Entre libros

La imagen de un libro entre las manos por encima de las piernas con la luz del flexo cayendo sobre las palabras alineadas como ejército de almas vibrando dentro de su uniforme, la cabaña envuelta en la penumbra, el ratón que vive en el interior del muro de la chimenea saliendo de su agujero a comer el veneno rosado situado sobre un platillo a la entrada de su cueva, la noche fuera cruzada por el lejano ruido de la autovía, el silencio.

Su libro habla de un caminante que dejó Estambul a sus espaldas camino de China mientras el ratón sale cada poco a masticar como si fueran piñones el alpiste que poco a poco le está dando muerte; como en la película Encadenados, en la que Ingrid Bergman languidece en la mansión de sus apresadores; como en la película que tiene un título de tres letras y cuyo nombre no recuerdo, donde la desolación de los campos nevados sirve de telón de fondo a una historia de amor.

Y la tarde transcurre en la oscuridad silenciosa, ajena al mundo que le rodea entre estas cuatro paredes. Dos seres vivos, un ratón y un hombre que lee.

El hombre se quita las gafas, pasa la yema de los dedos por sus ojos cansados y observa a su izquierda la mesa de cristal bajo la ventana sur; su superficie aparece cubierta de libros, unos encima de otros sin ningún orden; se ve que han ido cayendo allí según su propia circunstancia particular; algunos reposan sobre el cristal inmóviles desde hace meses: Bloom, libros de antiguos viajes por América y Asia; otros más recientes: Desasosiego, El carrilano de Ignacio, los relatos de X, El rumor del oleaje, de Mishima, los ensayos de Montaigne, apuntes diversos, el libro de los últimos poemas, Sonata de otoño; también hay libros en formato mp3, Dulce Chacón, Cernuda, Suzuki, el estudioso del budismo zen, la novela de Ya Ding.

La tarde de ayer la dedicó a la historia de Liang. Las olas saltaban en San Juan de la luz rememorando el estrépito y el movimiento de otras costas en cualquier parte del mundo. Era el mar, pero sobre todo eran las formas de los sentimientos de los personajes en vaivén de olas sobre el paisaje marino. El amor seguía su guión frente a un mar de verano. Una nueva oportunidad para el amor. Destino de fuego, Liang, trata de orientarse en sus sentimientos y en los de ella. Nada hay lineal en la vida, la inquietud está al acecho a la vuelta de cualquier esquina. Su memoria viaja constantemente a los años de la infancia, a la comunidad familiar tratando de buscar un referente en donde sosegar sus tribulaciones.

Y su lectura era un paisaje de fondo que servía a encauzar sus propias inquietudes, un medio para suscitar el encuentro con otras realidades. Mientras Li Liang tomaba posesión del lugar en la casa de la colina a donde había sido invitado, sopesaba lo que había en la historia que le atañía. En toda historia ajena siempre hay una pequeña o gran parte de la misma que nos involucra. Lo que le sucede a la gente suele venir escondido en la apariencia de una individualidad ajena y diferente, pero escuchando y dejando a la lectura vagar enlazada a los propios pensamientos, no es difícil irse encontrando un mundo de analogías que hacen que la lectura sea un paseo por la propia existencia.

La tarde de hoy es un caminante que atraviesa solitario Turquía camino de China. Leer es caminar por dentro de ti mismo. Y en ese instante aparece sobre la pantalla de su ordenador el aviso de un correo. Una presentación con las palabras de un reportero fotográfico, Gervasio Sánchez, galardonado con el premio Ortega y Gasset en el periódico El País. En el acto de entrega de los premiso sus palabras son vetadas por los medios de comunicación, al acto asistían la vicepresidenta del gobierno, el alcalde de Madrid, la presidenta de la Comunidad y otros dignatarios políticos, que ejercieron de convidados de piedra. Las palabras, breves, hablaban del proyecto fotográfico Vidas minadas. También esto es un paseo por una existencia que me atañe, la sociedad a la que pertenezco encubriendo vergonzantemente sus propias lacras inconfesables: vendemos a países subdesarrollados armas y minas antipersonales, comerciamos con la muerte. Gervasio Sánchez ha fotografiado a las víctimas con las que hacemos crecer nuestro PIB, niños mutilados por las minas cuando iban camino de la escuela.

Liang había logrado sustraerse a la matanza de la plaza Tiananmen y, ahora, lejos de China, su cuerpo se encaminaba hacia otra pasión; tras el afán de justicia y libertad el instante el amor.

Y más tarde, ya frente al fuego de la chimenea, el lector solitario veía Fresas salvajes, el viejo profesor, sacado del universo de su propio mundo, va descubriendo a lo largo de un viaje en automóvil esa pizca de humanidad que hace que nos apercibamos de la existencia de los otros y nos descubramos a nosotros mismos un amor desconocido. Ese amor de que hablaba el periodista Gervasio a aquellos niños que había fotografiado tras explotarles una mina bajo los pies, el de Liang a una novia que le abandona porque ha descubierto un deber junto a la institución Madre Teresa, en Calcuta; el del pensionista que camina siguiendo la ruta de la seda consciente de que en el camino está la vida.


Fotografías: Gervasio Sánchez


El fuego y el agua

Con frecuencia, con mucha más frecuencia de lo que yo quisiera estas últimas semanas, sentado ante el atardecer, ese altar en donde se inmolan tantas cosas, se recuerda, se sufre el flagelo de las penas, se vive con relativa oportunidad el gozo de lo que la vida trae, se vienen a posar frente a mí algunos interrogantes con insistencia. El otro día seguí el rastro de una mujer que había dejado un comentario en mi blog de los caminos y, visitando su blog (Caída libre) y, leyendo por un lado y por otro me encontré con una cita de Lampedusa que decía: tengo setenta y tres años y sólo he vivido tres. ¿Cuántos años habré vivido yo?, me pregunto en esta tarde al calor del crepúsculo. Y me surge mientras hojeo un libro que compré ayer, de un pensionista que hizo la Ruta de la Seda a pie; un puñado de miles de kilómetros. El libro se subtitula: Viaje en solitario “Cuando caminas, lo haces hacia ti mismo”. Unas palabras que me suenan, quizás las escribiera yo mismo hace tiempo. Los años que tenemos y los años que hemos vivido: dos cosas bien distintas.

Pero la tarde estaba encendida por el horizonte y dejé el libro al lado para contemplar la última luz del día, mientras seguía otra lectura por los auriculares, El juego del fuego y del agua, que ya cité en la última entrada. A los pocos minutos me encuentro con estas palabras: tener un destino de fuego, “eso significa que ardes o bien que te apagas. Cuando ardes, corres grandes peligros, y cuando te apagas mueres. La única manera de librarte de ello es arder”. Que se junten en mis lecturas Lampesusa y Ya Ding para hablarme de la misma cosa que recrean mis interrogantes, tiene casi el aspecto de premonición.

