Welcome refugees. ¿Dónde queda aquello que no hemos sido?



El Chorrillo, 14 de junio de 2018 

El título, que no es mío, me lo encontré en un librito de versos de Julieta Gamboa titulado Ínsula. Era la una de la madrugada, nuestra perra dormía a mis pies y el silencio de la cabaña era lo suficientemente acogedor como para detenerse un momento a reflexionar sobre esos sorpresivos versos que hacían referencia a lo que pudiendo haber sido en nuestras vidas, una bifurcación que no tomamos, un tren que dejamos pasar, un proyecto que arrinconamos, un amor que no terminó de cuajar, una decisión importante que demoramos; lo que pudiendo haber sido en nuestras vidas no fue, quedó varado en una playa solitaria, sumido en el limbo, apenas una parte de nuestro yo que siendo posibilidad pero que careciendo de la fuerza necesaria sólo quedó en esbozo, en lejano deseo que el tiempo ha ido disolviendo en el río de los días de la vida. El tiempo, ese río en el que Hemingway decía pescar pero donde nuestra limitud sólo nos permite cobrar un número restringido de piezas.

Esta noche me resulta especialmente sugestiva esa idea de lo que no fui. Tantas veces que me entraron ganas de ser otro, o al menos un algo diferente; pensar que la vida es una sola y que uno no puede ser más que siempre igual a uno mismo parece un modelo muy limitado para una naturaleza que siempre se expresa de una manera tan exuberantemente dispar. De acuerdo en que alguien puede estar encantado con su ser, esa parte de narciso que todos tenemos cumple su función, somos en definitiva un tanto Pigmaliones de nuestra propia persona, pero también es cierto que lo nuevo, lo diferente, especialmente en esos periodos en que nos aguantamos malamente a nosotros mismos, ofrecen su parte de atractivo. La posibilidad de que pudiéramos ser otros durante una temporada, siendo nosotros mismos, está ahí como una prueba de laboratorio dispuesta a sorprendernos.

Sin embargo la sugerencia de los versos, que hacen entrever un variopinto paisaje en donde nos podríamos haber visto si las circunstancias o nuestras determinaciones hubieran sido otras, es enormemente atractiva porque nos ponen delante un mundo que pudo ser y que, como apunta Julieta, en algún lugar pudo ir a parar. Yo no tendría inconveniente, más, me agradaría sumamente, en coger el tranvía o un globo aerostático para visitar allí donde estuviere esa parte de mí que no fue. También me gustaría visitar espacios de la vida de gente a la que quiero y que la vida ha llevado lejos de mí y saber dónde, cómo habría quedado eso que no fue.

En estas reflexiones estaba anoche a poco de irme a la cama. Ya en ella, cuando ponía el despertador abrí un momento el FB para ver si había alguna notificación de interés y, date, en cabeza de página lo que me encontré fue a un tipo que poco más o menos pedía que los refugiados se fueran a su puta casa. Me dio un subidón tal de adrenalina de hacerme difícil conciliar el sueño. Pensé entonces en la gran posibilidad que se abría ante esta clase de individuos si tuvieran la oportunidad de elegir otra bifurcación de su vida anterior, una de esas desviaciones en que uno en vez de decidir hacerse buena persona se convierte en un hijoputa dispuesto a hacer jabón al modo de los alemanes con los judíos de todo refugiado recogido en el Mediterráneo. Si en este juego que es la vida supiéramos dónde  se encuentra esa parte de nuestro yo que no fuimos, pero donde podríamos recuperar algo de la inocencia que perdimos a base de xenofobia, egoísmo e ignorancia acumulada durante décadas, acaso estos bárbaros que con tanto gusto echarían a lo refugiados al mar, pudieran recobrar algo de su enfangada alma.

Yo, que andaba despistado, al tropezar mis ojos con alguien que, ante la actitud del gobierno, que tanto hay que elogiar, de acoger varios centenares de refugiados, echaba espumarajos por la boca pidiendo a voz en grito que devolvieran a esa gente a su país, contesté aquella intemperancia con datos de la historia de nuestro expolio y el de Europa sobre América Latina o África, pero al burro de turno no le cabían en la cabeza cosas tan de sentido común como el de la necesidad de echar una mano a la gente que está jodida. Cosas que le hacen pensar a uno en que la distancia entre un simio y determinada clase de personas es mucho más próxima que la que existe entre éstos y una persona medianamente inteligente y racional. Vamos, que puestos a poner un poco de claridad en los asuntos sociales y personales, seguramente dejar de ser uno por una temporada podría venirnos de perlas si fuéramos capaces de adoptar puntos de vista que nos son totalmente ajenos. Este párrafo, se habrá notado, entra con dificultad en el post, pero tenía necesidad de meterlo como fuera. Y es que después de contestar en FB me fui al perfil de aquel individuo y miré lo que compartía y la cosa me puso más nervioso; saber que en el mundo hay gente asi no es ninguna novedad, pero otra cosa es encontrártelos diciendo barbaridades desde una foto en donde una carina de mujer o un hombre adulto sonríen al personal desde las páginas del FB. Si ellos supieran lo terriblemente fea que se les pone el alma cuando aplauden a Italia o cuando defienden que a los refugiados hay que dejarlos que se ahogan en el Mediterráneo (ese Mr. Hyde que tantos llevan dentro y al que el doctor Jekill no dudaría en asesinar de llegar a su conocimiento), lo mismo terminarían aceptando que los africanos son seres humanos como nosotros y que a alguien que está en peligro de muerte hay que ayudarlo sin más. Lo terriblemente abyectos que podemos llegar a ser como personas debería alertarnos aunque sólo fuera por una cuestión de estética en un momento en que la moral es algo obsoleto, parece, en lo que pocos creen ya.

Refugiados europeos rumbo África y América Latina durante la Segunda Guerra Mundial 

Después de tan largo paréntesis quizás el título del post debería ser, para enseñanza de esos bárbaros dispuestos a echar al mar a lo refugiados: Dónde abandonar lo que somos para convertirnos a la fe del sentido común y la solidaridad.

En principio no era mi intención hablar de los refugiados. Salió así, no más. Y ahora me resulta difícil volver al tema del principio porque la carga emotiva que despertaron los versos de Julieta Gamboa ha sido reemplazada por un emotividad mayor que va de la consistencia del yo y las posibilidades de aquello que no hemos sido a esa otra vertiente social en la que el yo se hace comunidad y apuesta por una solidaridad que le sale del alma. Quizás en otro momento siga indagando sobre el paradero de eso que no fuimos.




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El precio de un sueño


Valdemanco, 10 de junio de 2018

Un sueño de 15000 litros de agua. Me reprocha alguien, en un comentario a mi último post, haberme gastado 15000 litros de agua en un sueño por el hecho de haber puesto a prueba la impermeabilidad de mi recién comprada tienda de campaña con un diluvio artificial de esa cantidad de agua. “¡15.000 litros para soñar me parecen un derroche!”, escribía esta misma mañana el comentarista. La cortesía me obligó a contestarle con lo primero que se me ocurrió: “¿Tu crees? Alguien que va a vivir, de momento, durante tres meses en una "casa" de menos de un metro cuadrado, se gasta 200 euros en la casa más 15000 litros de agua ¿está derrochando? ¿Quizás el costo de la casa donde vas a vivir tú, por ejemplo, este trimestre es más barato? :-)”.

