En el tren de cercanías

El sol ha terminado de ponerse sobre una línea brillante que se tiende como un puente entre las alturas de la sierra de Gredos, los narcisos que recogí junto a la cabaña de Mario y Paula están en un vaso con agua, el ordenador zumba, las ramas se mueven y yo acabo de mandar una larga carta intentando comunicar en ella algo de este estado perceptivo que, haciendo uso de un reduccionismo exagerado, trata de mirar a los humanos en su más candorosa elementalidad como descendientes no muy lejanos de otros seres de similares características fisiológicas.

Estoy subiendo al tren y me cruzo con un cuerpo de mujer de casi dos metros con unas buenas tetas encerradas en el corsé de un vestido a flores; por el suelo del vagón vuela la imagen atrasada de un Rajoy humanizado en cuyo hombro se reclina tiernamente la cabeza de su esposa; mientras me dispongo a abrir mi libro, unos relatos de García Márquez, mi mente, como una máquina que deglutiera entre sus fauces todo lo que se le echara esta mañana, curiosea a su alrededor con cierta avidez y, en los viajeros del tren de cercanías de un sábado por la mañana, ve prototipos de una especie ocupada esencialmente en actos elementales de la vida. Los viajeros son los mismos de todos los días esta mañana, así que si yo los veo diferentes, no es culpa de ellos sino de mi disposición matinal que trata de substraer del entorno alguna clase de verdad. No todos los días se levanta uno aceptando con cierto júbilo la idea de ser uno más en el reino animal, sentirse como uno más de la especie, entender que nuestros cuerpos y nuestros pensamientos para mayor honra nuestra están compuestos de similar manera, saber que después de la lluvia sale el sol y que nuestras necesidades no difieren en gran cosa tanto si somos inmigrantes rumanos como curritos de escoba y recogedor en la mano vestido de fosforito.

Si todos los viajeros de este tren fuéramos chimpancés..., se me ocurre. Ya, mi libro de lectura sobraría, el ipod del vecino también, quizás sobraran igualmente los asientos del compartimento; sin embargo aquella mujer enorme de las tetas apretadas sería un objeto apreciable, también la ternura que muestra el rostro de la mujer de Rajoy apoyada en el hombro de su marido, incluso los pensamientos míos de hoy, supuesto que tuviéramos pensamientos, muy sensibilizados por el recuerdo de alguien, podrían ser parte activa del deseo de aquellos primates; y con más razón si éste desliza sus ojos por el trasero bien puesto dentro de sus pantalones vaqueros de otra viajera que sostiene en la mano derecha una abultada bolsa de El Corte Inglés. No lo sé explicar, pero esta mañana tuve cierta aproximación perceptiva a ese conjunto de deseos y sensaciones universales que nos distinguen como seres vivos de una piedra, por ejemplo. Como si en definitiva más allá de toda política, de los arreglos municipales, de los resultados del partido de la tarde entre el Atleti y el Madrid, escondido en el corazón de los viajeros de mirada distraída y como con ganas de coger a tiempo el siguiente tren en Atocha con dirección Parla o Fuenlabrada, existiera vagamente el presentimiento de que todas esas preocupaciones sólo fueran la cáscara del plátano que se comerán en casa mientras con los ojos fijos en el infinito seguirán pensando en el color y profundidad de unos ojos, o como le sucedía a ese personaje de García Márquez, el presidente, que se le vino el otoño encima pensando en la muerte. Mucho depende de la edad y las circunstancias de cada cual, pero salvo raras excepciones lo que verdaderamente nos importa suele tener poco que ver con la res publica.

Si las tetas de la mujer grandona era una llamada a yacer entre sus pechos, la fotografía de la pareja del periódico era una invitación a descubrir en el estómago de los buscadores del poder el tic íntimo de la ternura. En el libro de García Márquez muchos de los personajes no parecen girar en torno a otra cosa que a estas situaciones privadas e íntimas. Sin embargo García Márquez, empleando una notoria parte de su energía como escritor en vestir a sus personajes no sólo con muchas y diferentes clases de telas, sino con un importante abanico de escenarios de todos los rincones de Europa meticulosamente descritos, no duda en dejar bien claro que no es el atuendo, ni la marca del whisky, ni la suntuosidad del hotel ginebrino lo que en definitiva nos conmueve. Muy por el contrario lo que dará vida al relato será, en uno la espléndida belleza de una viajera compañera de vuelo a Nueva York, en otro el abismo de la muerte junto a las preocupaciones por el sepelio que finalmente queda zanjado por el advenimiento casual del sexo, o en un tercero un camino sin salida que accidentalmente lleva a la protagonista a la locura.

