La realidad y el mundo de los sueños

Hospital Infanta Elena, 30/05/10



No es exagerar, creo, decir que gran parte de la obra de Proust, para mí la más interesante, se levanta precisamente sobre un mundo, ese impacto que produce en nosotros la expectativa de una persona, un acontecimiento, un objeto artístico, un paisaje que visitaremos próximamente, un mundo que sólo tiene vida real en la mente del que anhela. Su obra es un continuo ajuste de cuentas con la realidad, la cual, una vez constatada, producida la toma de contacto, pierde su halo poético, la magia que lo envolvió durante el tiempo que duró la expectativa, para convertirse en prosaica realidad que apenas tiene en común con el objeto deseado más que el nombre. Da lástima comprobar como página a página el proceso se repite, cómo sus amores, el idilio que levantan todas aquellas muchachas en flor, Gilberta, Albertina, la duquesa de Guermantes van desmoronándose según le es dado tomar un contacto directo con estas mujeres; esos personajes de la aristocracia que, gozando de tanta estima y admiración por su parte terminan por convertirse en su estimación en un mundo donde acaso la necedad, envuelta en oropeles y amanerados hábitos, es la cualidad más notoria. Entrar en los salones de entonces de la mano de Proust es recorrer el entero camino que va desde la admiración y el respeto por una clase culta y adinarada, a la ramplonería endogámica de una clase ociosa entretenida en vegetar al calor de sus fortunas. Un camino, como tantos, que bien merecería el trabajo de ser conocido en sus detalles; de manera similar a como sabemos del funcionamiento de un motor, llegar a conocer cómo funciona nuestro cerebro.

Si es cierto que pasamos una parte respetable de la vida viviendo fuera de la realidad, no por ello nuestra objetividad debería empeñarse a toda costa en vivir acorde con la asepsia de lo que la razón a cada momento trate de imponernos aduciendo la cordura como fin. ¿No está acaso gran parte de la felicidad en la expectativa, en cómo nos imaginamos un país exótico que visitaremos en las semanas próximas, en cómo pensamos en nuestra amada, en cómo será hermoso escalar tal cumbre, realizar tal proyecto? La novela de Proust es hermosa en ese tiempo de la espera, en cómo se enamora constantemente; en la forma en cómo se imagina aquel pueblo, Balbec, donde pasará el siguiente verano; en lo hermoso que será oír cantar a la Berma; en un viaje aplazado a Florencia o Venecia; en los tantos trabajos que se toma para tropezarse, ser invitado, por aquel grupo de muchachas. Pese a que todo se descomponga más tarde y la realidad sea rudamente prosaica, sin poesía, incluso soez, como es el caso cuando paso a paso va demoliendo aquel mundo de Guermantes, lo va ridiculizando despiadadamente una vez ha tomado contacto con sus salones. Pero que me quiten lo bailado, parece afirmar este hombre, que aun sabiendo que en un tiempo la expectativa ha de perder su poesía, no ceja por ello de perseguirla, de buscar en la realidad aquella parte de verdad susceptible de llevar un poco de emoción a su alma.

¿Ponerse una coraza contra lo posibilidad de sufrir otro desengaño amoroso?, ¿empeñarse a toda costa en decir que un vaso en simplemente un vaso?, ¿privar al alma del sabor de la magdalena, del frescor maravilloso de las horas pasadas en otros brazos?, ¿dejar de soñar de vez en cuando?, ¿cometer la locura de dejar de estar un poco loco? No, gracias.

Proust desmonta de continuo el andamiaje entre la realidad y el sueño, pero no se arredra por ello, sigue soñando, viviendo fuera de la realidad, que es algo muy bueno, siempre que, como en todas las cosas, uno no se vea abandonado por cierto sentido de la mesura.







