Mujeres y alpinistas polacos en la hora de la siesta madrileña





Madrid, 17 de agosto de 2018


Hoy, yendo en el metro a la intempestiva hora de la siesta, trataba de imaginarme el sentido del humor y las ganas de diversión de todas las mujeres que iban sentadas frente a mí, una con el pelo largo tintado de pelirrojo de unos cuarenta y tantos, otra gordita enfrascada en la lectura de una revista, aquella de más allá abstraída en pensamientos allende los mares; trataba de imaginármelas con las piernas abiertas recibiendo en sí el céfiro de las gracias que Venus dispersa a sus amantes, y el resultado que me servía mi imaginación era una bonita fiesta para la hora de la siesta; sí, pese al calor, porque el calor es cosa que se puede mitigar con ráfagas de viento debidamente amansadas. Yo iba camino del otorrino a una consulta de rutina y del interrogante que me surgía se derivaban interesantes sugestiones tales como que siendo esta cosa tan divertida y propia de todo mamífero que se precie, me parecía que le dábamos demasiadas vueltas a la cosa mezclando en un beatifico acto de diversión y placer, cuestiones relacionadas con obsoletas morales a las que se les nubla la vista cuando los actos no se adecuan al diseño que viejas generaciones habían hecho de lo que debe o no deben de ser los actos de la vida. No existe nadie que no esté de acuerdo en que uno de los objetivos punta de la vida es divertirse y cazar ramalazos de felicidad entre el erial que pueden ser los hábitos de la vida cotidiana. Ser feliz aunque sea por una hora, carajo, sí, entre los brazos de esa chica de enfrente que anda despistada con su teléfono intentando sacarle un jugo al aparato que posiblemente en esta hora de siesta, y pese al calor, sólo podría proporcionarle las caricias aterciopelada de otras manos u otro cuerpo deseoso por naturaleza de tener entre sus brazos otro espécimen de la misma especie y preferiblemente de diferente género.

Trataba de imaginarme, decía, pero era como si un eunuco estuviera haciendo un ejercicio de agiornamento sociológico, convertido así en un observador de piedra que se preguntara por estos curiosos interrogantes de la existencia en los que unos y otros se ven asaltados por repentinos deseos de yacer con hembra o varón, así, sin más, en ese hervidero humano que es el metro, una mirada, unas piernas, un cuello como hecho para modelo de una porcelana china, en fin; quería imaginar la reacción de mis compañeras de viaje ante una situación en que se les presentara una improvisada oportunidad de folgar con ese desconocido que no hace más que echar ojeadas discretas a su espléndido escote: el pudor a hacer puñetas, el gusto subiendo como pequeñas descargas eléctricas por los muslos, el deseo despertando arrebolado junto al palo de mesana sobre el maderamen de la hora de la siesta, la penumbra correspondiente y los listones de luz entrando difuminados por la delgada líneas de una persiana desplomado de calor sobre el alféizar de la ventana; de la ventana de mi cabaña, mejor, si pudiera ser.

Sueños erotico los tiene todo el mundo, supongo, a no ser que la Madre Naturaleza le haya dotado para otras labores de índole religioso o eremítico, y aún así, porque ya se sabe cómo las gastan los sofisticados métodos que la especie usa para suscitar el deseo aunque sea bajo las piedras; y ahí está aquel santo varón San Antonio y sus tentaciones para decirnos de la voluntad que hay que tener para resistir el asalto de los encantos que la naturaleza ha diseñado para enganchar a sus hijos y llenar el planeta de pipiolos y gente menuda.