Esta mañana, oí unos minutos al ministro de Economía, Solbes y a la vicepresidente del Gobierno, en la rueda de prensa, después del Consejo de Ministro; y yo, tan habituado a estar a años luz de la prensa y de lo que se cuece en la alta política, sentía un cierto complejo oyendo a estas personas hablar de los jueces, del PIB, de un mundo de datos que a mí se me escapaban y no sabía encajar en mi economía de ciudadano de a pie. Sentía una cierta vergüenza por el hecho de que altas instituciones estuvieran contribuyendo a facilitarme una comodidad económica y social mientras yo me dedicaba a investigar sobre el fuego o sobre los años que Lampedusa vivió realmente, a fin de sacando conclusiones de aquí y de allí y dedicarme a algo tan personal como intentar incrementar el número de mis años vividos dentro de la contabilidad global de la existencia. Mientras Solbes daba previsiones del descenso previsible del PIB para los próximos años, del aumento del paro, etc., a mí me preocupaban otros porcentajes y las posibilidades del peligro de dejar de arder y apagarme, como decía el personaje de Ya Ding. No es muy justo esto, pero, uno piensa en el largo cuarto de siglo que casi inútilmente ha dedicado a la educación en la escuela y parece como si se oyera decir: es el turno de los otros, ahora ha llegado la hora del fuego. No obstante ahí queda, la preocupación por los palestinos, por la economía, por la educación, en un relativo segundo plano, casi casi en el apartado de los imponderables.

Y es que el tiempo… sí, amenaza; a veces sucede como si uno tuviera la impresión de que se le escapara por los agujeros del día un universo de posibilidades que están ahí esperándonos desde que nacemos hasta las mismas puertas de la muerte.

Más citas, en esta ocasión de otro libro recién leído, de Murakami: “Y en aquel atardecer comprendí qué había sido el estremecimiento del corazón que ella me había provocado. Era un anhelo adolescente que no había sido ni sería jamás colmado”. El protagonista descubre una década y media después, que aquella mujer había despertado en él un anhelo que los años de la vida no bastarían para calmar. Anhelo es una palabra que se me escapa frecuentemente de entre las manos, especialmente en los versos. El día que no anhelemos estaremos muertos.

Según la doctrina china de los cinco elementos, de la tierra nace el metal, del metal nace el agua, del agua nace la madera, de la madera nace el fuego y del fuego nace la tierra, completando así el ciclo. El agua alimenta la madera y ésta a su vez ha de alimentar el fuego: anhelo, pasión, experiencias significativas, todo cuanto sea capaz de mantenernos vivos.

Hoy recibí unas pocas líneas que inevitablemente me recuerdan que el fuego sigue siendo una opción de vida. No se pueden cerrar las puertas y poner la tranca; antes de que nos apaguemos y nos convirtamos en ceniza hay que seguir caminando, hacia uno mismo y hacia los anhelos.

De Tiananmen a Manzanares el Real

Hoy estuve en la plaza de Tiananmen, seguí a un prófugo en su huida de la masacre, le acompañé por las calles de Hong Kong después de una aventurada huida y luego volé con él a París mientras la nieve y el hielo crujían bajo mis pies. Era un día frío y soleado. Cuando me paré a comer algo, un petirrojo voló inesperadamente a posarse sobre una roca que despuntaba en la nieve, un colega de aquel otro que vino a comer a mi mano un otoño anterior en los despeñaderos del río Lobos. A la altura del Tolmo, Li Liang, el protagonista de El juego del fuego y del agua, de Ya Ding, caminaba por París indeciso sin saber qué hacer mientras esperaba la respuesta de una antigua novia que había conocido en la universidad de Pekín. Luego me encontré el río que dificultaba mi lectura escuchada; los pequeños saltos de agua guardaban todavía el recuerdo de las heladas pasadas, gruesos carámbanos de hielo eran socavados por la ruidosa corriente de agua.

Había iniciado mi caminata en las cercanías de Miraflores de la Sierra, caminando hacia la Hoya de Blas por ese tan encantador y poco visitado rincón del Guadarrama, con la Najarra a mi derecha y el cordal de la Pedriza enfrente; los caminos estaban helados y el campo había quedado cubierto por una capa de nieve ligera de consistencia vaporosa. Hacía cerca de cuatro meses que no caminaba, me sentía como si estrenara un traje nuevo. Antes de meterme en la accidentada vida de Li Liang, rodeé la Hoya de Blas hasta tomar el camino del collado de la Dehesilla. Hacía calor, me despojé del jersey y, en el momento en que me vi apremiado por pensamientos con los que no quería compartir mi paseo serrano, eché el candado y me puse a recitar aquel Namu-amida-buchu al que suelo recurrir últimamente para quitarme de encima aquello que no me conviene que aparezca en el umbral de mi mente. Encontré unas huellas de varios días atrás que se elevaban entre las jaras y el bosque ralo. En las cercanías del collado tuve que abrigarme de nuevo. La Pedriza respiraba una magnífica soledad de lunes por la mañana temprano. Después de tomar un piscolabis y dejar un salpicado de migas para mi asustadizo petirrojo que volaba a mi alrededor sin atreverse a bajar a por su yantar, me eché el macuto a la espalda, me puse los auriculares y eché a caminar valle abajo por el helado sendero que se dirige al Tolmo. Había pensado dar una vuelta más larga, pero ahora era demasiado placentero aquel camino y aquella novela. La Maliciosa se alzaba al fondo como una vieja amiga bajo cuya ventana uno pasa recordando siempre alguna aventura amorosa.

Era el tiempo de Ya Ding. Llevo una temporada leyendo novelas producidas en Japón o China. El otro día, conversando con unos amigos, les decía que no sabía muy bien en qué consistía esa atracción que ejercían en mí estos relatos. Evidentemente los jóvenes y adolescentes de aquellas latitudes tienen muchas cosas en común con los nuestros, pero hay algo especial en ellos que me hace disfrutar de la lectura como si en ellos encontrara una parte de mí mismo recóndita que sólo aflorara al contacto de estímulos que no conozco bien. Me sucede algo parecido con los textos budistas que leo. Naturalmente podría ampliar el arcos de posibilidades y remitirme también a la India u a otras partes de Oriente. La idea es esta: evidentemente si hubiera nacido en un remoto pueblo de Japón, o en el Tibet, o en la orilla de Mekong mis concepciones religiosas, mis referencias culturales y mi modo de ver y relacionarme con la realidad habrían sido totalmente diferente; mi cerebro habría funcionado de manera distinta a como lo hace habiendo nacido en Madrid. Ese es un punto, pero hay otra cuestión, con ser tan importante no todo puede venir de la educación ambiental que recibimos, algo incipiente y muy universal debe de dormir en nosotros como si una semilla se tratara, un algo común a todos los seres humanos del planeta, que independientemente del entorno cultural o geográfico en que se vayan a desarrollar, puede dar respuestas muy heterogéneas a las inquietudes de hombres y mujeres. Algo así como si en potencia todos estuviéramos genéticamente preparados para asumir puntos de vista y relaciones con la realidad tan múltiples como las existentes de una parte a otra de la Tierra. De manera que esta especial curiosidad que surge cuando nos acercamos a otras culturas, a otros modos de vivir, de algún modo podrían tener algo en común con esa interpretación platónica en la que el encuentro con nuevas experiencias a veces parecen tomar el aspecto de reencuentros con nosotros mismos, con partes de una vida anteriormente vivida en donde ahora se reproduce el reflejo de aquella existencia. La vida estaría llena de reminiscencias que nos recuerdan algo de un pasado remoto ya vivido. Algo parecido simplemente, porque creyendo que la vida es sólo una, sin antecedentes y sin más futuro que volver a convertirse uno en cenizas, todo tiene que tener necesariamente otra procedencia. Quizás de lo que se trata es que cuando me encuentro con “esas reminiscencias” lo que estoy haciendo es tropezar con esa parte de mí que vive en estado latente en alguna parte de mi interioridad. Una idea cercana a esa que explora Jung del anima y el animus, en la que nuestro ser, compuesto esencialmente por el animus (algo parecido a la masculinidad), convive con una parte importante de anima (feminidad), un planteamiento que explicaría muchas cosas en otro terreno. En fin que estábamos en la Pedriza, siguiendo a última hora el curso del Manzanares por un sendero cubierto de hielo mientras en mis oídos sonaba la novela El juego del fuego y del agua.

