Sonata de Otoño. Bergman.


Es posible que seamos capaces de vivir toda la existencia sin llegar siquiera a decirnos una pequeña parte de lo se mueve bajo la piel de nuestra intimidad. Nuestro enorme yo nos lo impide, nuestro dilatado ego hace desaparecer las anfractuosidades del terreno, que quedan sistemáticamente fuera de nuestro alcance, hundidas en la conciencia y tan sólo presentes livianamente, sin desglosar subviviendo en sensaciones ambiguas que se nos escurren o que no somos capaces de enfrentar porque de hacerlo nos producirán un daño extremo. Cada uno metido en su mundo de cristal sirviendo a las apariencias que nuestro superyo demanda de nosotros, pero de mala gana, sin ser capaces de sobreponernos a la tiranía de los imperativos de nuestro yo, sobreactuando, no encontrando nunca el justo medio porque lo que hacemos mana de nuestra bilis, de nuestra ceguera, de nuestro yo yo yo.
Y el falso amor y el yo yo yo terminan por generar odio alrededor; y entonces el odio debe ser ahogado con la enseña del amor y con la fuerza de la razón... pero entonces el esfuerzo se hace vano porque el amor sólo está en las palabras, en un sentimiento frustrado por encarnar algo que al ser movido por un sentimiento de culpa termina hablando de la naturaleza demoníaca de nuestro empeño dejando al descubierto el vacío que se ha ido abriendo con los años; vacío que se corresponde con el empeño en que el personaje se ha dedicado a su proyecto personal.
Es terrible descubrir todo esto en el personaje que encarna Ingrid Bergman. Esos insistentes primeros planos donde el rostro de la madre y la hija llenan la pantalla, sin matices, permanentemente dispuestos a no hacer concesiones, haciendo crecer el horror y la magnitud de la equivocación, del tiempo perdido, del desafecto. Padres e hijos que no se tocan, labios que apenas rozaron unas pocas veces las mejillas de los otros. Tanta necesidad de amor y ternura y sin embargo de hecho cuánta distancia.
No creo que sea posible transcribir los guiones de Bergman al área mediterránea, donde la efusión de los amores y la cercanía de los hijos parece que se manifiestan de manera muy diferente, ya que hay matices de los que la latitud geográfica y el clima parecen ser culpables, sin embargo la capacidad de éstos para penetrar y poner de relieve la conflictividad personal y la de la relación entre la pareja o de los padres con los hijos es absolutamente asombrosa. Es estremecedor contemplar cómo en este encuentro entre Liv Ulman e Ingrid Bergman, como si de una terrible partitura se tratara, se van añadiendo secuencia a secuencia registros cada vez más dolorosos, más incisivos como puñales asestados sobre la voluntad de la madre o de la hija. Imagino que no deben existir en la historia del cine muchos duelos de esta calidad, tan terribles, tan magníficos cinematográficamente, acaso tan reales.
De todos modos de la misma manera que Bergman no existe en la historia del cine para muchos espectadores, también es posible que estos conflictos sean una aburrida manera de llenar unos rollos de celuloide. ¿A qué machacarnos los ojos con profundidades absurdas cuando el objeto del cine debe de ser esencialmente procurar una diversión? Es fácil que las disecciones de Bergman no gusten; su adustez, su falta de humor, ese comportarse como si desentrañar continuamente la vida fuera la esencia del cine, está reñido con la necesidad de diversión de que andamos aquejados, no gusta (a muchos, quiero decir); se prefiere una forma más light de acercarse a los problemas, alguien que nos haga ver también la cara humorística de los conflictos, como es el caso de Woody Allen, que siendo admirador de Bergman tiene su propio lenguaje.
La vida corriente se para siempre donde empieza esta película. En la mayoría de las vidas no existe el conflicto. La madre llega de visita a casa de la hija y, ésta, haciendo de tripas corazón, atiende a la madre, le pone buena cara, evita tocar temas espinosos, y tres o cuatro días después la acompaña al aeropuerto y en paz; la historia ha terminado. Es la política del no conflicto, aquí no pasa nunca nada. Yo he tenido muchos alumnos que algún día, cuando hayan pasado muchos años, deberían coger una buena tarde a sus padres y explicarles de pe a pa la cantidad de desbarajustes que cometieron con ellos durante la infancia; el desafecto escondido tras toneladas de regalos, el abandono, la proyección de sus miedos en los hijos, los padres que son ajenos a los intereses de la educación de sus hijos y que hacen de su paternidad un ejercicio de consumo. Aquí tampoco existe conflictos.
Cuando precisamente la existencia del conflicto es inevitable; y no queriéndolo sabemos no obstante que los conflictos y su enfrentamiento son casi la única herramienta de que disponemos para analizar nuestros actos y sentimientos, que entrando en relación con otros actos y otros sentimientos crearán zonas de fricción que de no ser revisadas terminarán por estallar por algún lado. Vivir en la superficie de la vida sin prestarle atención al movimiento submarino que subyace bajo la piel, más allá de las apariencias, es un pecado mortal que comúnmente se paga con el fuego de algún infierno por venir. Es el caso las protagonistas de la película de Bergman.
No es recomendable que padres e hijos se atrevan a acercarse a “las fronteras de guerra”, y acaso ni siquiera sea conveniente cuando lo único que queda es vaciar la amargura de echarse en cara desamor y egoísmo; sin embargo sí parece posible que, reconociendo nuestra capacidad para generar conflicto o nuestra disposición para vivir envuelto en ese yo yo yo que hace difícil el acceso al otro, pudiera entrarse en el camino de enderezar entuertos antes de que estos sean voluminosos en exceso.
Mirar la vida desde el objetivo de la cámara de Bergman es demoledor casi siempre, pero es que la vida es así, muchas existencias son así, y no se puede renunciar a la vida, de la misma manera que no se puede renunciar al dolor; al menos si lo que queremos es vivir un poco más allá una mediocridad inconsciente.