El otro día, venía yo de tierras de Teruel cargado con mi macuto de trampero camino de casa, y al atravesar el paso subterráneo que salva la vía del tren, en Griñón, me detuve a curiosear entre los grafittis y escrituras que llenaban todo el largo y ancho del túnel, esperando encontrarme sin ninguna duda ante las consiguientes horteradas de siempre. Un gran chasco me llevé, y muy agradable, por cierto. Los grafittis y pinturas resultaron ser en su mayoría declaraciones de amor, aderezadas con versos elementales, rima incluida, que yo jamás de los jamases hubiera imaginado en un lugar que en el pasado lo único que había recogido hasta entonces fueron cruces gamadas y soeces horteradas. Las flechas de Cupido atravesaban ahora los corazones de los adolescentes que tiempo atrás habían hecho de la vía pública su espacio para la barbarie. Un hermoso presagio.

Y volviendo al tren, ¿qué sucedería si cerráramos los ojos, cogiéramos una coctelera, metiéramos en ella a todos los viajeros del vagón, incluido uno mismo, y accionando el interruptor dejáramos aquello agitarse en su interior durante un buen rato? ¿Cuáles serían los sabores predominantes, los olores más notables, los deseos más comunes? Uno presiente a veces que hay demasiado ruido en el ambiente, tanto tanto que uno ya no llega ni a oírse a sí mismo, pero aun así presiente que la verdad de perogrullo está ahí, que siempre es la misma.

GR 10. De mar a mar

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DÍA 1

Una vez más el mar. Empiezo un camino que une dos mares, el Mediterráneo y el Atlántico. Las tres veces anteriores fue por los Pirineos (la familia en pleno en la primera ocasión, aquellos tiempos en que mis hijos eran grandes andarines también, un tiempo en que Guille llevaba el cronómetro y un cuadernillo a mano para dejar testimonio de nuestras llegadas a montes y collados), más otra que unió el Mediterráneo con el Adriático a través de los Alpes. El mar y la montaña, dos escenarios para pasar la vida. Hoy es un día de sol en Puçol (Valencia), junto al mar. Nadie sabe qué es eso de la GR-10, tampoco existen publicaciones.

Puçol, un parque. Según escribo estas líneas veo pasar un coche patrulla de la guardia civil y le hago señales para que paren; me doy una corta carrera. Quiero indagar el comienzo de la GR-10, pero no tienen ni idea. Ya pregunté antes a algunos viandantes: nada. Así que tendré que fiarme de mi GPS en donde con ayuda del Google Earth he diseñado una ruta a vuelo de pájaro que pasa por los puntos claves del recorrido, que es lo único que he conseguido en Internet.

Un día de invierno de ir en mangas de camisa, con una brisa que viene del mar anunciando ya mismo la pirotecnia próxima de las fallas. Nada de particular por el camino desde Madrid, salvo que tuve que defenderme de la agresividad de los decibelios de las voces de tres señoras que hablaban ininterrumpidamente a mis espaldas de piojos y de cierta denuncia por robo de un bolso; ya le digo, decía una y otra vez durante decenas de kilómetros una de ellas, y arremetía con el relato redundante de los hechos por enésima vez; junto a ellas estaba también la película de turno y la radio del conductor; me defendí como pude con mi mp3 a un volumen más alto del conveniente, Rostropovich, una suite para violonchelo de Bach.

Ahora, después de tomar un tentempié, sólo me queda ponerme en manos del gps y ver qué pasa. Casualmente doscientos metros más adelante me tropiezo con la primera señal blanquirroja. Estoy de suerte. En mis cascos suena ahora la novela Hombre lento, de Coetzee mientras me voy elevando colina arriba entre naranjales en donde cuelgan enormes frutos que me veo tentado a sustraer de sus ramas. Paul, el hombre lento, ha sufrido un accidente de bicicleta y como consecuencia del mismo ve amputada una de sus pierna. Mientras, me pierdo un par de veces y tengo que desandar mi camino hasta encontrar el fondo del barranco por donde vuelvo a ver las señales blanquirrojas. “En la casa del Padre hay lugar para todos, incluso para las almas solitarias y estúpidas”, dice uno de los personajes. Buen consuelo para las penas de la vida...

Atravieso algunos bancales y luego el camino continúa entre brezos, pinos, palmas y chumberas. Después de haber tocado fondo la tragedia por un larguísimo periodo de tiempo, Paul va encontrando con la ayuda de la asistente croata que le asiste en su convalecencia, los porqués a su existencia que ni siquiera antes del accidente fue capaz de vivir. El camino trepa incesantemente entre los pinos, alcanza un collado, sube una empinada cuesta y termina encaramándose a una pared casi vertical en donde necesito guardar los bastones para poder encaramarme con pies y manos a la roca de la pared por la que debo ascender. El paso me deja sobre una meseta desde la que se ve el mar hacia el este, mientras que en dirección oeste se eleva una larga extensión de montañas, algunas de ellas de aspecto escabroso. Debo atender al paisaje, pero también a la novela que me obliga a sentarme y a sacar boli y papel para tomar algunos apuntes que quizás me sirvan para la escritura de mi propia novela, la que escribo en la actualidad y que se titulará Epílogo.