En el autobús, de vuelta a casa, esa larga parada de luces rojas y blancas en caravana de la autovía, se me presentan como totalmente ajenas a mi realidad. Me paro a considerarlo y es verdad, hoy me bastó alejarme de casa, de la parcela, de la cabaña, de los libros, para entrar en otro mundo; el embalse Santillana con el sol incendiando las nubes sobre el lago helado, sobre las sombras de los álamos, pareció un paisaje robado a un país nórdico. El brillo acerado de sus orillas todavía heladas parecía un decorado sacado de Alexander Nevsky, la película de Eisenstein.

Adiós, Andy

Coño, qué triste me desperté hoy. Cuando sonó el despertador me sentí tan triste que me arrebujé bajo el edredón pensando que hoy no iba a ser capaz de levantarme en todo el día de la cama. Buah buah buah, eso decía el niño pequeño y tristón que había amanecido en mitad de un precioso día de niebla. Había mirado de reojo la mañana cuando sonó el despertador, pero aquello no había dicho nada particular a mi pena, así que adopté la posición del embrión que en el silencio amniótico de un mundo remoto hubiera quedado olvidado en algún rincón de un sueño, encogí los hombros, hundí la cabeza entre las clavículas, plegué mis piernas sobre el abdomen, crucé mis brazos en el regazo de mí mismo y me dispuse a dormir.

Cuando desperté, con los ojos entornados busqué los números rojos del reloj despertador posado sobre el rayador amarillo junto a los pliegues de la cortina a cuadros verde. Di un respingo, era casi mediodía; me incorporé y, justo entonces, la figura de Gaza apareció por la puerta como todas las mañanas a darme los buenos días. Buenos días, Gaza, saludé; y, mientras introducía mis pies por la boca de las pantuflas, acaricié la cabeza de este cachorro juguetón e irresponsable que no deja gafas, guante, bolso que pilla por ahí sin mordisquearlo hasta dejarlo inservible. Gaza, cuando oye que me incorporo en la cama, viene enseguida a saludarme; eso me gusta especialmente; y con más razón hoy que estoy como un trapo; reconforta que a uno le laman el forro del alma con esas ganas de vivir que tiene este cachorro.

Pero hoy no me iba a dejar arredrar, ni iba a permitirme caminar por la casa como fantasma en cuarentena arrastrando melancólicas cadenas por lúgubres pasillos y corredores, así que... Así que que qué. ?: de momento la escritura, el mejor remedio que conozco contra esta clase de males.

Nuestra otra perra, Andy, murió ayer. Últimamente nos miraba tras sus ojos hundidos desde la lejanía de sus muchos años, pero lo hacía... no, ni siquiera era resignación aquello. Este animal no era resignado como somos los humanos en medio de las contrariedades, este animal seguía viviendo simplemente con todo lo que la vida le venía echando, su displasia, su vejez –parecía una abuelita arrugadita en su rincón del porche–, el frío, el calor, lo que fuere. A última hora, renqueante, arrastrando su medio cuerpo trasero, escuálido, totalmente en los huesos, iba como podía de aquí para allá buscando un poco de sol o resguardándose del rigor del frío. Siempre arrastrando su vejez con la misma naturalidad con que se producen los fenómenos atmosféricos. Tampoco hacía esto estoicamente como de nosotros podríamos llegar a decir, porque el estoicismo es una categoría moral de la que ella no tenía ninguna necesidad, que nosotros, asumidos de significación parece que tuviéramos siempre en el candelero esa necesidad de remitir nuestros actos a un código moral, a adjudicarle un adjetivo a nuestros actos con objeto de poner de relieve nuestra valía. A mí me admiraba encontrar en su cabezota peluda esa expresión de natural disposición frente al dolor.

Alguna de las últimas noches, antes de que ya no pudiera moverse definitivamente, agradecí mucho que viniera a dormir arrastrándose hasta hacer su arrebujo nocturno frente a la puerta de mi cabaña. A las dos o tres de la mañana, cuando ya me iba a dormir, me acercaba a ella y la acariciaba su cabezota de viejecita dándole las buenas noches; ella levantaba entonces los ojos y parecía asentir agradecida desde su sordera y su adustez de abuelita.

Por fin tuvimos que decidir su suerte, quedó inmovilizada y, de su costado, que se había abierto, había empezado a manar una masa sanguinolenta. Al día siguiente, mientras el veterinario preparaba su instrumental, la acariciábamos y, ella, desde su postración, levantaba la cabeza y nos miraba desde su poquito de vida como si intuyera que ya todo se había acabado. El veterinario le cortó el pelo de una pata, introdujo una aguja, apretó: quedó dormida instantáneamente. A continuación su cuerpo recibió el líquido letal. Andy ya no existía. La subimos a la carretilla y atravesamos la parcela con ella, la introdujimos en el hoyo que había abierto horas antes y después la cubrimos de tierra. A continuación rastrillé el terreno. Su tumba está a pocos pasos de donde suelo sentarme a leer los días de sol en invierno, ese banco de madera que también sirvió en una ocasión para dejar un reguero de semen como testimonio de que la vida, pese a todo, ha de primar sobre la muerte.

Pero no se piense que estaba triste por Andy, no, al menos eso creo. Recordé insistentemente durante todo el día ese admirable y repentino tránsito de la vida a la muerte, eso sí me llamaba profundamente la atención. De golpe su cabeza había caído sobre un costado, estaba muerta. Esa clase de obviedades, de verdades, que aún conociéndolas hasta la profundidad más íntima de nuestros huesos, no dejan de impresionarnos con su evidencia. Una inyección y de repente tu dolor, tus penas, tu amor, tu cansancio, tu memoria, tu pasión, tus proyectos, tus hijos, tu amante, tu casa, tus errores, tus trabajos, la niebla de plata, el mar profundo, las montañas espléndidas, los bosques misteriosos. los amigos, los libros, tu pereza, tu ardor, tus maratones, tus versos, todo, absolutamente todo, ha desaparecido. Eso sí que es el gran misterio de la vida.

Terminé de leer ayer Tokio blues, de Haruki Murakami. También allí se respiraba en más de una ocasión el aire incomprensible del párrafo anterior. Jóvenes vidas que desaparecen dejando el vacío inmenso tras de sí, la muerte en vida de los vivos, los suicidas que alientan tan frecuentemente la literatura japonesa.

