Correr contra el tiempo

Mi amigo Ignacio, que me escribe desde el nevado valle de Arán hace unos días preguntándome si estoy en Méjico, en Bolivia, o ricamente pasando el invierno en mi cabaña de El Chorrillo, ha debido leer alguno de esos blogs nuevos que empezaron a caminar hace poco, uno por Sudamérica y otro desde Méjico camino de Perú, y ha dicho: date, éste ya anda de nuevo gastando zapatos por el mundo. -->
Esta facultad de estar aquí y allí indistintamente no es algo que provenga de ningún beneficio secular relacionado con la gracia divina o algo parecido, simplemente tiene que ver con mi disposición última empeñada en viajar por el mundo sin moverme de casa. Descubrí que no siempre el ánimo o el cuerpo está para andar de camino o viviendo entre una estación de tren o un aeropuerto, pero como el afán de volver a visitar algún país no se me quietaba de encima inventé la forma de hacerlo sin moverme de mi cabaña.
Y esa es parte de la tarea de este recién comenzado invierno. Como sucede con frecuencia que el tiempo vuela y cuando uno anda por ahí se entera sólo a medias de lo que está sucediendo alrededor, porque dos o cinco sentidos no dan para mucho en ocasiones, un buen ejercicio para enterarse un poco más y vivir de paso tanto lo que no se vivió como para recrear lo que nos escapo, quizás consista en hacerlo mental y retrospectivamente de la mano de los apuntes y de las diapositivas que fueron quedando por ahí en algún lugar de la casa, silenciosos y cubiertos de polvo, como el arpa de Bécquer, esperando una mano de nieve que sepa arrancar algunas notas de aquello.
La verdad es que el pasado se nos va de las manos sin que en ocasiones nos haya dado tiempo a enterarnos suficientemente de lo que estaba sucediendo, de ahí mi afición a desempolvar en forma de libros o blogs parte de esa existencia que a veces uno no tiene tiempo de experimentar cuando está en medio de la fiesta. Además, qué leñe, que mejor cosa que volver a repasar con los ojos de niño los escaparates de la Mallorquina donde el olor de los pasteles salía siempre de los resquicios de las puertas como una golosa promesa, si, la magdalena de Proust; una delicia ver desfilar de vez en cuando por el fondo de los ojos el perfume que los años y sus circunstancias van dejando como maravilloso rastro; ver aparecer entre bambalinas todo este espectáculo es además algo muy apropiado para un principio de invierno.
De ahí el correo de Ignacio preguntándome si es que andaba por Méjico; y la verdad es que sí andaba por Méjico, aunque no “de cuerpo presente”, porque mi cuerpo estaba aquí aunque mi espíritu estuviera allí o en Bolivia tratando de recuperar la memoria de un año de vagabundeo por América
Andaba yo pensando estos días que acaso debería dejar de aparecer por estos pagos y centrarme en otras cosas de mayor provecho; vamos, que últimamente empieza a hacerme no tanta gracia esta adicción a pegar la hebra con mi propia sombra al calor de la beneficencia de este blogger.
¿Pa qué? Sí, pa qué tantas palabras, pa qué tantas cosas, como aquella historia que conté hace tiempo en algún lado. Al final tarde o temprano siempre aparece un paqué en tu vida, incluso, imagino, habrían aparecido si cuando era niño y pasaba a diario por los escaparates de la pastelería de La Mallorquina de Sol, al pastelero de ocasión se le hubiera ocurrido regalarme un buen pedazo de aquel escaparate lleno de dulces de todos los colores; mi glotonería de entonces, regularmente satisfecha, seguro que habría encontrado al poco tiempo otro objeto en que centrar su atención; no hay quien resista comer cocido durante un mes seguido por más que sea aficionado a los garbanzos.