Siguiendo las marcas como Pulgarcito el rastro de sus garbanzos, el camino atravesó un paisaje agreste, cruzó unas pistas y terminó subiendo empinado por un valle de densa vegetación hasta casi hacerse de noche en un estrecho collado bajo unos farallones color miel.

Cuando terminé de poner la tienda ya era de noche. En el centro del cielo estaba Orión y Sirio, a mis espaldas Casiopea y hacia el norte el brillo de la Osa Mayor; a lo lejos las luces de las ciudades corrían hacia el mar sobre una vasta superficie.

Ahora disfruto del confort de mi tienda, escucho la voz amigable y cálida de mi lector anónimo. A lo lejos suenan las campanas de una iglesia. Lástima que no haya suficiente agua. Hoy me va a tocar pasar sed. Una lástima, también, tener que dormirse.

Hace una buena temperatura, lo suficiente para poder todavía dormir en porretas, un gustito que compartiré gustoso con la música mientras me duermo.


DÍA 2

Mañana temprana desayunando en Segart, pueblo serrano sin tienda pero con el bar abarrotado de jubilados que toman su copa y su café con leche. Son del alambre, dice la señora que atiende el bar. Estamos en la sierra de la Calderona.

Hoy me va a tocar comer de bocadillo: un blanco y negro (morcilla y longaniza), otro de tortilla y uno más de jamón. Viejos bares de pueblo, de copa de cazalla y anís del Mono por la mañana. Del pueblo parten dos itinerarios, uno de ellos, el de la Canal de Garbi, de dificultad técnica, dice un cartelito a la salida del pueblo, equipado con cadenas, y el otro más sencillo que rodea las dificultades por el norte.

Font de L’Umbria. Cipreses, olivos y canto de pájaros. Un paisaje de pinos e intrincados valles descollados por lomas de laderas escarpadas aquí y allá. Paul, inflamado de amor, inundado de agradecimiento y abismado de erotismo, quiere convertirse en padrino de la familia de emigrantes croata para así tener cerca a su cuidadora Mariadna. El marido ha olido que aquel inválido forrado de dinero puede estar poniendo en peligro la continuidad de su familia. Los farallones de la Canal de Garbi son un rincón agreste que se deja subir con una dificultad que me divierte. La soledad del lugar, siempre presente en toda la ruta, se hace más agreste; hay que escalar pequeños repechos de una roca rosada modelada por el agua de los siglos, quizás el antiguo cauce de un precipitadero de agua que dejó con su paso milenario romas las aristas, dulces las curvaturas, como ese tiempo que pasa por la vida y nos va haciendo poco a poco más humildes, derechos todavía sobre nuestras piernas robustas, pero humildes, comprensivos con el mundo, con nuestros semejantes y, por supuesto, con nosotros mismos.

Ahora un viento frío barre el lugar y agita las ramas brillantes de los olivos; los cipreses se comban dulcemente al embate. Aquella imagen zen que nos pide ser dúctiles y flexibles como las ramas de un sauce, en oposición a las del pino que, siendo rígido no puede balancearse provocando que el viento quiebre sus ramas. Fortaleza y flexibilidad; cosas que aprender. Hay un silencio y, de pronto, a lo lejos, un murmullo grave y creciente asciende inflamándose hasta reventar como en un violento oleaje inesperado. Las ramas vuelven a agitarse al unísono sin que el canto de los pájaros deje de oírse sobre el ruidoso alboroto de las hojas agitadas.

Voy a comer un poco. Estoy en buena forma, tanto como para caminar durante cuatro o cinco horas sin necesidad de descansar. El placer de caminar es pleno. En realidad caminar es una forma de vida; lo fue ayer y lo es hoy. Es bueno tener un corazón y unas piernas fuertes; son las herramientas con las que mi alma puede solazarse y vivir un permanente presente. Ahora soy el vagabundo que siempre soñé ser, un vagabundo con la sola obligación de satisfacer mis necesidades más elementales; el resto es mirar y ver, leer, disfrutar de la calidad del sol de la mañana, recoger del camino como si fueran flores, algunas tomas para mi cámara, buscar un prado para comer, un alto para poner mi tienda de campaña a la tarde, un alto desde donde vea atardecer y sobre el que vuelen las estrellas a la noche.

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Transcurrieron varios días. Vino el frío y el viento huracanado, y llegaba tan cansado a la noche que no tuve ánimo para seguir escribiendo.