No, no es deseable esa naturalidad de Andy en donde todos, árboles y animales, como en aquellos versos de Octavio Paz,


... están ahí, dichosos en su estar,

frente a nosotros que no estamos,

comidos

por el amor comidos, por la muerte.


No es deseable porque a la manada de árboles bebiendo en el arroyo, a los montes como cielos desplomados, al contrario que a nosotros, les falta el valor de ser hombre o mujer, les falta la consciencia plena y admirativa de la vida, del amor, y poco a poco, aprendiéndolo lentamente –porque hay que aprenderlo, golpe a golpe, verso a verso– la consciencia de la muerte. Es decir, la tristeza de nuestra levedad.



El animal que llevamos dentro

Construyo desde hace un mes o dos un blog con los apuntes de un viaje que hicimos en el noventa y siete por América de Sur. Trabajando con este material hoy, me encontré un texto, a la altura de Sucre, en Bolivia, que me siento inclinado a duplicar aquí a modo de conjuro. Sabiendo cómo puede funcionar el organismo y, viendo lo perezoso que me encuentro a la hora de ponerme a caminar de nuevo, no va a estar de más utilizar de este estímulo para, por ejemplo, animarme mañana mismo a hacer una larga caminata por Guadarrama después de un largo trimestre de inactividad. Sucedió que me encontré conmigo mismo inesperadamente, ese Alberto de la Montaña de los altos recorridos por los Alpes y los Pirineos, y eso es buena señal. Además, caminar y tomar el sol produce endorfinas a mogollón, una hormona que estoy necesitando como agua de mayo. Dejo aquí el texto de entonces, primero para mi personal consumo y después para el de aquellos que todavía creen en que a uno se le puede aparecer la virgen en cualquier momento. Éste es el texto:


Se me ha aparecido la virgen subiendo una escalera.

Trepo los escalones del hotel y en el descansillo vuelvo a ver el póster de las cumbres del Sassolungo con un primer plano de agua y flores rabiosamente coloreadas. Y ya que este largo viaje por América parece abocar a un final en espera del otoño y del trabajo, se me cruza en estas condiciones la primavera dolomítica de las montañas de siempre y recibo como una punzada su llamada. Después de regresar de América, volar a las Dolomitas, esa es la aparición. El verano de las montañas vuelve a nacer así en mitad de estas vacaciones para remontar el vuelo hacia los paraísos visitados de siempre. Las Dolomitas son otro mundo que duerme dentro de mí arropado por la memoria de las vivencias profundas.

Cuando la intensidad del esfuerzo es grande, la lógica del cuerpo pide descanso, cambios de ritmo, el llano sigue a las montañas; pero algún resorte interno me pone sobre aviso de este descanso engañoso; los ratos de intensidad yacen escondidos en la incertidumbre del esfuerzo, en el alba que nos sorprende pisando los caminos de las cumbres. Pienso que buena parte de lo que quiero vivir está en el escenario de lo que he vivido; no de otra manera puede entenderse que levante en mí estos deseos valles tan conocidos como los de las Dolomitas. Es el arrullo de las asociaciones de la memoria que me invita a husmear rincones de un mundo familiar. Pensar desde estas asociaciones me crea un nuevo estado de excitaciones y expectativas. ¿Duermen en mí deseos que desconozco? Recuerdo mi última estancia en Brenta, que fue una gratísima experiencia, y no tiene, sin embargo la luz con la que yo veo esta tarde aquel norte de Italia; las de esta tarde son montañas vinculadas a remotos años pasados, imagino todo aquello y me siento muy excitado; en mi voluntad aparece el deseo de rescatar aquellas cumbres. Por ahí circulan mis sueños, se alzan como una voz de alerta que pide ser escuchada más allá de lo pasajero de un deseo agradable.

Y sucede que según me acerco a estas tierras los recuerdos se reproducen unos a otros y entonces, de las entrañas de la memoria surgen a borbotones más y más montañas vestidas de alba, de estrellas, de largas y costosas ascensiones conseguidas tras laboriosos sacrificios. Y me asalta la duda, ¿volver a saciarme de montañas, de esfuerzos extenuantes, de valles, de soledad?; ¿y llegar ahíto al otoño como quien regresa de atravesar el desierto hermoso y sediento?; ¿y volver a cargar la cámara de imágenes y colores con los que nutrir el invierno y la juventud recientita inaugurada con este desmadre de la cincuentena en ciernes...? ¿y volver a escucharme a mí mismo durante una larga temporada pateando la tierra como un lobo hambriento de vida?

Me sorprendo a mí mismo escribiendo las líneas anteriores. Me pienso en el estado anímico inmediato de estos días y no me reconozco esta nueva disposición. Y mientras escribo esto último se me ocurre que, coño, estas cosas hay que aprovecharlas, que no pueden dejarse las velas arriadas cuando soplan vientos tan poco usuales. Por cierto, ¿cómo nacerán estas cosas? Lo de hoy es un accidente; Victoria me manda a comprar agua a la tienda de al lado, bajo con desgana, estoy demasiado a gusto arrullado al calor de la lectura; bajo junto al póster y nada, compro el agua, vuelvo a subir, lo miro de refilón y mientras subo los cuatro o cinco escalones —cuatro o cinco, no más—, plas, de golpe me viene la llamada de las cumbres arroyando con su fragor repentino cualquier expectativa en ciernes, y no me reconozco porque, haciendo balance de la gran cantidad de tiempo que dedico a pensarme o a repasar las realidades de mi entorno, cada vez descubro menos estos ramalazos de viento, que sólo veinte, veinticinco años atrás tenían la capacidad de embestida con que amenazan esta tarde en el corto espacio de tiempo en que consumo un mate.

Victoria me recuerda una idea leída en Vargas Llosas, parece que tomada de Cioran, la necesidad de dejar un lugar en la existencia para “visitar el animal que llevamos dentro”. ¿Ese animal que llevamos dentro, nosotros mismos, se corresponde exactamente con el que compartimos la mayor parte de la existencia? o más bien sólo nos aproximamos tímidamente a él, en plácido equilibrio con otras demandas, otras convenciones, otras perezas, otros sucedáneos... Trágico interrogante, porque hay una verdad que no tiene vuelta de hoja, rodeando el peligro, el esfuerzo o el sufrimiento la existencia nunca puede ser igual de sabrosa. Las sombras de las realidades se confunden fácilmente con la consistencia de las realidades mismas. ¿Cómo cerciorarse de la calidad de la realidad vivida cuando es tan fácil vivir alimentado de las sombras o de entidades menores?