Somos como niños, es verdad. O acaso es que el ser humano no es de otra manera; que no es de otro modo el funcionamiento del cerebro. Unas cosas van sucediendo a otras. Todo acaba. Joder, eso de todo acaba me lo dijo hace tiempo una mujer que tras la desolación de un naufragio sentimental pretendía poner su dolor a buen recaudo sin conseguirlo en absoluto.
Quizás porque todo acaba, incluso, o sobre todo, la vida, necesitamos correr contra el tiempo y recordar, recordar intensamente, vivir una y otra vez nuestra existencia, para así gorditos y satisfechos tomarnos un respiro y, desde alguna de las cumbres del camino, poder contemplar el mundo con un mínimo de benevolencia.

El escote


Ando revolviendo en mis blogs Pies de foto y Caminar cada día, de cara a hacer un par de libros con ellos, por eso de terminar el año e ir dejando cabos atados; el caso es que me encontré con este post en Caminar cada día, en un lugar que no venía a cuento, y decidí trasladarlo a este otro cajón donde su contenido cuadra más con el tono general. Además, me hacía cierta gracia terminar el libro y el año con una pincelada de humor. Éste era el post:
De esto hace ya tiempo, un verano que caminaba solo por el Pirineo desde hacía semanas. Lo de siempre, montañas y montañas, valles, tormentas, lluvia, sol, una fantástica soledad paseada de la mañana a la noche y recreada en los vivacs, unos días bajo una oscura techumbre de estrellas, otras bajo el rumor de las hojas de algún hayedo. Con aquello hice un libro, Vivir en los bosques, se tituló. Una de esas mañanas, al filo del mediodía, uno de esos que acumulaba cansancio y sospecho que un hambre que mis escasas provisiones no eran capaces de calmar, bajaba por un agreste valle de la vertiente francesa del Pirineo, y hay que decir antes que sólo muy de vez en cuando me cruzaba con alguien en mi marcha, cuando más abajo, en un tramo muy empinado, vi que se aproximaba una pareja. Pasó el chico, bonjour, nos dijimos amablemente; y cincuenta metros más abajo fue el encuentro, la sorpresa, el descubrimiento, la chica alzó el rostro desde el camino hacia arriba y, con una espléndida sonrisa y con una inclinación de cabeza, dijo también su bonjour... pero ¡ay!, más abajo de su sonrisa, Dios, qué maravilla se abría, que sugestiva aparición, qué encantamiento, qué divino tesoro. Mi bonjour debió de parecerse al del niño que mira con los ojos de plato el milagro de su regalo de reyes largamente soñado. Mis ojos, que andaban ocupados guardando en alguna parte del cerebro aquel imprevisto paisaje, se quedaron en blanco y no veían las piedras del camino, con lo que casi me fui de narices contra el suelo cuando mi pie derecho se encontró con que el lugar calculado en el que preveía aterrizar no existía sino medio metro más abajo, que el controlador de su movimiento andaba en otra parte y sólo transmitía débiles señales a sus piernas. Sí, poco faltó para romperme la crisma; de repente me había emborrachado, el ligero perfume que había quedado flotando en el aire hacía diabluras en mi hipófisis, los preciosos pechos de la francesa vistos por entero desde arriba, deliciosamente prometedores, bailarines, diciendo aquí estoy tío, ¿qué te parece, te gustan?, eran mucho más de lo que yo pudiera esperar después de varias semanas de ayuno de mujer. Y ya se sabe que cuando uno hace trabajar duramente a su organismo durante mucho tiempo éste no hace otra cosa que acumular energías hora tras horas, trocha tras trocha. De ahí y de la afición a los encantos del otro sexo debió de salir como de bóbilis bóbilis ese marea que me aturdió durante las dos horas siguientes.