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Entre el tercero y séptimo día de caminar conviví durante toda la tarde y parte de la noche con un ermitaño con problemas de amores y con quien compartí una exquisita lasaña de vegetales; hizo un viento del diablo día y noche; bajaron las temperaturas; se me averió la cámara fotográfica (con lo que el recorrido se quedó sin imágenes... ¡qué le vamos a hacer!); terminé con Hombre lento y proseguí con los cuentos completos de Horacio Quiroga, acompañado con otro texto de Freud; nevó sobre los altos de Javalambre; tuve que seguir el camino entre la niebla con la ayuda de la brújula mientras nevaba débilmente y, descendí, por fin, a Camarena de la Sierra con la noche ya entrada. En el hotel me resarcí con un gran entrecot al Roquefort, una enorme ensalada, un flan con nata, tres cervezas, un café... (sólo le faltó el puro); me resarcí de las últimas comidas rudimentarias que no pudieron ser de otra manera porque los pueblos que atravesaba estaban desiertos. Después estuve una hora bajo la lluvia cálida del baño. Mis pies se habían dañado en la última caminata de doce horas.

Cuando sea abuelo (en uno de estos días ya), volveré a las tierras altas de Teruel a continuar mi travesía de la Península.

Esta mañana, mientras pasaba a limpio estas notas, me llegó un correo desde Méjico, eran unos versos de Paula, la chica de Mario, los incluyo aquí:

Alberto
me alegra que camines,
que entregues
tu cuerpo al viento,
tu mente a la incertidumbre,
tu espíritu al aguacero.

Me alegra
que te andes solitario
hasta el final del silencio,
que escuches a la noche
que duermas en el cerro.

Que al caer la tarde
caigan tus pies cansados,
de mundo llenos.

Gracias, Paula. Por cierto, ayer mismo hablaba sobre la casa en este blog, la que habitamos regularmente. No estuvo ausente de mis pensamientos mientras escribía aquello el recuerdo de vuestra cabaña y de vosotros mismos. Esa parte de nosotros que estará ya para siempre vinculada a un espacio, de la misma manera que lo estarán las experiencias con que vamos llenando el cántaro de la vida. Mañana mismo iremos a darnos una vuelta por allí a ver qué tal sigue y a comprobar si el viento ha hecho alguna diablura, porque fuerte ha pegado, tanto que el otro día cobijado en un refugio rudimentario de los montes de Valencia creí que el refugio salía volando.

La casa del padre muerto

Mi amiga desconocida, que con frecuencia apareció en los blogs de mi último viaje, me escribe recientemente, tras el fallecimiento de su padre que tuvo lugar el pasado mes de diciembre. La casa que habitaba el padre, y que fue casa familiar, se ha convertido ahora en un dilema por motivos de herencia. Ojalá esa casa puedan seguir habitándola ella y sus hijos. Una casa frente al mar, la casa de los acantilados de los que con alguna frecuencia me habla mi amiga desde el otro lado del Atlántico. Esta es la carta que le escribí esta mañana:

Querida amiga desconocida:

Me encontraba esta mañana haciendo mis ejercicios de rehabilitación, un rato de retiro que tanto pueden ser ejercicio de meditación zen como flores de loto visitadas por el rocío, mientras mi pierna hace esto o lo otro a fin de seguir haciendo viable mi afición a caminar por el mundo, cuando una extraña asociación de ideas me llevó a pensar en tu casa de los acantilados. Hace muchos años hubo una exposición en Madrid que se titulaba En casa de la madre muerta, algo de lo que escribí en alguna ocasión ya, lo que hace suponer que la cosa me dejó un importante rastro de impresión. En resumen la exposición consistía en varias habitaciones que reproducían una casa, la de la madre muerta; en ella, repartido por aquí y por allá había los objetos más heterogéneos, todos propios de la vida cotidiana; uno entraba, miraba, observaba y de pronto poco a poco aguzando el oído empezaba a percibir la presencia de algo que no había desaparecido de aquellas habitaciones, la casa estaba habitada, se oía una falleba, el abrir y cerrar de una puerta, el agua corriendo en el fregadero... puedes imaginar parte del montaje. Objetivamente no era nada muy particular, pero puestos a ponerse en situación el asunto era bien notable, uno empezaba a darse cuenta de que los muertos no habitan en el cementerio, de que los muertos continúan viviendo por mucho tiempo el lugar que habitaron durante la vida. Cada rincón era una llamada a los hábitos de cierta persona, sus preferencias por sentarse con el libro abierto junto a cierta ventana donde el sol matinal llegaba en invierno a desentumecer los miembros y a aliviar el frío, allí desde donde se oía la lluvia frente al estero. La vida transcurre con frecuencia en unos pocos rincones de la casa, en ella nos acurrucamos, aliviamos nuestras penas, hacemos el amor, soñamos o lloramos desconsoladamente una pérdida inevitable. La casa, como la tierra que pisamos afanosamente porque en cierto modo ésta también es nuestro habitáculo (para mí lo son los montes y bosques que visito, las playas donde gusto dormir al arrullo de las olas) conserva, conservará por cierto tiempo nuestro olor, los rastros de nuestras pasiones, el sabor agridulce de nuestra inquietud amorosa vagando por las habitaciones. Después, con el tiempo, vendrá la nada y el silencio absoluto, pero para entonces ya seremos nosotros mismo polvo, aire y acaso sustancia de otras vidas en un proceso que quizás algún día la física quántica pueda llegar a explicar como una simultaneidad en donde el tiempo sólo será un concepto obsoleto. Pero mientras tanto, la conciencia, que es la que nos transmite e interrelaciona todas las circunstancias que tuvieron como escenario la casa, a modo de órgano supraperceptor y global, tendrá la oportunidad de pasearse por las habitaciones y por el tiempo teniendo así la oportunidad de recrear un pasado que en su calidad de presente, como parte de nosotros mismos, de los que amamos, de lo que bebimos hasta la saciedad, no dejará de estimular la intensidad creciente de nuestras sensaciones hasta hacer de ellas plena comunión presente con nuestras vidas del pasado.

