Lutoslawski

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Al final de la tarde cogí el coche y busqué un lugar alejado para pasear más allá de la nueva autovía. Me había llevado el libro en el que estoy, pero no lo toqué. Me bailaban no obstante en la cabeza la bastante ininteligible tarde de Dedalus y Lepoldo Bloom; ininteligible quizás porque llevo días que no logro mantener la atención en una lectura que requiere estar en lo que se lee. Lo curioso es que pese a mi atención más bien liviana, y no conociendo con exactitud lo que estaba sucediendo en esa tarde, había destellos del relato que me venían a la mente de manera parecida a como se ven los objetos en la noche frente a los faros cuando conducimos por una carretera muy accidentada, realidades cambiantes que el fogonazo de un flash sólo es capaz de recoger parcialmente. Sabía que había alguna prostituta por medio y que lo que sucedía no se adaptaba precisamente a una realidad tangible. ¿Mujeres? acaso, pero en cualquier modo mujeres que son el cuerpo del alma alrededor de la cual yo vuelo con cierta frecuencia como mariposa nocturna alrededor de una luz; no precisamente la mujer concreta. ¿Qué son ellas? ¿qué soy yo? ¿qué es lo que mueve estas cosas de hombres tras las mujeres, de las mujeres tras los hombres? Y pensaba, recordando una reciente conversación en la que nos enzarzamos el pasado sábado, a la que dio candela Ana, la Ana del Badulake, claro, que las mujeres de las que ella hablaba no eran las mujeres que buscan mi alma, aunque accidentalmente sí las pudiera buscar mi cuerpo. Y si Bloom y Dedalus se habían dado una vuelta por el prostíbulo no parecía que el llamado fuera exclusivamente el fornicio. En nuestra conversación poscelebración de cumpleaños en la casa de mi suegra, siempre un museo tapizado por los retratos de los catorce nietos, allegados, hijos, etc, X defendía a capa y espada el emporio de la razón; Ana, Victoria y un servidor abogábamos, parecía, más por conceder al instinto y a la intuición un respetable margen en el negocio general de la vida; todo ello mezclando la más resuelta disposición de muchas mujeres a expresar entre ellas pormenores de sus relaciones sexuales, frente al mesurado silencio de los varones.
La tarde caía y el vallecillo que había elegido para caminar estaba espléndidamente solitario; llegaba el olor de las matas de tomillo y de las jaras esmirriadas y sedientas. Recordé enseguida una reciente cita que había usado hacía días en otro lugar, era de Cioran: “...Un elevado conocimiento está sólo a medias en el círculo luminoso del intelecto; la otra mitad tiene sus raíces en el oscuro suelo de lo más recóndito; de suerte que un gran conocimiento es ante todo un estado de ánimo y sólo en su punta más exterior está el pensamiento, como una flor”. Así que un gran conocimiento, y siguiendo discrepando con X, sólo está pálidamente en los caminos de la razón. La cuestión esta tarde era constatar la validez de ese continuo andar entre los atisbos de las realidades, las intuiciones, las lecturas a medias, ese movimiento de la mente empeñada en no parar un segundo, siempre moviéndose como una brújula loca impulsada por cien cosas a la vez. Acostumbrados como estamos a creer en la fiabilidad de la madre razón, cuando uno decide encomendarse a otro santo más convincente aunque más ubicuo, evanescente e inaprensible, se producen estados mentales que, hablando como habla la música o la poesía, un lenguaje ininteligible pero totalmente práctico, uno no sabe en qué consisten exactamente, pero de los que se puede afirmar que obran la gracia de ir recomponiendo poco a poco el puzzle interno. Las preocupaciones, las pasiones, la tristeza, el dolor del alma o la alegría, cosas de todo punto de vista mucho más importantes -y que requieren por tanto nuestra atención- que la mayoría de los asuntos cotidianos que nos traemos entre manos, encuentran mucho mejor su acomodo, su solución, no el ámbito de la razón, en el hecho de ser destripados como un juguete después del día de Reyes, sino en el acto de ser contemplados o pensados. Arrancar la flor para aprender cómo es la flor no nos acerca a su conocimiento, la mata; el acto de olerla y admirar su belleza eso sí es conocimiento.
Vamos, que se me hacía de noche, que ya no veía ni pijo con tanta digresión y que si me descuidaba no iba a encontrar el coche escondido entre las retamas y las encinas. Habría que preguntarle a Cioran después de todo esto por qué entonces aquel suyo: “el conocimiento mata”. Encontré el coche entre las oscuras encinas y seguí una pista que subía la loma. Me estaba dejando la pintura entre las retamas; más arriba el camino desaparecía en medio de un sembrado; se ve que no se puede estar a muchas cosas a la vez. Más allá de pronto me encontré con el morro del coche asomado vertiginosamente sobre una pendiente excesiva que se perdía abajo en la oscuridad. Estrené todoterreno hace poco, pero la cosa no era para andar haciendo pruebas propias de parapente. Así que di marcha atrás y postergué la continuación de lo que tenía en el magín. Espero no perder el hilo. Al final no me costó mucho encontrar el camino de regreso. Probablemente Cioran habla de dos tipos de conocimientos, el conocimiento como estado de ánimo, como resultado del ejercicio de nuestra mirada interior y ese otro que tiende a destripar las cosas y a ponerlas unas detrás de otras. Según el primero mejor no conocernos unos a otros del todo, mejor dejar espacios de misterio, zonas vírgenes que explorar, porque quizás pueda suceder así que cuando lleguemos al conocimiento completo, la amante, la esposa, el amigo, la atracción haya menguado un buen pedazo.
Contentísimo de haber comprado este trasto ruidoso pero que sube tan alegremente las cuestas en donde el Málaga ya echaba el bofe. El caso es que según voy llegando a casa traqueteando por un camino de hondas rodadas, encuentro que mi ánimo, entre las digresiones y el revuelo de los recuerdos y los imponderables, esa espina que siempre lleva uno dentro, se ha vestido de adustez y trascendencia y ahora lo que necesita es algo no que lo calme ni le haga regresar a ningún especial limbo de felicidad, sino por el contrario alguna dosis de... ¿de qué? Entro en casa, aparco el coche y me largo derecho a la cabaña. Busco en mi memoria una música, recuerdo algo, pero... sé que empieza por L, un nombre ruso o así, abro la base de datos: Lutoslawski, eso es, Música fúnebre a la memoria de Béla Bartók. Abro el Winamp y ya está. Abro la ventana de par en par, play, apago la luz, pongo los pies sobre la mesa y miro arriba las estrellas. Nada de pensar ahora. Ahora sólo la música. Abrir los poros del cuerpo, escuchar, dejar que todos los pensamientos de la tarde vengan a ser fecundados por la música, por el silencio de la razón, “vivir el instante como si viviéramos algo definitivo, sin principio y sin fin” (también Cioran, no faltaba más).
Ahora ya es tarde, mi ventana está abierta de par en par y junto a ella un individuo escribe y vuelve a escuchar la música de Lutoslawski que escuchó y motivó estas líneas. Apacible noche camino del otoño, tiempo para apagar el PC y seguir ahora escuchando otra música, Béla Bartók, por ejemplo, que tanto me gusta sin saber por qué.