Entre convenciones andamos

Hospital Infanta Elena, 29/05/10


Hoy, leyendo el periódico, observando al personal del hospital, siento la realidad como un asunto de teatro en donde cada uno desempeña una función, la que le cayó en suerte, la que se ganó a pulso, lo que sea, pero un mero teatro sustentado por esos grandes inventos que han recorrido la columna vertebral de la historia: la religión, la política, el poder. Todo es así porque tiene que ser así, más o menos, pero con la salvedad de que las creencias en las que hemos sido bautizados y educados con ser falsas en su mayoría, sirven, es cierto, para ir dando a cada uno un puesto, un lugar que en el puzzle general que cuadre a la organización de la colmena y a su equilibrio de fuerzas. Las organización requiere que los zánganos tengan conciencia de su condición laboral y social, y que las obreras, a su vez, piensen y laboren desde una condición asumida a priori. En la portada del periódico, tijeretazo, paro, menos solvencia internacional, una señora comprando libros para sus nietos, la reina, detrás otra señora, la ministra de cultura, inauguran la Feria del libro, los militares deprimidos porque sienten que dan la vida por ideales que la gente ridiculiza; después, el chapote de Obama en el golfo de Méjico, en fin, todas las noticias del día. Cuando era niño, los ministros y toda la gente importante de la recién estrenada tele, eran una jerarquía perteneciente a otro planeta; yo, mi familia, la gente que conocía, éramos simples lacayos de toda esa fanfarria; el comedor del colegio al que asístí, era subvencionado por la duquesa de Alba, alguien muy importante e inasequible que empleaba algo de su tiempo y su dinero en obras de caridad; cosas que pesan en la consistencia de nuestros pensamientos adultos, aunque evidentemente pierden cada vez más gradación con los años.

Un teatro que es percibido así pero que en su urdimbre no deja de ser más que un juego de convenciones, impuestas, claro está, por aquellos que tienen, tuvieron intereses en sacarle algún provencho a tales convenciones. La propiedad privada, la grande, es una convención en la que se han empleado a fondo a lo largo de la historia los espabilados de siempre convirtiendo y perpetuando en propiedad la mayor parte del planeta; las monarquías y todos sus oropeles es otra convención, anticuada convención que fue sostenida a su vez por otros muchos a los que ésta servía por demás en la consecución y perpetuación de derechos que para más gracia parecían provenir del mismísimo Dios; la religión, acordar que la realidad es así o de la otra manera, que como no queremos dejar de vivir, debemos traspasar el tiempo de la mano de unos entes llamados dioses, que previo el débito de amarlos sobre todas las cosas, nos concederán la bienaventuranza eterna; una convención para obviar el dolor de la vida, el de la muerte; una locura inconcebible que milagrosamente, y contra natura, fue asumida siempre por la mayoría del género humano

Y lo bien que lo asimilamos, cómo llegamos a creer, como arrogantes duquesa de Guermantes, ya que Proust está tan presente en mis lecturas últimamente, en una superioridad de unos sobre otros, cómo logran primero inventar un Dios dueño y señor del Universo, para a continuación los hombres del poder sustentar el mismo a partir de esa piedra angular. Y de ahí a estratificar toda la sociedad y hacerla creer que unos tienen sangre azul, otros verde y los pobres viandantes tan sólo roja, va un paso. Es un lastimoso placer ese de seguir en sus pequeños actos, en sus reuniones, a toda esa prole aristocrática de principios del pasado siglo, que mira tan por encima del hombro al resto de los humanos. Cómo el principio de autoridad se nos impuso desde la infancia hasta dejarnos convencidos de que en la colmena humana unos habían nacido para mandar y poseer la riqueza y el resto para obedecer y servir a los primeros.

