Hoy me desperté pensando en ella

Este blog empezó hace un par de años siendo eso, un pies de foto, o al menos eso pretendía, pero con el tiempo no tardó en convertirse en un cajón de sastre; y en los últimos tiempos en un lugar en donde desahogar penas o bañarme en la ensoñación, buscándole tretas al asunto a fin de distraer de sus cuitas más próximas al pobre diablo que todos llevamos con nosotros.

Hoy me levanté cerca de la una. No, no hay para qué asustarse, nada de pereza, tres horas de mirar las ramas de los árboles y el cielo azul desde la cama. Tiempo fructífero a tope. Últimamente vengo a estar con frecuencia atrapado por el encanto de alguna idea que me sugiere esa Poética de la ensoñación que leo. Casi mi único interlocutor en los últimos días, aparte de Goncharov que me pasea por la Rusia rural de principios del XIX con una increíble historia de pereza y amor. Hay muchas cosas que nacen en esos momentos de meditación-ensoñación-reflexión. Quizás no alimento suficientemente mi blog con estos instantes, pero es que me tengo miedo, porque últimamente no sé hablar de otra cosa que no sea de lo mismo, variaciones siempre sobre el mismo tema. Me digo que debería volver a retomar lo que en esencia yo quería hacer en un principio, es decir poner pie a algunas fotos, un proyecto que databa de antes de los tiempos en que esto de los blogs se pusiera en boga y que yo imaginaba como un librito, agradable de ver y leer, con observaciones sobre la vida. Después el trabajo en Internet se hizo muy accesible y sucedió que el aspecto de un blog era atractivo, y, además, de observación inmediata, lo que podía estimular más que un trabajo que no ve su forma terminada hasta pasado un año o dos. Y así quedó la cosa, al gusto de escribir se añadió el gusto también de ver los resultados agradablemente enmarcados en el rectángulo de la pantalla del ordenador, con la añadida posibilidad de poder compartir los contenidos con unos u otros.

Hay cosas para las que es difícil encontrar una fotografía, porque suele ser así, en vez de al revés, primero se hace el pie y después viene la foto; pero esta mañana fueron el recuerdo de algunas fotografías precisamente las que me llevaron a nuevas reflexiones. El punto de partida venía a estar relacionado con el amor igualmente... para no variar. Andaba divagando de un lado para otro con esos pensamientos livianos que como la brisa se enredan entre los arbustos y cambian de rumbo sin una u otra razón, cuando inesperadamente partíme, “dejando mi cuidado entre las azucenas olvidado”, hacia otras tierras, otro amor. Recordé de repente, intensamente, mi última cabalgada solitaria por los Alpes, un mes y medio de soledad e intenso caminar desde el alba a la tarde por los parajes más bellos y más abruptos de la tierra. El último día hablaba aquí de soledad; también en la soledad crecen apasionados amores. El mío fue siempre la montaña, un amor menos sangrante y desasosegado que el otro, pero amor intenso por el que muchos no han dejado de entregado su vida; porque también ella es peligrosa y agresiva muchas veces; voraz e intensamente celosa, es capaz de llevar a su amante hasta lo más oscuro del infierno cuando éste, si no está preparado, si no ama lo suficiente, pretende llegar a sus rincones más secretos, pretende escalar las luminosas paredes que penden rosadas y seductoras colgadas en el vacío inviolable de su belleza. Yo ya no soy amante de grandes paredes; quisiera serlo pero no puedo, no me llega la camisa al cuerpo; me he convertido sin embargo en un amante tranquilo que acaricia el cuerpo de su amada con suavidad, interminablemente durante largos días y noches, que bebe de sus manantiales, que sube cumbres y atraviesa valles, pero que sabe que el amor puro e intenso, extremadamente arriesgado de otros tiempos, es ahora sólo patrimonio de la memoria, anhelo de enamorado que en la distancia se arrima a su amor como al fuego ese que todavía arde en mi cabaña toda las noches, para calentar su alma, para vivir profundamente la ensoñación de la propia sustancia de uno en íntima comunión con lo que se ama... a veces en la distancia.