Faces y Secretos de un matrimonio



Esta mañana ando experimentando ese tipo de sensaciones que se mueven casi siempre en torno a las películas de Bergman; la atracción del vacío es fuerte, ese hormiguillo que te recorre el cuerpo cuando uno siente la necesidad de vivir sorprendido por una pasión más fuerte que uno mismo. Ayer noche vi una película que sirve de urdimbre hoy a mis pensamientos mientras paseo por la parcela ya llena de las hojas del otoño que empiezan a alfombrar su suelo; se trataba de Faces, de Cassavetes, la permanente siempre historia de los encuentros y desencuentros. Hacia el final de la película, tras la aparente normalidad, que en este caso el guión pondrá en cuestión, uno de los protagonistas confiesa: no me gusta mi vida. Por fuera nunca pasa nada, todos ríen, gastan bromas y atienden sus negocios; las damas de los grandes empresarios hacen gala de la frivolidad pertinente que dará perspectiva al film y proporcionará elementos de contraste entre su vida visible y la otra tan añorante, tan deseosa de vivir algo diferente. Nada puede alterar la feliz calma del matrimonio mientras la sinceridad ande debidamente maniatada en los rigores de una cotidianidad ejemplar, esa que las apariencias sirven en la siempre vistosa bandeja de todomarchaalaperfección; mientras el tiempo para sincerarnos quede relegado indefinidamente todo irá “bien”.
La película me recordaba aquella otra de Bergman: Secretos de un matrimonio, ese dramático revés que sigue a la presentación modélica de una pareja que experimenta la autosatisfacción del matrimonio modélico, justo hasta el momento antes en que todo empieza a saltar por los aires. Y recuerdo un ejemplo que conozco de cerca, una mujer muy afianzada en su matrimonio que un buen día se despierta y encuentra sobre la cama una nota de su marido, “me voy, no vuelvo más, adiós”, y del que más tarde sólo supo a través del abogado que tramitaría la solicitud de divorcio.
La pareja de ayer, cuando se cierra el telón, no parece que vayan a establecer cambios importantes en sus vidas. La felicidad está en otra parte, ambos lo saben, sin embargo no parece que ninguno de ellos, después de pasado ese arranque pasional que puede mandar al carajo todo, vayan a buscar una nueva salida a la situación.
A mí me deprimía comprobar una vez más cómo esos momentos de lucidez que nos asaltan a todo el mundo en algún momento de la vida y que pueden dar lugar a una vida nueva más acorde con nuestro ser, por unas razones u otras se ven abocadas a la continuidad de una convivencia gris. Pese a la ambigüedad con que concluye la cinta, el film deja un inevitable regusto de amarga desesperanza; quizás aquella misma noche vuelvan a dormir juntos; o acaso no. Cuando él ya había decidido el divorcio y vuelve al hogar una tarde, se encuentra la casa revuelta y la sombra de un hombre que huye por la ventana del dormitorio; aquello parece demasiado para su amor propio, el gogó ha hecho con su mujer lo que ella no consintió hacer con él en los últimos años. ¿Su amor propio mancillado se ve obligado a asumir el papel de marido, o acaso en aquellas circunstancias ve lo que antes no fue capaz y entonces la complejidad de los vínculos muestran aspectos que hasta ahora aparecían escondidos tras la opacidad del descontento? Me inclino a creer que su reacción no será otra que armarse de paciencia y dar continuidad a un matrimonio acabado; después intentará olvidarse de Jeannie, la mujer a la que deseaba unirse días atrás.

El desenlace en la película de Bergman es muy diferente, en realidad el tiempo que transcurre en Faces hasta el momento de la separación es sólo en Secretos de un matrimonio la introducción a la historia que se desarrollará a lo largo del film. La decisión de abandonar el hogar del protagonista se consolida, no obstante, pese al mar de dudas que asaltan al personaje, pese a los problemas que lo asaltan; una pasión que incluso llega a adquirir tintes patéticos, que destruirá el matrimonio y que le sumirá en una situación de dolor y soledad desgarradora. Bergman dijo de esta película que tardó dos meses en escribir aquellas escenas y toda la vida en experimentarlas. En las varias veces que vi esta película a lo largo de treinta años, El hombre Johan, fue para mí la representación estremecedora de cómo las pasiones y las contradicciones pueden zarandear a un ser humano hasta el punto de hacer de él un guiñapo; y no obstante sabiéndolo no poder hacer nada sino persistir en esa pasión fuera de toda realidad; y sabiéndolo, tener el valor de abandonar el acogedor calor del matrimonio y las consideraciones sociales que le acompañan para seguir lo que es la llamada de un nuevo amor que despertó en él una pasión comedida pero determinante. El valor de responder a la llamada y echar por la borda todo, tal como lo plantea la película, me parece un gesto heroico; una palabra que quizás pueda parecer poco adecuada, pero que a mí, dentro de la epopeya personal que cada uno vive me parece totalmente adecuada. La lucha de Johan a lo largo de la película me parece mucho más significativa que la de aquellos héroes que pasaron años partiéndose el alma y el cuerpo frente a Troya a causa de Helena. Al protagonista de Faces le falta tal determinación, se ve envuelto en problemas colaterales que le distraen del asunto principal, encontrarse con una esposa adúltera, pese a que ya había decidido el divorcio alenta una contrariedad que lo aleja de su objeto amoroso recién abandonado. Su pasión es de otro rango, es la frialdad de su mujer lo que le dispone a buscar fuera de casa lo que no encuentra en ella. Johan por el contrario es una víctima de la pasión, se la encuentra sin más y no duda entonces en entregarse a ella decididamente por encima de toda otra consideración.
Bergman retoma treinta años después el final de Secretos de un matrimonio para escribir Saraband, otra joya tan dura como la primera, sin concesiones, descarnada y desgarradora que muestra el reencuentro después de esas tres décadas de los protagonistas de la primera película. Uno viendo esta última sale con la impresión de que la vida no puede ser de otro modo, que la pasión, aunque esté abocada al fracaso, está por encima de cualquier otra reflexión, debe seguir su propio camino, su designio.
Parafraseando a Hegel, que escribió que basta sólo el riesgo para realizar al ser humano, y que añadía que el ser que ha arriesgado su vida y escapa a la muerte puede vivir humanamente, a uno le entran ganas de decir que aquel que arriesga su vida siguiendo el impulso de una pasión, por más que ésta pueda llevarle a la desesperación y al desgarro, lo que está haciendo es vivir auténticamente su humanidad, sigue el designio de la llamada más genuina de su ser interior. “La libertad sólo se conserva arriesgando la propia vida”, se dice en La fenomenología del espíritu; lo que significa asumir los riesgos que implican seguir los propios designios, lo que el dictado de nuestra mismidad elabora con el jugo de su propia sustancia.
Hacer afirmaciones en éste o en parecido contexto no tienen otro valor que el mostrar la sugerencia de las ideas que revolotean en torno a uno, y acaso, y más importante, escribir esas afirmaciones sean un acto de intentar comprender algo más esas paradojas en las que tarde o temprano todos nos vemos implicados. Si haciendo estas o parecidas reflexiones logras entender algo, un poco siquiera, algo que antes no comprendías, el esfuerzo por haberte acercado a ello con las palabras estará compensado. El escribir y el experimentar son cuestiones diferentes, pero guardan cierta relación simbiótica interesante.