Río Peligroso


Algún libro de mi adolescencia debió de ser determinante para fijar en mi retina imágenes que en el futuro deberían ser un referente a la hora de optar por un estilo de vida. Cuando leí Walden, de Thoreau, hace una década, creí encontrarme tras la pista del origen de alguna de aquellas tempranas inclinaciones; Monte Frío, de Charles Frazier, también por aquella época, me acercaba igualmente a un modo de vida que de tener que elegir desde el limbo de una reencarnación por recomenzar habría sintonizado con mis gustos. Algo así como si la constitución genética de que cada uno está dotado llevara en sus cromosomas las inclinaciones personales que serán después en la vida una meta buscada constantemente en la ambigüedad de los múltiples estímulos y que sólo necesitara en los años tempranos de un catalizador para reaccionar.
Pero no debo confundir lo anterior con aquellas aventuras que aparecían en los tebeos de entonces, en las novelas de Emilio Salgari, aquello era la simple alegría de la aventura, los paisajes nuevos, la curiosidad, la sorpresa a la vuelta de cualquier esquina, ese episodio que terminaba en un momento de tensión para invitar a la compra del próximo ejemplar la siguiente semana; se trata de otra cosa, algo mucho más íntimo y vivencial. En esta mañana de frío invernal, de sol acariciador mientras paseo por el bosque de nuestra parcela con los árboles ya demediados de sus hojas y el suelo cubierto y crujiente bajo mis pies, hay algo de aquella lejana disposición mía a reconocer en un rincón de la naturaleza el entorno donde quisiera vivir y moverme. El otro día visitaba la página del Google Earth donde aparece nuestra casa y la miraba con gustosa satisfacción. Desde mi infancia, en lo más hondo de mí, creo que existía esta añoranza de vivir rodeado de árboles; quizás pensaba en los bosques cercanos a las montañas, en algún intrincado valle del Pirineo, pero eso hubiera sido incompatible con las ofertas de todo tipo que hace una gran ciudad como Madrid; así que lo más probable es que entonces mi poca experiencia, un pipiolo que había empezado a vivir, no llegara a comprender todavía la importancia de otras realidades culturales y sociales que deberían sumarse a ese afán primero por vivir en contacto con el sol y la tierra.
Esta noche hizo bastante frío y por la puerta abierta de par en par de la cabaña debió de entrar un relente que me obligó a dormir encogido, lo que ha resultado en un entumecimiento matinal en todo el cuerpo. Así que para quitármelo de encima nada más levantarme me abrigo y con las manos en los bolsillos paseo por el pequeño bosque de El Chorrillo. Y paseando recuerdo aquellos lejanos sueños infantiles en donde me veía de adulto trabajando y caminando por un entorno similar a éste. Y probablemente se suman las impresiones de estos días talando árboles y construyendo con su madera un porche al norte de la parcela; recreando en cierto modo los trabajos de Paula y Mario el pasado año cuando en las laderas de La Cabrera se construían con madera y barro lo que sería su hogar, esa visión bucólica de la vida que no es sólo soñar con un lugar idílico sino que se puede hacer realidad con tal de que pongamos suficiente voluntad en el proyecto. Creo que de hecho el pensarlos a ellos en aquel entorno era como pensarme a mí mismo en la proyección que hacía de mí y de mi vida futuro cuando era muy joven.
Cuando uno tiene todavía pocos años de vida no es fácil saber con aproximación lo que nuestro ser interior anhela; pero por poco que nos escuchemos a nosotros mismos lo más común es que ya desde la temprana niñez nuestro instinto, optando entre las muchas posibilidades que se van abriendo paso ante él, vaya encontrando rasgos y aspectos de una existencia global que año tras año, sintonizando con lo que uno ambiguamente entiende que es su mundo, terminará por constituir el núcleo de una forma de vida.
Mis últimas semanas transcurren últimamente paseando por el mundo –un invierno en América que puntada a puntada voy sacando de mis apuntes y de mis recuerdos para un blog–, haciendo versos –esa suerte de sentirlos en las yemas de los dedos al calor controvertido de un afecto-, leyendo y dejando pasar las horas con la voz de una lectora que me lee, mientras paseo o sueño, una novela o un ensayo sobre filosofía; siempre bajo este cielo del sur de Madrid, con la sierra con su sombra azulenca en la lejanía, con la noche arropando con sus lentejuelas brillantes los huecos de las copas de los árboles. A veces, cuando mi humor no está de parabienes, paseo largamente durante horas haciendo infinitos recorridos entre los árboles, llegando hasta la cancela, subiendo al promontorio de la piscina desde donde miro por unos minutos el campo seco de los alrededores, rozando la perfumada madreselva, mirando por un instante las rosas que todavía florecen en la fachada oeste de la casa. Todo esto termina sosegándome. Sólo tengo que echarle paciencia, resistirme a mí mismo, esperar como hace un par de días toda la tarde y parte de la noche arropado sobre la chaise-longue a que la energía de los árboles, del cielo, de las lejanas estrellas entren en mí y me traigan la calma, la sencilla dicha de ser uno más en la masa biológica que palpita en este entorno.
Algún libro de mi adolescencia debió de ser determinante para fijar en mi retina imágenes que en el futuro deberían ser un referente a la hora de optar por un estilo de vida. Lo anterior fue sólo un proemio para decir que cuando regresé de mi largo paseo me encontré encima de mi mesa el viejo ejemplar de Río Peligroso, de R. M. Patterson. Creo que escribí algo sobre él, pero no estoy seguro; se trata de uno de los pioneros del norte del Canadá que exploró las tierras entre las cuenca fluviales de los ríos Mackenzi y Yukón y que se instaló por un tiempo en la entonces desconocida e intrincada región del Nahanni. Fue uno de mis libros más tempranos, vida de auténticos pioneros viviendo en condiciones extremas en inhóspitas regiones de la tierra. Busqué el libro durante años sin encontrarlo y sólo hace dos lo volví a recuperar, esta vez envuelto en papel de regalo un día de Reyes. Después de cincuenta años me he vuelto a encontrar con un libro que debió de depositar en mí sueños de aventura y de intensa vida en la naturaleza. Hoy reconozco en sus páginas ese trozo de mí mismo que tan vinculado está al medio en que vivo