Hay días que uno se despierta especialmente sensible. Serán los sueños, acaso, eso pienso porque últimamente sueño intensamente toda la noche. Lo hice los días pasados mientras el viento ululaba por la noche fuera de la tienda de campaña en los fríos altozanos de Teruel. Todas las noches un gran puñado de ellos de los a la mañana no lograba recordar ninguno. El caso es que hoy, que no dejé siquiera el lapso de unos minutos para demorarme en la cama tras sonar el despertador, los sueños debieron de seguir irrigando la masa gris de mi cerebro mientras hacía mi rehabilitación, lo que derivó en esa percepción de la casa del padre muerto, las cosas de nuestras vidas traspasando osmóticamente mi piel y llenando mis sensaciones con el furor y la intensidad de las cosas que uno ha vivido con pasión para gracia y fortuna de un presente que querría ocuparse primero y esencialmente de la propia vida, de la música que suena entre las cuerdas del alma cuando el viento frío bambolea nuestras disposiciones y el cuerpo se empeña en enfrentarse a las inclemencias del tiempo, a la escarcha de la mañana o al amor imposible que nos acompañará hasta el final de nuestros días. Música, día de concierto matinal en donde los instrumentos tocan por turno su parte de la partitura mientras el día se va abriendo paso entre las ramas de los árboles y calienta el plumaje de los estorninos que a esta hora temprana ya empiezan a picotear las semillas del olmo frente a mi ventana.

Y mientras hago la rehabilitación me pregunto; no, no me pregunto, miro un cuerpo desnudo de mujer, una pintura, que cuelga todavía en la habitación que fue de mi hijo y que ahora es taller y lugar de retiro, miro intensamente esa imagen y siento que junto a la orquesta matinal de los recuerdos y las emociones empieza a resucitar en mí el calor del cuerpo. Subo y bajo la pierna en cuyo extremo una madreña lleva atada un contrapeso de kilo y medio; cuando la madreña alcanza su punto más alto la imagen queda escondida durante cinco segundos tras el ingenio, luego vuelve a quedar al descubierto ese cuadro que nunca llegó a llamar mi atención pese a tenerlo ahí delante diariamente durante media hora. A la izquierda hay un niño que duerme rendido por el trabajo de una larga jornada escolar. Noto que el cuerpo de aquella mujer, desnudo pero poco sensual, como sacado de una larga siesta de verano, está empezando a perturbarme y entonces tengo necesidad de reencontrarme con mi propia experiencia, otro cuerpo amado; me levanto, recupero aquel enigmático desnudo de ella que tanto me gusta, brazos sobre la nuca, pechos pequeños, el pubis una promesa de eternidad, y me vuelvo al taller, lo coloco enfrente, a mano derecha para que la madreña no me impida verlo, y me sumerjo en otro tiempo, los ruidos y las sensaciones de otro tiempo vienen a mí; me oigo gemir por un rato. Después caigo en pensar en esa obviedad con que soterramos en nuestro entorno los gemidos, los ruidos de la carne quebrándose y hendiéndose mutuamente.

La casa de la madre muerta. Los sonidos y las miradas; los gestos de desaliento, de pasión; todo lo que te golpeó en la vida y que ahora fluye como un arroyo por el presente como tumulto del corazón dando testimonio de ti mismo, y de que vives; poc, poc, poc, poc; aquel cuerpo desnudo de oscura vulva; la mirada enigmática de la agonía de una madre, el fuego de la chimenea junto a su cuerpo espirando; el estertor insondable del sexo, del ansia de recorrer un cuerpo con las manos y penetrarlo; el fragor del mar; el bofetón de la ventisca en el cuerpo; la encantadora sonrisa que miramos distraídamente posada sobre un rostro querido; mi trote habitual por las montañas; mi necesidad de sortear una pared de granito que se alzaba vertical ante mí; el cuerpo inane de un amigo despeñado en una ascensión; ser padre; una solitaria tortilla helada deglutida en una noche de Navidad lejos entre los pedregales de la Pedriza; el amor que hizo estremecer mi cuerpo hasta la locura, los meses, los años en que obsesivamente me persiguió la insistente presencia de la mujer pequeña de pechos diminutos, de pubis oscuro, de piernas fuertes, de mirada inquietante; aquellos amaneceres bajo un manto de escarcha; la puñalada que se hundió en mi pecho; el esplendor del Parinacota al norte del desierto de Atacama una mañana heladora de suprema belleza; una meta al final de un maratón; el desierto inmenso, ondulado y rubio como el cuerpo de una mujer; un último día en que recoger los rastros de emoción que quedaron prendidos entre las ramas de los árboles en un día ventoso.