SPI Sensaciones

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Como anoche me acosté tarde, muy tarde entretenido con mi último post, hoy también muy tarde permanezco en la cama; uno treinta para mí solo mirando absorto la mañana entrando por todas las ventanas de la cabaña. Entonces ella llega recién salida de la piscina y se sienta al borde de la cama, y habla, habla largo, habla del SPI de Mario (síndrome de las piernas inquietas, una enfermedad que con excesiva frecuencia le impide dormir); anoche él llamó y hablaron hasta las cuatro de la mañana, no podía dormir. Y yo escucho y siento nacer en mí un mundo de sensaciones diferentes, y me parecen ridículas muchas de las preocupaciones alrededor de las cuales gira una parte importante de nuestras vidas, y me parece que nunca dedicamos tiempo suficiente a explorar nuestras sensaciones, nuestros sentimientos más reiterativos, y me parece que nos perdemos por los Cerros de Úbeda, y siento que mi cuerpo es complejo, que mi cerebro es complejo, que estamos al principio del mundo y de la vida y que hay tanto que explorar, que escucharnos… como si encontrándonos en el principio de los tiempos estuviéramos por descubrir los continentes, los mares, las selvas, los desiertos, el átomo, la capacidad cognitiva que hará posible penetrar la realidad y objetivarla. Eso es lo que siento mientras escucho las palabras de ella, el relato de las grandes noches de insomnio de él, de sus tácticas para tener a raya al SPI, del análisis pormenorizado de sus reacciones psicofísicas ante los fármacos. Y mientras, la mañana está ahí, y yo bajo la manta, y ella sentada, y ella y yo somos dos seres humanos, y los pájaros son seres humanos, y Curri, nuestro perro, con la cabeza sobre las patas pensando en las musarañas, es un ser humano; humano, tremendamente humano, no necesariamente racional, humano; y mientras el mundo gira y el universo se expande sin límites, infinitamente y la tierra da vueltas sobre sí misma y a ratos es de día y a ratos de noche, y medio universo hace el amor y desea profundamente penetrar hasta el infinito en el otro, hasta el infinito de sí mismo; y mientras, otro medio mundo simplemente fornica, y otro corre tras las preocupaciones diarias del trabajo, de la familia, de la economía doméstica; y hay quien sufre porque se enamoró inútilmente, y quien vive el dolor en la sala de urgencias del hospital, y quien estando en trances de morir no quiere morir, y hay quien abre las piernas y empuja con todas sus fuerzas, toda su alma para expulsar a la vida un nuevo ser. Y eso y más cosas pasan sobre mí y sobre el relato del insomnio de mi hijo, y no me digo nada, permanezco en silencio, experimento la compleja sensación de un todo manifestado en los pormenores del relato, en la memoria de la vida de él, de la nuestra. Y pienso que nos llevará décadas comprender a quien amamos, a nuestros hijos, a nuestra esposa, a nuestra amante; que nos llevará todavía más tiempo comprendernos a nosotros mismos. Y junto a ello siento mi cuerpo desnudo, también él sujeto paciente y activo de un complejo mundo de sensaciones; y a la vez siento cuán lejos estamos a menudo de nosotros mismos y de nuestros propios intereses, y recuerdo a X, a Y, a Z todavía más lejos de sí; no, algunas veces no, no siempre, a todos nos sucede lo mismo. Y en esta mañana de pájaros, además de escucharla a ella, de recorrer las circunstancias del SPI, las preocupaciones de él, observo mis sensaciones; las observo, las miro con intensidad, dejo que se alejen, que la distancia les dé perspectiva; y así al rato dentro de mí se incorporan casi inaudible las notas de algo diferente. Y entonces le pido a ella que abandone su posición al borde de la cama, y ella se acerca, y a continuación cierta melodía va tomando consistencia, despertando poco a poco en el alma dormida de mis células más remotas; y empieza otro ritmo, otras sensaciones se imponen a las primeras, alguna imagen grabada en el ADN, en algún lugar de un incomprensible e infinito anhelo, impresa en el cerebro a cal y canto, suscita el deseo del navegante, del viajero, del caminante, del amante, de las gentes del desierto por el filo elegante de las dunas, y entonces hay un largo, demorado, apasionante viaje; viaje iniciático siempre, navegación de pionero por la superficie rizada del mar, íntima comunicación.
Y más tarde el mundo sigue dando vueltas, y pienso en eso con que terminaban mis líneas de anoche y en lo del candil y en lo de dar respuesta adecuada al problema de vivir, y se me ocurre como tantas veces que parte de esa respuesta adecuada podría estar en vivir en un convento, sirviendo en una ONG en el África Subsaharina, en… qué se yo, en vivir sobre un globo aerostático; pero también pienso que para el caso sería lo mismo; al final sería como manifestaba Montaigne cuando especulaba sobre la posibilidad de un súbito enriquecimiento en alguien; en definitiva lo único que sucedería es que cambiaríamos de problemas, sólo eso. El que vive en soledad vive inserto en una problemática, pero quizás fuera todavía más problemática la existencia de Salomón en medio de su numerosísimo harén.
Pero tampoco es necesario marcharse tan lejos, ni hacer especulaciones, ni plantear qué es mejor o qué peor… esa inveterada disposición de querer sacar conclusiones a todo… acaso sólo tengo que esperar, mirar, escuchar, tratar de comprender mejor a Mario, a ellas, a los pájaros; pero sobre todo escuchar, ser todo oídos, pacpac pacpac, pacpac, mi corazón late, estoy vivo; pacpac, pacpac, ahora es el tuyo el que escucho; pacpac pacpac, y el de él y el de ella; pac pac, y el de los pájaros y los gatos, y las gallinas y el caballo.
Te escucho, Mario; estamos aquí, al ladito, velamos tu noche, trata de estar tranquilo, te acompañamos. Esta mañana ya estoy más cerca, de ti, de todos vosotros, de mí. El caminar silencioso por mis sensaciones, despacio, atento, retuvo durante un largo instante vuestras vidas entre mis manos. Ahora las dejo ir, arena del desierto entre mis dedos. Hasta luego, nos vemos dentro de un rato.