Primer fuego de otoño




Estar permanentemente en tensión, haciendo un post, un porche, esbozando un proyecto, ese parece ser el modo común de funcionamiento de algunos organismos. Como carnaza puesta ahí a cada instante, un proyecto, un libro que leer, algo que resolver, que no haya descanso, siendo arrastrados, apenas sin que caer en la cuenta, antes de que podamos reflexionar sobre la conveniencia o no de ello.
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Decir aquí estoy, este es mi trabajo, como el niño que tira de los pantalones a su padre queriéndole decir con ello, oye, que estoy aquí. Así de pequeñín es uno a veces. Uno parece perder en cierto instante el rubor de la propia intimidad a cambio de que alguien, a veces un desconocido en la otra parte del mundo, sepa de la propia existencia. La necesidad de los otros aun viviendo en el rincón más apartado de la propia soledad. No reconocer esto sería no hacer justicia a la verdad. Me conmueve este tipo de verdades que uno va descubriendo en la zona tangencial de sus motivaciones. La necesidad de los otros y de su reconocimiento parece dormir dentro de uno mismo agazapada, mimetizada como una verdad que no tiene vuelta de hoja.


Llovió toda la noche. Parece otro tiempo. Miro algún blog. Alguien que escribe desde el distrito de Chiapas. El caso es que indagando por ahí me encontré con que un bloggero del sur de Méjico había utilizado una de mis fotos para su blog; y entonces me fui a investigar y me entretuve un rato. El bloggero tenía un alias un tanto rimbombante pero me gustó lo que escribía. Miro de vez en cuando lo que la modernidad fabrica por ahí y con frecuencia me encuentro algo sorprendido, acaso desfasado, nombres y adjetivos que desconozco que vienen de la jerga informática o de una realidad que no visito. Pero no pasa nada. La foto era de un paisaje revestido de inmensidad al norte de Canadá; lo atravesaba una pista de macadán que cruzaba la desolación de setecientos kilómetros totalmente deshabitados.



Otros mundos, lo siento ahí, atractivo, lejano, el mundo explotando otras posibilidades. Tendría que ver si bajo esa diversidad visual y sonora viene a moverse el mismo fondo en el que todos nos movemos como buceadores silenciosos en el verdor marino de nuestras emociones. Y me parece que sí, que todo es muy parecido bajo las diferente envolturas con que la edad o los tiempos que corren hacen aparecer la realidad. A fin de cuentas pertenecemos a la misma especie biológica.



Ella enfrentó su emoción críticamente, decía ayer Ana, la protagonista de El cuaderno dorado. Acaso, aunque se corre el riesgo de que las emociones rehúsen ser observadas y se conviertan en otra cosa en razón de la mirada que les observa. Las emociones no carecen de rubor, quizás prefieran la puridad de su ser espontáneo y salvaje; nada de limitaciones ni observadores inoportunos.


Ya me encontré con la palabra algunas veces, podcast; Wikipedia me ilustra, quizás experimente con ellos, tiene mucho que ver con mi nueva forma de leer oyendo. Amo la oscuridad y el silencio, por la noche apago las luces, me siento junto a las ventanas de mi cabaña y escucho mientras mis ojos posan sobre la oscuridad, sobre las luces de pueblos lejanos, mientras que algún que otro destello de luz proveniente de la autovía cruza la noche. La voz se sobrepone a la lectura silenciosa, me sugiere la posibilidad de un autor recitando su propia obra. La voz se hace señora de la noche. La posibilidad de tener acceso a un material sonoro abundante, cada vez más prolijo en la red, me place. Tantas posibilidades y nosotros tan limitados.