Esta mañana recordé con intensidad los últimos días de aquella travesía que finalizó en las cercanías de la frontera con Eslovenia. Dejaba atrás cincuenta y cuatro días de profunda vivencia, Había atravesado los Alpes; desde las mismas aguas del Mediterráneo había emprendido el arduo proyecto de caminar y recorrer de una vez todas las montañas que en los treinta años anteriores había ido escalando y visitando durante tantos veranos; los ojos me brillaban. Descansé durante tres días en un refugio solitario antes de descender de nuevo hacia el mar, a Venecia. Durante tres días viví con mi amada como vive el amante que tras largas noches de hacer el amor y yacer juntos, debe partir a otras tierras al filo de la madrugada siguiente. Esta mañana lo recordé intensamente y no deseé otra cosa que volver a aquel lugar que abandoné en agosto de 2003.

Ese fue el resultado más tangible de ese largo remoloneo en la cama de esta mañana. Amar, seguir amando más allá del sosiego, más allá de una “tranquila” vida en donde un día se sucede a otro, y en donde encuentro gratas recompensas, pero que no me sirven acaso el calor y la intensidad que mi cuerpo y mi alma necesitan para seguir sintiendo vibrante la vida entre las manos. Esta mañana es probable que haya nacido otro nuevo proyecto, la continuación de un amor. Ya mi mente viaja hacia aquel refugio en el Véneto italiano en donde descansé de mi travesía, para reemprender desde allí en el próximo verano otro largo camino de regreso por las montañas de Eslovenia, Austria, Suiza y Francia, de nuevo camino de nuestro Mediterráneo. Ojalá sea así.













Desde mi cueva



Parece que basta darse una vuelta por el mundo para que el mundo te ayude a comprender, o si no tanto al menos te ponga en el camino de tranquilizar tu ánimo. Esta mañana de viento me fui de viaje y me encontré algunas cosas por el camino. Por ejemplo un blog que lleva por título: Me toco, luego existo; por ejemplo, diferentes páginas que hablaban sobre una enfermedad en donde la descompensación de distintas substancias como la serotonina, la dopamina, la feniletilamina, la etc., producen un cuadro clínico con características similares a lo que en psiquiatría denominan desorden obsesivo compulsivo (DOC). Después de viajar estuve arreglando un parterre junto a la pérgola de la entrada y cavando la tierra de los rosales de la fachada oeste. Más tarde comí y tomamos café mirando el esqueleto del sauce al que amputé todos los brazos recientemente. A ese ya no le mueven las ramas el viento; ahora, dos semanas después de desmembrarle, le han salido unas ridículas ramitas verdes, lo suficiente para saber que ya no hay Dios que lo resucite; se le acabó la cuerda.

De mis viajes de esta mañana vuelvo con la sensación de que el mundo está habitado por seres que respiran y sienten de manera muy parecida a uno mismo, de que lo que le sucede a uno no es obra exclusiva de una peculiaridad personal. ¡Gran descubrimiento! Se acabó la exquisitez de sentirse diferente, uno no es más ni menos que como los otros. Bueno, no exactamente como los otros, tampoco hay que exagerar. Digamos que mi soledad de hoy se vio algo aliviada por el reconocimiento de la ajena. Me toco, luego existo. No consumo más droga que la soledad, comienza un post del citado blog. También eso es atractivo. Me invita a reflexionar. Bachelard hablaba el otro día de la soledad de la infancia, de la ensoñación que nos lleva a ella. También podríamos hablar de la soledad de otras edades, de la soledad de la edad madura, de la soledad de los viejos. “Maestra de soledades, enséñame a estar contigo”, decía un verso de Pemán. De lo que realmente hablaba Bachelard era de la ensoñación de la soledad, soledad ensoñada. A veces uno tarda tiempo en darse cuenta de las cosas. Yo desde hace dos años viajo por mundos que no eran propiamente mi mundo habitual; hice descubrimientos, alterné aquí o allá con gentes, me creí en la obligación de mirar más allá de mi pueblo; y la cosa estuvo bien, aprendí, cogí cierta soltura, hice amistades. Sin embargo hoy, quizás ayudado en parte por este viaje virtual matinal, no estoy seguro de que tenga que seguir viajando, al menos viajando permanentemente. Tenía miedo a un exceso de soledad, a quedar atrapado en la jaula de mi yo, por eso salí al mundo, tanteé el terreno, quise comprobar que mi soledad no sería un cerco cerrado y que en un determinado momento sería posible, llegado el caso, mirarse en los otros, sentir el alivio de la otredad junto a mí. Así que ahora, algo más tranquilo ante la dolorosa idea de una habitación sin ventanas, podía volver a mi cueva (Cada cual respiraba con su luz/ el aire reducido de su cueva;/ se olvidó de su edad y de su rostro,/ y vivió como casa sin ventanas;/ cual si hace mucho hubiera muerto, ya no moría./ (Rilke. Libro de Horas). Y es que el mundo produce desórdenes, nos enferma en ocasiones y entonces necesitamos de la droga de la soledad, aunque más tarde tengamos que salir, que viajar, que alternar para desintoxicarnos y sobreponernos a la sobredosis de la soledad.