Y así, hoy, cuando hojeo el periódico y miro los rostros de ese centenar de personajes que pueden aparecer en una edición ordinaria, me sorprendo a mí mismo pensando en cómo ha podido uno convivir durante décadas con esa idea introyectada desde la infancia de respeto y consideración hacia otros muchos ciudadanos que por su situación social, económica o de poder se nos revelaban como de muy especial condición superior a la nuestra. Las sociedades funcionan basadas en un complejo sistema de convenciones, que si bien sirven para que el sistema se organice y funcione con cierta regularidad, también es cierto que a la larga impone al individuo un modo de pensar, un acatamiento de ideas, una percepción de la realidad que no siempre facilita al individuo la posibilidad de ver con claridad en el fondo de los asuntos, mediatizado como está por tantas creencias que sin ser suyas las cree tales hasta el punto de partirse el alma por las mismas. Por Dios, por la Patria y el Rey murieron nuestros padres, por Dios, por la Patria y el Rey, moriremos nosotros también. Como para colgarlo en un selecto lugar de la memoria y recordar en qué paran semejantes palabras. Aquel genocida llamado Franco, por ejemplo. ¿No vivimos acaso extremamente mediatizados por ideas que, vaya Vd. a saber, de qué manera fueron inoculadas en nuestro avasallado organismo desde chiquitines? ¿Por qué mi suegra sigue venerando la memoria de ese Franco mientras que para mí y tantísimos otros no es otra cosa que el responsable criminal de medio millón de muertos? Y así están las cosas, tan actuales hoy con el asunto Garzón. Tantos que creen, y con tanta fuerza, o les interesa creer, que allí, ni en la guerra ni en el periodo posterior, no hubo crímenes y que cuestionarlo merece el presidio. No sirven las evidencias más palmarias, hay que seguir manteniendo la convención de una amnistía y acusar de prevaricación a aquel que según la lógica de una justicia obvia pretende inculpar a los tantos criminales de aquellas décadas.

Para bien y para mal, entre convenciones andamos; pero sería bueno que lo supiéramos, que en cualquier caso son eso, convenciones; conveciones que por demás se presentan en la práctica con frecuencia como fieles servidoras de intereses innombrables.






El halo de la excepción


Hospital Infanta Elena, 28/05/10


De cómo la reiteración, la presencia continuada en un espacio que suscitó emociones y percepciones nuevas, va perdiendo su halo de excepción para convertirse en cosa cotidiana que ya no llama la atención; se instala en nosotros y se hace cosa de todos los días, perdió su magia, su facultad para estimular nuevas asociaciones, para convocar la poesía que los espacios nuevos y sus circunstancias llevan en sí. El hospital; las horas en él se convierten en rutina, rutina dolorida, el amanecer que inundaba hace días con su luz intemporal compartimentando en líneas netas la geometría del edificio, es esta mañana, con ser el mismo espacio, algo totalmente diferente, desapareció la emoción primera, la evocación del desierto, la soledad, su aislamiento que me sugería la mañana en mitad del páramo. Por demás la madrugada es hoy groseras blasfemias, soeces gritos de un enfermo que ocupa una habitación cercana, es luz y tiempo desposeídos de ese revestimiento que la novedad y las circunstancias de excepción otorgan a pequeñas parcelas de la vida. No la excepción exclusiva de una luz, un silencio, sino el valor que otorga a esa luz y a ese silencio la circunstancia especial de una enfermedad grave que, comenzando por despabilar nuestra amnesia respecto a la omnipresencia del hecho de que somos seres nacidos para morir, hace que cambiemos inmediatamente de registro para rendirnos a la evidencia de la muerte y el dolor, siempre como adormecidos en nuestra conciencia mientras no haya razones, situaciones concomitantes que nos recuerden que su permanente actualidad es cosa posible en cualquier momento del día. Así, la enfermedad, una circunstancia emocional especialmente fuerte, termina por hacer de los espacios un entorno en el que nuestro espíritu, sensibilizado en extremo, encuentra un modo de expresar su abatimiento, el frescor de una mirada nueva que hace del momento una vivencia impregnada de poesía, bañada por el encuentro personal con los resortes más intimos de nuestro vivir.


Esos instantes de gracia en que nuestra percepción, aguijoneada por la magia del momento, ve y siente lo que raramente alcanza a percibir en las prosaicas situaciones de la vida diaria; la puerta encantada, el reflejo de los infiernos, la dulce suavidad de un amor, la tenue llamada de una verdad incontrovertible que habrá de ir formando nuestra conciencia en el aprendizaje que todos hemos de hacer de la muerte. Porque pareciera que una parte importante de nuestra vida transcurriera en estado de adormilamiento, como si sólo viviéramos realmente un reducido espacio de tiempo a lo largo de nuestra vida.