La casa de la madre muerta. Aquella de la exposición no estaba del todo habitada. Si hubiera que recomponer la casa del padre sería necesario atender a los sueños, dejarse aconsejar por las pasiones, someterse a los vientos y a las lluvias, tener en cuenta los trozos de vida que, apiñados en los rincones queridos del alma, florecen entre los sueños cualquier mañana de viento mientras la madreña sube y baja, mientras se hala una vela para dejarse llevar por los recuerdos y el fragor de los arroyos.

Hoy traté de reconstruir parte de los habitáculos de mi propia casa; o no, que más bien la cosa vino y se instaló en mí acompañada por las asociaciones de los recuerdos o motivados por la referencia de esa tu casa recién abandonada por tu padre muerto y a la que yo ahora pienso llena de arcana vida vibrante en tanto la memoria tuya y la de tus hijos la hagan perdurar. Creo que fue en un libro de Gaston Bachelard, La poética del espacio, donde encontré hace años también rastros de este olor tan particular que desprenden los lugares que fueron habitados. Una casa es algo más que unas toneladas de hormigón y ladrillos, de la misma manera que una vida es algo más que eso que metido en un horno e incinerado cabe en la hornacina funeraria. El otro día, caminando interminablemente por los altos de la provincia de Valencia y Teruel pensaba que uno se siente y se experimenta a sí mismo en el hecho de caminar; también nos experimentamos y nos sentimos compartiendo nuestras vidas con los otros; la casa es inevitablemente uno de esos lugares a donde es necesario acudir para comprender un poco más nuestra vida y la vida de los que la han habitado.

Cara amiga desconocida, hoy me salió todo esto a raíz de tu última carta y de la casa que fue de tu padre. Espero que algún día pueda visitarla, sería una buena razón para volar a Argentina.

Un beso

Ni Zapatero ni Rajoy. De nuevo, el amor.

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Creo que ya hubo un título así. Pertenece a una novela de Doris Lessing que leí el verano pasado: De nuevo, el amor.

Hace dos noches, tras una larguísima excursión en la Pedriza a la búsqueda de caminos nuevos, frente al fuego de la chimenea de mi cabaña, discutíamos mi amiga Raquel y yo acaloradamente sobre los inevitables temas de política que pacientemente debemos padecer en este país desde hace semanas. Las llamas eran brillantes y altas y en los altavoces se oía maravillosa como siempre la voz de la Callas. La noche invitaba a conversar.

Casi siempre andamos a la gresca con unos pocos temas sobre los que al menor descuido nos lanzamos ambos con la vehemencia de nuestros temperamentos; ella como un bonzo a defender su causa, yo, con un poco más de distancia atento más bien a sacar partido a la discusión para que no vaya por los caminos trillados, a hacer de abogado del diablo y a tratar de hacer de la conversación un rato agradable y provechoso. Naturalmente era inevitable traer a colación a la famosa pareja televisiva. Yo le expreso mi opinión: un espectáculo sumamente aburrido que no merecía la pena. Ella me cita a los griegos, que dice que dicen que los ciudadanos deben de preocuparse por la vida de la polis, que es mi caso aunque ella no lo crea o yo no lea el periódico más allá de la portada, y yo le cito, para llevarle un poco la contraria a H. D. Thoreau que en su tan recomendado libro Walden cuenta que encontrando que alguien se preocupaba por la no muy buena limpieza de su cabaña, le contestaba que demasiadas telarañas tenía él en la cabeza para tener que preocuparse por las de su cabaña. Es decir un problema de prioridades, o las telarañas de mi cabeza, que son muchas (telarañas y agradables trinos de pajaritos) o los ires y venires de los políticos de turno jugando con el personal a base de traer las estadísticas por las orejas como los rábanos e intentar demostrar quien mea o ha meado más lejos, como hacíamos cuando éramos chicos.

Así que ateniéndose a lo de las prioridades que no quepa la menor duda de que ni Zapatero ni el señor de la barbita (el otro era bigotito... y tal para cual por cierto) me van a quitar el sueño, lo que sí, por el contrario puede hacerlo ese tema inacabable del amor. Cada loco con su tema. Y el tema hoy es qué puede hacer uno con la fuerza excedente del querer cuando en plena bajada a toda leche en un fulminante descenso tiene que detenerse de golpe, desaparece la ninfa, la musa se esfuma; qué hace uno con el excedente de su energía amorosa; y más cuando no hay una proposición más cierta que aquella que dice que uno se realiza precisamente amando, y uno quiere, claro, realizarse, que aunque suene así un poco rimbombante, o acaso zumbón, sirve al caso, que no siempre las palabras tienen ni el corte preciso ni la capacidad para decir lo que se quiere decir.