No siempre la cueva es inhóspita. No falta ocasión en que incluso sea acogedora y cálida como un útero materno. Hay casos, además, en que después de larguísimos viajes es necesario descansar; hay casos en que sea incluso necesaria a fin de poder liberarse de un estado de imbecilidad transitoria, como denomina Ortega y Gasset a esas situaciones que yo describía hace poco en un largo relato, cuando uno va mucho más allá de toda cordura a tropezarse una y otra vez contra el cuerpo del delito de una bioquímica que irriga el cerebro emborrachándolo constantemente de un anhelo perturbador; bioquímica que va a su bola, que tiene sus propios cometidos y que salta sin más por encima del sentido común para tiranizar al ser pensante que tiene a su cuidado.

La soledad puede ser también el resultado cautelar de nuestra incapacidad para armonizar nuestras necesidades y anhelos. Quizás, pero nadie es perfecto y es probable que cada temperamento necesite su adecuada dosis de aislamiento, amén de servir éste para en calma poder ir recuperando el aliento perdido, la parte del yo que extraviamos en nuestro andar apasionadamente por el mundo.


Complejo de torpe


Pedir más dones a la naturaleza de los que uno ha recibido quizás sea como pedir peras al olmo, pero de la misma manera que pedimos al dios de la lluvia la gracia de su generosidad y le montamos procesiones en los largos tiempos de sequía, debería ser posible acceder a la gracia de una inteligencia mayor, una atención no deteriorada, una perspicacia en la percepción de los asuntos. Desde que vine de Teruel huyendo de la nieve y de un frío repentino que hacía desagradable mi caminar por la Tierra, apenas he dado un paso más allá de lo que dista entre la cama y la cómoda silla desde la que me asomo al miradero del campo, que llano y algo ondulante se extiende frente a mi cabaña hasta tropezar con la silueta de la Peña de Cenicientos y la cordal de la sierra del Valle que asciende hasta la misma cumbre del Almanzor; desde entonces empiezo a tener la sensación de que a mi cuerpo le falta el aire, que mis piernas se anquilosan, que cuando vuelva a caminar no voy a ser capaz de andar esas siete u ocho horas diarias que son mi pan de cada día cuando decido elegir una parte del mundo para estirar las piernas y convertir mi tiempo en horas de meditación y ensueño.


A mi inteligencia y mi atención les debe de suceder algo muy similar. Hoy, oyendo llover desde el fondo de mis ojos cerrados, mientras rehabilitaba mi rótula levantando con la pierna la consabida botella de coca cola de litro y medio atada a una madreña, echaba de menos unos pocos gramos más de entendimiento para mi magín. Y la pregunta, madreña arriba madreña abajo mientras tanto, era qué parte del estado del intelecto y de mis piernas correspondían a su naturaleza propia, a los talentos que recibimos en herencia, y que otra al ejercicio a que los someto, intelecto y piernas a la par. Cuando he emprendido grandes travesías de montaña la historia se repite de continuo, los primeros días son un calvario, mi cuerpo cae agotado cada poco rato, caigo en mi saco de dormir totalmente rendido: no vale rodear las montañas en coche, hacer que las he subido y presentarme al otro lado de la cumbre relajado y sonriente; en el esfuerzo de la ascensión hay ya gran parte de la propia recompensa, del placer de la superación, y por ende un cuerpo mucho más preparado para nuevas ascensiones.


