En el hospital




Lo veía al otro lado de la sala de reanimación, quieto, como una estatua; de piel atezada, muy oscura, los pómulos prominentes, la boca hundida, sin dentadura, los labios sensuales, finos, estirados, compuestos en un rictus de enfado, como de quien responde a su interlocutor, la vida, con un despechado silencio; su frente era ancha, el pelo caía sobre ella rebelde formando un flequillo desordenado. Los ojos permanecían cerrados, hundidos en la nada. Su hija intentaba sacarle algunas palabras sin conseguirlo. Hacía dos días que había decidido no hablar ni comer y, día y noche permanecía tumbado boca arriba encerrado en un gesto impenetrable. Cuando la enfermera pretendió introducirle una papilla mediante una jeringuilla, cerró con fuerza la boca; la papilla se derramo por la comisura de los labios. Después que le limpiaron y la enfermera se alejó, él volvió a su posición de cadáver.

Pensé en esa firme resolución de morir que yo veía en su rostro. Quiero morir, dejadme en paz, decía su expresión. Algo así le sucedió a mi madre semanas antes del último memento; pero entonces, después de sondarla y traerla sedada del hospital, a la mañana siguiente, rodeada de sus nietos y sus hijos cambió drásticamente de parecer. Reía con las bromas de unos y otros. Durante las largas horas de la noche debió de decirse: qué coño, ¿por qué dar la nota con este ofuscamiento?, mis hijos no se merecen esto. Y así se hizo dócil y decidió que los días que le quedaban de vida iba a ser amable con nosotros y consigo misma, lo que alivió sus penas y le hizo venir una insospechada alegría; como aquel día que, mientras la estábamos cambiando el pañal, resbaló de la cama y quedó en el suelo muerta de risa con la caca por aquí y por allá. ¡Cómo recuerdo aquella alegría suya, su risa abierta, franca, despreocupada, de niña que se divierte de lo lindo con un acontecimiento chusco. En ella el dramatismo de la muerte había desaparecido. Mi madre estaba preparada para aquello que escribí un día de navegación por el Amazonas entre Manaus y Tabatinga:

...
Cuando uno se muera
debería poder parar el tiempo
dar un último beso
a todos los rincones desolados del alma,
debería poder tocar las manos amadas
besar los sueños rotos
convocar a todos los esfuerzos
en un acto único,
cantar una canción,
disolverse en la niebla
con la mano de la despedida en alto.
Se acabó, queridos, cuidaros: adiós.

El hombre de pómulos prominentes y boca hundida parecía disgustado con la vida, con sus hijos, con su situación allí en el hospital. Él deseaba estar en su casa y no en aquel lugar extraño. Yo, sentado a la vera de mi padre, mientras éste dormía plácidamente la siesta, reflexionaba sobre este hecho y el porqué de esas personas, tantas, que viven con ese ahínco la sensación de que la vida les ha tratado mal. El hombre aquel probablemente sabía que estaba muriéndose, pero aún así persistía en su cabezonería de marcharse al otro mundo acompañado únicamente por el orgullo de su determinación.

Puede resultar acaso fácil especular sobre la muerte cuando uno se encuentra presumiblemente a cierta distancia del acontecimiento, pero es tan irresistible a veces esta reflexión, esa necesidad permanente de tejer y destejer continuamente sobre los temas que nos interesan, tan fuerte como las pasiones más desatadas, que uno difícilmente puede resistir la tentación de abrirse camino entre estas cosas. Empecé estas líneas en el tren de cercanías, pensando en terminarlas antes de la noche ya que al día siguiente me volvía a caminar por la sierra de Gredos, pero otras circunstancias se interpusieron, tuve que volver al hospital y mis razonamientos quedaron interrumpidos. Volví a la mi misma sala de donde había salido unos días antes y en donde la visión del aquel hombre había desencadenado mis reflexiones. Cuando ingresé en la sala, lo primero que hice fue buscarle con la mirada; ya no estaba, había fallecido en la madrugada del día anterior. Murió sin darse cuenta de que se moría. Después de la última papilla que la enfermera había tratado de darle inútilmente, no se volvió a mover; a las cinco de la mañana una maquinita que recogía los débiles impulsos de su corazón, emitió un pitido intermitente y eso fue todo, el hombre lleno de disgusto había dejado de existir. Cómo concluyera su enfado con su hija y con el mundo ya no tiene ninguna importancia; sus reflexiones y su mal humor desaparecieron con él, hace dos días eran efervescencia en su cerebro y a la mañana siguiente eran nada.