Viajar siguiendo una guía, pasar por atender las curiosidades comunes de los viajeros, descansar de siempre lo mismo, es un imperativo necesario; pero tiene poca sustancia si uno sigue la ruta ancha de lo que medio mundo va dejando delante de nosotros, si uno no se sale del camino y no se acerca a dejarse los músculos mascullados valle arriba entre las piedras, la nieve o el frío. Hay maneras muy sutiles de rodear los escollos del esfuerzo o, por decirlo de otra manera, el esplendor generoso de la naturaleza; somos capaces de engañarnos a nosotros mismos durante largos periodos de tiempo, somos capaces de incapacitarnos con la metafísica del tiempo y la degradación con tal de substraernos al esfuerzo de enfrentar el sufrimiento y el esfuerzo, no entendiendo que no es dable la recompensa con la sola pasión de contempladores desde la llanura; que la sola pasión no es suficiente, que necesita del ejercicio de la pasión sobre la tierra para que de esta unión nazca el hombre que duerme y acosa a su amada en la soledad de una naturaleza recuperada.

Gota a gota otro año más

A good traveler has no fixed plan and is not fixing on arriving. Lao Tsé


De repente me había sorprendido a mí mismo barajando la posibilidad de viajar en primavera por Japón; era un impulso que provenía de la lectura de Murakami, que a su vez había suscitado el recuerdo de alguna película de Kurosawa. Algunos autores japoneses se habían agolpado en mi memoria convirtiendo su recuerdo en un trampolín que abría mi curiosidad hacia un país que era también la patria de Misima, de Kenzaburu Oé, la de la brutalidad nipona en la guerra del Pacífico, la tierra de la silueta del Fujiyama. La mayor parte del día la había empleado en resolver algunos problemas de la instalación eléctrica de la casa y, a última hora, aburrido del embrollo de los cables, había decidido dejarlo para el día siguiente. No tenía ganas de leer esa tarde, así que me eché en sillón, estiré las piernas sobre el baúl de anea y, cerrando los ojos, me dejé llevar por el cansancio y el deseo de echar una cabezada. Mientras, el sol se abría paso con poco éxito sobre un horizonte cubierto de nubes. Había sido un día de intenso frío y ahora que el cuarto estaba suficientemente caldeado era agradable dejarse llevar por la somnolencia. El recurrente recuerdo de X parecía que seguía remitiendo. Esa fue la apreciación que me sirvió de marco antes de que quedara profundamente dormido. Cuando media hora después me desperté, el sol era una llama sobre un horizonte cubierto de pesadas nubes.

Después volví a la lectura de Tokio blues, de Haruki Murakami. Había detalles en el relato que suscitaban en mí una necesidad de buscar esa clase de reencuentro personal que el protagonista está a punto de conseguir cuando visita a su amiga Naoko. O quizás mejor valdría decir necesidad de encuentro con la realidad simplemente, ya que estas alturas no estaba de más reconocer que cada vez era más frecuente recordar como quien lo hace bajo la vigilancia escrutadora y escéptica de alguien que ya no cree excesivamente en sus propias apreciaciones; eso que sucede cuando la vida empieza a pasar facturas invitando como consecuencia deferentemente a revisar los actos de la vida.

Preveo que me costará años todavía deshacer el laberinto de tantas madejas e hilos enmarañados tan fenomenalmente en el cesto de mimbre que es mi cerebro. Un bonito entretenimiento para el resto de la vida. Hoy el campo todavía está nevado, una suave niebla lo viste de frío e intemporalidad; el mundo es un espacio inhóspito y bello más allá de la ventana de mi cabaña. Estoy triste, soy el hombre triste, como rezaba el título de una fotografía de García Alix en el Reina Sofía hace días, como escribí alguna vez, esos versos que fui dejando a lo largo del otoño como un reguero de contradicciones, de dolor, de amor. A veces me jode ser el hombre triste, el hombre solitario, el hombre desorientado, pero también hay otras muchas ocasiones en que la tristeza es tan honda y penetra tan profundamente en mi ser que dudo que ella y yo seamos cosas diferentes. Entonces, reconociéndome en ella, experimento a través de la tristeza la sensación de una enorme sintonía con la vida que no creo fuera posible alcanzar de otra manera; reconocerse uno con la vida, de la misma manera que hoy la tierra es una, fundida con la nieve y el aire que posa sobre el campo solitario.

El otro día, cuando asistía al espectáculo de Pavlovsky en el Español, me aliviaba comprobar que el mundo no respira de manera muy diferente a como lo hace mi cuerpo. El escenario, cubierto por una niebla que posaba suavemente sobre un gran rosetón de seda roja que cubría el estrado, disponía a la sinceridad y al encuentro con la realidad íntima de los años, un rey Lear a solas con sus reflexiones, jugueteando con el público a compartir lo que difícilmente se puede compartir, la resignación de una curiosidad que se va apagando, la inmensa soledad, el eco diamantino de una pena inexpresable. Cornelia debía de esperar en algún lugar más allá de las bambalinas, pero Lear no pensaba en ella, no podía atender más que al soliloquio de los años. Esa era una de las facetas que se dejaba ver, o que yo veía, en el rostro profusamente maquillado de un Pavlovsky travestido para la noche de El Español.

En el espectáculo no tardó mucho en aparecer una pregunta clave: ¿era o no era actuación aquello? ¿Quién sabría distinguir netamente entre una cosa y otra, no sólo en el ámbito de esta representación sino yendo más allá, en la propia vida, tratando de separar aquello que Conrad denomina ser interior, de eso otro que es nuestra diaria relación con el mundo? Con Pavlovsky era obvio que ambas respuestas podían ser válidas.

En determinado momento la niebla se hizo liviana y entonces, más allá de mi ventana, apareció la forma blanca de un almendro aislado con las ramas cubiertas de nieve; y más lejos, en el bajío junto a la autovía, los muñones de los olivos con sus escuetas ramas ateridas de frío simulando la figura oscuras de fornidos samuráis salidos de una película de Kurosawa. El sol se abrió paso entre la niebla. Inmediatamente decidí coger la cámara fotográfica y salir a inspeccionar los alrededores. Los arbustos y las hierbas conservaban todavía su envoltura de hielo a punto de desaparecer. Me dirigí hacia el almendro solitario, aquel en el que nos fotografiáramos X y yo en una ocasión cuando confeccionábamos la portada de un libro común. En la tierra labrada había desaparecido la nieve y las ramas heladas del almendro servían de marco a la tierra ocre y a los olivos del fondo.

Correr contra el tiempo

Mi amigo Ignacio, que me escribe desde el nevado valle de Arán hace unos días preguntándome si estoy en Méjico, en Bolivia, o ricamente pasando el invierno en mi cabaña de El Chorrillo, ha debido leer alguno de esos blogs nuevos que empezaron a caminar hace poco, uno por Sudamérica y otro desde Méjico camino de Perú, y ha dicho: date, éste ya anda de nuevo gastando zapatos por el mundo.

Esta facultad de estar aquí y allí indistintamente no es algo que provenga de ningún beneficio secular relacionado con la gracia divina o algo parecido, simplemente tiene que ver con mi disposición última empeñada en viajar por el mundo sin moverme de casa. Descubrí que no siempre el ánimo o el cuerpo está para andar de camino o viviendo entre una estación de tren o un aeropuerto, pero como el afán de volver a visitar algún país no se me quietaba de encima inventé la forma de hacerlo sin moverme de mi cabaña.