Con los libros no me sucede lo mismo, soy más rezongón; si encuentro ardua la primera cuesta a lo mejor me arremango y me encaramo de pies y manos a la ladera de algunas proposiciones oscuras, pero si la cosa sigue así por mucho tiempo y no tropiezo con el alivio, el placer de la comprensión clara a menudo, termino por abandonar o seguir leyendo por encima para hacerme la ilusión de que lo he leído; acaso con la esperanza de poder pensar que algo quedará en el barullo de las propuestas y los argumentos. Eres un zopenco, me digo entonces, pero no por eso me dura la perseverancia de intentar comprender lo que me resulta duro en exceso. Otras veces la cosa es más variada, como esa travesía de la Península a pie en que estoy empeñado ahora, en donde las montañas se alternan con los llanos, o dentro de unos días por un largo culebrear por los meandros del río Tajo, gente que escribe más adaptado a mi nivel como los filósofos José Antonio Marinas o Edagar Morin, que los entiendo bastante bien, aunque de vez en cuando me tropiece con algún abrupto repecho. Entonces es un consuelo, mi autoestima sube, se siente gratificada por el hecho de haber atravesado un buen pedazo de interpretación de la realidad a pie enjuto.


Y es que uno se siente un pobre diablo (apareció no hace mucho en mi correspondencia con mi amiga Marisa este modo de nombrar la realidad y ahora se me escapa de vez en cuando; me gusta), uno se siente un pobre diablo cuando se tropieza con la enorme fuerza de la penetración estética e intelectual en sus lecturas; últimamente fueron dos mujeres, Emily Dickinson y George Eliot. En el preludio de Middlemarch, la autora habla de Santa Teresa, afirmando que “muchas Teresas nacidas después no han podido encontrar una vida épica que les ofreciera un constante despliegue con tan amplias resonancias”. Lo que apunta a un par de ideas sencillas, una, de cara a los resultados no son sólo nuestras capacidades lo que importan sino el reto a que son sometidas éstas obligándolas a ponerse de puntillas para comprobar que una vez superados los primeros repechos uno puede seguir subiendo sin descanso haciendo cada vez más penetrante la mirada sobre la realidad, más poderosa su proyección estética; y dos, la obvia influencia del medio en donde hemos nacido y crecido, George Eliot lo expresa así hacia el final de su novela: “No existe criatura cuyo ser interior sea tan fuerte que no esté determinado en gran parte por lo que encuentra en el exterior”


Así que, sentado uno junto a una vida que excede ya en casi un década el medio siglo de existencia, comprobando cómo la memoria, mal usada durante mucho tiempo, pachona y repantigada en su pereza con cierta frecuencia; cómo la inteligencia, no mucha, se mesa los cabellos buscando cómo diantre llegar a comprender las cosas que a uno le suceden o en qué consiste la vida de los otros y el mundo en general; comprobando cuánta gente sabia hubo y hay en el mundo, y viéndose tan poquita cosa y tan torpe; a uno, a quien no se le deberían caer los anillos por tales evidencias, sí le entra una cierta nostalgia relacionada con el chirimiri matinal y piensa que hace ya muchísimos años que no añora comprarse un coche o una casa en la sierra o en la playa, o comer en lujosos restaurantes, o comprarse el último noséqué, pero que no le importaría ser un poquitín más avispado, más creativo y atento; adivina que si hay algo en que merece la pena empeñarse en esta dichosa vida después de el amor, éste empeño debe de encontrarse francamente relacionado con el ejercicio de estas facultades relacionadas con la inteligencia y la posibilidad de crear algo.






Esperando a los Reyes Magos

Cuando doy un vistazo a los materiales que han ido buscando refugio en los blogs del último año, con frecuencia me encuentro con afirmaciones que hoy me sorprenden, o que me parecen apresuradas, o incluso baladíes. Esta noche, mientras escuchaba a Kiri Te Kanawa sobre un fondo de lluvia junto a las llamas de la chimenea, trataba de medirle la estatura a alguna de esas convicciones con las que uno vive como si fueran dogmas de fe. La historia del pensamiento se construyó con la aportación continuada de certezas que fueron alumbrando poco a poco en hombres en su relación con el mundo o consigo mismos. La necesidad de una certeza puede tener la misma razón de ser que un buen cobijo, una cueva, una casa; nos protege de la intemperie, nos da seguridad. Cómo es imposible dejar de pensar y preguntarse por unas pocas cosas fundamentales que atañen a nuestra vida y al mundo que nos rodea, y cómo en consecuencia es fácil que algún tipo de inquietud venga a llamar a nuestra puerta cuando no somos capaces de encontrar una explicación adecuada que nos deje satisfechos; y por tanto cuán ventajoso puede ser tener una buena colección de verdades de las que echar mano en cada momento. Si tienes muchas verdades y eres muy crédulo eres una persona feliz, no necesitas pensar mucho, la vida irá sobre rieles, dirá el cínico.