Y salgo del hospital y en una terraza de la calle Sandoval me encuentro a un par de chicas una de las cuales ríe a carcajada limpia agitando todo su cuerpo en sucesiva oleadas y no puedo remediar seguir el curso de mis pensamientos atípicos de esta hora de siesta y vuelvo a imaginármela, ahora a esta rubita de ojos como chispas, esta vez con su amiga haciéndole cosquillas con la punta de la lengua en el especial vallecillo de su intimidad, y ella divertidísima e imposibilitada para dejar de reír con las piernas abiertas tomándose de las rodillas para facilitar que la lengua viperina y juguetona de la amiga llegue a todos sus oscuros rincones. Y la dejo atrás y, cuando tomo la calle Fuencarral me cruzo con una moza que venía de carrera ensimismada con su teléfono y que de pronto se para como para considerar más atentamente lo que dice un inusitado whatsapp y enseguida me entra la sospecha de que ahí mismo tiene una imprevista propuesta que ha agitado repentinamente su cuerpo poniéndola junto al umbral de alguna puerta encantada.

Y digo yo, qué bicho te ha picado, amigo, porque entro en el metro de nuevo a la carrera porque el tren está a partir, me siento y, toma, ahí mismo, una moza que habla por teléfono con alguien sobre sus inmediatas vacaciones a algún lugar del mundo. Minifaldera con falda hasta el ombligo, lo que canta, como los ruiseñores desde antes del alba, ese cuento de nunca acabar que dice: aquí estoy yo, enterita para alegrar la calle y todo lo que se tercie. En un momento pone cara seria y dice: ya saldrá algo, porque el curro parece que se le acaba ya mismo. Pero es lo mismo, la manera en como asoman sus senos por la rendija mágica de su escote hace suponer que, o tiene muchísimo calor o que hay un cierta clase de música que es capaz de hacerla olvidar las dificultades para encontrar un curro. Sí, y con tanto observar aquí y allá me paso de estación y tengo que abandonar mi asiento para saltar al andén de Atocha, y así, camino de la tienda de Desnivel, camino de la tienda de Desnivel, sí, porque esta semana estoy absorto en el universo de los alpinistas polacos y sus aventuras en el Himalaya, que me desbordan hasta el punto de voy a necesitar un saco de sus libros después de leer a Kukuczka para seguir alimentando mis otros deseos, que no sólo de pan vive el hombre, aquellos relacionados con la montaña y sus hombres; caminando entre Antón Martín y la tienda, decía, cambio al fin de asunto, dejo a un lado el tema de las mujeres y me sumerjo en el universo del Himalaya, ese mundo en donde se han fraguado la portentosa voluntad de tantos hombres de la montaña. Voluntad en estado puro, capacidad de sufrimiento extremo, amor a la vida de la que han querido exprimir hasta la última gota, belleza, el compadreo con los límites de las posibilidades humanas, la lucha para saltar sobre el abismo que la muerte tiende a cada paso cuando se escala y vivaquea con lo puesto a cuarenta grados bajo cero.

Me impresionó está semana tanto la lectura del libro de Kakuczka que de pronto todos mis libros que tenía en la lista de espera han quedado a un lado y, pese a que mañana o pasado mañana me marcho al Pirineo, que sólo admite lecturas que no incrementen el peso de mi macuto, he querido aprovisionarme para pasar el otoño desbordado por la nueva presencia en mi cabaña de gente como Kurtyka, Renato Casarotto, Catherine Destivelle, Kukuczka, libros de Bernadette McDonald, Simón Elías Barasoain… De momento, y siempre bajo el asesoramiento del amigo Paco de Hoyos del Espino que es el que me ha surtido una larga lista de lecturas alpinas que no deben faltar en la biblioteca de un amante de la montaña.

Y ahora, porque el post demoró hasta que tuve tiempo libre, la tormenta amaga sobre mi casa, llueve y el olor a tierra mojada sube profundamente de los campos hasta mi cabaña llenando la tarde de otras resonancias. La vida es muy corta, pero es tan fértil y amigable a veces… hoy trayéndote el olor de la tierra, ayer regalándote el perfume cargado de mujer en los vagones del metro, más tarde, en el universo de una librería, admirándote de esa profunda carga de pasión y voluntad que tantos hombres y mujeres han puesto en su relación con esa montaña a la que Reinhold Messner llamaba la sua amata.










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