Él, ella


Me encanta él, ella en esta hora de cabaña, de verano, de desnudez, ella es como la presidenta sedosa del lugar, algo parecido a ese misterioso triángulo que se abre sobre el escote de las chicas de buen ver; apacible, tranquila, gustadora del fresquillo que le viene allá por las laderas envueltas en la penumbra, la suave brisa del ventilador acariciándole con su lengua de aire. Tiene un pequeño defecto y es que es un tanto inquieta, apenas que te descuides un poco pierde su suavidad aterciopelada, su aparente despiste, ahí como adormilada sobre mis muslos, y entonces ya es otra cosa, levanta su hociquillo como quien se asomara al alféizar de la ventana a ver el panorama y entonces ya es otra cosa. Yo hablaba de la otra, la mansa y adormilada ahí, por debajo de mi libro de turno, ajena a la crisis y al esfuerzo de los políticos por hacer comulgar al personal con ruedas de molino, ajena a lo que sucede en mi libro, una fenomenal tormenta sobre la Patagonia en donde un piloto y su mecánico luchan por sobrevivir, ajena a la tarde que ya ha empezado a ponerse de caramelo sobre la línea del horizonte, al viento que agita la ruidosa pelambrera de los álamos frente a mi cabaña.
La miro, con sus venillas y su forma de volcancillo melancólico, la miro y como para animarla en su melancolía le enseño el cuerpo bonito de alguna chica, su matita de pelo, sus pezones oscuros sobre el montecillo de sus pechos, y ésta se pone contenta, levanta la cabeza por encima del portátil y empieza a abrir sus ojos curiosos sobre ese bonito espectáculo; siento que se le está alegrando el corazón; mira, le digo, a ésta la tuve mucho tiempo como salvapantallas en el móvil; no sé por qué, esa tristeza de su rostro, la cabeza baja, el paso como quien se dirige pensativa a una cita, sus muslos subiendo hacia la ondulación de las caderas, hacia la doble curvatura de su cuello, todo hacia arriba como una oración hacia el aire cálido del deseo. ¿Verdad que es bonito un cuerpo de mujer?, le digo. Y él, ella, asiente levantando ahora su pequeño cráter sobre el touchpad y dejando escapar un pequeño estremecimiento de gusto.
Son maravillosas estas pequeñas revoluciones que un cuerpo produce en el interior del otro cuerpo, ¿verdad?, le digo; quieto, quieto, todavía no, despacito, le advierto. Vamos a ver qué hay ahora en esta otra carpeta. Y le digo al Picasa que nos dé una vuelta por los alrededores, y éste, obediente, nos trae a él y a mí otros paisajes, variaciones sobre el mismo tema, el origen del mundo, la suavidad de las dunas de un desierto dorado. Poco la poco, la lluvia, que ha empezado a desgranar su letanía sobre los cristales, rumorosa, trayendo de un lejano monzón el eco de sus pasos, se derrama por la penumbra como un río sobre el campo sediento, penetrando la tierra e inundándola de dulzor y estremecimiento. Y él se llena de humedad y calor; despierto ya se alza hacia mí y me mira ruborizado con los ojos llenos de lágrimas, como diciendo: ¿qué me está pasando?
No le contesto, las imágenes, unas tras otras han ido acaparando su atención. Me temo que debo retirarme, debo respetar su intimidad y dejarle solo junto a ese inmenso anhelo que ha empezado a crecer en él.
La tarde terminaba, el cielo se había vestido de noche y fuera sólo quedaba el solitario tintineo de las hojas del álamo. 

Pensamientos arriesgados, Savater. La desmitificación de un autor.

En la primavera pasada leí Pensamientos arriesgados, de Fernando Savater, un libro que alentó una buena cantidad de interrogantes cada mañana mientras las primeras horas del día transcurrían caminando las tierras de Navarra y Logroño, un Camino de Santiago al revés que estaba dispuesto a finalizar en el puerto de Somport; trascurrida la hora del alba encendía mi ipod y escuchaba a este señor, tan amante de las palabras como para decir que le producían orgasmos, cosa que ya de entrada me ponía en sintonía con él.  Fue una buena lectura, aunque es cierto que, fuera porque leer caminando aminora la capacidad de comprensión de textos no sencillos, dada la atención que requiere trochear parajes no frecuentados, o simplemente porque uno no está del todo preparado para las muchas sutilizas de la escritura y el pensamiento complejo, un porcentaje significativo del libro se me perdió entre la carrasca que puebla los montes al sur del pantano de Yesa. De todos modos si mi lectura hubiera sido en papel el libro habría quedado profusamente subrayado y ello me habría permitido traer a colación un buen puñado de asuntos sobre los que discurrir esta mañana. No fue el caso, es uno de los problemas que tiene la lectura escuchada del que trota por los montes, so pena que uno esté dispuesto a pararse de continuo, descargar la mochila, sacar el boli y el cuaderno, rebobinar el ipod y tratar de tomar nota de las palabras del lector de turno.

De todos modos el motivo de estas líneas viene al caso no de ese libro, sino de algunas de las afirmaciones de Fernando Savater que aparecen en El País de esta mañana. Cuando uno lee a un autor al que en determinados lugares de sus libros cuesta seguir, la situación es fácil que lleve al lector a ejercer un dejo de humildad y a considerar a la persona del autor en cuestión por encima de las capacidades del que lee, lo que con poco que nos descuidemos puede llevar a aceptar a éste supuestos y argumentos de un autor que, expresando en la prensa con cierta frecuencia su pensamiento, de forma impertinente como es el caso hoy, no sólo deberíamos cogerlo con pinzas, como sucede en la entrevista, sino que más valdría considerar como salido de una persona de escasas luces o pronta, por su ideología o por la impetuosidad de su carácter, a espetar sobre determinado público, como si se tratara de un maestro de escuela que desde la tarima de  su sapiencia  tratara de recriminar a sus alumnos pequeños la impertinencia de sus actos. No se entiende de otra manera las diatribas de Savater contra la gente del 15-M y sus formas asamblearias.  