Estar retenido por un lumbago que ha impuesto una pausa en mis trabajos de la parcela, ha hecho posible una mañana de andar de aquí para allá del ciberespacio. Internet es infinito, y el infinito siempre termina hablándonos de nuestras limitaciones.


Y ahora arde el primer fuego de chimenea del otoño. Hace frío, fuera sopla el viento, la cabaña empieza a llenarse con el suave calor de las llamas. Arden las arizónicas que corté la pasada primavera, un raigón de una viña que encontré el otro día frente a mi casa. Las llamas tienen la música acogedora de otros muchos inviernos. El placer de mirar al fuego, el buda sobre la repisa, el caballo rojo, un oso de peluche. Más arriba de la repisa un retrato de mujer; tras los cristales de la ventana meridional se agitan las grandes hojas de la caña índica, sus flores se yerguen todavía como llamas sobre la yesca del tallo. Gracias por este final de un hoy turbulento y lleno de dudas. Gracias fuego, gracias viento.

Volver cada noche dócilmente al lecho conyugal




Él es analfabeto, impotente, con la fuerza moral que da la ignorancia usa del verbo expeditivo de los brutos, rige su casa con las ínfulas de gran señor.
Ella es pequeña, imaginativa, inocente, culta. Subviene a las necesidades de su esposo, vive sin rechistar el estrecho mundo de una vida conyugal anodina y en aislamiento.
Ella un día deja de uncir el yugo que la mantiene dando vueltas alrededor de la noria y se da una vuelta por el mundo. Descubre grandes cosas, tiene encuentros significativos, se enamora, se hace escritora, recorre tímidamente los caminos de la sierra, aparecen nuevas lecturas en su mesa de trabajo, surgen pasiones nuevas, se abren diferentes posibilidades en su vida.
Tras un espacio de tiempo él encuentra que la sierva de otro tiempo es demasiado feliz para su gusto. Indaga y descubre la causa de su dicha. Aquella noche el toma una navaja y la persigue por la casa hasta acorralarla en el dormitorio. A punto está de terminar con su vida. Después, con la punta de la navaja dirigida a su pecho, la obliga a confesar, y si no a inventar cualquier cosa que mantenga vivo en él el furor del ultraje.
Cuando amanece ella huye de casa. Pero a la noche vuelve a dócilmente a la cama conyugal.
En días posteriores hay indicios de una paz imposible. Una tarde suena el teléfono de ella y él se precipita a por el móvil. Un mensaje. Nunca antes había mensajes en aquel teléfono. Toma el móvil y lo estrella con todas sus fuerzas contra el suelo. Aquella noche ella vuelve dócilmente al lecho conyugal.
Días después él toma el portátil de ella, un fiel amigo desde que ella recomenzó a escribir, y, con ella detrás rogando que se lo devuelva, sale fuera de casa, llega al coche y lo mete en el maletero, cerrándolo a continuación con llave. La llave desaparece en el bolsillo. El ordenador saldrá al día siguiente con rumbo desconocido
Ella no hace nada aquella noche, no toma una radial, un taladro, algo con que rajar el coche y recuperar toda su escritura; ella aquella noche duerme dócil junto a su marido.
Ella jura en dos ocasiones que se divorciará de aquel individuo.
Días después él amenaza con matarla a palos. Esa noche, madrugada de invierno con temperatura bajo cero, ella huye aterrorizada, con lo puesto, en zapatillas, campo a través.
Horas más tarde presenta una denuncia en la comisaría. El juez firma una orden de alejamiento. Transcurridas cuarenta y ocho horas ella vuelve por su propio pie a casa. Aquella noche dormirá junto a su marido.
Ella es ahora la fiel esposa, vive en un infierno pero es la fiel y servicial esposa que fue siempre.