Y esa es parte de la tarea de este recién comenzado invierno. Como sucede con frecuencia que el tiempo vuela y cuando uno anda por ahí se entera sólo a medias de lo que está sucediendo alrededor, porque dos o cinco sentidos no dan para mucho en ocasiones, un buen ejercicio para enterarse un poco más y vivir de paso tanto lo que no se vivió como para recrear lo que nos escapo, quizás consista en hacerlo mental y retrospectivamente de la mano de los apuntes y de las diapositivas que fueron quedando por ahí en algún lugar de la casa, silenciosos y cubiertos de polvo, como el arpa de Bécquer, esperando una mano de nieve que sepa arrancar algunas notas de aquello.

La verdad es que el pasado se nos va de las manos sin que en ocasiones nos haya dado tiempo a enterarnos suficientemente de lo que estaba sucediendo, de ahí mi afición a desempolvar en forma de libros o blogs parte de esa existencia que a veces uno no tiene tiempo de experimentar cuando está en medio de la fiesta. Además, qué leñe, que mejor cosa que volver a repasar con los ojos de niño los escaparates de la Mallorquina donde el olor de los pasteles salía siempre de los resquicios de las puertas como una golosa promesa, si, la magdalena de Proust; una delicia ver desfilar de vez en cuando por el fondo de los ojos el perfume que los años y sus circunstancias van dejando como maravilloso rastro; ver aparecer entre bambalinas todo este espectáculo es además algo muy apropiado para un principio de invierno.

De ahí el correo de Ignacio preguntándome si es que andaba por Méjico; y la verdad es que sí andaba por Méjico, aunque no “de cuerpo presente”, porque mi cuerpo estaba aquí aunque mi espíritu estuviera allí o en Bolivia tratando de recuperar la memoria de un año de vagabundeo por América

Andaba yo pensando estos días que acaso debería dejar de aparecer por estos pagos y centrarme en otras cosas de mayor provecho; vamos, que últimamente empieza a hacerme no tanta gracia esta adicción a pegar la hebra con mi propia sombra al calor de la beneficencia de este blogger.

¿Pa qué? Sí, pa qué tantas palabras, pa qué tantas cosas, como aquella historia que conté hace tiempo en algún lado. Al final tarde o temprano siempre aparece un paqué en tu vida, incluso, imagino, habrían aparecido si cuando era niño y pasaba a diario por los escaparates de la pastelería de La Mallorquina de Sol, al pastelero de ocasión se le hubiera ocurrido regalarme un buen pedazo de aquel escaparate lleno de dulces de todos los colores; mi glotonería de entonces, regularmente satisfecha, seguro que habría encontrado al poco tiempo otro objeto en que centrar su atención; no hay quien resista comer cocido durante un mes seguido por más que sea aficionado a los garbanzos.

Somos como niños, es verdad. O acaso es que el ser humano no es de otra manera; que no es de otro modo el funcionamiento del cerebro. Unas cosas van sucediendo a otras. Todo acaba. Joder, eso de todo acaba me lo dijo hace tiempo una mujer que tras la desolación de un naufragio sentimental pretendía poner su dolor a buen recaudo sin conseguirlo en absoluto.

Quizás porque todo acaba, incluso, o sobre todo, la vida, necesitamos correr contra el tiempo y recordar, recordar intensamente, vivir una y otra vez nuestra existencia, para así gorditos y satisfechos tomarnos un respiro y, desde alguna de las cumbres del camino, poder contemplar el mundo con un mínimo de benevolencia.

El escote

Ando revolviendo en mis blogs Pies de foto y Caminar cada día, de cara a hacer un par de libros con ellos, por eso de terminar el año e ir dejando cabos atados; el caso es que me encontré con este post en Caminar cada día, en un lugar que no venía a cuento, y decidí trasladarlo a este otro cajón donde su contenido cuadra más con el tono general. Además, me hacía cierta gracia terminar el libro y el año con una pincelada de humor. Éste era el post:

De esto hace ya tiempo, un verano que caminaba solo por el Pirineo desde hacía semanas. Lo de siempre, montañas y montañas, valles, tormentas, lluvia, sol, una fantástica soledad paseada de la mañana a la noche y recreada en los vivacs, unos días bajo una oscura techumbre de estrellas, otras bajo el rumor de las hojas de algún hayedo. Con aquello hice un libro, Vivir en los bosques, se tituló. Una de esas mañanas, al filo del mediodía, uno de esos que acumulaba cansancio y sospecho que un hambre que mis escasas provisiones no eran capaces de calmar, bajaba por un agreste valle de la vertiente francesa del Pirineo, y hay que decir antes que sólo muy de vez en cuando me cruzaba con alguien en mi marcha, cuando más abajo, en un tramo muy empinado, vi que se aproximaba una pareja. Pasó el chico, bonjour, nos dijimos amablemente; y cincuenta metros más abajo fue el encuentro, la sorpresa, el descubrimiento, la chica alzó el rostro desde el camino hacia arriba y, con una espléndida sonrisa y con una inclinación de cabeza, dijo también su bonjour... pero ¡ay!, más abajo de su sonrisa, Dios, qué maravilla se abría, que sugestiva aparición, qué encantamiento, qué divino tesoro. Mi bonjour debió de parecerse al del niño que mira con los ojos de plato el milagro de su regalo de reyes largamente soñado. Mis ojos, que andaban ocupados guardando en alguna parte del cerebro aquel imprevisto paisaje, se quedaron en blanco y no veían las piedras del camino, con lo que casi me fui de narices contra el suelo cuando mi pie derecho se encontró con que el lugar calculado en el que preveía aterrizar no existía sino medio metro más abajo, que el controlador de su movimiento andaba en otra parte y sólo transmitía débiles señales a sus piernas. Sí, poco faltó para romperme la crisma; de repente me había emborrachado, el ligero perfume que había quedado flotando en el aire hacía diabluras en mi hipófisis, los preciosos pechos de la francesa vistos por entero desde arriba, deliciosamente prometedores, bailarines, diciendo aquí estoy tío, ¿qué te parece, te gustan?, eran mucho más de lo que yo pudiera esperar después de varias semanas de ayuno de mujer. Y ya se sabe que cuando uno hace trabajar duramente a su organismo durante mucho tiempo éste no hace otra cosa que acumular energías hora tras horas, trocha tras trocha. De ahí y de la afición a los encantos del otro sexo debió de salir como de bóbilis bóbilis ese marea que me aturdió durante las dos horas siguientes.

Fue un día digno de recordar (ay, Santa Teresa... y de qué buena gana puestos ya a dar largas a la imaginación y a los vuelos primaverales, esa Teresa de armas tomar y de amores tan encendidos, etc...; fue un día digno de recordar, decía; por diferentes motivos, el principal por aquel escote de locura, y el otro porque estaba hambriento y no había ni refugio ni pueblo en mi camino hasta el día siguiente por la tarde. Sólo cabía la esperanza de encontrar algo de comer en un lugar que mi mapa indicaba con un cuadradito rojo. ¿Qué será ese cuadradito rojo? Así que con esa idea en la cabeza terminé de bajar el valle y comencé a subir después por una vereda que tiraba ahora hacia el noroeste sorteando varias veces un arroyo sobre el que tuve que hacer grandes equilibrios para no ir a parar al agua.

