Entre libros
El fuego y el agua
De Tiananmen a Manzanares el Real. El juego del fuego y del agua. Ya Ding
Hoy estuve en la plaza de Tiananmen, seguí a un prófugo en su huida de la masacre, le acompañé por las calles de Hong Kong después de una aventurada huida y luego volé con él a París mientras la nieve y el hielo crujían bajo mis pies. Era un día frío y soleado. Cuando me paré a comer algo, un petirrojo voló inesperadamente a posarse sobre una roca que despuntaba en la nieve, un colega de aquel otro que vino a comer a mi mano un otoño anterior en los despeñaderos del río Lobos. A la altura del Tolmo, Li Liang, el protagonista de El juego del fuego y del agua, de Ya Ding, caminaba por París indeciso sin saber qué hacer mientras esperaba la respuesta de una antigua novia que había conocido en la universidad de Pekín. Luego me encontré el río que dificultaba mi lectura escuchada; los pequeños saltos de agua guardaban todavía el recuerdo de las heladas pasadas, gruesos carámbanos de hielo eran socavados por la ruidosa corriente de agua.
varios días atrás que se elevaban entre las jaras y el bosque ralo. En las cercanías del collado tuve que abrigarme de nuevo. La Pedriza respiraba una magnífica soledad de lunes por la mañana temprano. Después de tomar un piscolabis y dejar un salpicado de migas para mi asustadizo petirrojo que volaba a mi alrededor sin atreverse a bajar a por su yantar, me eché el macuto a la espalda, me puse los auriculares y eché a caminar valle abajo por el helado sendero que se dirige al Tolmo. Había pensado dar una vuelta más larga, pero ahora era demasiado placentero aquel camino y aquella novela. La Maliciosa se alzaba al fondo como una vieja amiga bajo cuya ventana uno pasa recordando siempre alguna aventura amorosa. 
Era el tiempo de Ya Ding. Llevo una temporada leyendo novelas producidas en Japón o China. El otro día, conversando con unos amigos, les decía que no sabía muy bien en qué consistía esa atracción que ejercían en mí estos relatos. Evidentemente los jóvenes y adolescentes de aquellas latitudes tienen muchas cosas en común con los nuestros, pero hay algo especial en ellos que me hace disfrutar de la lectura como si en ellos encontrara una parte de mí mismo recóndita que sólo aflorara al contacto de estímulos que no conozco bien. Me sucede algo parecido con los textos budistas que leo. Naturalmente podría ampliar el arcos de posibilidades y remitirme también a la India u a otras partes de Oriente. La idea es esta: evidentemente si hubiera nacido en un remoto pueblo de Japón, o en el Tibet, o en la orilla de Mekong mis concepciones religiosas, mis referencias culturales y mi modo de ver y relacionarme con la realidad habrían sido totalmente diferente; mi cerebro habría funcionado de manera distinta a como lo hace habiendo nacido en Madrid. Ese es un punto, pero hay otra cuestión, con ser tan importante no todo puede venir de la educación ambiental que recibimos, algo incipiente y muy universal debe de dormir en nosotros como si una semilla se tratara, un algo común a todos los seres humanos del planeta, que independientemente del entorno cultural o geográfico en que se vayan a desarrollar, puede dar respuestas muy heterogéneas a las inquietudes de hombres y mujeres. Algo así como si en potencia todos estuviéramos genéticamente preparados para asumir puntos de vista y relaciones con la realidad tan múltiples como las existentes de una parte a otra de la Tierra. De manera que esta especial curiosidad que surge cuando nos acercamos a otras culturas, a otros modos de vivir, de algún modo podrían tener algo en común con esa interpretación platónica en la que el encuentro con nuevas experiencias a veces parecen tomar el aspecto de reencuentros con nosotros mismos, con partes de una vida anteriormente vivida en donde ahora se reproduce el reflejo de aquella existencia. La vida estaría llena de reminiscencias que nos recuerdan algo de un pasado remoto ya vivido. Algo parecido simplemente, porque creyendo que la vida es sólo una, sin antecedentes y sin más futuro que volver a convertirse uno en cenizas, todo tiene que tener necesariamente otra procedencia. Quizás de lo que se trata es que cuando me encuentro con “esas reminiscencias” lo que estoy haciendo es tropezar con esa parte de mí que vive en estado latente en alguna parte de mi interioridad. Una idea cercana a esa que explora Jung del anima y el animus, en la que nuestro ser, compuesto esencialmente por el animus (algo parecido a la masculinidad), convive con una parte importante de anima (feminidad), un planteamiento que explicaría muchas cosas en otro terreno. En fin que estábamos en la Pedriza, siguiendo a última hora el curso del Manzanares por un sendero cubierto de hielo mientras en mis oídos sonaba la novela El juego del fuego y del agua.
En el autobús, de vuelta a casa, esa larga parada de luces rojas y blancas en caravana de la autovía, se me presentan como totalmente ajenas a mi realidad. Me paro a considerarlo y es verdad, hoy me bastó alejarme de casa, de la parcela, de la cabaña, de los libros, para entrar en otro mundo; el embalse Santillana con el sol incendiando las nubes sobre el lago helado, sobre las sombras de los álamos, pareció un paisaje robado a un país nórdico. El brillo acerado de sus orillas todavía heladas parecía un decorado sacado de Alexander Nevsky, la película de Eisenstein.