Vayamos por partes empezando con la manida proposición en torno al deseo. Si lo que tu cuerpo anhela es el deseo, pero el deseo te trae desdichas... entonces deseas no tener deseos (que es a su vez un deseo) para así alcanzar la dicha (un mayor deseo todavía); con lo que huir del deseo es un subterfugio para seguir deseando bajo la máscara ahora del no deseo. Es decir uno no puede escapar, está atrapado como un Gulliver o como un Robinson Crusoe; los liliputienses o el ancho mar nos condenan a una situación sin salida. Estas líneas tratan precisamente de la acaso posible alternativa.

El cuerpo de una mujer suscita un deseo. Una mujer puede suscitar también el amor. Suscitar. En nosotros algo capaz de ser estimulado por una circunstancia externa, una persona, alguien a quien después podemos dar el nombre de amante. Lo que es suscitado es nuestro amor, el deseo, la ternura que se comportan como un material combustible capaz de inflamarse al contacto con la llama de una cerilla. El amor está en nosotros, arde en nosotros estimulado por las señales que nos vienen de fuera.

El amor a Dios que tantos amadores apasionados tiene, es un amor que arde sólo en el hogar del cerebro; y es real, y es amor, nace de la necesidad de amar y comporta por extensión aquella otra necesidad de tener a alguien que nos libre de los males y de la muerte; razón por la cual, aún tratándose de un amor espurio en razón del provecho que se pretende sacar del él, puede servir para continuar el razonamiento. El hecho de la existencia de Dios, no necesariamente cierta, no es óbice para que el amor a Dios sí exista, un sentimiento que está en el alma de hombres y mujeres y tiende a satisfacer esa necesidad oceánica indefinible a la que aludía Freud. Una realidad que sólo tiene lugar en nuestro cerebro y que consideramos dotada de existencia porque nuestro organismo reacciona ante ella, vibra, se emociona, por más que ésta sea una realidad de imaginación y sobre todo porque ella determina una parte importante de la vida del amador de la divinidad; ella le proporciona alivio, bienestar, exultante gozo a veces. Otro asunto sería la calificación moral que este amor merece en lo que tiene de interesado, ya que no debe de haber muchos mortales que amen a Dios de bóbilis bóbilis, ya que por lo general más que amor se trata de un asunto financiero, una inversión en donde los beneficios a obtener en el más allá bien parecen merecer la molestia de unas cuantas misas.

El acto de amar exige poner en movimiento, encender esa fuerza misteriosa que está en nosotros, ser causante de ese extraño y poderosísimo sentimiento común a todos los seres humanos y que tanto puede contribuir a convertirnos en guiñapos como en seres semejantes a los dioses. Lo que sea ello, ese combustible, ese anhelo universal parece difícil de definir, como todas las cosas importantes. Existe, eso es todo, parece ser la respuesta. Ahora, ¿necesitará el acto de amar en su estado más puro, la presencia de Dios, la presencia de la persona que ha estimulado el amor con su presencia en el otro? Un asunto importantísimo, porque de la misma manera que se ama a Dios sin conocerlo e incluso sin que exista, podríamos llegar a la conclusión de que es posible satisfacer nuestra necesidad de amar sin pasar por los inconvenientes y el dolor que trae consigo el amor; abriéndose así la posibilidad de poder mantenernos a buen recaudo de la presencia de una amada o amado, que en la cercanía puede ser perturbador mientras que en la lejanía puede constituirse en apreciado y dulce amor al modo de un Romeo y Julieta o un Tristán e Isolda eternamente anhelantes el uno del otro sin que ni el veneno o el puñal tengan que entrar en acción, porque el anhelo del encuentro será la garantía de la perseverancia de su amor. Hoy tocó indagar esta variable de la relación amorosa que se me aparece como altamente sugestiva, aunque bien sea cierto que ronde por ahí de incógnita merodeando la idea de aquella fábula de la zorra y las uvas verdes.

Sigo. También la religión puede seguir sirviendo de cuerda, como si se tratara de un pasamanos, a la que agarrarse a modo de analogía. Así si llevamos la cosa más lejos y, como han pretendido las religiones que han evitado dar representación física a sus dioses hasta el punto de prohibir incluso nombrarlos, sería incluso posible prescindir de la fisicidad del amado/la amante, la deidad a la que va dirigido nuestro amor o nuestro culto, por el procedimiento de hacerlos partes de nuestra intimidad, nuestro yo más profundo en el sólo acto de interiorizar su presencia sin necesidad de tener que meter los dedos en el costado traspasado por la lanza para comprobar la veracidad de la presencia. Amar y creer serían actos unidireccionales que no necesitarían del requisito de la reciprocidad.