El interrogante del ese cuadradito rojo, inhabitual en lugares tan apartados, llamaba a mi curiosidad e hizo que siguiera adelante pese al cansancio que tenía conmigo. A estas alturas el idílico y ondulante paisaje que viera desde el helicóptero de mi mirada pocos minutos atrás había dejado paso definitivamente a las llamadas de mi estómago que rumiaba por algo sólido de una manera apremiante. Apareció de repente tras unos árboles, el cuadradito rojo de mi mapa era un pequeño refugio de cuya chimenea salía un delgado hilo de humo. Cien metros más al fondo, bajo unos abetos, estaban montadas dos tiendas de campaña; no había un alma por los alrededores. La puerta cedió cuando tiré del manubrio. Estaba bastante oscuro, pero lo que vi sobre la mesa y en una estantería que había al fondo, le pareció a mi apetito no otra cosa que una inmensa despensa. Toda la mesa rebosaba de manjares diferentes dejados allí como si los ocupantes hubieran tenido que salir huyendo de los osos. Diez o doce botellas de vino con distintas etiquetas, licores, postres diferentes, bollería variada, medio jamón, había provisiones para un regimiento.

Poco rato después era el hombre más feliz del mundo, no me cabía ni una miga más. Y me hice un café y apuré un par de copas de coñac... Estaba como en el cielo. El claroscuro, la comida, el silencio, mi muy reciente encuentro con la musa del bosque y mi consiguiente alborozo pedían un rato de recogimiento. Tras la mesa había dos literas, me acomodé en la de abajo. Lo tenía absolutamente todo, un ligero mareo, mi barriga llena, y ahora, para los postres, el escote que se me había aparecido por la mañana. Me arrebujé en él; ni Zeus folgando con Juno allá sobre las altas nubes junto a los verdes y floridos prados, mientras en Troya se daban de hostias, podía estar mejor; esos ratos de dulce holganza solitaria que se recuerdan toda la vida. Después naturalmente quedé dormido como un bendito. Y cuando me desperté lo primero que hice fue volverme a acordar del escote; y me levanté y apuré unos sorbitos de alguno de esos maravillosos licores que los gnomos del bosque habían dejado ex profeso pour moi, y me volví a la litera... a jugar con el canalillo, abierto esa tarde como el Canal de la Mancha a mis ensoñaciones.

Epílogo. Los gnomos del bosque no eran otros que unos excursionistas muy bien provistos que con su cuatro por cuatro había hecho provisiones para pasar allí, qué sé yo, un año o dos de orgías. Cuando aparecieron después de mi siesta, charlamos amigablemente; los muy tunos me ofrecieron café y otra copita. Yo naturalmente me hice el inocente, porque de las tantas cosas de que había dado cuenta sólo había tomado un poquito de aquí un poquito de allá. Tantos poquitos que me dejaron la panza a rebosar; pero juro que no se notaba. Era la misma táctica que había utilizado cuando era niño para robar en mi casa el turrón de Navidad. Mi madre compraba medias tabletas y mis robos consistían en asaltar la despensa con un cuchillo y rebanar a cada una de ella media centímetro por intento; igual que aquí. Comí de todo, pero no se notaba. El postre naturalmente fue de mi entera cosecha, bueno, mía y de la francesita de agradable buen ver de la mañana.

Opening night. Cassavetes.


Opening night o cómo discurrir sobre el tiempo que aja la carne y nos pone contra las cuerdas de lo inevitable. A fin de cuentas un modo de asesinar al culpable que en el fondo del espejo viene a estrangular entre sus manos la paz consensuada de nuestros yos que no quieren saber del transcurso del tiempo.

Gena Rowland, en el papel de Myrtle Gordon, una actriz de Broadway a punto de enloquecer en el acto de negar la vejez, intenta recomponer la realidad hasta el punto de convertir ese pretendido retorno al tiempo que nunca ha de volver, en una parodia en la que los esposos Cassavetes, actores y personajes reales, interpretan acaso en el “jocoso” finale un vano intento de revelarse contra la apisonadora de ese tiempo que ya golpea con su aldaba en las conciencias de los protagonistas. El público aplaude los afeites de la improvisación final con una fuerza que recuerda aquello de reír para no llorar. Myrtle se niega a meterse dentro de la piel del alter ego de una autora septuagenaria y lucha denodadamente para solucionar el conflicto que representa el que las pasiones puedan ser afectadas por el paso de los años. ¿No es acaso la película un circunloquio en torno a la búsqueda de una imposible eterna juventud?

Durante la proyección sucede con frecuencia que uno no sepa qué está sucediendo en la película. Un detalle que se agradece porque deja un margen considerable al espectador para que él mismo tenga la oportunidad de ir proyectando sobre el hilo de una trema algo expresionista sus propios devaneos en torno al tema central del film. La larga e inquietante intriga con que el director mantiene las últimas secuencias de la película, centrada sobre el hecho anecdótico de si la protagonista llegará o no a tiempo para representar la obra de teatro que protagoniza en un conocido local neoyorquino, actúa como larguísimo puente de transición en donde el drama del tiempo que pasa viene, tras la borrachera y la negación de la realidad, a ser sustituido por la supresión de la consciencia de la vejez que se aproxima, trayendo como consecuencia bajo el brazo la ficción de una comedia que a la larga relajará tensiones y permitirá una relación con el entorno y con uno mismo menos penosa. La vida perderá intensidad pero el organismo se habrá acercado a esa reblandecida humanidad que permite a hombres y mujeres vivir sin excesivos sustos en el cuerpo; un sentido de la adaptación plausible, quizás conveniente, pero nada convincente porque, vivir negando la realidad, la degradación física o mental que trae consigo la vida, es traspasar la capacidad de asumir la propia existencia a un estado de sedación en donde nuestro yo parece abandonarnos para convertirse en un edulcorado remedo de nosotros mismos.

El triunfo de esa visión edulcorada de la realidad, aplaudida calurosamente al final de la representación teatral, señala la dirección hacia la que la que el público prefiere dirigirse; la opción de quien quiere alejar de sí las complicaciones vitales y conducir sus días lejos de esa parte de la vida que es dolor sin vuelta de hoja.

Yo hubiera preferido otro final para la película. La vida es como una estatua, uno no puede limitarse a verla sólo desde un sólo frente, hay que girar en torno a ella y observarla desde todas las perspectivas posibles, cara a cara; para eso es nuestra, toda nuestra. La vida, labor esencial de nuestras manos y nuestros empeños, debe de ser nuestra obra de arte más allá del dolor, por encima del paso del tiempo que no perdona, hasta el momento último. Algo que conviene repetirse a menudo hasta hacerlo parte de nuestra propia carne. El punto final de nuestra obra, el golpe magistral de Miguel Angel con el cincel sobre el mármol, ese ¡habla! sobre la obra finalizada del Moisés, debería ser llegar al momento de la muerte con entereza, con la plena conciencia de que estamos columbrando nuestra obra final.

.

.