Me admira que el autor del libro que leí, que es casi el único conocimiento que tengo de este hombre,  diga, por ejemplo estas cosas. "¡Que no nos representan, dicen, cómo que no nos representan! Los políticos nos representan, pero depende de nosotros que nos representen como es debido. Pero nos representan, vaya que si nos representan". Obviamente no hay peor sordo que el no quiere oír, o mejor, que habiendo oído y entendido quiera manipular ostensiblemente el sentido de las palabras para de esa manera desprestigiar al oponente, vieja artimaña por demás utilizada siempre por presuntuosos que no teniendo argumentos cabales con los que arremeter con algo que molesta utiliza la falacia de los significados a medias para desprestigiar al contrario. Si cada cinco votos de Soria valen uno de Madrid, porque así interesan a los partidos mayoritarios, obviamente la representación no es tal, está groseramente manipulada; si los partidos en el poder, al que llegan con el señuelo de un programa electoral, que después no cumplen, o que entran en legislatura con decisiones de importancia política de primer orden (CiU en Cataluña con su paquete reformas económicas y sociales, por ejemplo) que esconden bajo la manga fuera de programa; si durante cuatro años pueden hacer lo que les dé la gana, sin tener en cuenta que los votantes votaban un programa y no una carta en blanco, es claro que la representatividad podrá seguir siendo todo lo formal que sea, pero de hecho es una representatividad amoral, basada en el engaño y con posibilidades de manipulación a posteriori que el sistema electoral con su hisopo bendice cada cuatrienio. Cosas tan obvias que uno se admira de la tanta sagacidad demostrada en esta ocasión por el filósofo señor Savater.
A este señor le aturde "que se trate de desvirtuar el carácter de ágora que tiene la política”, y lo dice, uno se queda perplejo, en el paquete de la crítica al 15-M. Es decir la defensa del ágora en el Congreso de los diputados, contra lo otro, que no sabemos qué puede ser para él, de las asambleas de Sol. Para morirse de risa, la defensa del ágora de los quince o veinte diputados tantas veces en el semi vacío hemiciclo, unos pocos de esos centenares que comen del presupuesto sin asistir, y que aparecen de vez en cuando en el Congreso para tirarse los tejos y hacer chistes malos, contra esa otra manera, las reuniones asamblearias de las numerosas acampadas en todas las plazas públicas de España.
Otra joya más de la entrevista. En este caso de cómo confundir el culo con las témporas: [Le dijeron que quizá sería bueno que la ética dejara a los chicos libres para desarrollar sus propios criterios, "para ser ellos mismos". ¡Pero qué dice usted! "¿O sea", se planteó Savater, "que en Geografía también debemos dejar que los muchachos decidan en asamblea cuál ha de ser la capital de Francia? ¿Que vengan a clase y aceptemos que digan, por ejemplo, Andorra, capital París?"]. Probablemente lo exiguo del espacio de una entrevista y la necesidad de reducir ésta a unos cortos exabruptos con que llamar la atención del lector, tenga la culpa, porque no es creíble que una lumbrera como ésta llegue a parir semejante esperpento argumental; tema aparte, por supuesto, el que haga mofa de una pedagogía que incentiva el crecimiento personal, la posibilidad de que los individuos puedan emplearse a fondo para ser ellos mismos.
Cuando uno lee, y si el libro es bueno o acaso nos aporta ideas y material de reflexión, a mí por lo menos me pasa, al autor siempre le cabe recibir una pizca de nuestra agradecida admiración. Se ha convertido en un compañero de viaje y, desde entonces, hasta que la memoria tenga a bien arrinconarlo, será un elemento más en nuestra vivencia, una parte de nuestra vida como lo es un paisaje que hemos disfrutado atravesando, como una música que puede invadir inesperadamente nuestro presente con sus voces entrañables. Lastimosamente es algo que difícilmente me puede pasar con Savater, cuando compruebo cómo respira; que tampoco me sucederá, por ejemplo, con don Camilo José Cela, del que me propongo hablar uno de estos días, por razones diferentes. El amor a los libros, como el de a las personas siempre tiene sus límites, uno no puede hacer un hueco en el corazón a aquellos que respetan mal las reglas del juego.



Camino de perfección. Teresa de Jesús


Mi afición a caminar y a la vez el gusto que me hace leer a los místicos no podían dejar de recalar tarde o temprano en este título: Camino de perfección, de Teresa de Jesús. Fue precisamente durante un largo recorrido de tiempo atrás por el Alto Tajo. Hacía una semana que caminaba. Cada mañana, mientras mis piernas entraban en calor arremetiendo las primeras cuestas, unas veces envuelto en el perfume del espliego o del tomillo, otras atravesando espinos de aulaga en flor, muchas siguiendo un sendero que no requería mucho mi atención; cada mañana, mientras todo este mundo confluía con el mío; mientras comenzaba a amanecer sobre los altos de algún acantilado, encendía mi mp3 y leía/escuchaba algún libro. A esta hora me gusta leer algo relacionado con el hecho de vivir, algo que me abra el apetito de intentar comprender lo que hago o dejo de hacer a cada momento, cuál es el significado de mis movimientos; o mejor, que me ayude a contemplar las cosas con el ánimo tranquilo, a vivirlas con la delectación simple de un bicho más entre otros muchos de los que pueblan el campo o los ríos. Y hay libros que son más propios para estos menesteres, que diría Teresa de Jesús, a quien precisamente leía en esas mañanas; arengas y consejos de la santa destinadas a sus monjas del convento de San José de Ávila, hace ya medio milenio.
Empecé el librito allá cuando atravesaba una mañana temprano por la vetusta localidad de Orihuela del Tremedal; casas de piedra, campanas de bronce sonando en el ambiente claro de la primera hora, calles estrechas y golondrinas y vencejos disputándose el aire de una fría mañana de abril. Lejos de Orihuela me acompañó por muchos días. Ahora caminaba junto al río, el rumor del agua siempre a mi diestra, los farallones encendidos por el sol tempranero, un cuclillo trenzando su canto con el agua y otros pájaros; también estaba el rumor de las hojas de los pinos agitadas por el viento.