Con el candil a la espera

Hoy se me acumulan de nuevo los libros, sentí el soplo de la lectura sobre papel que no practicaba desde hace un trimestres y de golpe empezaron a aparecer volúmenes, tiempo atrás abandonados, sobre mi mesa de trabajo, Diarios de Musil, Harold Bloom, Morin, José Antonio Marina, Vicente Aleixander... pobres por ahí como huérfanos esperando a que yo cayera de las nubes, dejara de ir de un lado para el otro del mundo y volviera a introducir mis ojos curiosos y mis manos ávidas en ellos.
Bueno, el caso es que a uno en determinado momento, hoy después de la cena fregando los platos, le asalta una idea y, mientras el fairy al limón y el scoth-brite hacen su trabajo mecánico, ésta, buscando el apoyo de alguna de las lecturas que previamente había hojeado en la cabaña, indaga en aquello que empieza a surgir entre la espuma de los platos y, tirando del hilo poco a poco, empiezan a sobrenadar en el agua jabonosa asuntos concomitantes, personas, lecturas olvidadas, citas que estuvieron relacionadas la idea; en fin todo un revuelo en torno al fregadero. Como consecuencia, me bajo con el café tambaleando en el platillo por el camino de piedra hasta la cabaña y me voy directamente al ordenador y, en la pantalla azul del Word, empiezo a dejar constancia de este pequeño revuelo nocturno. Hoy mejor que otros días, porque sucede que hoy, ayer mejor dicho, descubrí que la ancha ventana de la cabaña podía desbloquear una de las hojas que estaba clausurada, con lo que ahora, abierto la totalidad del hueco a la noche parece como si una nueva disposición estuviera a punto de visitarme. Hoy, que es segundo día de propósitos, de largas meditaciones sobre el tiempo presente y por venir y que me persiguen desde unos pocos días atrás pidiéndome aire fresco.
Antes, hace muchos años, cuando mi hábito de escribir pequeñas cosas que se me ocurrían en trozos de papeles, algunas ideas que luego iban a parar a una carpeta o a cualquier parte de la estantería que me pillara a mano, las posibilidades de que éstas tuvieran continuidad la verdad es que eran bastante reducidas. Un hallazgo, una consideración en torno a una lectura, unos versos especialmente graciosos, pese al papelito que había recogido la fugacidad del momento, terminaba por olvidarse, entre otras cosas porque el tiempo de que disponía era más bien misérrimo, o porque acaso, todo aquel material no era más que una ocurrencia que accidentalmente había encontrado refugio en un papel y no merecía más atención. Eso hasta el día en que absuelto de la necesidad de ir al trabajo gracias a un bienvenido accidente que me tuvo el brazo enyesado durante un otoño descubrí que aquellos papelitos podrían guardar en sí el germen de una diversión inesperada. El hecho de que en aquel periodo de baja me permitiera ordenar todo aquello tuvo como consecuencia que germinara en mí la idea de escribir una novela. ¡Cuánto debo a aquel dichoso accidente! En la primavera siguiente la novela era un hecho. Un mes después estaba lista e impresa una edición de diez o doce ejemplares, más que suficientes para unos pocos amigos lectores, más los ejemplares destinados a mis hijos. Aquello estimuló mis ganas de escribir.
Desde entonces, esa necesidad que parecía dormida en mí se ha mantenido despierta ya sin ningún tipo de ambigüedad. Sólo que ahora ya no hay papelitos perdidos y abandonados a su suerte allá por donde quedaran arrumbados minutos después de ser escritos, ahora está Internet y los blogs, todo un invento. Y a ello vengo; hay algo más que innovaciones técnicas entre los papelitos arrinconados, almacenados aquí y allá, y este poder imprimir en letras de molde en el ciberespacio todo aquello que uno considere digno de tal. Una amiga con la que he tenido frecuentes divergencias en torno a la escritura y a este escribir que significa hacer público lo escrito, dice no entender tanto afán de algunas personas por contar esto o lo otro o por decir de sus andanzas por una u otra parte del mundo. Sin embargo, es precisamente aquella característica, la obligación que te impone la necesidad de trabajar sobre algo que antes eran unas líneas abandonadas, inconclusa, un esbozo sin destino; y después ésta última, la necesidad de ser reconocido por los otros, lo que Habermas, citado por Marina, sitúa entre las principales del ser humano; dos razones que por sí mismas valdrían para curarse en salud y seguir escribiendo hasta el último día. Algo bien sencillo y bien humano. Por otra parte si todos mantuviéramos la hipocresía de que sólo escribimos para el cuello de nuestra camisa es evidente que la literatura no habría pasado de ser un engendro intrauterino abocado a no alcanzar el día del parto. Sería estúpido que tanto el que escribe como el que lee no pudieran beneficiarse de esa relación simbiótica que pone en comunicación al lector y al escritor, al que habla con el que escucha. Un concepto básico de la comunicación, si cualquiera de los tres elementos, emisor, receptor y mensaje faltan ésta no existe. El silogismo es muy sencillo, sin comunicación, sin esos elementos, en definitiva sin el habla, ahora todavía andaríamos subidos por las ramas de los árboles.
No siempre es fácil determinar las verdaderas razones del por qué hacemos esto o lo otro, ya que suele suceder que las razones tengan como los árboles muchas raíces, muchos porqués de los cuales la explicación más veraz que se nos aparece de inmediato ante la conciencia es la de que lo haces así, sin más, porque te sale de la tripa. El otro día citaba a vuelapluma a Novalis, algo que cacé en Bachelar (Poética de la ensoñación): “Y una vez en el aire saber que todo lo que miro me mira, dulzura de ver y admirar, orgullo de ser admirado”. Esto puede ser una razón, pero evidentemente otras muchas tienen su porqué en esa indeclinable necesidad de crear algo, que es fácil que vaya acompañada a esa otra de mostrar a los demás aquello que uno hizo. Desentrañar parte de la realidad, mirarla, dulzura de ver, orgullo de existir y notar la propia existencia en la existencia de los demás.
Me podría marchar ya a la cama, pero me da pereza, la noche es hermosa, agradablemente tibia y, además, con esta novedad de metro y medio de ventana volcada a un rastro de luna y a las estrellas que filtran su luz entre las ramas de los árboles, con más razón todavía para quedarse todavía un rato. En Me llamo Rojo, de Orhan Pamuk, el protagonista, poeta a la sazón, que dirían los antiguos, sufre de vez en cuando pequeñas inspiraciones, y cuando ello sucede debe aprovechar el momento, saca su boli y su cuaderno, se recoge en un rincón de sí mismo y escribe de un tirón lo que le sale. Debe aprovechar ese instante, si lo posterga el poema vuela. Estas cosas suceden con frecuencia, de ahí la conveniencia de montar guardia; largas, larguísimas guardias a veces por ver si la noche o los ladridos de los perros traen alguna clave con la que seguir hilando el tapiz de la escritura. Nada de penélopes, aunque también es una idea que pueda tener sus defensores, ya que a fin de cuentas el genuino placer viene, como decía Sánchez Ferlosio, del hecho mismo de tejer; sólo que no hay que descuidar tampoco la benevolencia de poder acabar un bonito jersey.
Al final de todo, lo que uno trata de hacer es precisamente dar respuesta eficaz a nuestro problema más complicado, que es vivir; y así, según Marina, la creación más importante será aquella que sea más provechosa para nuestra vida. Ahora si damos un paso más allá y nos ponemos de acuerdo en qué es realmente lo más provechoso para nuestra vida, estaremos ya en el camino de la perfección, más o menos como Santa Teresa, o parecido.

Aprender a volar

Los límites entre el sueño y la realidad. ¿Quien no pensó alguna vez cuando despierto, pero aún sobre el puente entre la vigilia y el sueño, que para volar sólo sería necesario echar una carrera, agitar los brazos y enfrentarse al aire con decisión? ¡Cuántas veces me desperté yo convencido de que aquella misma mañana podría echar un vuelito por encima del campo que rodea nuestra parcela! Y hoy, leyendo a Bachelar, esa Poética de la ensoñación que dejé a medias en primavera y que retomo ahora, estoy más convencido que nunca de su posibilidad. Basta no mirar a la cruda luz del día, basta, como en el cuento que me envió mi hija hace un par de días, con pensar que es posible ser diferentes y sacar fuerzas de nuestro recóndito yo, todo el empuje que necesita nuestra capacidad de vuelo; esperar una brisa lo suficientemente cantarina, un golpe de viento de esos que echan a volar los grandes percances del mundo por los aires, los anuncios, las historias tristes de los políticos, tristes periódicos que ya no sirven ni para liar bocadillos. Liar bocadillos o un pitillo, acaso lo mismo.
Y una vez en el aire saber que todo lo que miro me mira, dulzura de ver y admirar, orgullo de ser admirado (Novalis, sí), espacio abierto para emborracharse de nubes, de luna, de viento; y jugar con los murciélagos y los vencejos y el aire, arriba, arriba el aire. ¿Quien pone en duda que tú y yo podremos volar cada tarde? ¿Cómo? Muy sencillo, primera cosa importante: haber comido bien, si con un vasito de vino mejor, y después, tener tiempo; tiempo, Patsy, mi amiga allende los mares, tiempo, chica; ¿cómo volar si no en esos cinco minutos que te deja este mundo tan organizado?. Tiempo ¿para qué? para qué va a ser, para volar, para soñar, para subirse a la hamaca, tumbarse en el césped, estirarse en el sofá mirando al techo a contar moscas, a jugar con los reflejos que dejan los recuerdos entre las cortinas, los encajes, o entre las facturas del teléfono. ¿Tú te crees que se puede volar así sin más, curra que te curra de la mañana a la tarde?. Nanáis. Tiempo para ensoñarse, para comer fresas con nata –ummm, qué ricas–, para mirar a las chicas bonitas, para hacer buñuelos con las nubes de los aires. Nada de engordar, ni de dineros, ni de demasiadas cosas, ligeros, ligeros como el aire. Después es cosa hecha, para volar sólo hay que ponerse en situación, esperar un poquito, cerrar los ojos, soñar, y así, en un plis plas, en el momento en que menos te lo pienses, sin que te des cuenta tus huesos se habrán hecho ligeros, tus brazos fuertes, tu dicha soberana; será el momento, pies para que os quiero, una carrerita por el campo y... allá voyyyyyyyyy... estarás en el aire.
El aire inflando el hueco de tus brazos, la tierra alejándose, las térmicas llevándote hacia el río, hacia la playa aquella en que jugó Valentín el último verano. Uuuuuuummmmmm, y cuando ya dominas la cosa hacer una pasada rasante sobre las olas de leche, y uuuuuuuummmmm y avanzar sobre las chepas calmosas del agua y jugar con las cometas de los niños. Pero sobre todo sentir en el cuerpo el ligero viento, la fuerza anhelante de los brazos, la porosidad de nuestro pecho almacenando sensaciones, la humedad de nuestros ojos emocionados, felices, libres, libres como ese Salvador Gaviota de lejana lectura.
Pugilato de locos, sueño contra sueño, ligereza de pluma contra pesantez de plomo de mi cuerpo cuando caminar, avanzar ligeramente los pies requiere un terrible esfuerzo; los gnomos tirando del camisón, los brazos hacia adelante... llegaré tarde, coño, déjadme; y el sueño, nada que nada, llegarás tarde. Y además te encontrarás en calzoncillos en la calle, descalzo, ridículamente tocado con el gorro de dormir de tu bisabuelo. Preocupaciones estúpidas durmiendo en nobles barriles de roble, como vino espeso, suficientemente ebrio como para no saber encontrar el camino del metro. Rediós, leñe, coño, soltadme; cabrones de mierda. Por cierto, ¿quién me robó los pantalones? Los gayumbos como me lo hacía mi madre, de sábanas viejas, casi hasta las rodillas, fantasmas encalzoncillados por la fuerza del presupuesto de aquellos tiempos de no llegar a fin de mes.
¿Un sueño? Nanáis, no la ensoñación que adormece, no, la otra la que nos hace alegres y ligeros como el aire, la que nos llena de sueño y ganas de vivir, de la gracia del aire, la que saliendo de la pesadilla del círculo de tiza en el que estamos encerrados, esa habitación sin puertas de la película de Buñuel que tantos dudan en atravesar, se hace recolectora de sensaciones, de setas de bosque, incluso de la bella y terrible amanita mustarida y juega con ellas a la comba, las agita como sonajas para arrancarles la música que lleva dentro. Yo respiro el aire, el aire me respira; yo miro al mundo, el mundo me mira, y dichosos el mundo, el mundo y yo, yo en la brisa y el viento, él en mí, yo en el Todo, el Todo en mí. Recuperar el columpio de la infancia, mecerse en el aire, navegar en la media luna de la verbena y después un ratito junto al crepúsculo dedicarse como el Principito a encender y apagar farolas, al final de la tarde. Tiempo para soñar, leñe; tanto progreso, tanta historia; que sí, que nos tenemos que morir. Vamos a jugar un rato, ¿qué te parece si nos damos una vuelta por el aire?