Mejores y peores culturas


Anoche, cuando más allá de las tres de la madrugada me iba a la cama, salí como siempre a darme una vuelta por la parcela. Mientras observaba el trozo de luna que colgaba sobre el cielo de levante, oí un rumor de aguas que parecían venir de algún rincón del jardín. Pensé en el aspersor que siempre deja resbalar por su juntas un débil chorro de agua y que utilizan los pájaros para bañarse o nuestros perros para beber, pero era un rumor cantarín y musical que parecía tener otra procedencia. Lo dejé estar y me fui a dormir. Fue un rato después, a punto de dormirme, mientras contemplaba desde la cama los resplandores del fuego sobre el encalado de la habitación, cuando descubrí que el rumor procedía de las copas altas del álamo de enfrente. La calma de la noche era total, pero allí arriba, en lo alto, se agitaba débilmente el sonajero de las últimas hojas del otoño.


Y esta mañana, algo avanzado ya el día, cuando abrí los ojos, lo primero que vi fue el vestido otoñal del álamo blanco que duerme junto a mi cabaña. Desde que me desperté daba vueltas a la fecha en que emprendería mis próximas caminatas, esta vez acompañado del pequeño refugio rodante al que ya sólo faltan pequeños detalles. Y de pronto, mirando el espléndido espectáculo otoñal de mi parcela que llegaba hasta mi cama, cambié de opinión. ¿Cómo me iba a marchar, precisamente ahora de este otoño encantador que se desplegaba lleno de luz y de colores cálidos frente a mi vista?

Tan atados estamos a los calendarios que no es fácil acomodarse así a la primera a esos otros ritmos de la naturaleza que mejor deberían guiar nuestros proyectos e impulsos. ¿Hay alguien, por ejemplo, que quede con los amigos para coger níscalos en primavera? Evidentemente no; tampoco nadie se lleva los esquís a la sierra en el mes de julio. Así el otoño. Sólo que en esta ocasión el otoño está aquí, en mi casa, bello y sugeridor las veinticuatro horas del día, lo que me hace pensar en que no me liaré con otro proyecto hasta que las hojas de álamos, acacias, perales, higueras, sauces, catalpas, arces, moreras se hayan posado todas sobre el suelo dispuestas como alfombra a dar entrada al invierno.

Así que abandonar los calendarios y guiarse por otros medios; que la belleza del otoño sea capaz de decidir por nosotros, que la lluvia o la nieve sea ocasión para coger setas o introducirse en el silencio blanco de los bosques, que el invierno sea caminar junto a los mares del sur, que la luna la ocasión idónea para subir a un promontorio donde contemplar desde el saco de dormir el gran llano sembrado de las luces ambarinas de los pueblos silenciosos.

Que yo le esté muy agradecido al sistema, pese al dolor que me producen sus injusticias y su actitud corta de miras para las cosas importante de la vida, tiene bastante que ver con este concepto del tiempo por el que abogo hoy. Algo que hubiera sido acaso totalmente imposible con una organización económica y social diferente. Que un pobre diablo que no ahorró un duro en su vida y que vivió, o pretendió vivir, acorde con sus impulsos naturales, pueda a estas alturas disponer de recursos para acostarse diariamente envuelto por el rumor de las hojas y el calor del fuego; pueda, cuando el otoño acabe, volar hacia el sur como las aves; hacerse un día al sol para leer de cabo a rabo una larga novela de Jack London; pueda disponer de un trimestre o un año completo para darse una vuelta por el mundo, es algo que difícilmente podrían hacer ni los gorriones del Evangelio ni los adoradores del becerro de oro.

Ayer, sentados alrededor de una mesa en una cabaña adentrada en el monte de la sierra de La Cabrera, la cabaña de Paula y mi hijo Mario, manteníamos una acalorada conversación que surgió ante la problemática de tener que fijar los límites del concepto “mejor que” al comparar culturas más primitivas con aquellas otras más avanzadas como la nuestra. Decir que una, la nuestra, es mejor que las otras, alentaba en ellos una fogosa disconformidad. Decir peor que, o mejor que era un término no válido. Hubimos de dar marcha atrás y hablar en otros términos en los que fuera más fácil entenderse. Y en ese sentido (un jilguero salta sobre una rama de la higuera próxima y distrae mi atención. Hacía tiempo que no veía uno en esta pajarera que es nuestra parcela); y en este sentido hablamos de culturas en donde el individuo puede ejercer un mayor número de potencialidades en oposición a otras en las que éste carece de estas posibilidades hasta el punto de necesitar la mayor parte de sus energías para dar satisfacción al hambre, a la sed o al sueño. Ellos, Paula y Mario, que defienden de las poblaciones más primitivas la sabiduría que el entorno natural creó en ellas, y que detestan como nosotros las calamidades que nuestra civilización ha introducido con sus mecanismos de poder y competitividad, intentan construir una síntesis que recoja las mejores bondades de ambas culturas.

Es en la construcción de esa síntesis en donde nuestros puntos de vista no concuerdan a veces. La posibilidad de optar a mí me aparecía como el elemento más determinante de la discusión. El ejemplo era éste: tener un hijo en un poblado adentrado en la selva del Orinoco entre los yanomanis o tenerlo en otras circunstancias en donde le quepa la posibilidad de apreciar la música de Mozart, la posibilidad de elegir entre las casi infinitas posibilidades que ofrece nuestra cultura occidental. Era una de las medidas comparativas entre ambas culturas. Que el hijo tenga incluso la posibilidad de vivir algún día en el Orinoco si así lo decide. Por lo demás, que nuestra cultura es fantásticamente absurda en multitud de aspectos es tan obvio que no merece la pena discutirlo; las trampas son múltiples, por lo que el asunto de vivir en gran parte debe estar dirigido a detectar los engaños del sistema para no caer en ellos y en elaborar a partir de la propia experiencia, del propio discurso interior, personal o de la pareja, las claves de una vida que pueda usar agradecidamente de todas las aportaciones positivas que nuestra civilización occidental ha aportado durante milenios, dejando a un lado la peste y la locura de que está impregnada nuestra economía y nuestra sociedad.

Y es verdad también, no hay cultura en el mundo, ni sistema económico, al menos en lo que se conoce del último millón de años, que haya hecho posible en los hombres de a pie esa capacidad que hoy disponemos de elegir y de hacer de nuestras vidas aquello que nuestra imaginación quiera pretender. Sólo es necesario ser mesurado y trabajar empeñativamente para ello.

Ahora, después de esta larga disertación, a ellos, que estaban construyendo un enorme gallinero de dos pisos, tendré que convencerles para que en ese orden natural de las cosas me dejen disponer de tanto en tanto (para algo uno es el father, como dice mi hijo) del ático de ese precioso gallinero que han empezado a levantar junto a su choza cuando mis excursiones de caminante me lleven por aquellos lares. Y las gallinas... que se vayan con viento fresco. Ellos se marcharon a Méjico una larga temporada y yo me encontré el invierno pasado como en medio de un paraíso, afincado frecuentemente en su cabaña junto a la estufa de leña. Si para ellos la síntesis es tener un amplio gallinero, para mí esa misma síntesis puede consistir en disfrutar del entorno natural que estos chicos listos han sabido hacerse.

Ayer fue el otoño de San Ildefonso de la Granja y los alrededores de la cabaña de ellos; hoy es el de mi casa. Mañana, cuando ya el otoño se haya disuelto en invierno, será la cercanía del mar mi hogar por un tiempo.