No me interesa si los litros de agua son muchos o pocos o si el coste de la tienda le parece un derroche al comentarista; en este mundo en donde todo es relativo y en el que el yo y sus circunstancias son determinantes para valorar el acierto o no de nuestros actos, cualquier opinión puede tener validez si nos ceñimos a un contexto determinado. Yo no sé si el comentarista vive en mitad del desierto o a la orilla del Amazonas donde podrían vivir mil generaciones bebiéndose el río entero como en la novela Hijo de hombre, de Roa Bastos, sin que el Atlántico echara de menos una pizca del habitual caudal del gran río; en cualquier caso es obvio que su opinión variaría de vivir en uno u otro lugar del mundo. De todos modos sea bienvenido un asunto tan baladí para gastar un rato intentando sacar jugo a esa idea del precio de un sueño, a la que puede acompañar la postura de un observador que desde la distancia valora, casi siempre mal, si el precio que pagamos por un sueño es un derroche o no.

¿Cuál es el precio de un sueño? Bonita pregunta a la que sin duda se tendrá que enfrentar cualquiera que desee hacer de su vida un arte, algo que merezca la pena y que consista en algo más que en vegetar frente a un televisor o haciendo compras en un centro comercial. Días atrás Francisco Sánchez y yo bromeábamos sobre nuestra próxima expedición invernal de septuagenarios al K2; decía él, entre otras cosas, de aquello, pensando en alcanzar cumbre: “10 minutos en la cima y cagando leches. Esta será la recompensa: 10 minutos en la vida que valdrán como 10000 años en la vida de uno”. Soñé en grande y toqué el cielo, escribe Cristina Spinola, la mujer que dio sola la vuelta al mundo en bicicleta. También soñó en grande Ueli Steck o José Ángel Lucas cuando se fue a escalar el espolón Walter, o Carlos Soria cuando sueña con alcanzar los catorce ochomiles mientras una gran parte de gente de su edad vive ya en una residencia de ancianos; o en aquellos años en que la Oeste del Picu en invierno era para todos nosotros un sueño imposible y que sin embargo cuatro “alucinados” de la época, el Ardilla; José Ángel Lucas, César Pérez de Tudela y el Murciano, lograron hacer realidad en un mes de febrero de 1973.


Soñar. ¡Dios!, y que los sueños no nos falten. ¿Con qué habremos de alimentar nuestra vida si nos faltan los sueños? ¿Será alguna vez un derroche el precio que pagamos por un sueño? Me temo que inmersos como estamos en la vida de las portadas de los periódicos, acaso en los asuntos de la comunidad con la crisis energética y el uso de bienes, imprescindibles, por cierto, como el agua o el aire que respiramos, podemos llegar a perder el norte respecto a asuntos que sin ninguna duda nos incumben personal y vitalmente.



Partiendo de la consideración de que la actividades de la montaña se cuentan entre las cosas más “inútiles” que una persona puede hacer en su vida (bendita aquella Conquista de lo inútil, de Werner Herzog o Lionel Terray, tanto monta un título como otro), hablar de derroche es poco menos que un contrasentido. Lo hermoso, lo bello, lo que da intensidad a nuestras vidas no es precisamente algo de lo que se pueda sacar provecho precisamente, al menos en el sentido en que nuestra preclara sociedad entiende este término. La vida, cuya inteligencia supera nuestras pobres concepciones mercantilistas, sabe muy bien que si hay algo importante para ella son precisamente los sueños, los retos que unos u otros nos ponemos por delante para… ¡yo qué sé!, para ¿deleitarnos con la certeza de que somos capaces de tocar con las yemas de lo dedos nuestros propios límites? ¿capaces de saborear el gusto de probar nuestras capacidades, nuestro esfuerzo, la superación de nuestros miedos?, ¿para vivir con plenitud la montaña, nuestro encuentro con la naturaleza, con la proverbial belleza de este mundo tan frecuentemente encerrado en los escenarios de la alta montaña, en los vivacs, en las situaciones extremas de una escalada?

Ja, el derroche, el derroche del agua, del dinero, de los esfuerzos… ¡Benditos derroches en los que incurrimos probando nuestra vida, dándoles sentido entre las paredes de granito, los neveros, vagando por valles y bosques a la búsqueda de nosotros mismos, al encuentro con el silencio, la noche, toda la belleza que yace en el mundo esperando a que los ociosos “derrochadores” de este planeta salgan a disfrutarla; yo mismo hace un par de días metido en una tienda de un escaso metro cuadrado bajo la lluvia torrencial de unos aspersores soñando con una larga estadía en los Alpes, recordando mis “inútiles” incursiones en la montaña, mis relaciones con los temporales.

Sí, y que no nos falten los sueños y los retos, porque el día que eso suceda habremos, entonces sí, envejecido definitivamente. Así que a derrochar se ha dicho, cuanto más inútiles nuestros sueños y nuestros esfuerzos más hermosa será la recompensa.






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Los vagidos de la Naturaleza




El Chorrillo, 9 de junio de 2018

Ayer recibí una tienda de campaña que compré para mi salida a los Alpes la próxima semana. Tratando de reducir mi equipaje al mínimo para aliviar a mi quisquillosa espalda que se queja en exceso de las palizas a la que la someto, di en Internet con una que pesaba tan sólo un kilo. Demasiado pequeña, demasiado estrecha, sin doble techo, más bien parece un saco de vivac, pensé cuando la vi montada en la parcela. La miré un buen rato como quien se rasca la cabeza tratando de resolver un problema complejo. ¿Resistirá esto las interminables tormentas que con seguridad tendré que soportar durante el verano?, me preguntaba. El peso era tentador frente a la otra que uso, de unos dos kilos y medio. La opción entre el peso y el confort se decantaba no obstante hacia mi obsesión de reducir mi macuto a la mínima expresión. Decidí probar. Metí dentro de la tienda un aislante, dispuse los tres aspersores de los alrededores fijos de manera que la tela de la tienda recibiera el chorro de todos ellos ininterrumpidamente y programé un riego de tres horas. A continuación cogí un libro, me metí en la tienda y le dije a Victoria que pusiera en funcionamiento el riego. Enseguida comenzó a llover aparatosamente, sí, pese a que el día era soleado. Cada aspersor da unos mil quinientos litros por hora; multiplicado por tres aspersores, y esto multiplicado por las tres horas, el total previsto de agua sobre la tienda era aproximadamente de unos trece mil quinientos litros. Creo que era una buena manera de verificar la impermeabilidad del habitáculo que habría de acogerme durante un trimestre.

Enseguida me sentí como en mi casa. Me puse cómodo en el aislante, esponjé la almohada y traté de distraerme leyendo a Philip Roth, pero no funcionó. Sucedió una cosa curiosa, pronto la lluvia, goterones gordos que se estampaban sobre la tela de la tienda, me transportó a alguna de esas tormentas memorables que viví el pasado año cuando el aparatoso ruido de la lluvia hacía imposible mi sueño y me obligaba a usar tapones de cera. El nervioso placer que me producen las tormentas en alta montaña estando solo se acrecentaba en ese momento por la estrechez del espacio. Traté de trasladarme a algún lugar de los Alpes. Y sí, cerré los ojos y lo conseguí. De pronto era el vagido del viento y el cielo transformado en diluvio y un tronar que restallaba por los alrededores en medio de una cortina de agua. Cerrar los ojos, abrir los poros todos de la piel y vivir el éxtasis de la soledad con la noche abriéndose en canal cuando uno, dos, tres rayos cruzaban por el cielo atravesando mi tienda y mis párpados.