¿Defensa del clan?

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Pareciera que el término espíritu tribal nos lo encontráramos siempre referido a la defensa más primitiva de ciertos vínculos atávicos que por estar arraigados en los hombres de manera indeleble pertenecen al ámbito determinista de la biología; algo que nos supera y que en momentos de conflictos, cuando vemos en peligro a alguien que pertenece a eso que podríamos englobar dentro del término nuestra tribu, insufla en nuestro organismo una poderosa dosis de adrenalina que pone a todo nuestro cuerpo en guardia contra la agresión de cualquiera de los miembros del clan. Valgan los términos clan y tribu sólo para expresar el fenómeno que se da en un conflicto en relación con personas cuyo nivel de intimidad y querencia son máximas, aunque no para definir los límites de un grupo social determinado. Voy tras la razón de ser de esa violencia que da lugar a esa quemazón de la sangre, me hierve la sangre, oímos decir cuando algo provoca una violenta reacción por nuestra parte, indignación, deseos de rajar la tripa a un tercero por un hecho de notoria injuria o humillación que puede estar sufriendo un hijo, padre, madre, esposa; amante, añadiría yo.
Probablemente un tema del ámbito de la antropología del que la actualidad puede servir ejemplos muy variados sea la furia nacionalista, el tribalismo de los gitanos, o la manera casi anecdótica de la reacción de violencia de la madre que viendo ultrajado a su hijo por otro pequeñín no puede reprimir su indignación.
No tengo ni idea de estas cosas, e imagino que las tales tienen que ver con comportamientos heredados destinados a proteger a la especie, en este caso al grupo social o familiar inmediato, contra las agresiones del medio; pero como sufridor que soy tanto de las posibles agresiones contra lo que podría denominarse mi tribu o mi clan, como de mis propias reacciones en su defensa, ese saco la cheira y te rajo si vuelves a tocar a mi neno, bien merece la pena darse una vuelta por estas cosas por ver si a base enhebrar palabras aquí y allá uno se aclara un poco. Viene al caso esta irrupción en el tema debido a una excitación con la que me desperté esta mañana y que no logro suavizar del todo pese al esfuerzo que pongo en ello. No es del caso contar el asunto, pero sucedió que en cierto momento, hace un mes aproximadamente, en la residencia donde vive mi padre habían cometido una injusticia con él trasladándole a una habitación al otro extremo del edificio. La explicaciones que me dieron entonces me parecieron comprensibles y dado que era algo temporal no pusimos ningún inconveniente. Pero de esto hace un mes. Hoy que iba a verle, y que pensaba que había que resolver el asunto del traslado de la habitación, ya me encontré con el organismo algo inundado por esa sustancia específica que luego yo quise identificar como la responsable de la defensa del clan. La adrenalina me corría por la sangre de tal manera que cuando entré en el despacho de la psicóloga de la residencia y ésta, así de sopetón, me dijo que estaban considerando la posibilidad de hacer definitivo el traslado, tuve que sujetarme a la mesa para que mi indignación y mi agresividad no se hicieran demasiado evidentes. La psicóloga, que pensó que estaba tratando con algún domesticado y adormecido telespectador, y que demostró a lo largo de la entrevista tener escasa idea de lo que tenía entre las manos, tuvo al final que recoger todo el carrete que había largado y metérselo entre el abultado maquillaje que le cubría la cara (sí, a mí me parecieron demasiadas toneladas de pintura para una trabajadora de una residencia. Raro que es uno, ya se ve). Así que aquí estoy yo curándome en salud y haciendo disquisiciones sobre qué pertenece a mi amor propio herido y qué a ese espíritu que me puso en guardia contra una ofensa recibida por mi padre. Y me inclino a pensar que en este caso mi yo dejó de ser mi yo personal para asumir el papel del yo colectivo, yo tribal, porque la injuria la sentía como hecha a mí, a mi padre, a mi hermana, a todos los que tienen una preocupación directa por él.
Estas cosas, el honor manchado de alguien que pertenece a una pequeña colectividad, la vejación de un ser querido, parecen provocar en el organismo una verdadera vorágine de sentimientos de indignación, de ansiedad incluso.
Mi primer encuentro con un sentimiento tal pertenece a una época en que yo debía de tener ocho o nueve años. Mi hermano, que debía de dar bastante la lata en el colegio y molestar lo suyo a los otros niños ya con sus cinco o seis años, había recibido algunos pescozones por parte del director del colegio que precisamente vivía unos pocos portales más abajo de nuestra casa. Uno de aquellos días que mi hermano llegó a casa lloriqueando, mi madre, ni corta ni perezosa, dejando lo que estaba haciendo, salió disparada a la calle limpiándose las manos en el delantal a encontrarse con don Florentino, un individuo de rizos rubios, mirada adusta y sobre todo con una estatura que a mí entonces me parecía sobrecogedora frente a la de mi madre que no debía de pasar del metro y medio. Homérica estampa la de mi madre arremetiendo contra aquel Goliat; indignada, roja de ira, cuando vio al director avanzar circunspecto y muy señor por la otra acera, cruzó la calle y se abalanzó sobre él increpándole; poco le faltó para que le arrancara los ojos. Que sea la última vez, terminó imperiosa mi madre frente a aquel corpachón de director plenipontenciario.
Quizás nuestro mayor grado de civilización hace que estas cosas las sublimemos o las revistamos con alguna sofisticada estratagema en encubiertos mecanismos de defensa, pasándonos así desapercibido este tic genético que convierte nuestro yo personal en un yo colectivo que asume directamente la defensa del clan, de ese grupo afectivo del que formamos parte como uña y carne. Y es algo que sucede también cuando nos sentimos íntimamente ligados con una persona. Sentir la humillación y la indignidad sufrida por el otro desencadena los mismos mecanismos, la misma ansiedad, parecido dolor; basta que sintamos al otro muy cerca de nosotros para que éste pase a formar parte de ese yo colectivo que asumimos cuando una parte de él está en peligro, cuando una persona de nuestro entornos próximo sufre una agresión.
Y me imagino lo que estas cosas o sus derivaciones pueden repercutir cuando las trasladamos a un ámbito más amplio; pienso en lo mucho que pueden nutrirse de ellas los nacionalismos, los chovinismos, los sentimientos de clase. De todos modos reconocer en un sentimiento su atavismo, la impronta de la lucha por la supervivencia del grupo, es un trabajo interesante que ayuda a saber de los mecanismos de que se vale nuestra psicología y que ayuda, llegado el caso, a obrar en consecuencia después de que nuestra conciencia ha tomado debida cuenta de los elementos que entran en juego en nuestras reacciones y comportamientos. También es cierto que la defensa del clan, empujada por ese espíritu atávico de pervivencia, es una consecuencia de una situación generalizada de peligro o de inseguridad, y que no se daría en una sociedad en donde la confianza fuera un bien consolidado. Pensar que en una residencia, en cualquier trabajo, todo funciona siempre perfectamente sería una ingenuidad; quizás en consecuencia la rendija que queda a la inoperancia y a la abulia de quienes no trabajan como deben, no les venga del todo mal un merecido cabreo de la clientela. Y es que vivimos en el Mediterráneo, nunca tuvimos la oportunidad de recibir en herencia la flema británica, por ejemplo. De momento, un asunto baladí, aunque no para nosotros, que parecía querer reproducirse a sí mismo durante meses, ya ha tomado la dirección de solucionarse. Espero.

