguna situación de conflicto personal que nos persigue con su presencia, que nos hace mirar a nuestro alrededor como quien busca desesperadamente salida a un problema sin solución. Es el caso de las tres historias que se cuentan en Mataharis.
Lo que en definitiva trata de desvelar el equipo de detectives de la película es la realidad, cómo son realmente las cosas, descubrir infidelidades, saber de las posibilidades de encuentro (un anciano que enviudó y solicita los servicios de la agencia para relacionarse con una antigua novia), conocer los mecanismos de dominación del dinero, descubrir al enemigo y sus planes. Saber cómo son las cosas ayuda a elaborar una estrategia, a planear nuestra conducta, a decidir qué tenemos que hacer. Pero mientras esto sucede, las detectives que tratan de descubrir verdades ajenas, muestran a su vez su propio mundo y sus propios conflictos, en realidad el tema central de la película.
Como nos gusta el cine y, como además nadie deja de formar parte de un modo u otro de alguna de las muchas tramas que éste nos proporciona tan intensamente, puede ser buena cosa intentar descubrir algunas de las relaciones que se establecen entre el espectador y la historia que se cuenta en ese espacio mágico en que una vez apagadas las luces suceden “cosas” que tan de cerca nos conciernen en unos casos, que tan fácilmente suscitan nuestras emociones, o que simplemente tanto nos divierten o actúan como sedante sobre nuestro ánimo. El hecho de que la realidad que vemos roce de alguna manera nuestra propia experiencia personal, nos proponga conflictos adicionales, nos enseñe rincones oscuros que no conocíamos, actúe como ojo omnisciente situado en un punto de vista que desconocemos, que todo lo ve, hace que a ésta le podamos adjudicar un papel de segunda conciencia, que, al reconocerla como parte nuestra, acaso un yo interno no muy accesible en condiciones corrientes, favorece una catarsis nosotros capaz de actuar sobre nuestras disposiciones y actos. De hecho, en Mataharis, una vez nos hemos puesto al día de la situación y la hemos asumido emocionalmente, sucede como si nuestro propio yo nos estuviera reclamando el débito que todos tenemos con ciertas verdades, la confianza en el otro o con la propia moral, lo que hace que tomemos posición y deseemos que Eva comprenda a su pareja, que Inés abandone el caso que le han adjudicado en la agencia y que Carmen encuentre en otro hogar una vida más acorde. Eso en el plano de la película; ahora, en el plano del espectador, ¿qué sucede? Yo creo que también sucede algo, cada interrogante que ponemos en nuestra vida, cada pregunta que nos hacemos es un acto de búsqueda de nosotros mismos, de interpelación de nuestros puntos de vista, de cuestionamiento de nuestras evidencias; y es inevitable no hacerlo en una película como ésta.
Naturalmente hay otros muchos aspectos que se pueden cotejar en un film, entre los cuales éste es uno de ellos. Desde este punto de vista una buena película es una larga e intensa conversación emocional, afectiva y racional con la obra. Y desde luego todo esto es algo que “sucede” precisamente en ese espacio de hora y media en que, sentados en una butaca en medio de la oscuridad, vivimos en cierto modo una vida paralela que no deja de estar en relación con la nuestra.
En contraste con esta proyección, la representación de Jesucristo Superstar a la que había asistido el día anterior. No son espectáculos que se puedan comparar fácilmente; sin embargo, un simple vistazo al conjunto, a la capacidad de veracidad que ambos espectáculos puedan transmitir, pese a ese esfuerzo denodado por dar verismo in situ a los tormentos infringidos a un Cristo progre y algo bobalicón, tanto que la pregunta por el cómo coño se consigue que le azoten de esa manera o le crucifiquen sin que el pobre protagonista sufra lo más mínimo, se lleva parte de la atención del espectador desde el drama que intenta representar al cómo de los efectos especiales; pese a ese esfuerzo, la película de Bollaín, en contraste, muestra que no se necesitan grandes montajes para conseguir transmitir emociones genuinas. Frente a un libreto blandito y hecho para un público bastante convencional, el realismo de Mataharis, centrado en gente corriente, consigue una hondura emocional que está ausente en la ópera; aunque ésta tenga valores por otros motivos.
Quizás lo más conmovedor de la película se centre en la historia de Eva y su pareja, ese algo tan frágil y tan fuerte como es la confianza, que escribe Bollaín. Merecerá la pena buscar tiempo para escribir sobre esto: la confianza.
Cuando vi Te doy mis ojos, pensé que era una de las mejores películas que había visto en un largo tiempo. También me sucedió ayer... sin embargo éramos cuatro personas en la proyección... inexplicablemente.





La vuelta a la rutina

El Chorrillo, 2 de octubre

Esta mañana echo una ojeada a los blogs que me han servido para ir contando algunos pormenores del viaje último, más viaje mental en muchas ocasiones que relato de lo que propiamente sucedía a mi alrededor, y me encuentro enseguida con la satisfacción de quien ha cumplido con un interesante trabajo. Me asombra la cantidad de temas que ha suscitando el hecho de andar de un lado para otro.

Caminar o viajar durante mucho tiempo ayuda a mirar desde una perspectiva un tanto peculiar. Desde ella da la impresión de que la jerarquía de los asuntos de la vida se alinearan prioritariamente alrededor de unas pocas constantes donde lo anecdótico, esas bagatelas a las que aludía el otro día, del poeta Carlos Marzal, quedan relegadas a su mínima expresión. Y como los asuntos no son ni numerosos ni mucho menos infinitos, no es difícil que suceda que la sencillez y la simplicidad de la vida se le aparezcan a uno como una especie de Tierra Prometida en perspectiva.