De manera que cuando nuestra iluminación termina por desvanecerse, cuando nuestros ojos, abiertos momentos antes al espacio lírico, ensueño, intuición, honda percepción del momento vivido, el mundo es ya otro, hemos perdido la condición de gracia y nos vemos de nuevo sentados frente a la ventana y su geometría blanca y solitaria como alguien que aburrido sólo piensa en marcharse de allí y seguir el encadenamiento de actividades que llenarán con su rutina las horas hasta la llegada de la noche siguiente.



Así sentí yo hoy el amanecer en el hospital. Nuestro cerebro parece no estar hecho de otra manera que para vivir raramente momentos de excepción, momentos en los cuales éste, sacando de sí lo mejor que tiene, agudiza su percepción, alerta sus sensores, pone en funcionamiento nuestras capacidades para ver y comprender asuntos y situaciones que en otros momentos nos es imposible captar. Comprensión, no hace falta decirlo, intuitiva y sensual, vital, esa clase de conocimiento que no necesita de la razón y que se nutre de las experiencias notables de la existencia, de esas circunstancias de excepción mediante las cuales nos vamos formando, vamos teniendo poco a poco idea aproximada de qué sea esto de la vida.

No queda más que tomar nota de estas cosas, saber cuándo uno se encuentra ante uno de esos instantes preciosos, para cuando seamos visitados por ellos tener nuestra lamparita preparada, recogernos, mimar los minutos que seguirán, que con seguridad habrán de ser inestimables e intensos; preciosos en el sentido de que son esos instantes, pese a que puedan provenir de circunstancias dolorosas, como es en mi caso estos día, nos permiten acceder a la esencia de nosotros mismos y de las relaciones con las personas que queremos.








El escarpelo de Proust

Hospital Infanta Elena, 26/05/10



¡Qué rara curiosidad ésta que suscita esa larga corte de personajes que recorren la obra de Proust; periclitados, extravagantes, inteligentes, inmensamente cultos algunos, extremadamente ricos, poseídos de su importancia, a la caza unos y otros siempre de un lugar en el frontispicio de una clase social que gasta su tiempo y su dinero en mantener sus privilegios, en estar en la consideración de los más poderosos! Esos personajes que por demás parecen no saber vestirse o peinarse sin la ayuda de un sirviente. Extraño invento el de un ayuda de cámara, por cierto, para una persona que goza de salud y no tiene ningún impedimento físico.

El escarpelo de Proust es a veces tan proverbialmente cruel que me cuesta imaginármelo como uno más de ese baile de disfraces que son con frecuencia las reuniones de la alta sociedad de su tiempo. Tan lejos estamos de ese emperifollado social, que aun sabiendo que hoy no deben de faltar grupos sociales que le anden a la zaga a aquellos encopetados caballeros, nos parece como cosa de un obsoleto teatro de marionetas; al menos así me lo parece a mí, esa gente, pongamos por caso Camps y sus secuaces o aquel señor del bigotillo que empleo veinte millones de euros del herario público para que los señores del Congreso de los Estados Unidos le pusieran su pequeña corona de laurel, personaje tan patético como para preguntarse por la cordura de sus tantos admiradores; esa afición por aparecer en todas las fotos; todos esos afanosos caballeros (sic) del caso Gürtel que se dedican a amasar dinero o poder. Qué fuerza la de querer estar entre el cogollito, la de ser alguien a toda costa aunque uno tenga que morirse.

Y es que, como diríamos hoy, Proust iba a lo suyo, pues sin parecer tentarle los oropeles de aquellas gentes, se nutre de ellas, vive del incesante aprendizaje que le proporciona su trato diario; pero sobre todo le sirve de trampolín para colmar sus propias inquietudes, su anhelo de mujer, su extremada sensibilidad en relación con el arte y el mundo de las sensaciones.