Después me recordé en una noche en unos acantilados de Lanzarote, al final de una de las jornadas de circuncaminar la isla, descolgando sobre las olas un pequeño mp3 que sostenía con un cordino. En aquella ocasión trataba de grabar la música del mar que golpeaba sobre las concavidades de la costa y que tanto me placía escuchar aquella madrugada. ¿Grabar para qué? Toma, para recrear mi soledad y la fiesta de aquel momento en mi casa frente al fuego de la chimenea, por ejemplo.

La Naturaleza posee las mejores partituras que uno pueda escuchar a lo largo de su vida. La brisa entre las hojas de los álamos, la sinfonía del mar, el canto de los pájaros, la fanfarria de las tormentas, el susurro de la cebada y los trigales en un día de viento, el rumor de los arroyos, el estruendo de las cascadas… Y hay una música en la naturaleza, la más enternecedora de todas, quizás, que son los vagidos y el plañir que rodean a los encuentros amorosos, aquellos, especialmente, cuando ella se va “acercando poco a poco al fuego que todo lo quema” (Lhasa de Sela, Me acerco al fuego que todo lo quema, la luz de tu cara, la luz de tu cuerpo). Se lo decía a una amiga: colecciono la música de la Naturaleza. Pero ella no entendía que yo pudiera coleccionar esa clase de música entre los mejores CDs de música clásica, de jazz, de flamenco, y menos que yo no pidiera permiso a la Naturaleza para grabar todos los sonidos que salen de su garganta, de sus cráteres, de la ventisca, de la brisa aterciopelada que mueve las hojas temblonas de los álamos frente a mi ventana, de las entrañas de un cuerpo cuyo plañir amoroso, dulcísimo, lastimero, agreste, terrible como quien está a punto de expirar, resquebraja la noche o despierta a todos los vecinos de un Macondo en donde una Úrsula y un Buendía pudieran celebrar un nuevo encuentro amoroso.

Grabo a la Naturaleza que brama y suspira en todas las rendijas de la existencia, que grita o aulla o se hace aguacero o torrente o suaves olas con su sonido de campanillas lamiendo los cantos rodados que duermen sobre la playa; la naturaleza que plañe y musita palabras de amor. Amor mío, amor mío, nos despertaba una y otra vez un hilo de voz de mujer, como salido del rincón más remoto del alma, en plena noche en un hotel mientras viajábamos por algún lugar de América Central. Y su voz era tan tierna, tan propia de esos rincones íntimos de la Naturaleza que habitan nuestro ser interior, que era imposible no sucumbir a ese amor y a ese “fuego que todo lo quema” para entonar al unísono ese canto a la vida que recorre todo el cuerpo.

Aunque no lo parezca todavía estoy en mi minitienda, llueve monótonamente y los aspersores siguen empapando la tela; y ésta resiste y ni una gota entra en el interior. Aún tengo los ojos cerrados, todavía estoy en algún lugar remoto de los Alpes discurseando conmigo mismo, pensando en la íntima relación que tengo con la montaña, en esa otra íntima relación, también, que me vincula a mis otras mitades, las féminas, cuyos plañidos amorosos deleitan mis oídos y mi cerebro.

Me gusta oír la música con los ojos cerrados. Victoria, cuando vamos al auditorio a escuchar algún programa de música clásica, siempre tiene la propensión a darme con el codo pensando que acaso pueda estar dormido y que vaya a soltar un ronquido en medio de un solo de violín, lo cual le haría salir corriendo espantada de vergüenza; entonces le devuelvo el codazo y me vuelvo hacia ella sonriendo levemente. También me sucede esto cuando dentro de la tienda asisto a uno de esos memorables espectáculos de las tormentas; mi cuerpo se embebe de cuanto me rodea, del fragor, del agua, de la noche a punto de convertir una de esas catástrofes naturales en un sofisticado placer.


 







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Los comunistas y Pablo Iglesias… “esa gentuza”




El Chorrillo, 5 de junio de 2018


"Es tu vida,
condúcela como si la hubieras robado".
(Sing Street)

Esta noche, mientras veía Sing Street, una peli algo loca, encantadora historia de encuentros y desencuentros donde el amor y el impulso creativo se abren paso dejando por el camino una sensación de bienestar, recordé un vídeo que circulaba por FB que aludía de una manera despreciativa a los comunistas (ah, los comunistas, como quien habla de extraterrestres sin derecho a la vida), y especialmente a Pablo Iglesias. El vídeo, hecho de frases cortadas con un cúter unas detrás de otras e ignorando absolutamente el contexto, algo que tenía la factura de un Inda o un Jiménez Losantos, daba un recorrido a intervenciones de Pablo Iglesias desde la edad en que su mamá le daba la teta; más o menos a juzgar por la longitud de su coleta. Esas cosas que la intelligentsia de la derecha cutre del país fabrica a modo de chorizos embutiendo imágenes de Maduro y disparates llamativos para asustar al personal y crear en este bendito país donde sólo la derecha es capaz de organizarse, el consabido clima de rechazo contra algún personaje de la izquierda. En principio me llamó mucho la atención que la persona que lo había compartido, a la que considero seria y responsable, hiciera hincapié en el hecho de que “aquello” había que compartirlo, “el vídeo por el que Iglesias o Podemos (no recuerdo bien el término) darían un millón por que desapareciera de las redes”.

Días atrás otro compañero del FB hacía gala de un pretendido ingenio comparando a Iglesias con el Napoleón de De rebelión en la granja, de Orwell. A éste, además, le cabía el orgullo de utilizar el nombre de Pablo Manuel en referencia a Iglesias “para no confundir las cosas serias”.  Sus comentarios eran largos, pero no tuve valor para leer los últimos, no quise sucumbir al aburrimiento. En esencia, los argumentos, que brillaban por su ausencia, eran sustituidos por la consabida mala lengua del que “desprecia lo que ignora” y usa de una patética facilidad para despreciar al prójimo (sí, esa peste nacional que asola el país desde siempre y que se dedica sistemáticamente a usar el tirachinas contra las cabezas de cualquiera que tenga intención de mejorar esta tierra tan jodidamente castigada por mangantes y corruptos).

La manera en como se arremetía, tanto en un caso como en el otro más arriba, me invita, pese a que el señor Iglesias no sea santo de mi devoción, a hacer alguna puntualización en este circo en el que no parece haber medias tintas y en donde tantos están empeñados en fusilar a cualquiera que destaque y pretenda hacer algo por la gente de esta tierra. La tendencia a la mofa y a la burla, tan propia de aquellos que nunca han movido un dedo ni arrimado el hombro para mejorar la corrala ésta en la que los españoles vivimos, es cosa que me solivianta.  Dicho esto y, constatada la incoherencia del señor Iglesias y su pasión por el poder y por mangonear para imponer sus criterios en Podemos, hay que añadir a continuación que no hay hecho político más importante en el panorama español desde los tiempos de la Transición, descontando  acaso el despertar del 15M, que el surgimiento de Podemos como única esperanza para empezar a cambiar el orden de las cosas. Quien encuentre exagerada esta afirmación no tiene más que contar los diputados de esta formación en el Congreso y compararla con la representación de la izquierda en los anteriores periodos legislativos. El siguiente paso es obvio, la creación de Podemos y su expansión descansa esencialmente sobre este hombre llamado Pablo Iglesias, por lo que es de cajón que todos aquellos que nos consideramos de izquierdas (los de derechas ya tienen a su Rajoy y a todos los corruptos del PP a quien defender), como personas de buena voluntad, tendremos que agradecer a este hombre el surgimiento de un partido en un momento en que el panorama político español se encontraba en estado cataléptico. Vamos, le decía yo al comentarista reidor del párrafo anterior, que bien vale dar a Dios lo que es de Dios, etcétera... La desmesura, venga de donde venga, suele quitar valor a la racionalidad del análisis político, y creo que muchos se pasan buscando el desprestigio de este hombre de razonable buena voluntad pero al que el poder le suena en los oídos como un canto de sirenas.

