El Chorrillo, 2 de mayo
de 2015

Pensé entonces en esos maravillosos momentos que la vida te
regala sin que tú hagas absolutamente nada para merecerlo. Días atrás había
tenido unos instantes de parecida intensidad. Era sábado por la mañana y yo
caminaba por las calles de Usera después de hacerme una analítica para el
preoperatorio de la intervención de cataratas que me realizarían después de una
semana. Había desayunado en un bar y el dependiente, un negro negro salido de Lo que el viento se llevó me había
saludado con un familiar "buenos días, vecino" y me había puesto un
café con un croissant a la plancha cubierto de mantequilla y mermelada; después me había echado a la calle como quien emplea su relajado ocio matinal
por una desconocida ciudad de alguna parte de Serbia o Rumanía. Y fue unos
pocos minutos más tarde que ocurrió de nuevo el milagro. Sentí que por mis
órganos internos, desde los pies a la cabeza, empezaban a formarse pequeños
riachuelos de felicidad. Comenzaban a aglutinarse alrededor de las rodillas y
poco a poco me subían a lo largo del cuerpo como un espumoso champán para
remansarse a la altura del plexo solar, un lugar donde Unica
Zurn, recogiendo enseñanzas orientales, localizaba el centro de la persona, un
lugar donde el dolor y la alegría de vivir se daban cita. Las calles de Usera
estaban dominicalmente tranquilas. Sufrí de niño una atrofia del nervio óptico del
ojo derecho que me llevó a perder la visión de ese ojo y
siempre tuve miedo de perder algún día la vista del único ojo que me queda. Paseaba
lentamente, disfrutaba de esta mañana de primavera, me sentía discretamente
feliz, ya ni siquiera me asustaba esa posibilidad remota de un accidente
quirúrgico que me dejara ciego. Paseando por Usera sentía que la vida me había dado
tanto que sólo me preocuparía lo que pudiera implicar a mi familia una
situación así; pero esta sensación era una más entre otras, otras en donde era posible
escuchar el murmullo de las olas arrastrándose por un lecho de cantos rodados
que sonaban como campanillas de un templo tibetano.
En las proximidades de las vías del Cercanías los taludes se
han llenado de amapolas y jaramagos, rojo sangre y amarillos de esos que
pueblan tantos cuadros de Van Gogh. Tiempo como detenido a la vera de las
ocupaciones diarias, de los asuntos de la política que median en las
proximidades de unas elecciones. Que pasen estas cosas dentro de uno de tanto
en tanto es uno de los mejores regalos que se pueda concebir y que confirman
aquella idea de Wells en La puerta en el muro,
hoy escribo por segunda vez de esta dichosa puerta, de que no se encuentra
lo que se busca, de ahí ese absurdo de pretender buscar la felicidad, esa cosa
tan escurridiza que sólo asoma sus naricillas por nuestro organismo cuando a
ella le da la gana y como mucho en circunstancias en que hemos sido capaces de
crear las condiciones necesarias en nuestro cuerpo y en nuestro ánimo para que
ella germine. Luz, humedad, calor, ciertas lecturas, cierta música, ciertas
actividades en la soledad de la noche en el mar o las montañas, cierto trabajo
de atención a la abuela que tan viejita está... quién sabe los caminos del
Señor. Quién sabe si sólo se trata de un porque sí, un algo que como sucede en
primavera en algún insólito lugar desértico surge por generación espontánea
para llenar de belleza unos pocos e inhóspitos centímetros cuadrados.
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