Acaso el ambiente del hospital, su silencio interrumpido por las quejas de algún paciente, la blancura neta de sus paredes, todo ello contribuya a ver la realidad desde la óptica de nuestra pobre y ridícula desmesura cuando vivimos apenas sin vivir en nosotros, pendientes, pobres, de ese ruido mundano que parece aturdir de continuo nuestros sentidos, desconociendo, acaso, la importancia que tenemos para ese persona tan particular y especialísima que somos nosotros mismos, desconociendo el tiempo que nos debemos, el empeño con que deberíamos mimarnos. Estar ocupados en exceso en el mundo exterior debilita el tiempo que necesita nuestra propia alma de estar en comunión con nosotros mismos. De Proust me gusta precisamente esa capacidad de ser él mismo centro de su relato, él, sus emociones, sus espectativas, sus sucesivos enamoramientos, sus relaciones con la música o la literatura, a la vez que su papel como testigo y mentor exhaustivo de la sociedad que le rodeaba. Estar a lo uno y a lo otro, al plato y a las tajadas, debe ser un arte sólo asequible a una minoria privilegiada, una rara armonía que poco tiene que ver con el apresuramiento y con las aficiones desbordantes de poder, la fama o el dinero.

Qué bien nos vendría tener hoy a mano un escritor, que al modo de Proust o Balzac, pudieran servirnos a la carta un muestrario de todos estos personajes de novela que de continuo vemos aparecer en las portadas de los periódicos, la actualidad social de un mundo un poco loco en donde en el momento que menos te lo esperas un bonito puñado de aprovechados, como sanguijuelas voraces, vienen a nutrirse de la ingenuidad de sus congéneres. Verlos ahí, personajes cómicos en definitiva, sus aspiraciones, sus canalladas, su arrogancia, su mentecato sentido de la vida. Y así volver a restituir a la literatura, y en cierto modo a la moral, la posibilidad de ahondar la realidad más allá de ese exceso de “información” que nos sirven los periódicos y que apenas roza el entramado real en donde se mueven los porqués de esta gente que no encontró otro modo más provechoso y honesto de organizarse la vida. Por sus hechos los conoceréis; acaso, pero mejor servidos en su salsa, condimentados, aderezados por sus pensamientos corrientes, por sus delirios de poder; ver en qué cómicas razones puede fundarse una señora Botella para decir que un ser tan patético como su marido es esencialmente un intelectual.

Una de la madrugada. La realidad incontrovertible del hospital y su entorno, un excelente miradero desde donde contemplar la curiosa fauna de la que todos formamos parte.





La serpiente de piedra


Porque en su profundidad la pena y el dolor apenas sabemos de donde viene, aunque lo intuyamos, aunque la evidencia de los datos nos despierten por la noche aferrados al agudo filo que se nos hunde en el alma. Por eso miramos la mañana con la perplejidad de quien se encuentra en un mundo nuevo, la puerta que se abre a un espacio crudo de aristas netas. Fuera el sol rompe tímido contra las blancas fachadas, despierta con suavidad las ramas del olivo enano que crece testigo de la nada junto a la serpiente que arrastra su almendrada coraza de piedra gris por el patio del hospital. El interior de la habitación, como si fueran cayendo cacillos de leche en la negrura del alba, va convirtiendo su espesura de pez, su silencio, en cenicienta fragosidad sobre un fondo en el que impasible gorjea el glu glu del oxígeno. La tos del enfermo rompe bronca y seca contra mi sueño, lo despabila. Me siento en la cama confuso, con la resaca de una noche en vela perturbada por sueños que fueron creciendo en los intervalos a la sombra de mi inquietud. La terraza donde vivía se asomaba al vacío de la calle y yo debía descender aferrado a las anfructuosidades de viejos ladrillos erosionados, para ir a pagar una factura de doce mil euros por el arreglo del coche. La voz de mi padre atravesó el sueño, su voz era gutural, recia, también él soñaba, sus palabras salpicaban significados parciales, inconclusos, palabras como islas brumosas difíciles de definir, palabras en el piélago de la noche en las que era imposible encontrar un hilo de razón. 
 