Hay gente que pretende divertirse en las redes sociales a costa de usar permanentemente de la mofa contra todo aquel que aparezca en los titulares de los periódicos, gente “lista” y sobrada que no distingue entre lo que es la izquierda y la derecha, y que con tal de llamar la atención estarían dispuestos a tirarse por el Viaducto. En este mundo de hoy, ahora con más razón por la delicada situación política que vivimos tras el descalabro del PP, me parece que no debería haber otra cosa que aglutinar fuerzas en la izquierda. No es tiempo de ahondar en la división y sí de organizarse y de crear corrientes de opinión favorables a la unión. Sí, por supuesto, claro, es evidente, no faltaría más: que no falte la crítica que siempre es tan necesaria… algo imprescindible, pero que nada tiene que ver con lo que hacen o escriben algunos empeñados en buscar los aplausos fáciles de etc., etc.

En los tiempos previos a la Transición el climax educacional del franquismo se esforzó mucho en adjudicar el sanbenito de “rojos” a todos aquellos que disentían con la dictadura. Rojo, comunista, demonio con cuernos. Eran tiempos difíciles en que la presión social y de los medios hacían de los disidentes, de parecida manera a como lo hacía con los homosexuales, una clase social a exterminar porque atentaba contra el Estado fascista. Hoy, siguiendo aquellos hábitos franquistas, a los disidentes del sistema, a los indignados, a los que quieren que la riqueza del país se reparta de una manera más justa o los llaman comunistas o pretenden hacer de ellos el objeto de sus burlas. Creo que era de Churchill aquella afirmación de que tenemos los gobernantes que nos merecemos.

El ser crítico con Podemos me ha traído algunas desavenencias con amigos y gente de las redes, pero una cosa es ejercer la crítica y otra muy diferente  es no reconocer los méritos de algunas personas, Pablo Iglesias, por ejemplo, aunque a continuación valore que tras el excelente trabajo hecho en los primeros momentos de la formación política, ahora corresponda retirarse y dejar paso a otros líderes no contaminados por el empacho del poder y con una miaja más de coherencia.



Polémica Wielicki, Pérez de Tudela, Carlos Soria





El Chorrillo, 27 de mayo de 2018

Vengo de otras guerras, se me ocurrió compartir alguna entrada de este blog en algunos foros de montaña y fue tal el diluvio de visitas que por un momento me creí un tío casi importante, ya podía presumir con mis amigos y decirles, ¿sabes cuántas visitas en veinticuatro horas? Cinco mil. Vamos, como para poder aparecer ya en los periódicos. Es una broma. Considero que los caminos de la fama tienen más espinas que la corona de Cristo. Mi humilde blog, que hablaba últimamente del amor a las mujeres, del elogio de la insignificancia, de la gandulería, del nacimiento de mi hijo, de la belleza de morir, en fin cosas así, se había equivocado de camino y había entrado en el terreno resbaladizo de especulaciones que yo, como amante de la montaña, no terminaba de entender.

Una introducción al tema. Alguien, un renombrado alpinista hace una crítica al exceso de medios técnicos usados en el Himalaya y que obviamente apuntan a la expedición de Carlos Soria. Dos: otro contraataca diciendo que en montaña todo vale y se extiende largamente sobre cierta persona que dice que miente en relación a su actividad alpinística. Los sobreentendidos son aquí los protagonistas por excelencia. A continuación el primer alpinista esboza en un escrito muy razonado y razonable, que lleva el título de Infamia, un alegato en pos de la verdad y que apunta con la escopeta cargada contra los difamadores. Husmeé el terreno por si podía encontrar alguna aclaración sobre el asunto pero no encontré nada aparte de los consabidos aduladores de siempre y algún que otro comentario que venía al caso.

Como de lo que quiero hablar tiene que ver con un tercer asunto que encontré esta mañana en El Confidencial, me refiero a él antes de seguir adelante. Se trata de un titular que decía “Krzysztof Wielicki es un gran alpinista, pero no tiene los valores del Princesa de Asturias”. ¿Razones? Un twit del coronel del Ejército de Tierra Alberto Ayora que dice: “No lo merece quien no movió un dedo para rescatar a uno de mis hombres en el GII”. Y a continuación el periodista cuenta toda la historia de ese rescate. Ese es su único argumento personal. A Pedro Gil, el periodista de cuya pobreza conceptual da cuenta el artículo que vergüenza da leer, no le cabe una glosa mínima del historial alpinístico de Wielcki, le basta un twit para mandar a éste al infierno y llenar de paso una página del periódico. La pereza y desidia con que algunos emborronan las páginas de los periódicos clama al cielo. Y como colofón en FB toda una panda de aplaudidores a los que el periodista ha lanzado el hueso de la discordia muerden y comparten con la alegría xenófoba de aquellos a los que la velocidad de los dedos sobre el teléfono no les deja tiempo para pensar.


Resumiendo. Yo, que ando de despistado por la vida pero que me gusta la montaña a rabiar y que paso una buena parte del año pateándolas desde hace más de medio siglo, me quedo perplejo ante todo este mundillo en donde los doctos en la materia debaten sobre asuntos que me caen tan lejos y que no caben en mi cabezota de hombre primario porque en la montaña que yo mamé no existían este tipo de disputas ni contrariedades. A la montaña se va, creo yo, por el placer de escalarlas, por el gusto de la aventura, por enfrentarnos a un reto personal, por puro delirio amoroso si se quiere para seguir glosando las palabras de Messner cuando habla de su amada. Eso aprendí por propia experiencia y en mis lecturas de hace muchos años, los clásicos de siempre, Terray, Rebuffat, Demaison, Bonatti… Sin embargo lo que me encuentro en los debates de las redes son enzarzamientos de unos con otros, aduladores que aplauden a su ídolo, problemas sobre la certeza de ciertas ascensiones, insultos velados, intentos de descrédito para un alpinista que tenía los huevos tan en su sitio como para subir al Everest en invierno, discusiones… Y me suena que, o aquí hay gato encerrado y la mala hostia propia de los que crean discordia en todos los lados está presente, o es que somos unos tontos el culo que le damos cuerda a los asuntos porque no tenemos otras cosas de más provecho que hacer. Porque no se comprende que gente que ama la montaña, que la siente en sí con la intensidad de quien le dedica todos sus ratos de ocio, pueda caer en la trampa de andar desprestigiando a alguien que siente las mismas cosas, que emplea su vida en una actividad tan inútil y gratificante como el escalar, pueda caer en la nimiedad de una discusión en la que se trata de descalificar a otra persona que ama las mismas cosas que él, que comparte los mismos riesgos, que si llega el caso se echarán una mano para salir de un apuro.