Mirado desde un punto de vista económico esto es de lo más eficaz. Un cúmulo de certezas alumbradas por un puñado de hombres a lo largo de milenios contribuye a fomentar el hábito general de creer tan firmemente en lo que pensamos que olvidamos que nuestras creencias pueden ser no más que una manera más de interpretar lo que tenemos delante de los ojos. El conocimiento de la realidad es escurridizo; quizás lo que percibimos de ella dependa del color del día, de lo apaciguada que esté tu inquietud, del color de tus ojos, de tu apetito, es decir del tiempo que hace que no comiste aquel conejo al ajillo tan rico, de si llueve o nieva.


Hace días, el escritor libanés, Elias Khoury, venía a decir en una entrevista, que la realidad no es una sino múltiple, la realidad es heterogénea, multiforme; es difícil aprehenderla de un vistazo, desde un solo ángulo. Cuando tratamos de atrapar la realidad, afirmaba el escritor, o lo que pensamos que es la realidad, tenemos que contar con la existencia de una multiplicidad de versiones que tratan de dar cuenta de los hechos. Como escritor, no trato de llegar al nivel mismo de los hechos, sino que doy cuenta de las distintas maneras de ver una misma cosa.


De hecho estas palabras me reconcilian conmigo mismo a la hora de encontrarme con las numerosas incoherencias con que me tropiezo hojeando mi propia escritura. La realidad cambia según la miremos en uno u otro momento del día; la catedral de Rouen, de Monet, siendo la misma es diferente en cada uno de los distintos lienzos. Las palabras sólo sirven para aproximarnos a la realidad, e intentar desentrañarla no es más que un constante ejercicio para tratar de descubrir en cada momento de luz, de complejidad, de oscuridad, alguna parte de su ser multiforme. Alguien argumenta: pues aquí o allá dijiste esto o lo otro que tiene poco que ver con lo que dices ahora; claro, lo que dijimos en esa u otra ocasión era un intento de acercarse a decir lo que pensábamos en ese instante, mientras que... etc., ahora es hoy, otro día; es probable que tanto entonces como ahora lo único que estuviera haciendo fuera intentar explicarme una parte de la existencia.


Cada cual se lo monta como puede con estas cosas, pero para mí que no hay mucha diferencia en el fondo entre las indagaciones que hacen los filósofos, los novelistas o los creadores de todo signo. Escribir una historia no se me parece otra cosa que tratar de explicar y de conocer la conducta humana poniendo de relieve las constantes de nuestro comportamiento, de nuestras pasiones o de nuestros miedos. Es difícil garabatear unas líneas sin caer en la tentación de explicarnos a nosotros mismos o tratar de explicar cualquier realidad cercana.


Esta noche, mientras tomaba posesión de la hora, la lluvia, el subir y bajar de las llamas, la soledad de mi cabaña siempre tan acogedora, trataba de explicarme las razones por las cuales nuestros anhelos, nuestros deseos, nuestro modo de acercarnos a algunos problemas espinosos, cambian con tantísima facilidad de un día para otro. Pensaba en si realmente lo que anhelamos y el objeto anhelado real son la misma cosa, si el tren eléctrico que yo soñaba en vísperas de Reyes cuando era niño, era el mismo trenecillo que yo vi montado el seis de enero sobre el terrazo del cuarto de estar de la casa de mi infancia, o incluso si era el mismo que un mes más tarde yacía arrumbado en una caja de cartón bajo la cama. El estado de anhelo es un estado de a veces excepcional vivencia, sea ésta dolorosa o feliz, que para el caso es parecido; dolor y alegría son emociones tan densas que ambas deberían merecer por su condición de intensidad vivencial un hueco en nuestro aprecio. Naturalmente si el día de Reyes no hubiera estado el trenecillo allí habría sido algo menos dichoso; pero ello no habría anulado la felicidad en los días previos, que era genuina y apasionante.