El cuarto de baño




¡Mira que hacer un post sobre el cuarto de baño...! No, si tú...)
La decoración del cuarto de baño nació de la idea de otro baño, uno lejano de un pequeño hotel de San Carlos de Bariloche, en la Patagonia argentina. Allá llegamos a final del otoño en el día de la primera nieve. El lugar era amigable; desde nuestra ventana, a modo de hornacina sobre el tejado, veíamos nevar. El cuarto de baño era todo de madera machihembrada; se experimentaba dentro la sensación del interior de una sauna; evocaba alguna película de Bergman. La nieve y el interior acogedor de una ducha que derramaba su agua directamente sobre el piso levantando intensas nubes de vapor, era muy propio de aquella escena en que Max von Sydow revitalizaba sus carnes entre el vapor de la sauna y los golpes sobre su cuerpo de las ramas de abedul; creo que se trataba de El manantial de la doncella.
La idea sucinta venía pues de Argentina. Alguno de sus otros débitos tienen su origen en mis hábitos de pernoctar en los bosques. Cuando uno duerme en un bosque, la perspectiva que tiene del mundo sobre su cabeza es bastante peculiar; los árboles aparecen como lanzas dirigidas al cielo, el punto de fuga situado en el lugar inhabitual del cielo hace que los árboles, picudos y alargados por la perspectiva converjan hacia el centro del espacio que contemplamos desde el saco de dormir. Los árboles son un elemento dominante en mi experiencia. Si desde que habitamos nuestra casa tuve empeño en disponer de una pequeña alameda en alguna parte de la parcela, porque ello me ponía en contacto con el agradable sonido de sus hojas cuando vivaqueaba en ellas, mi empeño por llenar de árboles el cuarto de baño quizás arranca de un lejano viaje que hice con mi amiga Raquel cuarenta años atrás al cabo Norte; dos meses pasados en los bosques de abetos de Escandinavia, haciendo guardia tantas noches bajo sus ramas, bajo ese cielo que era un eterno crepúsculo-amanecer en donde uno confundía fácilmente la hora de dormir con la hora de la pesca o las largas sesiones de lectura, tanto tiempo dio para que se fijaran también en mi memoria la belleza plástica de su hermosa corteza de nieve. Sus cortezas, que nosotros usamos aquel verano para imprimir con fuego algunos pirograbados, fueron siempre un motivo fotográfico que en nuestras latitudes es difícil explotar, aunque cuando entre los pinos o los robles, en la sierra de Canencia, por ejemplo, apuntan algunos ejemplares el efecto es extraordinario; el pasado invierno, por ejemplo, atravesando la sierra desde Bustarviejo a Alamedilla, con la nieve hasta la rodilla, encontramos unos buenos ejemplares en cuyas ramas todavía tintineaban las hojas del final del otoño. Era una estampa de una belleza extraordinaria. Así pues el cuarto de baño debía de tener abedules. En un primer momento pensé en poner cortezas reales, quizás pequeños troncos segmentados, pero encontré una solución más sencilla y, sobre todo menos aparatosa pintando directamente sobre la parte superior del cuarto de baño los troncos que apuntaban al cielo por encima del alto friso de madera que había rescatado del hotelito de Bariloche.
Aquel año nos quitamos con alivio de encima una azulejería que no nos gustaba y que parecía sacada de una de las primeras películas de Almodóvar. Para la bañera pasamos una semana dando vueltas por ahí, buscábamos algo de diseño informal que se adaptara a la idea del conjunto y que no fuera de un refinamiento que chocara con el resto y tuviera dimensiones discretas, dado que el espacio del cuarto de baño era mínimo; pero nuestra búsqueda fue infructuosa, aparte de los precios, un cantar que habíamos de tener muy en cuenta. El caso fue que el siguiente fin de semana nos fuimos a ver a mi padre a Valdemoro, y a la vuelta, íbamos charlando sobre el asunto de la bañera, cuando de repente, sobre un contenedor de escombros, como un barco alzado sobre el promontorio de una isla de pedruscos, avistamos nuestra bañera. Aparcamos la furgoneta, nos aproximamos, miramos, estaba nueva. Visto y no visto la metimos en el coche y pies para qué os quiero. La bañera venía ni que pintada; era discreta, de formas convencionales, pero se ajustaba para otra idea que tenía en la cabeza, la posibilidad de revestir toda la base de piedra.
Árboles, un poco de cielo por encima de ellos, unas cumbres apuntando en lo alto de la fachada oeste sobre la puerta, la madera cubriendo los muros, la piedra de la base de la bañera. Bueno, poco a poco fuimos armonizando las ideas, algo así como se hace cuando uno está pintando un cuadro. Unas pocas pinceladas, unos pasos atrás para mirar el conjunto, otras pinceladas y así sucesivamente. Las piedras no fue difícil encontrarlas; el inodoro se pintó, el lavabo vino de un derribo; la lavadora recibió unos toques de pintura para conjuntarlo con la puerta y el revestimiento de madera.
Ahora quedaban sólo los pequeños detalles, una cortina de baño amarillo real, un espejo que hicimos a la medida y pintamos con bandas malvas y grises, y el capricho por mi parte de tener una fotografía de gran formato de todos nosotros retratados como Dios nos trajo al mundo. Para lo cual un día de aquellos, un invierno, mis hijos ya andaban por ahí organizando su vida, quedamos citados todos para la sesión fotográfica. Dos o tres horas antes rescaldamos la casa y preparamos el decorado. Nos divertimos montón haciéndonos fotos en bolas; primero en grupo, después de uno en uno; todos teníamos la imaginación muy aguda aquella mañana. En la pared del baño quedó una bastante formal. Es el retrato familiar que más me gusta. Creo que pillé a mis hijos a tiempo para estas cosas; si tuviera que hacer la sesión de fotos ahora lo mismo me decían que nanáis, sobre todo la Gorda que parece haberse hecho más pudorosa. Ya para la foto de desnudo que puse de ella en el frontispicio de la biblioteca me hizo un guiño que venía a decir algo así como una y no más Santo Tomás.
¿Y qué más? Pues que no faltan los días que eche de menos esa sencillez que reinaba en nuestro hogar, con los hijos mayores, de andar como recién nacidos por la casa; esas tertulias en el cuarto de baño por la mañana cuando Guillermo o cualquiera de los otros dos, sentado en el borde de la bañera, podían perfectamente entablar una de las largas conversaciones con su madre a propósito de cine o cualquier tema de universidad; aquí te pillo aquí te mato. El cuarto de baño siempre pareció un lugar propicio para conversar; un lugar en donde se mataban dos pájaros de un tiro, atendiendo a las necesidades personales y a la vez dando rienda suelta al gusto de relatar el sueño de la última noche. A mí nunca me pareció un lugar suficientemente ventilado para entrar en disquisiciones filosóficas, pero debo reconocer que la facultad comunicativa del lugar funcionaba muy bien.