En fin, además de escribir y compartir aquellos dos post de que hablé al principio, de los cuales el que más me gustaba era el que se titulaba Elogio de la insignificancia, y que mostraba mi particular punto de vista respecto a la montaña, metí el cazo en la entrada que el autor titulaba Infamia. Este era mi comentario:

“La verdad es que leyéndote me siento como quien se cae del guindo. Mi ignorancia y mi alejamiento durante décadas de los ambientes de montaña, quizás tengan parte en ello. Mi aprecio por todos aquellos que apostasteis fuerte en los años en que descubrí la montaña y me asomé tímidamente a ese universo que ha forjado una parte sustancial de mi vida es tal que me cuesta asimilar el que en su entorno pueda moverse algo tan impropio y tan lejos de las imágenes que mi retina del pasado conserva: Un invierno, por ejemplo, que protagonicé con José Angel Lucas un rescate en la Oeste de la Amezúa y que nos tuvo atados a la pared toda la noche con lo puesto y en que cuando montábamos el último rápel apareció por la Apretura el equipo de rescate encabezado por Carlos Soria a darnos el relevo; tu propia imagen en aquel invierno en la Oeste del Naranjo junto a José Angel Lucas, el Murciano y el Ardilla; tantas situaciones en que tanto tú como Carlos os habéis jugado el pellejo; tantas personas que en mayor o menor grado hemos arriesgado nuestras vidas por un compañero y que más tarde, en el laberinto de los medios, en la confusión de las informaciones o acaso en la impostación a que pudo llevarnos la publicitación de una actividad que hemos hecho o dejado de hacer, convierte esa inútil lucha personal en que nos hacemos grandes para nosotros mismos, sin que tenga que importar a los otros en absoluto, en campo para la disputa.

“No me cabe que en una actividad tan gratuita, y tan solidaria, cuando las circunstancias de un accidente lo han hecho necesario, se den situaciones que merezcan posteriormente ese sustantivo con que en cabezas tus líneas. Mi admiración por Carlos Soria, es grande, pero también lo es por ti, por Gerardo Blazquez, por Jerónimo, por el Murciano, sólo por citar nombres de compañeros con los que compartía entonces nuestra pasión común.

Respecto al asunto de Krzysztof Wielicki. Me parece que dar mucha importancia a los premios es cuestionar la gratuidad con que nos acercamos a la montaña, que por demás no es una actividad de competición. En el caso del premio Princesa de Asturias hay que insistir en que no es éste el que da lustre al alpinista, sino todo lo contrario ¿Debemos considerar que porque el premio, por ejemplo, no haya sido concedido a Carlos Soria éste es menos merecedor de elogios que Welicki? Los méritos en el alpinismo están frecuentemente anidados en hechos de gente anónima. ¿Cómo hacer demasiado caso a estos usos, los premios, que parecen establecer un elenco de prioridades meritorias como si esto fuera un maratón? ¿Tendríamos que asignar puntos a las actividades? Y si es así cuántos puntos valdría subir y bajar del Everest en diecisiete horas? ¿Cuánto puntuaría la ascensión invernal al mismo pico? ¿Cuánto el descenso del Narga Parbat perdido entre los glaciares y corredores cuando Messner perdió a su hermano? Bien que se honre a alguien, pero es peligroso. Me chirría en los oídos oír que Wielicki no merece el premio tal. Eso le pone en el campo de los malos, como cuando en la escuela te colocaban de rodillas con lo brazos en cruz y algunos libros en las manos por haber hecho una fechoría. La cosa da para consideraciones de este tipo que nadie en su sano juicio habría hecho si no se establecieran esta clase de premios.

¿Y si nos volviéramos hacia las montañas, que son nuestra prioridad, y nos olvidáramos de tanto debate chungo? ¿Y qué importancia tiene que además alguien haya subido o haya dejado de subir a tal o cual pico? ¿Tan pendientes estamos de la consideración de los otros por uno u otro motivo para que estas cosas afecten al hecho esencial de nuestra relación con la montaña, a la intensidad de vida que ella nos proporciona?

Quizas deba añadir esto: Pensando en una conversación que tuve en la pasada primavera con un amigo de viejos tiempos de escalada mientras nos tomábamos un café en el salón de su casa que daba al Circo de Gredos, imaginé una situación similar departiendo con amigos o conocidos de aquella época, incluidos aquellos con los que pudiéramos no estar de acuerdo, contando batallitas, confesando errores de juventud o no de juventud y reconociéndonos al final como suertudos compañeros de andanzas. Un buen momento para reconciliarnos antes de que la palmemos, cosa que no estará tan lejos sabiendo la edad que tenemos todos. 



Cuerpo de mujer




El Chorrillo, 26 de mayo de 2018

A veces es una maravilla recordar todos esos cuerpos desnudos de mujer que han pasado un instante por la retina de uno, cuerpos reales tocados y amados, cuerpos recreados en la pantalla de un ordenador, cuerpos entrevistos en su desnudez mientras vas en el metro o en el tren de cercanías, bellos cuerpos que acompañan como el sabor de la magdalena de Proust algunos de nuestros ratos de asueto. La belleza de unas nalgas, el rincón oscuro en que confluyen los deseos, la laxitud de sus formas despertando entre las sábanas revueltas. Las evocaciones de un cuerpo de mujer llenan una parte considerable de la existencia. Ellas, como un tiempo de lluvia en que nos acogiéramos al calor del fuego de una cabaña en invierno, transitan por el espacio mágico de mis ensoñaciones con la delicadeza adormilada de quien vaga largamente entre el sueño y la vigilia.

Te despiertas, abres los ojos y, entre el revoltijo de los pensamientos aparece una figura de mujer, un gesto de coquetería, una sonrisa, la velada mirada de un deseo todavía no reconocido. Caminas junto al mar al amanecer, o acaso en la profunda oscuridad de un valle del Pirineo y en el casual desfile de los pensamientos aparece un generoso escote al que precedía la encantadora sonrisa de una caminante con la que te cruzaste el día precedente descendiendo entre grandes peñas y, poco después se produce el milagro, la Virgen de Fátima, emergiendo entre la somnolencia de la mañana poco a poco va inundando tu propio cuerpo con la hermosa sugerencia de unos pechos adormecidos bajo la blusa, llena tu retina que te empuja a profundizar en aquel encuentro y a emparejarlo con otros recuerdos, femenina ausencia celebrada en la evocación del día que comienza.

Nada enturbia la presencia de las hadas cuando la cerrazón de la conciencia ha bajado las persianas para refugiarse en la oquedad de los pensamientos donde un brote de luz en forma de cuerpo de mujer ha nacido para ser atendido con los aperos de la imaginación. Entonces la estancia se convierte en un templo. Templo es la montaña, templo es un cuerpo de mujer donde rezar cada mañana de hinojos, los ojos llenos de lágrimas, la infinita devoción de tocar unas caderas, unos pechos, la curva leve de unos labios, apretando las mandíbulas para no gritar ese “Dios” que se ahoga en la garganta cuando, incrédulos, esa belleza y ese deseo desbordan nuestro ser.

Rememoro los cuerpos de una lejana visita a un museo ateniense donde se exhibían esculturas de Praxíteles, otras más de Canova en algún museo de Europa, muchos de pintores, Courbet, Modigliani, Renoir, Tiziano, Velázquez, Rubens. Las repaso en mi mente, y retengo esa imagen de la escultura de una Venus que tomé en Atenas, el vestido húmedo cayendo sobre los pechos, el estómago, el ombligo, como una caricia que se ciñera a la carne en una explosión de erotismo. En ella el escultor ha descrito una espiral a modo de vuelo de golondrina y nos ha llevado a un mundo que transciende la belleza para añadirle esa pizca de aroma que, como la rendija de un escote por donde asoman el comienzo de unos senos, hacen volar la imaginación hacia un espacio de una refinada sensualidad.