Mirando al fuego igual podrían haber caído mis reflexiones sobre otro tema, esa vocación, por ejemplo, que muestra Gaston Bachelard en el libro que leo, Poética de la ensoñación, sobre el género de las palabras, que siendo arbitrario transmite por lo general una calidad femenina o masculina al significante que difícilmente yerra al nombrarlo, otorgándole así con su género masculino o femenino una parte importante de su ser intrínseco. Y alaba Bachelard la delicada feminidad de la palabra puerta, por ejemplo, frente al muy masculino portón, rotundo y como revestido de los atributos de un corpachón totalmente viril. Un misterio que vive en el lenguaje y al que no sería ocioso dedicarle un tiempo. O esa otra realidad que Jung tipificó como anima y animus, que forman parte de nosotros y que define al hombre con una parte sustancial de atribuciones femeninas y a la mujer con no menos atribuciones masculinas; animus y anima, como en las palabras, dando el santo y seña de la inequívoca feminidad que vive en el hombre –y viceversa- y cuestionando alguna de las razones de nuestros escondidos anhelos; así, cuando Bachelard afirma que el hombre que ama a una mujer lo que hace es proyectar sobre esta mujer su propia ánima.


Y de la misma manera que las palabras tienen género, dándole cuerda a estas cosas, me encontré con que también podían tener peso; otro tema que llamaba mi atención: el diferente peso del lenguaje según las circunstancias; una contribución más para aproximarse a las posibilidades de expresar o interpretar la realidad. Es obvio que el lenguaje pesa de manera diferente según las circunstancias, no sólo cambia el significado si le ponemos signos de interrogación o admiración; cambia según el humor con que hablemos, el odio con que nos expresamos, el amor con que usamos las palabras, la bondad o maldad con que afirmados en el bolígrafo hendimos el papel; la ingenuidad con que nos sale del alma una afirmación. Y sin embargo, llegado el momento, si nuestro sentido del humor o nuestro estado de ánimo no está en condiciones adecuadas, no dudaremos de atenernos como notarios al significado literal de lo dicho o escrito sin tener en cuenta ese dichoso peso con que va cargado el lenguaje cada vez que hablamos o escribimos.


Ahora sólo caen breves gotas de agua sobre la cubierta de uralita, un monótono tac tac como de grifo a medio cerrar que, similar a un metrónomo, sirve de pauta a mi escritura. Noche de cabaña y soledad sin un reloj que me imponga obligaciones especiales; la posibilidad de vagar e ir colocando palabras una detrás de otra para intentar nombrar unas pocas realidades que bailoteaban junto al fuego esta madrugada.


Epílogo

Tengo especial afición a pensar en que un modo aceptable de transitar por la vida es ejercer sobre ella una cuidadosa observación. Una observación algo postergada, quiero decir; desde una distancia suficiente como para que los hechos no se vean afectados por la mirada que interroga el instante, que hace de voyeur y que podría provocar que nos sintiéramos incómodos o vigilados por ese ojo indiscreto. Es lo que hacen los escritores de diarios, sólo que yo no tengo inclinación por dejar constancia de los hechos; es más una afición relacionada con las sensaciones, o con las emociones, acaso; la necesidad de dejar un reflejo de ellas por escrito para llegado el caso, hacer algún uso pertinente con ese material; lo que en general suele venirme al cabo de algún tiempo bajo el impulso de construir una novela con el resultado de todo lo que el tiempo y las circunstancias han hecho caer en las redes de una escritura anterior. Es una situación que se viene repitiendo ya durante más de una década.