Fue un día digno de recordar (ay, Santa Teresa... y de qué buena gana puestos ya a dar largas a la imaginación y a los vuelos primaverales, esa Teresa de armas tomar y de amores tan encendidos, etc...; fue un día digno de recordar, decía; por diferentes motivos, el principal por aquel escote de locura, y el otro porque estaba hambriento y no había ni refugio ni pueblo en mi camino hasta el día siguiente por la tarde. Sólo cabía la esperanza de encontrar algo de comer en un lugar que mi mapa indicaba con un cuadradito rojo. ¿Qué será ese cuadradito rojo? Así que con esa idea en la cabeza terminé de bajar el valle y comencé a subir después por una vereda que tiraba ahora hacia el noroeste sorteando varias veces un arroyo sobre el que tuve que hacer grandes equilibrios para no ir a parar al agua.
El interrogante del ese cuadradito rojo, inhabitual en lugares tan apartados, llamaba a mi curiosidad e hizo que siguiera adelante pese al cansancio que tenía conmigo. A estas alturas el idílico y ondulante paisaje que viera desde el helicóptero de mi mirada pocos minutos atrás había dejado paso definitivamente a las llamadas de mi estómago que rumiaba por algo sólido de una manera apremiante. Apareció de repente tras unos árboles, el cuadradito rojo de mi mapa era un pequeño refugio de cuya chimenea salía un delgado hilo de humo. Cien metros más al fondo, bajo unos abetos, estaban montadas dos tiendas de campaña; no había un alma por los alrededores. La puerta cedió cuando tiré del manubrio. Estaba bastante oscuro, pero lo que vi sobre la mesa y en una estantería que había al fondo, le pareció a mi apetito no otra cosa que una inmensa despensa. Toda la mesa rebosaba de manjares diferentes dejados allí como si los ocupantes hubieran tenido que salir huyendo de los osos. Diez o doce botellas de vino con distintas etiquetas, licores, postres diferentes, bollería variada, medio jamón, había provisiones para un regimiento.
Poco rato después era el hombre más feliz del mundo, no me cabía ni una miga más. Y me hice un café y apuré un par de copas de coñac... Estaba como en el cielo. El claroscuro, la comida, el silencio, mi muy reciente encuentro con la musa del bosque y mi consiguiente alborozo pedían un rato de recogimiento. Tras la mesa había dos literas, me acomodé en la de abajo. Lo tenía absolutamente todo, un ligero mareo, mi barriga llena, y ahora, para los postres, el escote que se me había aparecido por la mañana. Me arrebujé en él; ni Zeus folgando con Juno allá sobre las altas nubes junto a los verdes y floridos prados, mientras en Troya se daban de hostias, podía estar mejor; esos ratos de dulce holganza solitaria que se recuerdan toda la vida. Después naturalmente quedé dormido como un bendito. Y cuando me desperté lo primero que hice fue volverme a acordar del escote; y me levanté y apuré unos sorbitos de alguno de esos maravillosos licores que los gnomos del bosque habían dejado ex profeso pour moi, y me volví a la litera... a jugar con el canalillo, abierto esa tarde como el Canal de la Mancha a mis ensoñaciones.
Epílogo. Los gnomos del bosque no eran otros que unos excursionistas muy bien provistos que con su cuatro por cuatro había hecho provisiones para pasar allí, qué sé yo, un año o dos de orgías. Cuando aparecieron después de mi siesta, charlamos amigablemente; los muy tunos me ofrecieron café y otra copita. Yo naturalmente me hice el inocente, porque de las tantas cosas de que había dado cuenta sólo había tomado un poquito de aquí un poquito de allá. Tantos poquitos que me dejaron la panza a rebosar; pero juro que no se notaba. Era la misma táctica que había utilizado cuando era niño para robar en mi casa el turrón de Navidad. Mi madre compraba medias tabletas y mis robos consistían en asaltar la despensa con un cuchillo y rebanar a cada una de ella media centímetro por intento; igual que aquí. Comí de todo, pero no se notaba. El postre naturalmente fue de mi entera cosecha, bueno, mía y de la francesita de agradable buen ver de la mañana.