Monasterio Buenafuente de Sistel

Hacía años que quería leer a esta mujer apasionada. Su nombre se oye devotamente tanto en lenguas viperinas como la de Cioran, como en mentes inteligentes y brillantes como la de George Elliot, otra mujer admirable. No hace falta ser creyente para leerla, de hecho es suficiente sentir la emoción de su pasión para que uno desee hacer de su lectura un primer acto matinal. Si Cioran decía que si Dios tenía que dar las gracias a alguien, sería a Juan Sebastián Bach, algo parecido podría haberse dicho de Teresa de Ávila. A mí me importa bien poco el Papa y toda su cohorte, pero, sin embargo soy devoto de los amores de Teresa y de su fuerza arrolladora. No sé muy bien en qué cajón puede meter un ateo esa emoción que suscita su lectura, cómo se pueden diferenciar estos sentimientos de otras pasiones, otros amores; pero sucede de ese modo, siento una profunda cercanía por el cómo dice, acaso más de lo que dice en sí; leo con atención, con recogimiento, sabiendo que en sus palabras, en la enorme fuerza de sus argumentos duerme algo indefinible en donde se esconde la verdad que todos buscamos. Ella habla como priora a sus monjas; las habla, ya lo sé, de un Dios, de un cielo, de un infierno en los que yo no creo, y no sólo que no creo, sino que hacerlo se me parece como la representación de un estado de ingenuo infantilismo; sin embargo, sus palabras, más allá de las circunstancias de la época en que el mundo vivía encerrado aún en una concepción de la realidad mágica y sujeta a las furias y a las bondades de un Dios nacido a imagen y semejanza de una idea patriarcal humana; más allá de todo esto, sus palabras son vigentes en esa apasionada devoción a los valores importantes, al amor, sea donde sea se ponga ese amor; el amor como fuerza que nos mueve, nos conmueve, nos catapulta más allá de nosotros dando sentido a nuestras vidas. El amor de Teresa de Jesús es tan sublime que es frecuentemente causa de un gran desgarramiento físico interior. Un amor terrible y arrollador que no cabe en la explicación biológica que comúnmente le damos, ni es posible encorsetar bajo ningún sistema; parece. Aunque a mí me emociona ese amor de Teresa de Jesús, no por eso dejo de pensar que está equivocada, que lo que le sucede a ella, aunque con mucho más fuerza, es lo que le sucede a tantos; vive esa sensación oceánica que sentimos todos y que menciona Freud, y que no sabiendo bien dónde colocar, lo refieren a Dios, otros al amado o la amada, muchos a la Naturaleza, a la Humanidad, etc. Quizás por ello no es difícil encontrar concomitancias en la escritura de la santa con otras lejanas culturas orientales, lo que demostraría que las religiones en el fondo lo que hacen es intentar dar salida a inquietudes que el ser humano no logra representarse con claridad, pero que ejercen sobre él una enorme fuerza.
Cuando aquella mañana oía largamente, junto al canto de los pájaros que poblaban la arboleda del Tajo, hablar de la necesidad de la oración interior como uno de los principales modos de emplear el tiempo de nuestro día, ese calor que pone, esa pasión de mujer sabia a quien las riquezas y los honores de este mundo parecen tontos y peligrosos juegos con que confundir a la gente; cuando la oía, me parecía que aquello no guardaba mucha diferencia con lo que Buda predica, con lo que era mi recogimiento a esa hora mágica del día en que la noche y el día se besan.
Si Teresa de Jesús hubiera nacido en Manchuria o en Nepal, a la oración interior le habría dado otro nombre. Se trata de la misma cosa que se hace en Oriente. A Santa Teresa le sobra Dios, se atrevería uno a decir, le sobra ese gran interés que han heredado los hijos de Alá y los cristianos por un paraíso, un infinito placer post mortum que sería como el resultado de la mejor inversión que uno haya podido hacer en vida. En ella, una mujer tan apasionada, esa relación con un Dios amante, padre y hecho a la medida de un gran monarca, me parece tan solo una consecuencia de la presión social de su época. Lo que cuenta, como en todo amor, es el anhelo del ser amado, ese cántico espiritual que alumbra la noche de San Juan de la Cruz, noche oscura en que el dilatado anhelo del santo viste de Amada a ese Dios salido del Medioevo y que con una claridad más universal, menos apresado de convenciones de la Iglesia de entonces, acaso hubiera roto los barrotes de hierro en que estaba encerrado el pensamiento para llegar a quedarse en puro deseo, la pasión de querer algo, alguien externo a nosotros hacia quien toda nuestra voluntad tiende.