Erotismo, arte donde lo haya, donde la imaginación y la creatividad se suman a la belleza de los cuerpos para hacer de la vida un espacio donde los juegos de la infancia resucitan uniéndose al largo aprendizaje de exploración y sensibilidad de nuestros sentidos que nos llevarán de la mano, más allá del mero contacto físico, a resucitar todas las escondidas fibras de la sensualidad diseminadas por nuestro cuerpo. Porque saber de los calores que pueden esconderse todavía bajo nuestra piel es asunto que sorprende, pero fácil de comprobar cuando alguna virgencita se nos aparece improvisadamente en cualquier curva del camino y nos sorprende con una lejana sugerencia, una mirada apenas duradera el tiempo de la chispa que salta de la hoguera, pero capaz de iluminar largas semanas de nuevas ensoñaciones.

El lenguaje de lo que todo el mundo sabe pero no se dice, los sobreentendidos sobrevolando entre nosotros a la caza de una presa adormilada a la vera del camino; el deseo latente hasta en el aire que respiramos; la necesidad del otro yo, que como un universal habita en el cuerpo del tú; la belleza plena de los cuerpos atravesando la calle, viajando en el metro, vibrando en cada célula de nuestro cerebro; materia y energía que desde la mañana a la noche nos ronda a la espera paciente de poder recoger entre las manos, como agua de lluvia, los frutos que nuestro deseo ha ido sembrando a lo largo del día en todos los rincones de nuestras fantasías.

La posibilidad de ir guardando en la memoria, como quien recolecta setas :-), pequeños fragmentos de puzzle que cada uno va recogiendo a través de sus sentidos en el seno de la primavera, hace que nuestro cestillo de mimbre, si el recolector es espabilado y tiene los ojos abiertos, se convierta, Dios mediante, en el mejor aliciente que nuestra imaginación necesita para hacer los honores debidos a los anhelos que duermen en nosotros, como el arpa de Bécquer, esperando aquella mano de nieve que venga a despertarlos.

Allan Poe, que incluía en el prólogo de su famoso poema El cuervo, las condiciones que debían cumplir unos versos para ser bellos, daba alguna pista: el asunto debía tratar sobre algo extraordinario. ¿Y qué mas extraordinario, decía, que el amor? Ergo, ¿habrá realmente algo en el interés de las personas, añadamos que en general, que supere el interés que todo el mundo tiene por las cuestiones del amor, el sexo, las mujeres? I dont think so.

A estas alturas de la escritura me siento ya exento de culpa, ya respiro aliviado, ya no me acosa la sensación de ser un raro como al principio de este escrito, que tenía la impresión de que podía ser observado como alguien que desbarraba, que de puro romanticismo parecía estar sufriendo una peligrosa obsesión por lo femenino. Las encuestas dicen que estoy dentro de la normalidad; un poco soñador, sí, pero no en grado preocupante.









Evocación del nacimiento de un hijo




El Chorrillo, 24 de mayo de 2018

Hoy leí unos versos de Julieta Gamboa que me conmovieron; llevaban el título de Origen (Taxonomía de un cuerpo). En él habla de los tiempos de la gestación: “El ansia de vida de mi madre y una huella del azar hicieron que naciera”. “Entre las paredes transparentes de una incubadora…terminé mi primer ciclo, en la humedad de un útero artificial”.

“A partir de este indicio del principio
se fue tejiendo un lazo no tan nítido
entre nosotras.
Una pregunta acerca del final temprano,
aquél que no ocurrió,
o del cruce de una línea de muerte
tensada hasta los límites”

No bastarían varias vidas de una persona para escribir la propia existencia, la que no comienza en nuestra fecha de nacimiento, y que se remonta al tiempo de la gestación y aún más atrás porque en esencia llevamos dentro la impronta de un paisaje que pasó por ósmosis de uno a otro a través de nuestros progenitores. El hilo de luz del que yo trato de tirar esta tarde surge de un parto prematuro en la madrugada de un lejano día de primavera. El escenario, un pequeño hospital de Oviedo, la rotura de la bolsa amniótica, la precipitación de un parto a los siete meses, y unas escasas esperanzas de vida para el más pequeño de mis hijos.

Sus cuerpos
Aún sin formarse del todo
Habían embestido desde el centro de su vientre,
presionaban hacia abajo,
golpeando las paredes protectoras”

Y parece que los versos fueran parte de mi propia carne, ambos después de que el ritmo de nuestros corazones se aquietase, tras la sangre de una hemorragia inquietante mientras ellos empezaban a respirar trabajosamente “entre las paredes transparentes de una incubadora” sobre la que caía la fría luz de unos tubos de neón. Eran tiempos de naufragio cuando uno no puede pensar más que en aferrarse a un madero sobre el que salvar la vida en la oscuridad de las olas. Él todavía era apenas un hijo, la esperanza remota de una vida. Íbamos a verle al hospital, los pocos minutos que nos dejaban, y desde la lejanía aséptica y blanca mirábamos aquella cosa pequeña pequeña que era nuestro hijo y se nos saltaban las lágrimas pensando en el milagro que es la vida y en el milagro que implorábamos desde nuestro interior para que nuestro hijo atravesara la oscuridad en la que estaba y abriera los ojos y encontráramos en ellos la esperanza anhelada.

“Una pregunta acerca del final temprano,
aquél que no ocurrió”.

Y los días eran exasperadamente largos y el final temprano que llenaba nuestra obsesión por entero durante semanas al final se fue alejando lentamente, la muerte cedió el paso poco a poco a una definitiva esperanza, y los días se hicieron ligeramente amables, se podía caminar por ellos con la melancólica dulzura de quien pronto, allá, bajo las montañas donde vivíamos, enseguida podríamos reconstruir nuestra vida familiar y Guille, nuestro mayor de tres años, asustado y perplejo en un entorno extraño que le desbordaba, podría llegar finalmente a comprender lo que era tener dos hermanos a los que sus ojos mirarían asombrados de una nueva y definitiva realidad.

Aquella cosa pequeña que apenas pesaba más de un kilo yació mucho tiempo atado a un enmarañado de cables que controlaban sus constantes vitales; un monitor de pantalla verde daba testimonio de que la vida remontaba poco a poco su camino hacia la luz; las tinieblas iban quedando atrás como un amanecer que demorase muy lentamente afianzar su pie sobre la luz de un nuevo día. Y una buena mañana pudo abandonar la urna de cristal y respirar el aire de los humanos. Pero un temor infinito vibraba dentro de nosotros cuando tuvimos en nuestros brazos aquella poquita cosa que agitaba sus bracitos diminutos dentro de un sueño. Sin pelo, disminuido, diminuto, con el gran moratón de los fórceps sobre su cabeza, no parecía que un ser tan indefenso fuera capaz de emerger a la vida, saltar de la oscuridad a la luz, a la mañana soleada de las calles de una ciudad del norte.