Leyendo El cuaderno dorado

Quizás nos olvidamos, me olvido, que una parte importante de la vida es dolor y que intentar obviarlo es totalmente imposible. Surgió esta consideración mientras me tomaba el café a oscuras sentado entre los árboles de la parcela. Era el final de un día de soledad en la casa, que se había resuelto después de trabajar toda la mañana en la obra de un porche, cortar árboles, acarrearlos, apuntalar la estructura de madera, tareas no desagradables en absoluto, todo lo contrario, vida de colono en mitad del bosque acompañado de perros y pájaros; que se había resuelto después de la comida en un cansancio repentino que me adormeció sobre la tumbona mientras los últimos rayos del sol empezaban a desaparecer sobre la lejana sierra de Gredos. Era tal mi sueño que me era imposible saltar de la posición de adormilamiento a la de actividad consciente. Logró sacarme del sopor el timbre del teléfono en algún lugar lejano de la casa. Me levanté con trabajo y corrí atorado hacia el teléfono. La realidad es que estaba algo deprimido. Un atisbo de lumbago me había perseguido durante todo el día, y aunque traté en todo momento de dosificar mis esfuerzos, éste estaba dispuesto a darme la lata y lo consiguió con éxito. Cuando dejé el teléfono me di cuenta de que apenas podía moverme.
A veces se reflexiona mejor desde la postración que desde el estado de júbilo. Es tan aparatoso el ruido que hacen esta noche algunos bichos en la nocturnidad de la parcela, que de estar en un lugar abierto podría llegar a pensar que me encuentro rodeado de jabalíes; las hojas se quiebran a cada instante bajo el peso de algún animal desconocido mientras mis perros, incluido el bebé de pastor alemán que pasó a formar parte de la familia hace una semana, duermen apaciblemente a mis pies. Estar solo en casa agudiza mi sensibilidad; aprecio estos días de soledad casera. Se reflexiona mejor, o al menos eso me parece a mí, y ello siempre que uno no esté tan desesperado como para tirarse por el puente. Acaso el término postración no se muy adecuado; mejor diría estado de desorientación, esas situaciones en que la vida tiene una especial densidad, pesa, se la siente tan apretadamente alrededor de todo el cuerpo, del espíritu, que esa presión produce dolor. La vida, como esos aros de hierro que mantienen la presión del líquido en las barriles de roble, abraza con sus anillos una suerte de fermento que amenaza con hacer saltar la estructura que la retiene.
Leer una novela puede convertirse en un intensa reflexión sobre la realidad; me sucedió anoche, fue una experiencia que acaso tenga que ver con mi ánimo de hoy; la lectura bajo los árboles mientras la tarde acababa, se demoraba en una larga conversación entre Ella (pronúnciese El-la), una de las protagonistas, y su padre, militar jubilado, viudo, hombre de profunda vida interior que nunca tuvo una conversación significativa con su hija hasta ese momento. Era desolador comprobar la soledad en que viven algunas personas a lo largo de su vida; soledad aunque acompañada, aislados unos de otros, sin saber apenas de otra cosa que no sea la prosaica resolución de los problemas de intendencia, los asuntos cotidianos. No, apenas pienso en tu madre, contesta él a la pregunta de su hija, ella no tuvo nunca ni idea de cuales eran mis sentimientos o mis inquietudes; era una buena esposa, pero cuando yo necesitaba algo más que a una buena esposa tenía que salir por ahí y pagarme una mujer.
Decía Julio Caro Baroja que después de los sesenta el hombre necesita mucho tiempo para reflexionar sobre la muerte; creo que cuando se van teniendo muchos años, y sesenta son ya bastantes, el hombre lo que necesita es mucho tiempo para reflexionar sobre la vida. Quizás por ello no debería asustarme esa necesidad de pasar tantas horas sin hacer nada, reflexionando, ensoñando, mirando las nubes sobre poniente. La novela que leo, El cuaderno dorado, Doris Lessing, está repleta de situaciones que provocan en mí una reflexión paralela que, teniendo que ver conmigo o con alguna parcela de la realidad que vivo o conozco, me muestran organizados un comportamiento y un esquema psicólogo que con frecuencia golpea con su aldabón sobre mis propias disposiciones poniendo en cuestión alguna de esas verdades con las que uno camina por la vida como si fueran dogmas de fe. El tirón del dolor, la punzada del cuestionamiento. Otras simplemente se levanta en alguna parte del alma un dolor difícil de localizar. Desorientación, dolor, duda.
Ayer me resultaba especialmente dramático ese encuentro del padre de Ella con el pasado. La duda está ahí. ¿Qué efecto tendría sobre una persona descubrir muy entrada la madurez que uno se ha equivocado en exceso, que su relación con la esposa, con los hijos, con… tuvo algo de parodia, que uno no vivió realmente, que se equivocó, que perdió el tiempo miserablemente con cuatro pamplinas? En una situación así es bastante probable que uno se negara a reconocerlo y optara por adoptar una sonrisa postiza por el resto de su vida con el fin de soslayar el dolor que se derivaría de un estado de plena conciencia. Voy con frecuencia a la residencia donde vive mi padre, conozco más ancianos de los que nunca conocí hasta ahora. Es un caso extremo, pero sé de hijos que están deseando que sus padre se mueran porque esos mismos padres les arruinaron la vida durante décadas y, aun hoy, con más de noventa años pretenden mantener ese dominio convirtiéndose en un agobio para los hijos. Gente de “buena sociedad” que se morirá sin saber que su vida ha sido inútil, perjudicial, que acumularon dinero y prestigio pero que no supieron vivir y que sólo se espera de ellos que desaparezcan.
Una cosa son las buenas palabras y la sonrisa desde el proscenio y otra lo que puede correr por dentro. Los tiros no iban exactamente por aquí cuando empecé a escribir, pero igual vale, las fuentes del dolor son tantas que podríamos encontrarlo en cualquier tema anidando como una larva a la espera del momento propicio en que hacer su aparición.
No sé para qué coño escribo yo todas estas cosas aquí, o en cualquier lugar que no tenga como destino el oscuro cajón de mi mesa de trabajo; esta tarde reflexioné sobre ello y se me pasó por la cabeza la idea de abandonar esta manía de ir dejando regueros de escritura en el ciberespacio; sopesé los pros y los contras pero al final ganó la idea de que abandonar esta necesidad a veces tan incontrolada de escribir no le iba a venir bien a mi salud. Si además de hacer una vida solitaria cierro mi boca esto se va a convertirse en algo parecido a un convento de clausura.