Vivac junto al Tajo
¿Cumplirá todo esto la función de algún mecanismo interno difícil de agarrar por las orejas, de oler, de mirarle las tripas por dentro; sustitución, sublimación, acaso el de esa fuerza necesaria que nos ayude a tener un motivo para seguir estando vivos?
Y así, mañana tras mañana volvía a la santa, todavía junto al Tajo, muy temprano, cuando el sol apenas acababa de posarse en los roquedales de las escarpaduras del río, allá en lo alto; mientras la bruma se demoraba entre los sauces y los pinos ralos de la orilla, allí donde el río, más arriba, parecía abrirse paso como entre las nubes. Una humedad y un frío que me pillaron desprevenido. Leía las explicaciones que daba la santa sobre cómo ha de ser la oración mental, padres nuestros y ave marías con que desayunarse todo el día sin apartar la mirada del Altísimo. Y yo, mientras oía a la Santa iba pensando que quizás me habría venido mejor traerme un librito de San Francisco de Asís, que era más aficionado a la naturaleza que Teresa de Jesús, una oración quizás para mí más acorde la del parloteo con los pájaros, o los jabalíes que se esconden pero que dejan marcado el bosque con sus patas de excavadora.
En cierto momento la santa me aburría; mientras la oía distraídamente quise imaginármela en las cercanías de un amor no tan divino. Tan recia mujer habría necesitado un buen ejemplar masculino, inteligencia y sensibilidad a espuertas. Se me hace difícil imaginar una posible pareja para estas mujeres que admiro, y a las que leí últimamente, la Dickinson, George Elliot, Teresa de Jesús, Colette. En El canon occidental, Harold Bloom dice de George Elliot, que no había varón en la época de Elliot a su altura, a excepción de Adam Smith que ya estaba “cogido”, que la hubiera hecho sombra, y explica que de haberse casado con un hombre de inferior inteligencia su obra se habría resentido inevitablemente. No sé, entonces las mujeres lo tenían bastante mal. Desde luego lo que no me imagino es a un hombre corriente con una mujer de armas tomar como Teresa de Jesús. San Juan de la Cruz probablemente no habría pasado de hacer manitas con la Santa. No recordaba, metido en un bosquecillo de bojes, encinas y pinos, si Quevedo coincidió en vida con ella; quizás Quevedo habría sido un buen plan, pero es que a Quevedo le sucedía lo mismo que a Pessoa, a Pavese, parecían tan poco agraciados físicamente que era difícil pensarlos en las cercanías del dominio de Cupido. Por demás las salidas de madre de Bocaccio, cuando mete las narices en los conventos, no servirían a la energía de la superiora del Convento de San José de Ávila que en esto del amor iba muy que muy en serio y muy reciamente. Quizás Teresa sí habría hecho buenas migas con Dante a condición de que ésta hubiera cambiado el hábito por el traje cortesano de Beatriz; aunque a la humildad de la santa le viniera algo estrecha esa manía de Dante de saberse por encima de todos los mortales de su época.
Hoy ya hace un tiempo de aquel encuentro con Teresa de Jesús, pero me queda, sin embargo calentito y muy cerca todavía el sabor de aquellos momentos de recogimiento matinal que la cercanía de sus ratos de lectura me proporcionaban.

Escarpados del Tajo




¿Dónde está la vida?


Rumor de hojas, la cascarilla de la mañana flotando en el aire junto al zureo de las palomas, el canto de los pájaros. Hoy todo era oscuridad bajo los álamos blancos, flotaba en el ambiente la humedad del riego de la noche anterior; sentado sobre la hierba, las manos sobre las rodillas, la posición erecta, el aire entrando lentamente en mis pulmones, despacio, hasta sentirlo abajo en el estómago, retenerlo, acompañarlo con el pensamiento a través de los bronquios, la tráquea, la boca, y entrar en su reiteración como se entra en un espacio de recogimiento, un templo con murmullos de oraciones, de mantras susurrados en la penumbra. Y fue así como una repentina luminosidad traspasó mis párpados, el primer rayo de sol inundó de claridad sin imágenes el entorno de mi retina: amanecía.
Comenzaba un día más. Hoy con un interrogante pecular: ¿dónde está la vida? No hay día que mis lecturas aquí o allá vayan dejando por ahí señales de atención, subrayados que son una interrogación, anotaciones que interpelan un texto y que unas veces sirven para recordarme la belleza de un paraje que en principio me pasó desapercibido, otras para alertarme sobre un particular o como es el caso esta mañana, para sugerirme una reflexión. Aquí están algunos textos referenciales: “Para los habitantes de la aldea de Oblómovka la vida transcurre junto a ellos como un río, sobre cuyas orillas ellos se sientan a contemplarla”1 “Su vida es esta carencia de su vida. No se está nunca en la vida, como no se está nunca en el mar, porque a cada instante los brazos del nadador atraviesan el agua y durante un instante le alejan”2. “La vida se identifica con el anhelo a la vida, el amor con una privación que lo hace renacer continuamente”3. “La vida moderna no parece conocer el presente, sino sólo un transcurrir”4
Me sucede a menudo esta cosa curiosa: de golpe levanto la vista del libro y me viene a la memoria el recuerdo de una experiencia riesgosa, una noche de vivac en una cumbre, pienso en un milagroso amanecer que me sorprendió el pasado año en las montañas del Macizo de Ports, vuelvo a los últimos momentos del hospital poco antes de que falleciera mi padre. Todo ello aparece en mi memoria con una intensidad y una nitidez que, siendo diferente a los hechos mismos, me aparecen en el presente de hoy como más real, más vida, vida recordada, que el momento mismo del hecho, que era transcurrir y presencia de una realidad, pero una realidad que no puedo retener en mis manos, que antes de ser vivida se aleja de mí como el agua del río en que me baño sin que pueda apresarla nunca. Esa posibilidad de contemplar la vida como lo hacen los habitantes de la aldea de Oblómovka, sólo es posible cuando la vida ha transcurrido, raramente en el momento mismo de vivirse. Lo que nos sucede, que aparece como digno de revivirse momento después, se lo tragan los minutos siguientes, la noche que cierra el día. Me voy de viaje a Oriente y me enfrento a personas y a rostros particulares que mi cámara recoge con cierta emoción; sin embargo realmente el rostro no está tan presente en mí entonces como lo estará después, cuando rebelo la fotografía, cuando en el ordenador contemplo el gesto, la tersura del rostro, la mirada desafiante. Cosas que evidentemente no viví cuando tomaba la fotografía, porque a aquella toma siguió otra, un incidente; la necesidad de buscar un baño o tomar una bebida fresca hizo que se desvaneciera el instante previo. La vida se va por el sumidero a cada instante empujada por el hecho porterior, todo es transcurrir; cuando queremos contemplar con más detalle, vivirlo en su estar presente, la cosa está ya lejos, tan lejos como ese paisaje que vimos por la ventanilla del tren transcurridos unos minutos.
Tratar de conseguir que la escritura sea tan gratuita como un paseo matinal y personal; ejercicio lúdico que no tiene finalidad fuera de sí; escritura sin lector; sustancia que segrega mi cuerpo para lubricar mis hormonas; reflexión; vano intento de apresar una realidad que se escurre misteriosamente entre las manos cuando trato de apresarla pero que es necesario practicar a fin de ahuyentar el vacío. Me digo. Algo así como si con la escritura el sujeto tratara de atenuar esa fugacidad intentando extraer “de su cenagosa banalidad algún fragmento luminoso”5. Ya que pretender librar totalmente a la vida de ese transcurrir incesante en donde el individuo apenas tiene tiempo de vivirse, parece una tarea poco menos que imposible, por mucho que pretendamos aprovechar el instante, no parece del todo errado dedicar unos minutos de la mañana a confirmar lo evidente; acaso del conocimiento de esa evidencia nazca un cierto apremio para despabilar la atención en favor de una mayor consciencia. Para mí que la escritura sí puede ayudar a cumplir ese imposible que consiste/consistiría en contemplar la vida tanto desde la orilla como desde las propias entrañas del agua en donde estamos sumergidos.