Eran las siete de la mañana. Me incorporé, entró una enfermera, extrajo con dificultad un centímetro cúbico de sangre del brazo de mi padre. ¿Te afeito?, le pregunté. Bueno, contestó. Hace días que perdió las ganas de hablar. El zumbido de la maquinilla recorrió suavemente su rostro. 
 
Minutos después tomaba contacto con el frescor de la mañana, con el tapiz de las amapolas, con las luces y las sombras del campo, los trigos, las cebadas, el tráfico apresurado de los que van a trabajar. Me invadía una inmensa tristeza, tristeza por mí, por mi padre, por la vida que no es a veces como la queremos, esa realidad multiforme que tanto nos hace vibrar de placer y expectativas como nos sume en el intrincado laberinto de los porqués, en las profundidades de los pesares.
Llegué a casa pero no tenía ánimo trabajar en la parcela donde ya la pelusilla del nuevo césped ha empezado a tapizar la negrura del mantillo. Es hermoso este pequeño emplazamiento del mundo, es hermoso especialmente en primavera, en esta primavera que creamos un huerto y sembramos decenas de especies diferentes de flores. Las lechugas ordenadas como un pequeño batallón disciplinado, el despelucado patatal, la inhiestas tomateras a las que la hortelana colocó ya un tutor, las escarolas, los rabanitos, los erguidos puerros junto a sus primas hermanas las cebollas, las zanahorias como pequeños abetos enanos; en fin, y luego los peces que oyen mis pasos y se acercan a por la comida matinal, revoltosos, inquietos; o Gaza y Curri que vienen a mi lado buscando mis caricias, este último con el caminar cojitranco de la vejez perruna; en fin, las lumninosas acacias, los frondosos cerezos con su pincelada de vino viejo sobre la umbría de las catalpas y las higueras, al fondo de la cual destaca la claridad matinal de los álamos blancos. En fin, tantas razones para vivir en paz con el mundo, ahí mismo, frente a la desolación y a la mañana de insomnio que cubría el patio blanco y su serpiente de piedra. 







Un día más



Hospital Infanta Elena, 25/05/10

En el mundo de Proust es una noche de profunda niebla en donde los coches de punto encuentran dificultades para orientarse, El mundo de Guermantes. En el del hospital es primavera, bellos tapices de amapolas cubren los taludes de la autovía vecina. Atardece, se me hizo tarde, conduzco con cierta premura. Aparco junto a la puerta de urgencias, desconecto las baterías, cierro la puerta del coche.
Con los pensamientos y las impresiones de un solo día cabría escribir un libro con algunos cientos de páginas. Todas las puertas de urgencia de los hospitales convocan similares recuerdos, hitos de los caminos de la vida que se convocan unos a otros como atraídos por el aire de alguna desgracia en donde un ser querido estuvo implicado en algún momento. El tapiz de amapolas me recuerda los recientes olivares de los campos de Andalucía. Las páginas de Proust son una continua invitación a la reflexión sobre la condición humana. Los aspersores regando cada par de horas la parte de la parcela que resembré de cesped, estimulan con su monótono clac clac clac mis reflexiones ambulantes. Después de comer me adormilo frente al campo negro del mantillo que cubre la parcela. El pan y quesillo de las acacias ha cubierto con su manto de nieve los alrededores de los troncos; esta primavera no he sentido la fragancia de sus racimos de flores, o yo con mi trajín no lo advertí, o acaso fueron ellas que reservaron para sí todo el profundo perfume de sus ramas. Lástima. Cuando desperté el sol entraba débilmente en la cabaña. Retomé al personaje Proust por un rato y después me fui a ver las nuevas flores que han crecido alrededor de nuestro huerto; me acerqué a por la cámara fotográfica, los esplendidos iris, los delicados pensamientos, los geranios siempre alegres y despreocupados, llenos de color, las rosas, perfumadas, rojas, amarillas, tan bellas en todo momento.
Mario ha cuidado esta noche del abuelo y ahora duerme en el taller, su antigua habitación aún llena de citas que nombran el amor, la vida de un navegante solitario, Julio Villar, que recogen instantáneas en blanco y negro de su viaje a la India; llena también, como secundando un mismo estilo de vida, por tres paneles en donde yo mismo dispuse un muestrario fotografíco de mi travesía a los Alpes en el 2003.
La circunstancia me recuerda los últimos días de la enfermedad de mi madre, esos momentos en que uno siente más profundamente la consistencia elemental de ese tegumento vital que son los hijos, los padres, la familia. Cuando uno, sorprendido por la pajarera de sus propias emociones y recuerdos, se recoge en silencio y, acurrucado en el regazo de la noche, piensa largamente en la existencia, susurra breves oraciones de arrepentimiento, medita largamente sobre los porqués que unos tras otro irrumpen en el pensamiento como insolubles interrogantes. Nosotros, ignorantes, amorosos buscadores de las verdades, incrédulos siempre cuando nos acercamos al vacío en la mirada de los otros.
Es medianoche. En la habitación del al lado una voz de mujer mayor llama insistentemente: mamaaá, mamaaá. El resto es un silencio acompañado como en noches anteriores por el glu glú del dispositivo del oxígeno. La respiración de mi padre llena con su susurro entrecortado el espacio de la noche. Me llega un correo de Lucía preguntando por el abuelo. Una amiga manda unas líneas. La luz lunar de la habitación propende al ensueño, a una melancolía que busca el arrimo de los seres queridos.