El cuarto de estar


Recuerdo que la primera cosa que busqué con los ojos cuando el propietario anterior nos enseñó nuestra casa fue la habitación de la chimenea, lo que sería después para nosotros el cuarto de estar. Fue una decepción. La estancia, semidesnuda, con tres diminutas ventanas y un mármol jaspeado rodeando el hogar era algo inhóspito y feo.
Como no teníamos un duro fue necesario echarle mucha imaginación y dedicarle gran cantidad de tiempo. En aquellos tiempos toda la familia desarrollamos todos los oficios que fueron necesarios para poner en condiciones una casa; nos llevó más de medio año dejar a nuestro gusto la parte de la casa que más nos urgía.
Cuando llegó el invierno el cuarto de estar ya estaba preparado para servirnos de lugar de encuentro, se convirtió en el espacio para la música, el cine, y sobre todo el lugar de la contemplación; la siempre presencia del fuego como catalizador del ensimismamiento o de la conversación relajada tras la cena.
Las sólidas ramas gruesas de la encina, las raíces, en otra época una tonelada de roble que se quemó durante dos inviernos en esa chimenea, los restos de recortes de haya de una fábrica de muebles o la madera de aglomerado que en las épocas de las restricciones económicas alimentaban nuestro fuego, como aquel año en que las raíces de retama de un campo vecino fue con su especial llama azulada y sus formas grotescas y nuevas en nuestra chimenea, constituyó el transfondo de todas las ensoñaciones de un invierno, una época que todavía no había chimenea en la cabaña y las largas veladas de invierno transcurrían en la semipenumbra de la habitación oscurecida intencionadamente para hacer de ella el refugio encantado en que recogerse al final del día para ir contando con los dedos de la mano las emociones que la jornada había deparado y después tejerlas aquí o allá con las llamas del fuego que a ratos subían chisporroteantes lanzando pequeños proyectiles encendidos a nuestros pies. Fuego compartido los fines de semana con un whisky de tintineantes cubitos de hielo en su interior mientras mis pensamientos subían o bajaban al ritmo de las llamas, encontrando a veces un rostro entre los troncos que cambiaba su fisonomía, reforzaba un rasgo, desaparecía en el fondo silbante de las cenizas y el fuego; sugiriendo otras rincones encantados de montañas entre cuyas cumbres siempre había encontrado el fuego como un ensalmo acompañando largas conversaciones de hombres y mujeres cuya pasión por la montaña el fuego parecía bruñir con un nosequé de belleza visionaria; trayendo al hilo de los pensamientos inquietos siempre en su ir y venir por los acontecimientos, los proyectos o acaso el reencuentro con unos ojos que fugazmente se cruzaron conmigo en algún recodo de las horas del días.
Cuando a mi madre la diagnosticaron un cáncer terminal fue ésta la habitación que preparamos para ella. Fue una mutación insólita para este espacio que siempre había sido de recreo y contemplación. A partir de entonces se convirtió en enfermería, dormitorio, taller en el que mi padre se entretenía con sus trabajos de maquetería. Sacamos el piano, metimos la cama de mis padres y, junto a la ventana pusimos una bonita mesa de pino que compramos expresamente para que trabajara él. Bajo el ancho aparador color nogal que atravesaba la pared norte y en el que descansaba una enorme pecera, instalamos la farmacia, los pañales, todo lo que ella iba a necesitar durante los tres meses que duraría su vida. De todas las metamorfosis que sufrió la habitación esta fue la que más permanentemente está incrustrada en mi retina. Los tres meses más intensos de mi vida transcurrieron entonces entre estas cuatro paredes; y probablemente les suceda lo mismo a Victoria y a nuestros hijos. Muchas de aquellas noches en que el fuego de la chimenea había sido casi prescrito, el rectángulo iluminado de las llamas era sustituido por la luz difusa del acuario en donde borboteaban las burbujas de oxigeno; mi madre, desde su lecho, gustaba mirar durante horas el ir y venir de los peces. Creo que le tranquilizaba mucho aquel espectáculo en medio de la oscuridad.
El día en que creímos llegada la hora sí encendimos el fuego de la chimenea. Victoria y yo montamos guardia durante la noche. El silencio de la casa tenía algo de premonición; sólo era interrumpido por el crepitar del fuego y la bomba del acuario. Mi madre había cortado la tarde anterior su relación con el mundo circundante y vivía dormida sumida en el abismo de sí misma; ausente, su organismo se preparaba para morir. No daba ninguna muestra de sufrimiento. Con las luces apagadas y las sombras bailando al ritmo de las llamas sobre las paredes de la habitación, la escena tenía las características de los grandes momentos de la vida de los hombres. Sobre las dos de la mañana me metí en la cama con mi madre; intermitentemente su asma hacía su respiración trabajosa, sonora, pero no tardaba en volver a la normalidad. Sentí su calor como se siente el calor de una amante. Los años de toda una vida desfilaban por mi memoria unidos al sentimiento de no haber dedicado tiempo suficiente a mi madre después de mi infancia. Sus largas esperas durante los fines de semanas hasta que volvía de la montaña, inclinada sobre alguna labor de punto, a veces muy entrada la madrugada, retornaron a mí. ¿Cuánto la había hecho sufrir a ella esa peligrosa afición mía de la escalada? Y su silencio ante ello, nunca una palabra de recriminación; nunca una observación en contra cuando a su hijo en plena nochebuena se le ocurría que él no cenaría en casa porque prefería hacerlo solo en la Pedriza. Dios, cuántos disparates se hacen en la vida. Todo aquello se lo decía susurrando. Mis labios tocaban su cuello en un último esfuerzo porque me oyera, porque sabía que dentro de un rato ella ya no viviría; mis brazos la atraían contra mí. Hacia las cuatro de la mañana despertó repentinamente, sus pulmones estaban encharcados de sangre; fue el principio del final.
Como la casa, aparte lo más prioritario, fue haciéndose poco a poco, no sería descabellado hablar de la historia de un hogar; al fin y al cabo algo bastante más importante para sus habitantes que cualquier otra historia, sea ésta la de la China o la del imperio Austro-Húngaro. Nuestras raíces se asientan siempre en una casa, la de la infancia; y no hay periodo en la vida en que no nos hallemos de un modo u otro vinculado al espacio en el que transcurre la mayor parte de nuestra existencia, nacen nuestras inquietudes, sufrimos, amamos, nos hacemos mayores y, ójala, tengamos la oportunidad de morir.
El cuarto de estar en su evolución siempre chocó con un imponderable. Convertido en lugar discretamente retirado del resto de la casa, era idóneo para las siestas de los meses de calor, y a falta todavía de descubrir la cabaña todavía convertida en chamizo para las herramientas, en lugar para el retiro; pero tenía la limitación de una altísima ventana a la que casi había que trepar para contemplar el atardecer o ver simplemente el campo. Así que un buen día nos armamos de cortafrío y maza e hicimos un enorme hueco en la pared de poniente, suficiente como para poder sentarse a contemplar ya todos los crepúsculos del año, cosa de vital importancia para mi caso, y muy particularmente en esta casa en la que sólo los sembrados se interponen entre nosotros y la sierra de Gredos. El punto álgido de la obra fue subir dos vigas de hormigón de más de dos metros de larga sobre el dintel de la puerta. Uno que es un cagaprisas y que cuando está en un proyecto no puede esperar a mañana a recibir ayuda, tuvo que ingeniársela para subir y meter las vigas en sendos huecos, lo que quedó ahí para mi gusto y satisfacción como testimonio de que uno puede más de lo que cree poder. Ahora al atardecer no le faltaba ya más que un par de hamacas en las que columpiarse sobre la siesta y ver volar las golondrinas mientras el sol se acostaba, lo que sucedió después de nuestro primer viaje a América. Después de nuestra experiencia de dos semanas navegando por el Amazonas, decidimos que el invento de la hamaca era un artilugio que había sido creado expresamente para nuestro habitación del crepúsculo. Y dicho y hecho. Ahora, cuando nos reunimos toda la familia en casa en Navidad, los niños no piden otra cosa que les dejen dormir allí. Se sienten como en un barco. También nosotros.
Sus paredes son también un muestrario de circunstancias variadas: viajes por Oriente, por Irán, por India, dos retratos nuestros, retratos a la antigua usanza como presidiendo el lugar, una máscara carnavalesca comprada un verano en Venecia, la familia en pleno por todos los lados, ellos y ellas, ella y él, un dibujo a tinta china de Peña Ubiña y bajo él un hueco de un retrato de Marisa que ha pasado a la cabaña; y por último una foto colectiva en donde todos, guapos y sonrientes, parecemos no haber roto un plato en nuestra vida. En las paredes también hay testimonios de mis veleidades pictóricas, un tiempo que me compré un puñado de pinceles y unos tubos de pintura al óleo.
El cuarto de estar está un poco triste ahora. Yo me recluí en la cabaña y cuando raramente subo es para ver una película a última hora o para compartir con Victoria un rato frente a la chimenea. Quizás vengan tiempos mejores. El hombre ya se sabe es animal de costumbres y a mí me sucede ahora que los siete u ocho metros cuadrados de mi cabaña me parecen espacio más que suficiente para vivir. Por el resto de la casa parezco como de visita.