1 Goncharov, Oblómov.
2Michelstaedter, La persuasión y la retórica.
3Lukács, El alma y las formas
4Magris, Itaca y más allá
5Magris, Itaca y más allá

Cómo se escribe una novela


El encuentro sobre un tema de literatura, en Facebook, con uno de mis contactos, me va a servir esta mañana de disculpa para escribir unas líneas mientras vigilo frente a la ventana cómo los pájaros vienen a dar cuenta de las pipas que he esparcido sobre una silla allá en el jardín. El caso es que compré hace tiempo un comedero de pájaros y lo colgué de la rama de una acacia, frente a la ventana de mi cabaña. Durante meses nunca vi acercarse por allí a ningún pájaro. Hace unos días, sin embargo, eché de menos el comedero; salí a ver lo que había pasado con él y me lo encontré roto en el suelo, probablemente no resistió el peso de alguna paloma, o simplemente no les gustó a los pájaros de mi parcela que vieron en él una trampa. Total, que decidí prescindir de él y, tomando un buen puñado de pipas, las coloqué sobre una silla del jardín. No tardaron en aparecer los pájaros a descascarillar las pipas. Ahora pasan horas revoloteando en torno a la silla, así que a la tarea matinal de echar de comer a los peces, se ha incorporado la comida de los pájaros. Ahora estoy empezando a conocer a mis congéneres de la parcela. Les miro y me río de mi condición de propietario; uno, obsesionado con eso de la propiedad, se olvida de que todos somos criaturas con igual derecho a disfrutar de los bienes de la naturaleza; las pipas; las aceitunas del olivo; las peras que se zampan los mirlos -cabroncetes ellos-; los nísperos, que cuando fui a coger la segunda cosecha para la que había desplazado hasta el árbol una larga escalera la tarde anterior, me encontré que los pájaros sólo me habían dejado tres o cuatro, que se habían zampado media cesta ellos solitos; las lechugas, de las que dan cuenta los conejos, simpáticos pero listos y amantes de las verduras, a los que tengo que expulsar a base descargas eléctricas, un pastor eléctrico con el que he tenido que rodear las madrigueras para invitarles cortesmente a que vayan a comerse las lechugas del vecino. Es seguro que a los pájaros de por aquí no les gustaba el comedero, de la misma manera que a mí no me gustan los corsés ni las recetas relacionadas con la literatura, con los modos de escribir, lo que no es negar, por cierto, la utilidad de las mismas.
El punto de arranque. El texto que me sirve de disculpa, que me sirve de disculpa, digo, está relacionado con la necesidad expresada por el autor de un post (Defectos más comunes de una novela. (III) Posponer el comienzo de la trama | Crítica de Libros. www.criticadelibros.com) de que el escribidor trabaje teniendo en cuenta que, “la principal dificultad para un novelista es conseguir, hoy en día, que el lector dedique a tu libro los veinte minutos diarios que tiene para distribuir entre los viudeojuegos, la serie de la tele, el periódico, la pantalla del metro y las redes sociales”. Mi respuesta, ante esta afirmación, decía que me producía escalofríos pensar en que alguien tenga que tener ese tipo de premisas delante para escribir; desde luego no me imaginaba a ninguno de esos posibles lectores con un libro de Celline, de Thomas Mann, de Proust, de Flaubert en las manos.
¿Cómo se escribe una novela? Ni idea, escribiéndose, me imagino. Un día inventamos un personaje y lo hacemos madrugar, las del alba serían... y el personaje se pone en camino; y mientras tanto volvemos a las tareas del día, regamos los tiestos, echamos una siesta y a la mañana siguiente cogemos de nuevo la pluma, el ordenador y caemos en la cuenta, porque se nos ha ocurrido mientras tratábamos de quitarnos el sueño de encima, que a tal personaje le conviene un escudero; más tarde descubrimos que necesita una Dulcinea, y así sucesivamente, incluso se nos puede llegar a olvidar, como le sucedió a Cervantes, que al burro le habíamos hecho desaparecer en el capítulo anterior, y hagamos cabalgar sin más a Sancho sobre su rocín, sin apercibirnos de que la última vez que cogimos la escritura lo había hecho robar por algún cretino. El placer de levantarse cada día, imagino, cuando el novelista está en vena, e intentar descubrir en qué consiste lo que va a escribir esa mañana; lo decía Marguerite Dura, ponerse a escribir para averiguar lo que uno va a escribir. Creo que algo parecido le leí a Antonio Muñoz Molina, me parece que en la introducción de El invierno en Lisboa, es la manera en que el libro se va haciendo cada mañana. Italo Calvino cuenta divertido en Leyendo a los clásicos, cómo el personaje de Ariosto, en Orlando furioso, va de acá para allá con su caballo de manera interminable, no sabiendo el escritor qué hacer con él, hasta que una buena mañana don Leudovico se siente más inspirado y entonces su caballero echa a andar definitivamente por los vericuetos de la escritura de una manera diabólica. ¿No sucede algo similar en la novela de Sterne, aquel maravilloso Tristram Shady? Las referencias serían inagotables. Tampoco Proust parece interesado en otra cosa que no sea la expectativa, acaso, esa que se hace dueña de la novela, Balbec, Albertina, la señora de Guermantes, la Berma, son referencias para magnificar el presente del relato, para darle la fuerza descomunal del deseo sin las muletas de la intriga.