Adiós, Andy
Coño, qué triste me desperté hoy. Cuando sonó el despertador me sentí tan triste que me arrebujé bajo el edredón pensando que hoy no iba a ser capaz de levantarme en todo el día de
Alguna de las últimas noches, antes de que ya no pudiera moverse definitivamente, agradecí mucho que viniera a dormir arrastrándose hasta hacer su arrebujo nocturno frente a la puerta de mi cabaña. A las dos o tres de la mañana, cuando ya me iba a dormir, me acercaba a ella y la acariciaba su cabezota de viejecita dándole las buenas noches; ella levantaba entonces los ojos y parecía asentir agradecida desde su sordera y su adustez de abuelita. ... están ahí, dichosos en su estar,
No es deseable porque a la manada de árboles bebiendo en el arroyo, a los montes como cielos desplomados, al contrario que a nosotros, les falta el valor de ser hombre o mujer, les falta la consciencia plena y admirativa de la vida, del amor, y poco a poco, aprendiéndolo lentamente –porque hay que aprenderlo, golpe a golpe, verso a verso– la consciencia de
El animal que llevamos dentro
Se me ha aparecido la virgen subiendo una escalera.

Gota a gota otro año más
A good traveler has no fixed plan and is not fixing on arriving. Lao Tsé
De repente me había sorprendido a mí mismo barajando la posibilidad de viajar en primavera por Japón; era un impulso que provenía de la lectura de Murakami, que a su vez había suscitado el recuerdo de alguna película de Kurosawa. Algunos autores japoneses se habían agolpado en mi memoria convirtiendo su recuerdo en un trampolín que abría mi curiosidad hacia un país que era también la patria de Misima, de Kenzaburu Oé, la de la brutalidad nipona en la guerra del Pacífico, la tierra de la silueta del Fujiyama. La mayor parte del día la había empleado en resolver algunos problemas de la instalación eléctrica de la casa y, a última hora, aburrido del embrollo de los cables, había decidido dejarlo para el día siguiente. No tenía ganas de leer esa tarde, así que me eché en sillón, estiré las piernas sobre el baúl de anea y, cerrando los ojos, me dejé llevar por el cansancio y el deseo de echar una cabezada. Mientras, el sol se abría paso con poco éxito sobre un horizonte cubierto de nubes. Había sido un día de intenso frío y ahora que el cuarto estaba suficientemente caldeado era agradable dejarse llevar por
Después volví a la lectura de Tokio blues, de Haruki Murakami. Había detalles en el relato que suscitaban en mí una necesidad de buscar esa clase de reencuentro personal que el protagonista está a punto de conseguir cuando visita a su amiga Naoko. O quizás mejor valdría decir necesidad de encuentro con la realidad simplemente, ya que estas alturas no estaba de más reconocer que cada vez era más frecuente recordar como quien lo hace bajo la vigilancia escrutadora y escéptica de alguien que ya no cree excesivamente en sus propias apreciaciones; eso que sucede cuando la vida empieza a pasar facturas invitando como consecuencia deferentemente a revisar los actos de la vida.

Preveo que me costará años todavía deshacer el laberinto de tantas madejas e hilos enmarañados tan fenomenalmente en el cesto de mimbre que es mi cerebro. Un bonito entretenimiento para el resto de
El otro día, cuando asistía al espectáculo de Pavlovsky en el Español, me aliviaba comprobar que el mundo no respira de manera muy diferente a como lo hace mi cuerpo. El escenario, cubierto por una niebla que posaba suavemente sobre un gran rosetón de seda roja que cubría el estrado, disponía a la sinceridad y al encuentro con la realidad íntima de los años, un rey Lear a solas con sus reflexiones, jugueteando con el público a compartir lo que difícilmente se puede compartir, la resignación de una curiosidad que se va apagando, la inmensa soledad, el eco diamantino de una pena inexpresable. Cornelia debía de esperar en algún lugar más allá de las bambalinas, pero Lear no pensaba en ella, no podía atender más que al soliloquio de los años. Esa era una de las facetas que se dejaba ver, o que yo veía, en el rostro profusamente maquillado de un Pavlovsky travestido para la noche de El Español.
En el espectáculo no tardó mucho en aparecer una pregunta clave: ¿era o no era actuación aquello? ¿Quién sabría distinguir netamente entre una cosa y otra, no sólo en el ámbito de esta representación sino yendo más allá, en la propia vida, tratando de separar aquello que Conrad denomina ser interior, de eso otro que es nuestra diaria relación con el mundo? Con Pavlovsky era obvio que ambas respuestas podían ser válidas.
En determinado momento la niebla se hizo liviana y entonces, más allá de mi ventana, apareció la forma blanca de un almendro aislado con las ramas cubiertas de nieve; y más lejos, en el bajío junto a la autovía, los muñones de los olivos con sus escuetas ramas ateridas de frío simulando la figura oscuras de fornidos samuráis salidos de una película de Kurosawa. El sol se abrió paso entre