Y sin embargo fue posible, endeble entre los brazos de su madre, una mañana del mes de julio vio pasar tras las ventanillas de un R4 el cielo por donde algunas gaviotas distraían las miradas de los transeúntes, las colinas de Asturias, los meandros de los ríos, los hayedos; comprobó que en el mundo existían montañas, siguió adormilado los reflejos en el agua del río Narcea. Así hasta que el coche atravesó por las calles de una pequeña aldea, dejó atrás la iglesia, la casa de Xuacón, el bar de Grabelón y trepó finalmente por la cuesta de macadán que llevaba al patio de la vivienda escuela.

Un pequeño establecimiento que hacía de bar y tienda tenía el único teléfono que existía en el pueblo. Él fue durante muchas semanas el conducto por el que nos comunicaríamos continuamente con los pediatras del Hospital General de Asturias. Los recuerdos de entonces pertenecen a los días más intensos de mi vida. Nos turnábamos pero apenas dormíamos; las ingestas, las deposiciones y sus respectivas mediciones, así como cualquier dato irregular aparecían constantemente sobre una gráfica que colgaba de los azulejos de la cocina. Y pese a todo, cuando Mario y Lucía habían tomado el biberón y limpios y frescos volvían a la cuna, todavía de noche, tomaba mi desayuno, lo metía en un pequeño morral y me subía a ver amanecer a las montañas de los alrededores. Allá en las cimas contemplaba la existencia, le miraba a los ojos y me regocijaba de que mi hijo hubiera ganado en el último día cien gramos, de que sus deyecciones fueran consistentes, de que se hubiera tomado tres cuartas partes del biberón. Sí, y daba gracias al dios de la vida por la existencia de aquel pequeño ser que había escapado de la muerte y que ahora dormía plácidamente en su cuna arrullado por la cercanía de su madre.

A mi alrededor, sentado en una prominencia sobre los pastos de Fuelguerabicha, mientras el sol empezaba a vestir de ámbar los altos del Canielles, los montes de Leitariego, la selva de Muniellos, yo oía a la vida que cantaba delicada y suavemente entre las hayas y los brezos que cubrían las laderas. 



Aclaración: Carlos Soria y el “no todo vale”


Desconozco a quien pertenece la autoría de la foto 



 El Chorrillo, 24 de mayo de 2018

Días atrás escribí un post que venía motivado por la idea de la vuelta a un modo de hacer montaña más a la altura de nuestras posibilidades, no sustituyendo nuestra falta de preparación o condiciones físicas para la empresa elegida, por la desmesura de unos medios técnicos, decía allí, impropios del arte de amar; la montaña, claro. Recurrir al título del libro de Eric Fromn o del clásico de Ovidio era un recurso que llamaba la atención sobre un aspecto fundamental de nuestra relación con la montaña. Que la montaña no es una cucaña por la que llegar a toda costa a su cima, que la montaña tiene en sí mucho de devota relación con sus amantes, en fin, que bien que muchos la tomen como un objetivo a alcanzar del modo que sea, pero que hay que dejar sentado que eso no tiene apenas que ver con la relación que otros, también muchos, queremos tener con ella, relación de recogimiento, de paz, de reto con nosotros mismos, de escuela de vida.

Que la vida plena se nutre de la inutilidad de nuestros actos gratuitos en donde nuestra arrojo, nuestra destreza, nuestro concepto de la estética y la belleza ha de estar presente, me parece un axioma fácil de asumir cuando alguien ha vivido unos ratos de plenitud en el íntimo contacto con la montaña, escalando, sintiendo la estrepitosa música de las tormentas en la soledad de un valle alpino; que la montaña es algo más que un nombre en los titulares de los periódicos o una carrera a ver quién llega primero o colecciona esto o lo otro. Me horroriza toda esa parafernalia que rodea el inevitable contacto con los medios y los promotores y lo que ello arrastra consigo, aunque, la obviedad es clara, hacer determinadas actividades lo requieran.

Días atrás, a raíz de un tema de política, actualmente en el candelero, alguien citaba a Marx con estas breves palabras: “la existencia determina la conciencia”. Mi existencia, mi relación concreta con la montaña, últimamente meses de caminar solitario por los Alpes u otras montañas de Europa, creo que determinan fuertemente mi conciencia, el modo de relacionarme con ella, unos pocos kilos a la espalda, una tienda para resguardarme de la lluvia y la tormenta, un saco de dormir para protegerme del frío. Mi conciencia de la montaña se nutre de un modo de hacer y vivirla. Ahora, si yo me habituara a subir a la montaña de otro modo, con medios mecánicos, con alguien que llevara mis pertrechos, con alguien que me abriera huella cuando la nieve es profunda, seguro que mi conciencia de la montaña sería otra. A partir de ahí, probablemente, y una vez perdido ese primer espíritu de aventura neta, en mi mente se iría introduciendo poco a poco esa idea de que lo que importa es llegar a la cima de la manera que sea; lo cual me resulta extremadamente desagradable.

Etcétera, etcétera. Sirva lo anterior de introducción para lo siguiente. Resultó que esta mañana me llegó un mail de un amigo que me regañaba cariñosamente a raíz del post anterior, el de no todo vale. En realidad no llegó a tocar el tema de la validez o no de determinados usos técnicos en montaña, su escrito trataba esencialmente de la personalidad de César Pérez de Tudela, intentando con ello, imagino, minimizar los argumentos que éste empleaba donde defendía una vuelta al concepto de aventura que teníamos décadas atrás. Aludía concretamente a ciertos desencuentros entre Carlos Soria y César, que según él habría propiciado el escrito de este último en FB, que sería una crítica más o menos velada a la actividad última de Carlos Soria. Algo de ello imaginé yo, pero no le di demasiada importancia; me pareció que el debate de un asunto, aquí el uso o no de determinados medios en montaña, era lo esencial. Me pareció importante dejar claro que no se pueden rebatir unos argumentos glosando la historia real o no de la persona que usa de ellos. Y ello frente a la posibilidad, cierta o no, de que César pudiera estar usando sus palabras en diferido contra la expedición que pernoctaba en las laderas del Dhaulagiri, algo que sólo podría determinar quien tuviera acceso a su conciencia.

Es difícil, ¿qué se ha de hacer, contestaba yo a su mail, cuando uno no está de acuerdo con algo y ello entra en conflicto, como es el caso, con la admiración por alguien, Carlos Soria, que se mueve en el límite de la crítica que tú vas a promover? Soy totalmente ajeno a lo que sucede en los ambientes de montaña, leo algunos libros y de vez en cuando en FB echo un vistazo a lo que allí aparece, muy poco. Sin embargo sí me interesan, y mucho, los debates que se puedan promover en torno, digamos, a la filosofía que se mueve dentro del ambiente de la montaña; al fin y al cabo es algo muy familiar y que llevo muy dentro. Y es desde esa perspectiva, personal y sin ninguna mezcla de rencillas, que desconozco, desde donde hago mi reflexión. Y añadía, mi admiración por Carlos es enorme, basta que teclees en Google junto a su nombre el mío y te encontrarás un buen puñado de elogios en mis escritos surgidos a lo largo de muchos años, siempre en momentos de intensas vivencias en las montañas. Ha sido en mí recurrente su recuerdo cuando la flojera o la extenuación me daban un toque.  

Lo insólito de las visitas al post en estos días, más de cuatro mil, indica que el interés por el asunto es crucial en el ambiente en que nos movemos y que por tanto está justificada la polémica a que puede dar lugar. Y si entro en ella, pese a mí admiración por Carlos, es porque entiendo que es necesario contribuir a formar opinión sobre modos de hacer con los que no estamos de acuerdo muchos.