¡Gran misterio de la vida y la muerte! ¿Habrá alguien que entienda esto de que algo que existía deje sin más de existir? Aparentemente puede ser una obviedad, pero a mí me parece algo incomprensible, insondable y bastante misterioso, y lo es porque parece totalmente inconcebible que lo que uno es, piensa, quiere, desea, ama, lo que hace que todo eso sea posible, se sienta de manera tan clara y tangible, pensado desde la vida no tiene sentido, es incomprensible; es constatable solamente; nuestro cerebro, acostumbrado a moverse dentro de los márgenes de la existencia, no encuentra asideros o referencias para entender todo lo que está más allá de ese momento en que el corazón deja de latir.

No sólo las cosas son así con la muerte; sucede también con el amor. El desgajamiento que produce la muerte o la separación es un golpe terrible, que aún siendo irreversible nuestra alma no es capaz de asimilar sino tras larguísimos periodos de convivencia con los hechos consumados, poco a poco durante meses o años seguiremos viviendo la presencia de quien falleció, su incomprensible desaparición. Nuestro sistema límbico creó raíces tan profundas en nuestro cerebro que pasará mucho tiempo antes de que seamos capaces de convivir con la aceptación de los hechos (¿no es así, mi amiga desconocida?).

Yo pensé muchas veces que cuando a uno se le merme la calidad de vida considerablemente, mejor cortar por lo sano. Pero hace ya tiempo que no estoy seguro de ello, salvo que realmente uno se convierta en un muerto viviente. Y ello me viene de la convivencia con los ancianos y los hospitales. Los hospitales son con frecuencia lugares de expresión de ese afecto, amor que hay por ahí en las calles y en los hogares, en los amigos y que pasando inadvertido acaso en circunstancias normales se hace relevante en el contacto con los enfermos de las salas de urgencias. Quizás ese afecto haga que merezca todavía dar un estironcito más y aguantar hasta el final; para eso, para que sea una despedida cariñosa, incluso llena de humor: se acabó, queridos, cuidaros: adiós.


La madrugada en que murió mi madre, en mi casa sonó apacible y algo solemne la voz de Lluis Llach; fueron unas horas entrañables. No derramé en aquellos instantes ninguna lágrima pero tuve en mi alma en un puño. El hospital, la larga convalecencia de mi madre en nuestra casa habían depurado toda nuestra sensibilidad, todo nuestro amor. Cómo pudiera ser hermoso un tema así sonando de fondo en el fallecimiento de una madre mientras aseamos su cadáver, preparamos la habitación, disponíamos la casa para la familia... no lo sé, pero lo es, lo fue. El mito de la muerte duerme en nosotros de variadas maneras y parece necesario enfrentarse a la realidad para encontrar la hondura con que duermen en nosotros tantas cosas sin que apenas nos demos cuenta de ello.

Llegaron las golondrinas


Para Paula, al otro lado del Atlántico.

Esta mañana salí al porche después de desayunar y allí estaban sobre el arco de hierro por donde trepan los rosales del porche. No se inmutaron en un principio, derechas como dos señoritas de postín con el cuello tieso me observaban dos golondrinas mientras arreglaba unas cosas en unos cajones; me dio la impresión de que me miraban como a un intruso, porque resultaba que, después de buscar por todos los rincones de la parcela, parecían haber descubierto por fin el nido que hicieran sus abuelos allá junto a la ventana, sujeto a las escarpias de los hilos del teléfono. El nido, caído y con la arcilla deteriorada, se venía deshaciendo desde años atrás cuando fue abandonado por la última nidada. Yo lo miraba todas las primaveras con un cierto aire de nostalgia, esperando que algún día volvieran como en el poema de Bécquer a nuestra ventana,

Volverán las oscuras golondrinas
en tu balcón sus nidos a colgar...

pero no hubo suerte hasta hoy mismo. Espero que les guste el lugar; cualquiera diría que hemos engalanado el porche con rosales para ellas. Que sean bienvenidas.