Así, y siguiendo ese camino, hace unos días terminé precisamente de novelar el último año con los materiales que las ensoñaciones y el tránsito por los días me fueron deparando desde un veintitanto de marzo en que decidí poner pies en polvorosa ante una situación que me acuciaba amenazando con caer en las fauces de algún dragón y este otro veintitantos del mismo mes del año en curso, en que después de una larguísima huída de alguna decena de miles de kilómetros y de largas ausencias por tierras remotas me encuentro en el mismísimo punto en que estaba situado un año atrás. Si en vez de tomar la precaución de escribir periódicamente algunas líneas dejando constancia de los hechos y de los estados de ánimo, me hubiera limitado a echar un vistazo atrás, a la hora de construir el relato, con el material en las manos de unas pocas experiencias y unos algunos recuerdos relevantes, es posible que la conclusión del final hubiera sido parecida, y así, aunque mi experiencia se hubiera enriquecido y me hubiera hecho incombustible afectivamente hasta el punto de comulgar con los fantasmas y vivir de la jalea real que me proporcionan esas ensoñaciones y hubiera persistido el hecho de que huir a la estratosfera como remedio para aligerar algunos males del alma, sólo sirve postergar la resolución de los problemas; la conclusión del asunto habría sido similar, pero si me hubiera limitado a recordar es seguro que mucha de la riqueza que la vida encierra en cada rincón del día, en el sutil color del cielo, o en el modo en cómo recordamos a la amada, o incluso la manera en cómo nuestro furor se hizo aceite hirviendo, es posible que ello hubiera quedado reducido a un rápido esbozo que aún dando por supuesto el caldo hirviendo de las contradicciones mermaría el redescubrimiento que hacemos de la vida cuando hecho a hecho vamos encontrándonos con una pasión que tanto se nutre del desprecio desairado como del deseo más firme a la hora de esa furiosa pelea de gallos bajo la que admirable y curiosamente amor fluye como un cálido río subterráneo.

Muy ufano yo, nada más regresar de mi viaje, hace ya medio año, me arremangué, agarré el teclado y me dispuse, colocando en la parte superior de la pantalla una ostentosa palabra, Epílogo, como título para mi relato anual, a dar cuenta de una historia que me serviría, pensaba yo, para el borrón y cuenta nueva que habría de ser ese tiempo a estrenar que tenía delante; para ello construiría un relato que como un cuchillo cortara por aquí y por allí y dejara las cosas en su sitio; un deseo muy humano de cambio que desde niños acariciamos cada vez que una sensación de encierro nos corta el paso robándonos la paz y el sosiego. Colocar la palabra epílogo en el frontispicio del edificio que iba a construir me serviría para prepararme psicológicamente para dar el paso, un inmenso paso etc. Una vez más una enorme e inmensa equivocación; porque hay muchas cosas que no dependen en absoluto de nuestra voluntad, no hay epílogo que valga cuando nuestro sistema límbico ha sido alimentado año tras año en otras creencias, en la creencia de que estamos consustancialmente ligados a otra persona. El sistema límbico va a su bola por mucho que doña razón pase sus días embarcada en un farragoso discurso lógico. Y así, la historia, que en un principio daba rotunda disposición al protagonista para encauzar su olvido en el primer capítulo, no tardó poco a poco en derivar hacia un ejercicio de hacer pipís contra el viento. Con lo cual, apenas terminado el primer capítulo, en donde daba cuenta del suicidio al que había sometido al ángel de mis desdichas en una corta novela anterior (Invierno), resultó que mi protagonista no sólo no estaba muerta sino que resucitaba vivita y coleando con más fuerza que nunca nada más embarcarme para un largo viaje al otro lado del mundo; justo cuando empecé a ver las orejas al lobo, cuando sentí que el entierro y la destemplanza sólo habían contribuido a hacer más fuerte el anhelo.

Los capítulos siguientes de este Epílogo no hicieron más que confirmar que de epílogo nada de nada; que por mucho que me empeñara en suicidar a una amante y después en buscar un desenlace definitivo, todo se convertía en fuegos de inútil artificio. El trabajo narrativo fue a la larga sólo una demostración más de aquello de que las cosas son lo que son y no lo que nosotros queremos/creemos que sean o son. Ahora que he terminado el libro puedo decir que es lo que más me gusta de él, el comprobar que cuando uno se mete a escribir no se puede dejar de hacer otra cosa que dejar constancia de esa otra realidad que a brazo partido se libra dentro de uno, inmisericorde, desnuda y apasionadamente. Fue un descubrimiento reencontrarse con los pormenores de los materiales, con los correos, con los gritos, con los susurros, con la llamas de Pedro Botero. Los montajes teóricos se van a hacer gárgaras cuando el hábito de escucharse empieza a sondear lo que en definitiva está sucediendo entre los personajes, cuando se dedica un larguísimo tiempo a la convivencia con el pasado para intentar reconstruir una realidad que acaso, pese al dolor, nos haga confesar como Neruda, ese confieso que he vivido.

El final del relato terminó por convertirse en un llanto, aunque después intentara aliviarlo con aquella despedida: “Tráeme el ocaso en una copa” y bebamos a nuestra salud, amor.