Sobre la fidelidad


El otoño se ha hecho tan amable en estos días que da gusto abrir la ventana por la mañana para dejar que entre el revuelo de los pájaros a acompañar mis ejercicios de rehabilitación. Y es que siempre por una razón u otra andamos rehabilitándonos de algo, en mi caso esta mañana de la rótula, pero ayer o la semana pasada igualmente de otra cosa, de algún aquejo del alma por ejemplo. Y si no es propiamente rehabilitación al menos será labor de ajardinamiento, de puesta a punto, de aclarar conceptos acaso. Así que, como otras tantas veces... y tendría que decir bendito ese rato de asueto de subir y bajar las piernas que me permite como momento precioso de meditación diaria rescatar temas para mi reflexión; como otras veces me encontré entre las manos con eso que denominamos fidelidad, un concepto controvertido con el que se amurallan, que no se cimientan, muchas relaciones a fin de crear la fantasía de una seguridad equívoca con la que ponerse a salvo de la violencia de los elementos y crear una sensación de seguridad personal.
La razón de este encuentro matinal estaba también en la lectura de estos días, El cuaderno dorado, de Doris Lessing; complejas historias de encuentros y desencuentros, en este caso con la notoria novedad de que la persona que escribe es una mujer, lo que aporta una perspectiva nueva que enriquece la visión de conjunto de las relaciones de pareja. Leyendo a esta autora da gusto mirar a los hombres y mujeres, uno tiene la sensación de que esos hombres y mujeres no son exactamente aquellos que estamos acostumbrados a contemplar en las novelas escritas por varones. No sabría explicar razonablemente estas cosas, pero ya me pasó hace meses con la lectura de Colette. Ayer la lectura inducía en mí un sentimiento de solidaridad con el otro sexo; no, no exactamente de solidaridad, de empatía seria mejor decir, de comprensión; cosas éstas de las que tanto estamos necesitados, necesitados por lo difícil que es comprendernos siempre unos a otros, comprender a la esposa, a los hijos, a la amante, al vecino, a la compañera de trabajo, y, naturalmente a uno mismo.
Estando en estas cosas quise hacer memoria por ver qué podía decir la sabiduría de Montaigne a este respecto, un hombre que tanto escribió sobre los temas más diversos durante toda su vida, y, curiosamente, en los dos tomos de sus ensayos que leí, no encontré rastro de estas cosas, lo que me hace pensar que en aquella época, o en su circunstancia personal, aquello de la fidelidad debía de ser algo tan obvio e incuestionable como la existencia de Dios. Era una época en que la gran pasión era la amistad, y la relación con las esposas, atada y bien atada por la religión y la moral del momento, constituía incustionable parte del modo de la organización social. Quien se salía de la norma no era infiel, simplemente era un adúltero, una fea cosa con la que uno se ganaba un lugar en el Infierno. El adulterio es un concepto que hoy ha perdido fuerza hasta el punto de convertirse en nuestros tiempos en algo significativamente diferente: la infidelidad; lo que indica que al menos en cierto modo hemos salido de las garras de la religión o el estado para llevar nuestras relaciones a un campo más humano que pertenece al ámbito de la pareja, algo que ya no tiene que ver con notarios ni con los cataclismos de los infiernos que nos prometían los santos padres de la Santa Iglesia Católica Apostólica y Romana.
Que Montaigne pudiera llegar a poner en cuestión estas cosas, estaba fuera de las posibilidades de la época; quizás por ello no hay rastro en sus escritos de ello, aunque sí en relación con el amor, aunque en todo momento como un deseo sujeto a caducidad: “El amor, no es sino un deseo demente por aquello que huye de nosotros”. Es significativa la cita que hace Montaigne de Ariosto, cuando se refiere al amor: “Igual que el cazador que persigue a la liebre, por el frío y por el calor, por montes y valles; sólo la estima cuando huye y la menosprecia cuando la tiene”.
Comprender la naturaleza del amor nos debería llevar a ser más ajustados en la consideración del concepto de fidelidad. Hemos tardado milenios en conseguir transformar un adulterio en una infidelidad, pero aún parece que tengamos por delante un gran trabajo por hacer hasta que llegue el momento en que esa infidelidad pueda transformarse en el reconocimiento de que nuestra libertad y nuestros deseos no terminan ni deben terminar en el lecho conyugal o de nuestra pareja habitual. Evidentemente sería erróneo generalizar y pretender que todo el monte deba convertirse en orégano, pero es indudable que frente al envaramiento conceptual en que nos movemos, donde la fidelidad es tomada básicamente como una traición a la confianza y al amor, donde por tal se entiende un compromiso que implica una prohibición de mantener determinadas relaciones con otra persona ajena a la pareja, donde la fidelidad es con frecuencia una especie de seguro a todo riesgo, un bunker en cuyo interior la guerra de intereses puede ser un hecho real, donde como soga al cuello te atarán como perro guardián a la puerta de la casa del amo, donde... un largo etcétera; frente a todas estas maneras de entender hechos prácticos y dependencias mutuas, en el fondo sólo deseables con frecuencia como férreo cable de acero con que mantener ciertos privilegios, no estaría de más hablar de otro concepto tan hermoso como el amor: la libertad.
Ponga usted este binomio en su vida, llene la maceta con buena tierra porosa, plántelo, riéguelo, manténgalo amorosamente abonado y disfrute de sus flores; que la luz la hizo Dios para que fuera disfrutada por todas las criaturas; que el aire lo mismo; que el amor otro tanto. El quid de la cuestión: la confianza mutua... y que el resto se lo lleve el diablo, y a quien Dios se la dé San Pedro se la bendiga. No es la fidelidad, o lo que con eso se pretenda decir, sino la confianza mutua lo que debería de erigirse como bastión inexpugnable entre la gente que se quiere; que queriéndose da lo mismo todo. Y si no se quieren, pues lo mismo, porque ello será así con fidelidad o sin ella. Y maldita la gracia tener una fidelidad como un piano de grande si no se tiene el efectivo amor, el aprecio y la consideración del otro. Qué guerra boba esa la de los defensores de la fidelidad, que pretenden ésta pero descuidan la confianza, el riego, el abono, un buen pedazo de sol todos los días para que la planta crezca hermosa y robusta.
El discurso en torno a la fidelidad estuvo frecuentemente marcado por la desfachatez de un cinismo interesado en guardar las apariencias, un cinismo que nada quiere saber de los sentimientos reales y que se nutre de intereses de pernada sobre las personas. ¿Qué tiene que ver el amor con la “obligación de amar”, de amar hasta que la muerte nos separe? De amar, por demás, así, sin la posibilidad de la ventana, cuidando a cada momento esos detalles, que el escote de la blusa no sobrepase determinado límite para que el señor de la casa no se indisponga, que... Hombres y mujeres atados como el perro del hortelano, que ni come ni deja comer. Por demás, e imaginando las mejores condiciones de afecto y convivencia, ¿quién se atreverá a negar, no hoy acaso, pero sí mañana o pasado mañana, que se verá sorprendido alguna vez por el deseo lunar y maravilloso de recogerse en otro regazo?
Uno observa los personajes que van apareciendo en la novela de Lessing y encuentra que todos, hombres y mujeres, casados o no, se encuentran envueltos en la atracción que ejerce sobre ellos el mundo masculino o femenino que desfila ante ellos más allá de la balaustrada de su propio matrimonio. Demasiada atracción como para resistirlo, particularmente cuando las fiestas del himeneo fueron quedando atrás, lejos en el tiempo. ¿A qué batallar contra molinos de viento, a qué poner puertas al campo?