Entonces era bonito seguir su vuelo inquieto rasando el agua de la piscina, o esperando pacientemente en los hierros de la pérgola con el pico lleno de pajitas a que no hubiera moros en la costa, o a la tarde, como albañiles tomándose un descanso sobre el hilo telefónico, juntos el macho y la hembra, mirar al atardecer entre las ramas de los sauces. Durante semanas hubimos de de dar un gran rodeo por la parcela para entrar en casa a fin de no perturbar su trabajo de crianza; los poyuelos piaban endemoniadamente durante todo el día pidiendo su pitanza asomando la cabeza como bebés entre los barrotes de la cuna. Más o menos como hará dentro de muy poco nuestra pequeña golondrina, Ainara, que eso significa en vasco el nombre de nuestra nieta.

Volverán las tupidas madreselvas
de tu jardín las tapias a escalar...

Las madreselvas también han empezado a florecer en estos días, feraces y a veces tan excesivamente prolíficas que ya empezamos a preguntarnos qué vamos a hacer con ellas en años venideros. Plantamos unas cuantas alrededor de la piscina para poder resguardarnos de los ojos indiscretos en los calores del verano y ahora ya se han devorado prácticamente todos los rosales; crecen indiscriminadamente por todos los sitios, trepan por los rosales, alzan sus brazos por encima de la valla metálica, se suben a los árboles, invaden el agua. No sólo nosotros nos las habemos con la vida, éstas son como esos personajes que lo quieren todo para ellos, caiga quien caiga; se ayudan de los troncos y las ramas y más tarde termina engullendo todo sepultándolo bajo un manto de olorosas flores.

Le debo carta a Paula desde hace ya tiempo y esta mañana, cuando vi las golondrinas sobre el fondo de las madreselva, me acordé de ella y me la imaginé llenando de piropos el aire de la mañana y acercándose a ellas como un san Francisco de Asís cantando las excelencias de nuestra madre naturaleza. Paula tiene mucho de ese carácter franciscano que anima a ciertos buscadores de verdades. Ahora anda aprendiendo, allá por Guatemala y Méjico; sabidurías arcanas, danza, bionergética, meditación, una buena brazada de asuntos para ir construyendo la vida, golpe a golpe, verso a verso; verso a verso, que también ella es poeta.

¡Cuánta nota dormía en sus cuerdas,
como el pájaro duerme en las ramas,
esperando la mano de nieve
que sabe arrancarlas!

Que esa es otra, salir por ahí, lejos a despertar las notas que duermen dentro del alma, también esperando esa mano de nieve que despierte nuestra imaginación, la inspiración o el deseo. Quedarse o marchar, pero abiertos, con los ojos escrutando los rincones del alma o del mundo, atentos a las cosas de la existencia, como hacen ellos viviendo como si el último milenio no hubiera transcurrido; dejar que la vida corra por nosotros y despierte lo que anda escondido en nuestro interior; lo despierte, lo agite, como brisa en las ramas y nos ponga en disposición. Ese parece el trabajo último de esta moza que tanto gusta de los di
minutivos en sus cartas. Nosotros también te queremos y te mandamos una ración de achuchoncetes.

Qué cosas estas... que se acuerde uno de repente del señor Bécquer, por ejemplo, poeta de la infancia, de cuando lo leía en los libros de texto; un poeta un poquitín empalagoso, pero de imágenes de tanto en tanto sugeridoras y pegadizas.

Está mañana llené toda una web de golondrinas. Un fondo gris, unos pocos recuerdos y, volando entre las imágenes estas aves que traen recuerdos de aldeas y de tardes apacibles de verano. No sé si a la choza de Mario y Paula llegan las golondrinas, que son más aves de corretear entre los tejados; en cualquier modo un detalle más para alegrar el día

Empieza el verano


Abrí mi viejo portátil. En el escritorio pinché en un archivo cualquiera y empecé a leer allí donde cayó mi vista. Recordaba remotamente el texto, pero no sabía si era mío o de X; o de ambos. Era mío, se trataba de un fragmento de uno de los borradores de Invierno, un largo monólogo. Al leerlo tuve la sensación de que ambos éramos la misma persona; tanto podía ser la autora ella como yo mismo. ¡La pensé tanto, la quise tanto, que es verdad, a veces es posible que se confundan nuestras personalidades!