Naturalmente hay novelas que deben de hacerse, acaso, de otra manera, las de Aghata Christie, por ejemplo, El código de Da Vinci, imagino (aunque no lo leí), un montón de novelas modernas, generalmente novelas de entretenimiento, las que leemos en el metro porque no requieren ese mínimo de concentración necesaria.
¿Qué es una buena novela? Yo no entiendo ni patata de estas cosas, pero obviamente una buena novela debe emocionarte, debe contener ramalazos de genialidad, comunicar la vivencia de una experiencia de tal manera que sea necesario pararse y cerrar los ojos para retener el sabor ese de la magdalena que viene de la conjunción de la lectura con nuestra propia vida interior; para apreciar y emocionarte con esa mirada mutua que apenas dura décimas de segundos, en la que dos personajes de Conrad adivinan en Lord Jim un precioso mundo de afinidades. Yo intenté leer, caminando por un lugar intrincado (lectura oída), La historia universal de la infamia, de Borges, y fue un fracaso total, aquello era de lo que no puede leerse en el metro, ni caminando por parajes que requieren especial atención si no quieres perderte. Desde entonces, cuando camino, procuro adecuar el nivel de mis lecturas a la atención que requiere el camino. Y si se tercia que esté muy enganchado por lo que estoy leyendo, como me sucedió el pasado año cuando repetía la lectura de En busca del tiempo perdido, mientras atravesaba caminando España de sur a norte durante un cálido verano, lo que hago es supeditar la lectura al camino, y así cuando algo me llama especialmente la atención me paro, me siento bajo un árbol y degusto tranquilamente la dosis de emoción que me procura ese paraje con el que me he encontrado. Hace ya un tiempo tuve una pelotera dialéctica con una amiga a propósito, esta vez, de qué era una buena película. Andábamos navegando por los canales de Kerala, al sur de la India. Los argumentos de entonces sobre el cine, sirven ahora también para la literatura (¿Qué es una buena película?, era el título).
A Juan Marsé le leí en alguna ocasión decir que esas cosas, cómo cada uno hace una novela, pertenecen al ámbito privado de la cocina en la que cada uno elabora sus relatos, etc.; que después los críticos tengan que ganarse el pan especulando sobre esto o lo otro, eso ya es harina de otro costal. Malcolm Lowry no sé si llegó a publicar en vida su obra maestra, Sábato tuvo que recurrir a la ayuda de un amigo para con dinero de su bolsillo poder publicar El Túnel. Los ejemplos son miles. Y es que los supuestos de la crítica y las metodologías destinadas a aquellos que quieren escribir, hay que tenerlos en cuenta, pero... son tan relativos que, para averiguar si algo es bueno, mejor hundirse en la lectura e intentar comprobar si aquello que uno lee tiene cierto efecto sobre la fisiología del lector, esa emoción que corre en forma de lágrimas por el rostro del personaje de Pennac , en El dictador y la hamaca; un personaje que fallece viendo una película de Chaplin. Tras la finalización del film, la acomodadora descubre absorta los ojos del espectador en cuyas pupilas ella podía leer las fuentes de la emoción (Las fuentes de la emoción).
Quizás junto a las buenas y menos buenas novelas haya que hablar también de buenos y menos buenos lectores, Pennac era/es un buen lector, de la misma manera que lo fue Borges. E incluso dentro de los malos lectores cabría hablar todavía de especímenes muy diferentes, yo, por ejemplo, me considero un pésimo lector, un lector al que la trama le trae casi siempre sin cuidado; me sucede con alguna frecuencia atravesar por montones de páginas sin enterarme de lo que está sucediendo en el libro. Mientras leo mi mente anda en otro sitio probablemente utilizando las páginas del mi libro supuestamente mal leído como lanzadera hacia lugares y espacios concomitantes relacionados con mi propia vida o la realidad que me circunda; leer es recrear la propia vida, hacer un cóctel con los componentes de la lectura y la propia experiencia, las propias ideas. Cuando Proust en Balbec anda como loco enamorado de aquella chiquilla que es Albertina, yo no dejo de hacer lo propio, la lectura de Proust me pone en contacto con la lectura de mi propia vida, de mis sentimientos y emociones, me estoy leyendo a mí mismo. Otras veces es diferente, cuando leo a Celline mis sentimientos están en otro lado, en Celline el esplendor es su prosa, maravillosa, espontanea, robusta, cautivadora; en este caso es el placer del texto, no hay trama que valga aquí tampoco, es lo que dice, pero sobre todo cómo lo dice, tanto monta para el caso el que el personaje Celline haya sido puesto en entredicho por asuntos ajenos a la literatura.
Mis pajaritos siguen dándose un festín con las pipas, nada de comederos ni estructuras engañosas que pueden hacerles olvidar lo que realmente constituye el placer del sustento, la alerta de la posibilidad de una trampa en donde desperdiciar nuestro maravilloso tiempo; el placer de la lectura, diría yo.



Antes del fin. Ernesto Sábato.