Bajo el edredón



Hacía un calor confortable bajo el edredón. Ella accedió a desvestirse. Él sintió con expectación cómo ella se desprendía del pijama. Segundos después la rodeó con sus brazos; sentía un deseo que parecía estar desprovisto, al menos en parte, de la atracción sexual, un deseo que más bien parecía nacer de un sentido de la hermandad, del deseo de tocar y sentir el calor del otro entre las manos, en el hueco del abdomen, piel con piel. Los restos de una fogata en el exterior de la tienda de campaña dejaban un débil resplandor en la tela del techo; el agua repicaba suavemente en el silencio de la noche. Hacía años que se conocían, pero él nunca había sabido con certeza de su orientación sexual. Ella había eludido siempre el tema cuando él se había interesado por su vida afectiva.
Maravillado como otras veces por el universo femenino que rozaban sus manos. Mientras él acariciaba su cuerpo le oyó emitir una débil exclamación de placer. Ello provocó en él un breve estremecimiento. Cerró intensamente los ojos intentando retener el momento, las sensaciones que subían desde las yemas de sus dedos.
Tras un intervalo en que parecieron oír fuera el merodeo de algún zorro, hablaron. El largo descenso de aquel valle, la fatiga de la jornada habían hecho de ese instante un placentero y merecido descanso.
Un rato después se dio la vuelta y, tomando la mano de ella, la llevó entre sus piernas y la retuvo allí hasta que ésta, acaso resignada, acaso complacida también en las caricias, él no podía estar seguro de ello, se quedó entre sus muslos como arrullando el suave pelaje de un gatito. Y eran como dos hermanos, y ella hablaba entre grandes espacios de silencio. Y él escuchaba, y tras otro largo paréntesis asentía o hacía un breve comentario mientras sus manos llenas del calor del otro cuerpo se deslizaban por sus pezones, brevemente entre sus piernas.
Comúnmente sus conversaciones eran apasionadas, tan impetuosas que era corriente que uno y otro se quitaran la palabra de la boca movidos por la vehemencia con que sus pensamientos se expresaban; sin embargo aquella noche las herramientas del habla habían sido sustituidas por un magnífico silencio; la prosa se había hecho poesía, y la noche, la lluvia y el temblor de la presencia de otro cuerpo en la clapa oscura del bosque habían producido un pequeño milagro; otro más con la lluvia, con el viento, con la naturaleza.