Escribo en el viejo Compaq –¡ah el teclado de aquel Compaq!, ¡cuantas horas de agradable placer entre las manos, del suave tacto de su teclado!–; escribo en la hamaca; parece el primer día de verano. Limpié la piscina, y después de comer me subí a mi chinchorro; y allí estuve como tantas veces a lo largo de los años pensando en X mientras miraba por la ventana este vergel en que también con los años ha venido a convertirse nuestra parcela. El tiempo. También sigue adelante un viejo renuevo de aquella higuera de los primeros tiempos, brazos abiertos que se erguía frente a mi ventana como un alma en penitencia, o como un viejo amigo que mirara pensativo el horizonte agitando de vez en cuando sus manos a la brisa. Siempre mi ventana... y el mundo que cambia al otro lado de ella. Y de vez en cuando este volver a pensar en ese tiempo que transcurre. Mi amiga desconocida mandó unas cortas líneas el otro día para decir que estaba viva, que trata de hacerse a la inevitable ausencia de su padre; de hacerse al mundo de todos los días; quizás con alguna parte del corazón pensando también en que algo suceda. Todos esperamos siempre que algo suceda, algo que nos alivie de un peso, que se rinda a nuestro anhelo; quizás esperamos simplemente que cambie el tiempo y deje de llover para poder salir a pasear. Por uno u otro motivo toda la vida es una larga espera y un dilatado recrearse en el pasado. En eso consiste una parte notoria del presente.

Son los hechos, pero también las palabras, ¡tantas!, escritas aquí o allá y que después en ocasiones me cuesta reconocer incluso como mías. Cuántos cientos de páginas, cuántas reiteraciones, cuántos hechos acumulados. En busca del tiempo perdido tiene un volumen de tres mil quinientas páginas. Cuento también yo, no serán muchas menos. Pasarse la vida escribiendo la vida, rumiando, intentando atrapar la realidad, dando forma a los pensamientos, gritando las penas y las alegrías, escribiendo porque la fuerza de la necesidad lo impone. Esperando, como hoy, pacientemente a saber sobre qué voy a escribir a continuación; porque no lo sé. Estaba tranquilamente, vi el portátil, recordé su tacto suave y el placer físico que tantas veces me ha deparado su contacto y lo tomé. Lo abrí y me encontré con la confusión de no saber si el texto era mío o de X; X hablaba de río Almar y del protagonista de Moby Dick. Continué leyendo; no era X, era yo; yo que escribía sobre lo que ella había escrito. Ahora soy yo escribiendo sobre lo que escribí que escribió ella que tenía que ver con algo que escribí yo. Eso venimos haciendo desde que se inventó la escritura; escribimos unos de otros, nos repetimos. Hoy soy yo que escribe a falta de otra mejor cosa, quizás para sustraerme a la presencia de pensamientos que me llenan de nostalgia y desazón.

Llevo ya más de quinientas palabras y todavía no sé de qué voy a escribir esta tarde.

En nuestra parcela no había un solo árbol y ahora es un tupido bosque. Han sucedido muchas cosas desde aquellos tiempos en que animado por unos días de vacaciones que me proporcionaron una inesperada baja, que por otra parte no tuvo otro inconveniente que el de aguantar una escayola en el brazo durante un mes. Fue entonces cuando me dio por recopilar apuntes y ordenarlos. De allí surgió la idea de hacer una novela con aquellos papeles. Entonces dormía en la cabaña y, frente a mí, mientras esperaba el sueño o el alba despertaba conmigo, veía alzarse los brazos sarmentosos de una higuera.

Debo decidirme sobre qué escribir, la escritura, ella, el transcurso del tiempo. Pruebo: ella escribía. Quizás fuera una de las razones por las que llegamos en seguida a una buena sintonía. La escritura nos unió. Escribir ayuda a vivir; hacer que las cosas fluyan de dentro a fuera facilita que las podamos ver más de cerca; la música que llevamos en nuestro interior pasa a los instrumentos, tañe en las cuerdas o en los metales, gustamos de las armonías que se producen en el contacto con el aire; experimentar su roce con la realidad, escuchar su sincronía o acaso su disparidad. Ese era el placer, el placer del texto compartido. Ella escribía cuentos, y yo, más dado a la abstracción, me extendía en largas digresiones haciendo de vez en cuando pequeñas incursiones en las emociones a través de los versos. Quizás lo que esté más en mi ánimo ahora sea esta permanente sensación de quien se ve sorprendido repentinamente por el transcurso del tiempo que en este caso viene ligado a la experiencia de la escritura; siendo la escritura, los rastros de las palabras, como los garbanzos del cuento que me llevan a los caminos que recorrí en otro tiempo, a la omnipresente presencia de X.