De la lectura del último libro de Ernesto Sábato, Antes del fin, no sabría decir con precisión qué era lo que verdaderamente me molestaba, creo que rondaba ese afán desmesurado que recorren lo últimos años de su vida haciendo que en el libro la realidad moral y social, la ideología, la injusticia adquieran una dimensión desmesurada especialmente para un hombre que se acerca al fin de sus días. Todo lo que cuenta Sábato en su libro parece provenir del desencanto de un mundo injusto; es el alegato de un luchador que no vive otro cometido que la expresión de esa injusticia, y a la que acompaña un largo discurso dirigido a animar a la juventud a pervertir estos valores y a transformar la sociedad. Junto a ello algunas leves referencias a su esposa, a otra mujer que cuidó de él, a su hijo Jorge, al que esta vez sí, dedica largas páginas de sentido recuerdo.
Imagino que cuando una persona tiene tantos años le queda poco margen para otras cosas, no son tiempos ya de pasiones nuevas ni de poner en cuestión una larga vida de rectitud y empeños artísticos y sociales. Pero me queda la duda. Esperaba de este libro una confesión más personal, esa desnudez de la que habla Machado frente a un tiempo que se acaba y no necesitando ya de los tiquismiquis de las convenciones, afronta la propia realidad de la muerte dando rienda suelta a una íntimidad mucho más conflictiva. Al menos eso quiero creer yo de un espíritu apasionado y superior.
Ayer estuve en el teatro, David & Eduardo, un extraño encuentro; la historia de dos hombres, un esposo y un amante, que encontrándose en el entierro de la esposa, amante a su vez del segundo, en un diálogo a dos voces y durante algo más de una hora, llegan a aceptar la realidad del amor de ambos por aquella mujer. Las pasiones que corren por el interior de los seres humanos no encuentran precisamente todas ellas vía libre para ser aceptadas en una sociedad estructurada en torno a una férrea moral de pareja, donde los valores están establecidos con precisión y en donde la falta a la norma queda estigmatizada como un oprobio, especialmente para la mujer.
Esta tarde, en uno de los ensayos de Claudio Magris, Ítaca y más allá, que leo a ratos tras la siesta, me sorprendió con un tema con el que quizás pueda aclararme un poco en relación a esa insatisfacción que me dejó el libro de Sábato. El artículo lleva el título de El tardío verano de Ibsen. Comienza Claudio Magris con esta cita: “Un día la juventud vendrá a llamar a mi puerta y entonces será el fin del constructor Solness”, dice este último en el homónimo drama de Ibsen que marca, en 1892, un cambio de rumbo en la obra del escritor noruego. Con el Constructor Solness, cito a Magris, Ibsen parece abandonar el compromiso fundamentalmente ético, ideológico y social de sus dramas precedentes para dirigirse al trágico juego de los impulsos y de la vitalidad. Hace después referencia Magris a los demonios de cabellos rubios o morenos, que Solness, el mismo Ibsen sin duda, teme y al mismo tiempo desea con absoluta determinación aferrar, que son sobre todo la oscura y profunda energía de la vida, que rompe los frenos con los cuales la razón y la moral han creído dominar el caótico y múltiple fluir de lo real. Descubrir en Ibsen, como sucedió también en Goethe, que sus personajes o ellos mismos planteen el reproche de no haber vivido sus vidas, el haberlas reprimido y sacrificado en nombre de una meta aparentemente superior (el arte, el trabajo, la moral, la civilización) en realidad no justifica la vida ni le confiere un significado, sino que más bien la sofoca vil e inútilmente (los últimos renglones son de Magris).
Me da un ramalazo de gusto encontrar que los interrogantes que me plantean mis lecturas, autores de cualquier época o demarcación geográfica, puedan encontrar, como en este caso, un rodrigón en el que sostener mis propias intuiciones. Pensar que hay algo en nosotros indecible, pero tan presente como la sangre misma, esa oscura y profunda energía de la vida que nutre nuestro interior, sin distinción de edad o condición, con su fuego primigenio, es aceptar la posibilidad de un camino que la intuición en su maravillosa forma de acercarse a la realidad supo adivinar pese a la poderosa presión del établissement moral y religioso.
La obra de teatro de ayer, aunque algo blanda y contemporizadora con un público típico encerrado en el corsé de una ética universalmente dada como correcta, deja a lo largo de la representación un hueco en que poder hacer plausible esa oscura y profunda energía que hace posible que no nos tengamos que reprochar el haber vivido nuestra propia vida, el haber seguido ese impulso sin el cual la exitencia puede quedar en cosa de chichinabo.
Quizás de todas estas consideraciones provengan esa extraña sensación de tristeza que me venía de la lectura del libro de Sábato. Lectura en pro de una mejora social, humana, pero lectura que, anclada en una meta aparentemente superior, deja a un lado la posibilidad de otros encuentros, otras pasiones. Esa inquietante ternura de Ibsen, de que habla Claudio Magris, por ejemplo, frente a una nueva aurora. En un libro con este título creo que habría sido imprescindible ir más allá de una relación de hechos y de una apuesta por una sociedad más justa. Es al individuo al que buscamos cuando abrimos un título como éste, al menos eso me sucede a mí.