Soy un gnomo


Soy un gnomo del bosque, vivo tratando de pasar desapercibido entre la floresta y los carrizos de la orilla donde he levantado hace tiempo mi tienda de campaña. Y como soy un gnomo y quiero seguir disfrutando de mis condiciones de tal, escurridizo, oteador de lo que me rodea; como quiero continuar alimentando mi imaginación y mis deseos más recónditos, nada mejor que seguir el ritmo de mi vida abrigado en un discreto silencio, suficientemente lejos como para que la realidad no me toque con sus dedos de desencanto. Porque sería desagradable descubrir que mis sueños, todo lo que me gusta y devoro glotonamente a cada instante, aunque a veces me dé por estar cojudamente triste, son sólo fantasmas de mi imaginación; que es una cosa no del todo imposible, ya que aislado como vivo lo mismo un día regreso y nuestro mundo es ya otro mundo donde viven especies vegetales y animales diferentes, un lugar donde se puede amar de otra manera, por ejemplo. ¿Os lo imagináis, un mundo donde todo fuera más confiado, más auténtico, de manera que no fuera necesarios los contratos, un lugar en donde no existieran los celos, donde las preocupaciones más significativas consistieran en inventar colores nuevos para el arco iris, en subirse en las tardes de primavera a una escalera para pintar el crepúsculo al gusto de tu chica?
Hoy soy más gnomo que nunca después de pasarme media tarde columpiándome en mi hamaca leyendo a Henri Bosco, un librito infantil que se titula El niño y el río; una joya, por cierto. El niño, que se llama Pascal, se ha escapado de su casa y ahora vive en el río acompañado de un amigo. Pascal y su amigo Gatzo habitan allá entre la garcetas y los colibríes; pescan y tienen un fuego pequeñito en una olla de barro en donde cocinan sus peces; uno es dado a la ensoñación, el otro es un chico práctico que sabe velar por la seguridad de ambos, que provee a Pascal de los conocimientos que requieren la vida alejada de la civilización.
Me encanta mi siesta y mi libro; y ahora, después de un sueñecito, de repente me he despertado con la certeza de que efectivamente yo también soy un habitante de esos que andan perdidos en el bosque... sí, aunque esté rodeado de trastos y necesite más que otra cosa tener un ordenador a mano. Porque sucede que continuamente ando con el mismo pensamiento tras de mí, el de saber si debo pasar más tiempo en el mundo, al otro lado del río, tan inmensamente ancho que me da pavor que no pueda regresar a la noche a la tranquila orilla donde vivo. Porque racionalmente no hay quien me lo quite de encima, debes de hacer esto, lo otro, lo de más allá, debes salir de tu burbujita de jabón, dejar de estar tan enamorado, leer el periódico, saber que estamos en crisis, conocer los problemas de la comunidad, etcétera, siempre ese tipo de cantinela; algo así como tomar un poco el aire del otro lado del río. Pero es que no, no y no. Hoy he encontrado a estos amigos, Gatzo y Pascal con los que sintonizo y que, salvando el medio siglo de vida que les llevo, me parecen dos buenos filósofos cuyas enseñanzas debería tener en cuenta. Un decir eso de las enseñanzas, que ellos no enseñan nada, que sólo pretenden que otros, la gente, sea quien fuere, no encuentren su escondrijo y les echen a perder su recién descubierta vida de robinsones.
Sí, miedo me da salir de mi burbuja y encontrarme con el mundo, y en mi caso con más razón que Gatzo y Pascal, porque yo a fin de cuentas ya viví al otro lado del río durante mucho muchísimo tiempo y si me he pasado a esta orilla ha sido porque encuentro en ella un modo de vida que me satisface mucho más que aquella de la otra ribera.
Hace mucho años leí un relato de Hemingway que narraba una experiencia parecida junto a otro gran río. Su recuerdo siempre me produjo un placer muy especial, la soledad, la pesca, el fuego junto al vivac. De aquel libro debió de nacer a mis veinte años el proyecto de pasar un verano sobre una balsa de troncos en el norte de Escandinavia, un viaje mixto de motocicleta y navegación que no se cumplió pero que sí fue sustituido al año siguiente con otro en un dos caballos con mi recién encontrada amiga Raquel. En este mismo ambiente de los ríos también estaban las aventuras de Huckleberry Finn, de Mark Twain. Por mi infancia y adolescencia siempre hubo ríos, el más notorio de los cuales fue siempre el Alberche, en el que transcurrieron muchos de mis primeros años de vida. Ahora, con Henri Bosco, ese río, que son todos los otros ríos que visité y junto a los que viví, se ha convertido en una bella metáfora que recoge parte de mis últimas reflexiones en torno a la realidad.
Es propio del ser humano querer vivir aventuras maravillosas, sean éstas en selvas o lugares remotos, o bien tengan como escenario el exclusivo reducto de un espacio interior que no necesite más allá de unos pocos metros cuadrados, en cuyo caso las emociones, de igual o mayor valía que las otras, se desarrollan en el vasto espacio del alma de cada uno. Lo que confirmado da pie a servirse de esta última posibilidad para seguir reviviendo ese clima de aventura que tan caro le es a mi organismo; aunque, es verdad, para ello deba convivir en estrecha relación con un material onírico que aunque se abastezca mental, y a veces ilusoriamente, en parte del mundo del otro lado de la orilla del río, cumple su función de mantenerme despierto y con una discreta emoción encima. No en vano la mayoría de los grandes viajes han sido siempre grandes viajes al centro de uno mismo, y si no échese mano de obras como la de Celine, Viaje al fin de la noche, o El corazón de las Tinieblas, de Joseph Conrad, para constatarlo.