Al que escribe deberíasele perdonar la flaqueza de querer poner sus palabras en un pizarrón público. Es inevitable que el presente lleve al pasado. El paso por el hospital de mi padre también me remite al pasado y a otras lecturas de la vida; vida sin más, porque la vida es el resultado de nuestro vivir, somos nosotros los que la engendramos y le transmitimos nuestra fuerza, no es un estercolero como decía mi querida X el otro día desde su mimetismo del mirlo, sólo es vida, el resultado de lo que fabricamos con nuestras manos y nuestra pasión. Otras lecturas; como la de mi padre, estos días en una delicada lucha por seguir viviendo; con gran esfuerzo; una vida vinculada también a la mía, como la de mis hijos, como la de V o X; una lectura que viene del tiempo, de la edad, de las circunstancias difíciles y que convierte a las personas que sufren en nuestros amantes, porque el que sufre está más en nosotros, extrae de nosotros lo mejor, nos dispone al amor; mi padre amante; mi padre de quien es probable que mi infancia no conserve un buen recuerdo, amansa su persona estos días, ríe conmigo, nos queremos. Mis ojos miran de manera muy diferente a ese anciano que cuando está bien se siente el hombre más feliz del mundo rodeado de sus hijos.

Atrapar la realidad, comprenderla, escribirla; mi padre, X; mi largo mirar el campo sin hacer nada de estos días, tejiendo y destejiendo siempre los mismos asuntos. Hoy, después de haberle dado el alta el pasado viernes, volvía a tener hinchados los pies y las manos, el edema no remite; no tiene apetito, está ciego, está muy viejo: se me encoge el alma. Y estas cosas, que son en esta época el pan de cada día, no sé que hacer con ellas; el ánimo me dispone a la ensoñación, y en ello estoy. Acaso sea la ensoñación una de las disposiciones anímicas más fecundas a la hora de refrescar el alma y bañarla en la realidad; padecer con otros (com-padecer), un modo de vida intensa con que poder acercarnos a los otros con gratuidad y amor. Escribir puede ser también un acto de ensoñación, una manera de convertirse en esponja, de llegar mediante las palabras al alma de los otros.

Quién sabe... sabemos tan poco siempre...


Soy la del mirlo

Canción de Solveig, Grieg


Uno de estos días pasados, mientras caminaba al sur del pantano del Burguillo y leía Claudina se va, de Colette, di en recordar algún comentario que apareció en este mismo bloc hace unos días (Hoy lunes). La mujer del comentario, que hacía referencia a sí misma como “la del mirlo”, a juzgar por el contenido de sus pocas líneas, era una mujer a quien no le iban bien las cosas. No se dice de la vida que es una mierda así por las buenas, y menos en primavera cuando todo el campo y la naturaleza entera están gritando sus ganas de vivir con una fuerza colosal. El que me lo sugiera el libro de Colette no tiene ningún misterio, el libro es la historia de una mujer que viviendo hasta un determinado momento de su vida, ciega a la realidad, metida en la jaula que su marido fue creando pacientemente para ella, un buen día, ayudada por la ausencia temporal de su marido y por las nuevas relaciones que establece, termina por ir descubriendo la menuda red en la cual vive encerrada. Anita, se llama. Hacia el final del libro, su amiga Claudina le pregunta: ¿Será usted una de las que nacen para vivir sometidas? Anita es una mujer de carácter y hace lo que hay que hacer, porque es indigno de un ser humano vivir sometido a otro cuando de uno depende el no estarlo.

Es una triste historia la que voy a contar aquí. El comentario de la mujer del mirlo, que es muy difícil que no pertenezca a una persona a la que conozco acaso mejor que ella misma, me lleva a relatar lo que yo creo puede ser el camino que la hace pensar que la vida es un vertedero de basura. La persona del comentario juega a enmascararse con otros comentarios contradictorios, pero no cabe duda de que se trata de la misma mujer, alguien por quien siento un afectuosa y profunda compasión. Lo que voy a contar es sólo un ejemplo de lo que puede ser algo que se repite con frecuencia en nuestra pudorosa e hipócrita sociedad. Dudé mucho en contar aquí esta historia que me relataron recientemente en uno de mis paseos que me están llevando desde el Mediterráneo al Atlántico, pero al final me decidió el convencimiento de que uno no puede dejar pasar ante sí la miseria humana sin hacer una contribución que ayude a tomar conciencia a quien quiera oír, de estos casos en los que la mujer es todavía, en el año 2008, un instrumento de indignidad por parte del hombre. A la prensa sólo llega la violencia de género notoria, los casos sin retornos; el miedo al marido, la abyecta sumisión, el trágico recorrido psicológico que tienen que hacer mujeres desvalidas y sin recursos anímicos o económicos vive dentro del cuerpo social sin posibilidades de solución y, desarrollando en el mejor de las circunstancias, como sucede en mi relato, una autodefensa que consiste en pensar que la suerte está echada, que nada tiene remedio y que el mundo es un antro.