Las mañanas del hospital


Hospital Infanta Elena, 22/05/10


La hora mágica dura apenas el tiempo de tomarme un zumo de naranja y un café con leche. La luz tenue alzándose sobre la geometría rigurosa, ángulos y diedros de nieve contra el cielo lechoso del cielo, sin sombras, sin matices, paisaje propio del de la rústica arquitectura del desierto que no se engaña con el verde frondoso de las ramas bajo la ardiente nada del horizonte. Los aciertos del diseñador del centro con sus zigzagueantes caminos de piedra calcárea discurriendo en la grava calcinada y reluciente como una serpiente reptando indolente hacia la sombra lejana de una acacia solitaria. La mañana viniendo sobre el horizonte ilimitado y plano, austero hasta hacerse hermano de ese rastro de luna que se posaba de madrugada lavando con su mirar la noche y su silencio, viniendo desde su frescor temprano hacia el resplandor enjabelgado donde sólo los romeros anuncian acaso la remota posibilidad de un tiempo donde la sed estuviera matizada por hilachos de agua corriendo por la corteza terrosa de la tierra grumosa y resquebrajada.
Mañana como de domingo temprano cuando la ciudad todavía duerme el sopor de una jornada hecha para descansar. La excepción del caminante solitario que espera paseando a la vera de los romeros y las madreselvas enanas la apertura de la cafetería. Silencio, apenas un automóvil que sale del aparcamiento llevando en su interior al último empleado del turno de noche.
Y el termor a que la hora mágica desaparezca prematuramente envuelta en la lógica cotidianidad de un día más, sin historia, igual a si misma, ajena en su esplendor a nuestra mirada robada por el tránsito de los hechos superpuestos que apenas dejan tiempo para mirar el blanco encalado de la mañana, su austera belleza. Ah, retener el momento, el brillo refulgente que alumbra tenue quién sabe qué misterioso rincón de una memoria que quisiera ser parte entrañable del que cierra los ojos y aviva en su interior la llama benefactora de su calor en el frío invernal del alma. Cerrar los ojos y dejar que el nacimiento del día avanzando hacia la cruda luz del mediodía se haga belleza inhóspita y deslumbrante; al fondo las dunas asomando sobre la hilera de los romeros.
Y todo ello tras el ojo de pez de una habitación donde suena el efervescente rastro de un riachuelo y su cantarín reclamo de vida; el anciano, dentro de su mundo, quizás en las cercanías de un final que la lógica de la edad no perdona, duerme envuelto en la calma sabática de la mañana.