El arte de socializar las deudas

Leo a Ernesto Sábato, Antes del final. Si uno vive totalmente mediatizado por la globalidad mundial, no puede dejar de sufrir interminablemente; algo que sería por demás válido para toda la historia de la humanidad, en la que probablemente es imposible encontrar unas pocas décadas de lógica vivencia, de paz, de justicia generalizada. El libro de Sábato es un tormento renovado, la confirmación de que la vida no puede consistir en echarse a la espalda toda la carga de la basura del planeta. Debe haber interconexiones del individuo con la realidad que le circunda, pero no hasta el punto de hacer imposible su propia vida, una mezcla de tristeza y alegría, que como la lluvia o el sol o los temporales, conviven en un mismo espacio, sin hacer de lo tenebroso el ámbito casi exclusivo de la propia existencia. Lo que no quita para que el hombre solidario tenga su propio campo de acción compatible con una rica vida personal. Mi admiración por Sábato hace que me produzca tristeza la lectura de este libro, tristeza por las circunstancias de la Argentina de entonces, de América Latina en general, pero en este caso principalmente tristeza por él, que siendo un hombre cabal debió vivir atormentado por su entorno social y político. La historia de la humanidad es milenaria, mientras que la del individuo dura apenas unas décadas; de ahí que buscar una síntesis entre la vida personal y la necesaria atención al medio social, parezca algo tan esencial.
En la escritura de Sábato hay una continua imputación al poder, al dinero, etc., pero aunque defiende la educación como medio de toma de conciencia, quizás habría que volver a decir que una parte importante de ese todo catastrófico corresponde a los ciudadanos, que activa o pasivamente han contribuido en buena manera a consolidad situaciones de injusticia. Del mismo modo no es inocente la situación de muchos que hoy no pueden pagar sus hipotecas porque vivieron del futuro en un grado extremo o porque las facilidades crediticias eran excesivamente tentadoras. La visión de Sábato, como tantas veces fue la nuestra, la de tanta gente que desde el franquismo intentó mejorar el mundo, sigue siendo paternalista cuando no tiene en cuenta la responsabilidad que nos incumbe a todas las personas cuando hacemos dejación de una reflexión conveniente de la realidad en la que vivimos. Quizás habría que enfrentar al mundo con sus propias realidades, acto también paternalista, por cierto, y decir que si bien hay muchos sinvergüenzas y codiciosos por ahí sueltos, también abundan los ingenuos, los que no mueven un dedo, los que vegetan, un buen puñado de millones y millones de hombres y mujeres que se dejan embaucar, que dan su indiferencia en forma de voto a esos poderosos a los que continuamente echamos todas las culpas. Con sólo que los ciudadanos ejercieran su capacidad de voto de una manera adecuada a su condición, con la lógica de quien ha de votar a aquellos que con toda seguridad han de velar por sus intereses, los grandes desequilibrios no serían tantos. Cierto que ahí está la clave de los medios, la propaganda, la mentira, que aminora la capacidad del votante para ver con mediana claridad en la realidad, pero eso no le exonera de la culpa de no haber actuado reflexivamente. Quizás la próxima vez se lo piense mejor... o quizás entonces se haya vuelto a olvidar.
En una sociedad donde un número importante de ciudadanos tuviera la cabeza en su sitio, en que fuera difícil engañarles como a niños chicos, las cosas sucederían de otro modo. La codicia de los usurpadores y de aquellos que los amparan es también parte de nuestra codicia. Quizás los Italianos, que saben de sobra que Berlusconi es un sinvergüenza, cuando le votan, no estén buscando otra cosa que conseguir bajo los auspicios de este “sabio” moderno, que sus ingresos se vean incrementados en manera parecida a como él lo consigue para sí. Hace un par de años visitamos a unos amigos italianos en Brescia y nos reímos mucho porque en un grupo numeroso nadie conocía a ninguna persona que hubiera votado a Berlusconi; al parecer los votos habían venido de Marte. Otro ejemplo, el trío de Rodrigo Rato -todo él PP- en Bankia, más de diez millones de salario, primas aparte, imagino. Esta gente sabe hacer dinero, pues votémosles; quizás sea sea también la lógica de los votantes del PP, como el dinero llama al dinero, acaso les llueva algo de esta facilidad con que les llega a ellos. Aparte de haber perdido todo rastro de vergüenza, claro, la de esta gente.
Por demás, han atado las cosas de tal manera que si el banco se va al carajo, vamos a ser los contribuyentes los que paguemos la deuda. Y ahí los socialistas no se libran de culpa, o ¿es que acaso no son ellos, en el Gobierno, los que tenían que haber velado por la seguridad del dinero de todos los ciudadanos; de la misma manera que se dictan normas y leyes para la seguridad del tráfico, para la seguridad en los aeropuertos, ¿no es obligación imprescindible velar por la economía de todos nosotros? Todo lo contrario, socialistas pero socialistas que sólo parecen pensar en socializar las deudas y defender el status de privilegio de la banca. A más de muchos consuelo de tontos, ya que en ese sentido también son socialistas los Estados Unidos o cualquiera de los países neoliberales de nuestra área. En todos ellos están socializadas las deudas. ¿O no consiste en eso ser socialista en nuestros días? Esta gente de las finanzas han conseguido la cuadratura del círculo: una libertad total del dinero, acumulando beneficios astronómicos pero... consiguiendo a su vez que sean los contribuyentes los que paguen sus errores, las pérdidas, los estropicios que ellos mismos crearon en el mercado: maravilloso. Y ahí está el gobierno en pleno apoyándoles totalmente, abriéndoles el culo a los bancos, como decía el otro día un comentarista en Público, al referirse al discurso del estado de la nación.
Días atrás Gregorio Peces Barba echaba chispas por “el PSOE, el PP la misma mierda es”, su sabiduría se había vuelto tan huera como para llegar a defender al señor Botín; sin aceptar la culpa de los bancos en este desbarajuste que vivimos, sin llegar a entender que el vampirismo ejercido por las entidades financieras y sus cúpulas son los causantes del momento en que vivimos.
Volviendo a Ernesto Sábato. Probablemente todos compartimos sus acusaciones contra toda esa deplorable raza de sinvergüenzas que puebla el mundo, pero sin embargo Sábato olvida decir que, sin embargo, todos ellos o, son auspiciados por aquellos que obtuvieron nuestros votos, o nacen directamente de la corrupción de un sistema que se fragua en el Congreso o en el Gobierno. Y pese a ello les seguiremos votando. Nuestro voto respalda las acciones de aquellos a los que votamos, de alguna manera también nosotros somos culpables al aceptar esa oferta masiva de créditos baratos; si muchos invertían en pisos era porque pensaban que se iban a hacer de oro. Al vídeo de Españistán le hubiera faltado una segunda parte para entender mejor el proceso de la crisis. Algo que alentaría ese plano pedagógico sin el cual será imposible cambiar esta sociedad. Eso en lo que tanto hace hincapié José Luis Sampedro, desarrollar nuestra capacidad de pensar; esas tantas pancartas que el 19-N aludían al hecho de la necesidad de la reflexión personal.