Un individuo habituado a mandar y a ser obedecido, un buen día deja preñada a una joven quince años menor que él. No digo que la forzara porque eso parece pertenecer al secreto de la obviedad no dicha. Esto, veintitantos años atrás en España no deja otra opción a la joven que contraer matrimonio con alguien a quien jura no va a querer jamás. La joven es un mujer sensible, solitaria, culta, pero, apresada entre la maternidad, el trabajo regular fuera de casa y la atención a las notorias exigencias del marido a quien tiene que servir de mozo de cuadra, ve pasar la vida, como dice la comentarista del mirlo, como si ésta fuera un vertedero de basura. Es la vida que vive ella, todas las miserias de las dependencias y despotismo juntas (¿dónde coño has estado?, ¿por qué cojones no has puesto agua a enfriar en el frigorífico? Un navajazo o lo que sea, yo hago con ella lo que me sale los huevos, me contaba mi comunicante que le decía cierta noche de copas aquel marido cuando éste le increpó por sus valentonadas de macho).

No hace falta ser prolífico, la historia está contada en otro lugar. Sucede que veinte años después un día encuentra un amante y entonces su vida cambia de uno a otro extremo. Se hace una mujer feliz y apasionada, sale de casa, escribe, participa en competiciones, viaja, anda por las montañas. En su casa sorprende este notorio cambio, pero allí cada uno va a su bola y apenas ni sus dos hijos ni su marido le prestan atención, no se interesan por sus nuevas aficiones, no acuden a ninguna meta a recibirla. Transcurre casi un lustro y un buen día el marido descubre la existencia del amante. Aquella noche el marido, navaja en mano está a punto de matarla, la acorrala hasta la madrugada, la navaja resbala bajo un armario al entrar la hija. Cuando sus hijos, entre los diecisiete y los veinte años, llegan de la farra del fin de semana el marido la presenta como “esa puta”. El hijo mayor exhorta al padre a echar a su madre de casa. La hija muestra una indiferencia notoria, eso es cosa vuestra, dice.

La mujer a la mañana siguiente huye de casa... pero a la noche, después de haber pagado un hotel, vuelve sumisa, con la cabeza gacha a lo que convencionalmente se nombra como el hogar. Las escapadas se repiten tres veces más. Hay denuncias de malos tratos y amenazas de muerte, orden de alejamiento, pero al final el terror de ella al marido se va abriendo paso de manera brutal hasta formar parte de sí, como el hígado o los pulmones, y regresa a casa.

Ahora, con aquello un poco lejos, aliviado algo su miedo desde su vuelta al encerramiento y a la sumisión más indigna, piensa que sus hijos la quieren mucho, que su amante era malísimo y abominable y hace lo que puede para cerrar los ojos a la realidad. Sigue haciendo de cenicienta, abandonó prácticamente todas aquellas actividades a que le indujo aquel nuevo amor, su orgullo creció como un forúnculo, se le agrió el carácter, por todos los lados ve lobos y engaños y, de vez en cuando, parece, no le queda otro remedio que decir que la vida es una basura: como la del mirlo.

Y eso, volviendo a la mujer del mirlo. Presiento, que como a la protagonista de esta historia lo que le falta realmente es un amante (Búscate un amante, escribí yo aquí hace ya algún tiempo, recreando un artículo de Bucay, la solución ideal para tantos males) y un poco de valor para quitarse las cadenas de encima e intentar escuchar lo que le dicta su interior.

Mi deseo más sentido para que a esta mujer se le alivien las penas y sepa reunir fuerzas para encontrar su camino. Que el pájaro de las noches pasadas sea mirlo o ruiseñor tiene poca importancia, lo que realmente importa es que están vivos, que no son esclavos de nadie y que cantan cuando quieren y donde quieren, y si además les pilla de paso, se enamoran, lo cual está muy bien y es una de las pocas cosas por las que realmente merece la pena vivir.