Mi cabaña




Ayer estuve solo en casa. Por la tarde, después de andar ordenando un poco por aquí y por allá sucedió un pequeño milagro. De pronto me vi como quien descubre un maravilloso entorno que los días anteriores, tras mi larga ausencia, había pasado acaso desapercibido, al menos en esa intensidad emotiva que surge poderosa en contadas ocasiones cuando los muebles, determinado rincón, algún detalle sobre las paredes, incluso una música que en otro tiempo sonaba con frecuencia porque alguno de sus habitantes era adicto a ella, tiene la capacidad de evocar eso que de nuestra vida tiene y tendrá hasta el último instante de entrañable experiencia. El pálpito de vida que habita en los cordones de una hamaca, un sillón, una cama; el rectángulo ensombrecido del hueco de una chimenea que calentó durante décadas los ojos y alimentó las ensoñaciones; las habitaciones de los hijos que les vieron crecer, que guardaron sus secretos, sus expectativas, que alimentaron la aparición de un amor; los lugares de reunión, las sillas que ocupábamos durante nuestras largas conversaciones o los ajustes que deben de hacerse en todas las familias; la mesa camilla bajo cuyas faldas yacía la televisión severamente proscrita y sólo accesible en contadas ocasiones y que sirve ahora para diversión de nuestros hijos cuando nos cuentan ahora las triquiñuelas que usaban para violar aquellas rígidas normas. ¿Quién podría dar con detalles las mil y una circunstancias que encierran las paredes del hogar? Cuando el pasado año mis hijos venían a echar un vistazo a la casa durante nuestra ausencia, un largo viaje por África, nin guno de ellos se libró del encanto del encuentro con un nosequé misterioso que habitaba El Chorrillo en la soledad aleteante de una calurosa tarde de verano; todos experimentaron algo que creo estaba también en mí ayer tarde; ellos hablaban del encuentro con sus raíces.


Hoy, y si el ánimo me da para más también más adelante, inicio un recorrido por mi casa, y ello si las moscas me dejan en paz, que contento estaba yo este año porque apenas se las veía, hasta que de pronto, quizás viendo que su final se aproxima se han puesto nerviosas y andan por la casa desesperadas no dejándome un minuto de paz, montones de moscas fornicadoras cuyo único objeto en estos días es copular y morder.

Habitar la casa en la que llevamos viviendo veinte años fue producto de una simple casualidad, un día que paseamos en coche Mario y yo por el campo, a dos kilómetros del pueblo, coronando una lomita frente a un campo en donde se mecía sereno como el mar una espigada cebada, se alzaba una casa solitaria en cuya parcela crecían unas tomateras, un olivo, tres cerezos, dos pinos y algún puntiagudo ciprés. Cuando doblamos el camino, nos encontramos con un cartel: se vende. Un mes más tarde aquello se convirtió en nuestro hogar.

“Mi obra es sólo un sueño sobre los seres y las cosas que se manifiestan ante los sentidos. Es una alusión a los misterios que oculta el mundo sensible” Son palabras de Henri Bosco. Para mí la cabaña durante mucho tiempo fue una higuera frente a su ventana, el símbolo de la vida y la muerte representado en sus brazos nudosos alzados al cielo como sarmentosos dedos de anciana ya desde el primer invierno; me inspiró durante mucho tiempo, el vaivén de sus hojas, los brotes tiernos cada primavera cuando en la parcela era todavía un ser solitario que me hacía compañía frente a este rústico adosado de la casa que por entonces no era más que un cuartucho para las herramientas del anterior propietario; un lugar con el que me encariñé en seguida y que con el tiempo convertí en refugio, lugar de trabajo, espacio para la ensoñación. Con el tiempo abrí ventanas, encalé el interior, construí una estantería donde recoger los libros que más me gustaban; hice de sus paredes un testimonio de mis pasiones, el retrato de una mujer solitaria ocupó pronto un lugar prominente junto a la chimenea, sus ositos de peluche poblaron su repisa o la estantería de los libros; a ellas subieron también la representación de mi otra pasión, la de correr, dos fotografías testimonio de la llegada a la meta en dos maratones, desfallecido, hecho trizas, en una de ellas mi hija corriendo a mi encuentro. También hay en la repisa de la chimenea un pequeño Buda, y un caballo que Lucía y Quique trajeron de Polonia a Marisa y que alguna especial circunstancia hicieron retornar a mi cabaña.


La pared sur recoge imágenes caras: un descanso en el camino de un largo periplo familiar en bicicleta por España, verano de pedaleo a través de los ríos que subían desde la misma puerta de la casa, empezando por el Guadarrama, península arriba hasta llegar al mar, para descender después de cuatro semanas desde Galicia y tierras de Zamora de nuevo hasta casa, tras una ardua pedaleada por la sierra de los Ancares; a su derecha una escultura de Villelan que representa a dos ancianos desnudos reunidos por los años y una ternura indecible; junto a ellos el otoño dorado de Gedrez donde vivimos un par de años, el dibujo de la amante de los caballos, la Osita, un grabado de Kety, la tía pintora de Victoria cuya dulzura de carácter recordamos todos en casa con tanto cariño; y a la derecha, sobre el dintel, los tres mosqueteros de nuestros hijos en tierras de Laponia en amigable encuentro con un reno del lugar; un testimonio más de nuestra vocación de viajeros infatigables. No vivimos en el recuerdo, pero sí vive él en nosotros, en la prolongación de nosotros mismos y de las personas que queremos, sí acaricia con su mano nuestro yo agradecido. Hay muchos momento en la vida en que uno cierra los ojos o mira las imágenes que cuelgan de las paredes y siente dentro de sí eso que Henri Bosco denomina los misterios del mundo sensible, la gozosa alegría de encontrarnos de nuevo con nosotros mismos, con ellos, la comunión del presente y el pasado en ese misterio que también es la vida.

Hoy el viento anda agitando las ramas; hoy, la higuera que era mi ventana entera ya no existe, un verano enfermó y cuando volvimos de uno de nuestros viajes la encontramos caída sobre un costado; todavía vivían unas pocas hojas sobre su madera muerta. De la poca vida de aquella que quedó encerrada en su raíz, brotó un renuevo que se eleva con sus dos brazos tímidamente rodeado por dos acacias, un olmo y un álamo blanco.

La cabaña es en sí misma un mundo, me llevaría libros enteros expresar el tránsito de las emociones vividas en ella, los sueños convertidos en realidad entre sus cuatro paredes, los cientos de horas que ella pacientemente ha acogido mis penas o mis alegrías, sus ruidos, sus cantos, el fuego calentando siempre en invierno mi alma; el silbo del aire, el canto de los pájaros, la noche estrellada entrando por su ventana hasta mi cama.






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