Naturalmente, fornicar, el acto amoroso más inherente al amor mismo, no es posible hacerlo con esa especie de fantasma con el que pretendemos arreglar los inconvenientes del amor circunscribiéndole al sólo ámbito de la ascesis del que ama en una soledad no correspondida; ¿naturalmente?, pues no sé, se me ocurre que no habría que precipitarse con afirmaciones inmediatas. Mi experiencia personal me dice que sí son posible estas cosas, y no es necesario irse tan lejos como a la infancia, cuando movido por el fervor que los curas de mi cole capaz de infundir en mi tierna alma apasionada (una desgracia a veces eso de ser apasionado...), henchido de fervor mariano, el valor de infligirme heridas en el cuerpo con una cuchilla de afeitar o de espachurrar entre mis manos un manojo de pinchos hasta llenarme la mano de agujeritos por donde salían gotitas de sangre; no es necesario porque todo el mundo sabe hasta qué paisajes extraordinarios de placer y ascesis una gran sensibilidad llena de deseo puede llegar a transportar al alma y al cuerpo. Un Fausto más avispado y místico no hubiera necesitado vender su alma al diablo; Mefistófeles se habría quedado sin empleo si la calidad de la sintonía del primero para encontrarse con su Margarita sin su presencia hubiera sido la conveniente.
Así que la teoría es ésta: si sucede como escribe Musil en sus diarios, poniendo en boca de un personaje lo siguiente: “No existe una tristeza más profunda que la de amar a un ser insignificante” o uno se encuentra ayuno de esa coincidencia que ni Cupido puede remediar, queda la tercera vía, en que todo podría conformarse para mejor atender al profundo anhelo que a veces nos llena el cuerpo. Otro personaje de Musil lo expresa así, más adelante: “Yo insuflo vida a esa estatua, mi amante ideal, nadie que exista acaso, pero a la que la luz cambiante del hogar le presta el movimiento, y la retórica de sus miembros se convierte en la encarnación de mis deseos. Con ello se convierte en una criatura enteramente mía, en Palas Atenea surgiendo presta de mi cabeza. Usted comprenderá bien que una cosa así puede resultar perfectamente lógica, sobre todo si piensa en ese anhelo indefinido, que Dios sabe de dónde procede, con el que nacemos y que ‘el contacto con nuestra amada esposa de todos los días’ no hace sino humillar... Dígame, ¿no es cierto, en efecto, que una imagen de mujer no es sino la imagen de una mujer, un cliché de la vida con el que tengo que conformarme lo mejor que pueda siendo así que no busco en absoluto la imagen de una mujer, sino la imagen de mi deseo de mujer, de la única mujer imaginaria que nadie ha visto todavía?

Cabe pensar que el sentimiento amoroso, que vaya usted a saber de dónde viene, como dice el personaje de Musil, como una semilla esperando la humedad y el calor conveniente, termina por hacerse patente a la llamada de ambiguos estímulos relacionados con algún calendario oculto en la genética de la especie, pero especialmente al contacto con una mujer concreta de carne y hueso que es la que provoca la ignición de todo el cotarro psiquico-químico.

La cosa parece que ha derivado un poco hacia las citas, pero es que recuerdo ahora mismo otra de Ciorán que viene al pelo y que abunda casualmente en lo mismo y que acaso enriquece la anterior. Dice en El libro de las quimeras: “Amamos a una mujer porque es nuestro amor lo que queremos. Pues en el amor nos degustamos, nos saboreamos a nosotros mismos, nos dejamos seducir por el goce de nuestro pálpito erótico”

Si mi amor a la Virgen en los años de colegial, virgen de escayola con cara de lela, era capaz de transportarme a ese abismo en donde lo erótico, el amor y el dolor constituían un alucinante mundo de desmadradas sensaciones ya a los nueve o diez años, qué no podrá hacer ahora mi anhelo indefinido, mi sentimiento oceánico, el amor como sentimiento central ubicado en el centro de mi entrañas para seguir sucumbiendo a esa ternura, a ese pálpito erótico que baila día y noche en cada célula de mi cuerpo?

Así que puestos a revisar las telarañas de mi cerebro aquí está mi trabajo de esta tarde. La conversación con mi amiga Raquel, tras dos horas de acalorada disputa en torno a algunas minucias de la actualidad, los orígenes del poder, la actitud de los jóvenes frente a la política, el Ave pasando a las puertas de las tierras de Esperanza Aguirre, la obra faraónica, que decía ella, de la M-30, la niña de Rajoy, terminó casi como aquellos personajes de Borges que con la faca en la mano tiraban a abrirse las tripas uno al otro. Menos más que somos amigos desde hace cuarenta años, que si no seguro que corre la sangre (jeje). Esa noche, para no ser un engreído, según ella, tendría que haber escuchado al señor Zapatero y al señor Rajoy con devota admiración. No, señora, un servidor no pierde su tiempo escuchando más de lo que oí aquella noche, diez minutos apenas ya fue más que suficiente. Hay cosas más importantes en la vida de las que hablar, por ejemplo, ésta de seguir divagando sobre el amor.