Quizás por ello sean importante los momentos de inflexión, esos instantes en que la percepción se corresponde más con una visión del mundo intuitiva que racional. Escribo en la parcela envuelto en el jolgorio de los pájaros. Los perros están a mis pies; el día, nublado, exhala un no sé qué de tranquila comprensión de las cosas; este bullicio, todo lo que me acompaña en esta tarde solitaria, aves migratorias, o quizás bandadas de estorninos en busca de las últimas uvas, emitiendo su acostumbrado piar alargado y multitudinario, hablan también este lenguaje; es la vida que se manifiesta: vibraciones sonoras, luz, estímulos que estando en el aire llegan a mí con vigor, pero simple, sencillamente, como una caricia en esta tarde; pleno presente colmado de árboles y arbustos, de pájaros que hacen poco más de lo que hacemos nosotros, charlar, cortejar, acudir al bebedero, alimentarse, incluso tomar el baño en el charco que se ha formado bajo un aspersor que pierde agua.

...Sin embargo llega el momento en que nos encontramos con el mando a distancia en la mano y apretamos inevitablemente la tecla que pone en funcionamiento el dichoso aparatito.

Hoy, siguiendo con las prioridades de los arreglos caseros a los que tengo que atender durante estos días, andaba poniendo orden en el desbarajuste de cables que conectan vídeo, televisión, ordenador y amplificador, y tuve necesariamente que oír algunas cosas que aparecían en la pantalla. Me rechinaban los dientes, hablaban del rey, de Zapatero, de un tal Zaplana; y un señor gordo peroraba con suficiencia de lo que debe o no hacerse, de lo poco que había alabado a la realeza aquél en relación a sus grandes trabajos realizados (el rey, claro -?-) por llevar adelante la democracia en España; se extendieron sobre chismes innúmeros: terrible, me daba vergüenza ajena. Luego, continuando con los arreglos, abrí la web de El País mientras comprobaba la configuración del sonido del ordenador; en el ángulo superior derecho aparecían un tal Aznar y un tal Bush, que tienen cosas muy privadas e importantes que decirse; en toda la página apenas había algo que mereciera la pena. También mirar la portada de El País me ruboriza, me hace sentirme un extraterrestre en este ambiente de mediocridad, cuando no de mezquindad si uno atiende al modo en que la derecha española y todos sus voceros utilizan los medios para ganar adeptos entre la ignorancia y el público adormecido.

Aparece en mi panorama diario desde que regresé, Javier Marías, de quien leí hace años un par de libros que no me gustaron y al que, creo, tendré que releer con más atención; el otro día en un vínculo que me mandó mi hijo Guillermo en relación con una entrevista motivada por la publicación de su último libro; y posteriormente, en un volumen que anda por casa, Donde todo ha sucedido: al salir del cine, del que ayer leí el primer párrafo, y que hablaba del ejercicio de pensar, una actividad tan notoriamente degradada universalmente. No seguí leyendo, dejé el libro aparte con la intención de encontrar un rato para él. Javier Marías también ha arremetido últimamente contra la mediocridad que vivimos en este país; sí, el poco uso que se hace de eso que tantas veces escribí durante años en la pizarra de mi clase con letras de medio metro: pensar. Una tarea excesivamente ardua en

ocasiones; circunstancia que aprovechan tanto los medios como los políticos y todos aquellos que quieran sacar tajá de una situación que requiere que los receptores no ejerzan excesivamente su facultad más propia. Los medios (digamos que la mayoría para no incurrir en un principio de generalización), en lo poquísimo que he podido comprobar estos días, parecen dirigirse a los lectores o telespectadores como sí se tratara de un atajo de disminuidos mentales dispuestos a creerse todo lo que les dicen, listos a tragarse todas las simplezas que les llegan, animados a entretener la vida con el burdo juego de los chismes.

De la misma manera que no es lo mismo un ciego que uno que ve, no parece que sea lo mismo uno que piensa que otro que no lo hace, aunque ambos tengan el idéntico derecho al voto; de donde se deduce que siendo el que no piensa más fácil de convencer que el que sí lo hace, es de perogrullo que el discurso intencionado, sea cual fuere, ha de ser dirigido a aquél y no a éste, si de lo que se trata es de vender algo, sea un producto o un partido político; de ahí que la ciencia política y económica haya de servirse en grandes dosis de aquella parte de la psicología que posibilita conocimientos adecuados para manipular a las personas.

Dos realidades, la del propio mundo, a veces cabalístico, difícil de definir, pasional, necesitado de saber de sus intereses esenciales, y otra de charanga y pandereta (entonces devota de Frascuelo y de María, y de espíritu burlón, y hoy, además, tristemente monárquica), otra de charanga y pandereta cicateramente empeñada en mandar o vender, que no sólo le trae al fresco una saludable capacidad crítica del ciudadano, sino que trabaja asiduamente más bien para anularla. La basura que he visto y oído estos días en los medios, confirman la necesidad de tener a mano unos buenos tapones de cera que eviten que el ruido de la televisión me saque de la lectura o de ese dolce far niente de que se alimenta mi ánimo bajo los árboles de mi parcela.