Que no esté de acuerdo con el tipo de expedición de que hace uso Carlos Soria no merma en absoluto mi admiración por él, un hombre al que tanto debo por lo mucho que me ha ayudado a forzar las posibilidades de vivir intensamente, un ejemplo que me ha servido y me sigue sirviendo para enfrentar los hándicaps de la edad con dignidad y seguir obteniendo de la montaña toda la intensidad que la vida puede darme. Considero que Carlos es un caso extraordinario de fuerza y voluntad y que puede hacer lo que le dé la gana para tocar con la punta de los dedos el cielo; él sobrepasó todos los límites de los sueños corrientes y para cumplir uno de los últimos que le quedan se puede permitir el lujo de abordarlo supliendo lo que la edad no le permite hacer al estilo de Mallory con medios técnicos y ayuda externa. Amén. Nadie tendría que rasgarse las vestiduras por ello. Mi  enhorabuena a este hombre que supo hacer de su vida un arte pero al que las circunstancias económicas le llevaron muy tarde a intentar cumplir el sueño de coronar todos los ochomiles. Seguro estoy que si hubiera dispuesto de medios habría dejado antes sus trabajos de tapicería para dedicarse de lleno a su vocación y que ahora las ascensiones a todos esos ochomiles serían un lejano recuerdo en su memoria.




Elogio de la gandulería

Mientras el abuelo hace el gandul su nieto Manuel apila leña para el invierno 


El Chorrillo, 23 de mayo de 2018 

Como estoy dispuesto a llenar todo este diario de los más variopintos paisajes, se me va a perdonar que otra vez vuelva a empezar con esa manida forma con que a veces comienzo mis anotaciones del día, es decir, en el momento preciso del despertar. 

Llevo muchas semanas que no madrugo, me despierto y, con los ojos cerrados, estoy atento a lo sonidos que me llegan, el piar de los pájaros, el rumor de la brisa, esta mañana el rugir de la tormenta en la lejanía; luego poco a poco voy separando los párpados y entonces es otro sentido el que se abre a la mañana, aparece la luz, el verde de las ramas de los árboles, el resto del pan y quesillo de las acacias, las nubes, el cielo azul y, si tengo suerte, puedo ver cruzar por ese ángulo superior de la ventana la silueta de un milano real; está mañana también fue el sentido del olfato que rastreo el olor a tierra mojada que dejó una breve lluvia sobre la parcela. Mis sentidos despiertan poco a poco como si se abrieran a un novedoso nuevo día, ese que cada mañana se alza a mi alrededor tras el breve periodo de muerte en que cada noche nos refugiamos para dar cabida a los sueños de ese otro yo nuestro que vive bajo la piel dando cobijo a nuestros miedos y anhelos. Mis sentidos necesitan tiempo para entrar en un régimen de revoluciones en que puedan constatar fielmente lo que les rodea. Y así ahí estamos yo y mi cuerpo y mis sentidos como otras tantas mañanas de esta primavera, como quien espera a Godot, hasta que las mariposas de las sensaciones poco a poco vienen a ocupar el entorno de la cabaña con su aire de placer y melancolía. Entonces, la imaginación, como un sentido del que se alimentaran otros, el tacto, las sensaciones, el regocijo del encuentro con otro cuerpo, las premisas de ese camino que trepa por la montaña mientras en el aire cantan los pájaros, como una fuente de la que manara el incienso de un recuerdo con nombre de mujer, se acurruca junto a mi almohada y me va recitando versos de amor que trepan por la mañana y se suben a las almenas de mis anhelos trayendo voces secretas que despiertan mi cuerpo.  

Y así estando, mi chica, ella se levantó al alba, se da una vuelta por la cabaña (a este le ha debido de pasar algo, debe pensar); me encuentra despierto en la cama y me dice: qué quieres que te diga, a mí me parece que esto es excepcional; mediodía y todavía en la cama. Y es que, sí, hoy mis sentidos, todos ellos, despertaron tan despacio, tan despacio, que era como si asistieran al primer amanecer y cada uno de ellos necesitara un tiempo extra para admirarse de ese universo del que mi cuerpo tomaba posesión a través de mis sentidos. Yo no tengo la culpa, yo me ciño a lo longitud de onda en que ellos cantan cada mañana su melodía; de ahí que hoy se me hiciera tan tarde. 

Aún así antes de levantarme tuve tiempo de mandar un guasap a una amiga que está a punto de ingresar en un convento de clausura ;-) diciéndole lo mucho que había pensado en ella los últimos días. Me sienta mal que a una chica en sus cabales se le vaya a ir la vida en meditaciones de convento. Luego abandoné la cama y salí a  la primavera del mediodía. Por cierto que mi chica se reía a carcajadas esta mañana cuando, leyendo un post anterior, ese en que decía que había tenido una jornada intensa porque lo que había hecho en todo el santo día había sido leer un poco y plantar un par de rosales, le pareció que exageraba con eso de la intensidad del día. No sé lo que entenderá ella con eso de tener un día intenso, pero es que yo leyendo a Séneca estos días (Dios, qué cosas lee este hombre), he decidido hacer lo contrario que él dictamina, es decir que si él escribe “El día que esté sometido al placer, también estará sometido al dolor”, afirmación que ni calcada, por cierto, de las mismas meditaciones del Buda; que si él escribe eso, yo me inclino por el placer diciendo que después me quiten lo bailado. Que la intensidad de la vida no viene de las muchas tareas domésticas y de arreglar grifos y plantar rosales, que también deriva de aprovechar el momento, ese  por ejemplo, en que las mariposas revolotean por encima de uno con sugestivas tentaciones. 

Me auguro de mi buen humor, es cierto, últimamente con tanto leer y escribir no doy palo al agua y es que al final es ella la que cocina mi sustento y da de comer a los jilgueros. Que sí, que apuntado como estoy a escaquearme de los asuntos de la patria,  de los de la casa y todo lo que no sea el entorno de mi cabaña, si no me espabilo me voy a convertir en un gandul. 

Y hojeando estaba el libro de Séneca, Sobre la brevedad de la vida, el ocio y la felicidad, cuando de golpe me encontré con esta afirmación: “Vida feliz es aquella que está de acuerdo con la propia naturaleza”. Date, me dije, si esa es una margarita de la que estaba yo el otro día pétalo a pétalo deshojando su contenido y tratando de averiguar qué era eso de mi naturaleza. El problema es que después de teclear durante un par de horas sobre el asunto apenas me anclaré sobre qué era eso de mi naturaleza. De todos modos también escribe Séneca que debemos buscar algo bueno, no en apariencia, sino que sea sólido, estable, y, sobre todo, más bello en su parte más secreta, lo que me lleva a pensar en dejar el asunto de la naturaleza para otro momento y considerar mi vagancia de hoy como inicio de esa búsqueda. Y me parece que la cosa puede tener miga, eso precisamente de buscar lo bello en su parte más secreta, especialmente considerando que mi gandulería bebe de una fuente muy bella y muy secreta. 

El día fue tan trabajoso, un librito de emotivos versos de Julieta Gamboa y unas pocas páginas de Ciudadela, amén de escribir sobre esa otra amada, la montaña, que apenas me quedó tiempo para a última hora escuchar un poco de música y escribir estas líneas para mi diario. Ahora el Concierto para clarinete de Mozart para iniciar la noche mientras miro a los murciélagos que revolotean en las cercanías de un nido que dejaron los últimos reyes magos en nuestra parcela. A lo lejos las luces de Navalcarnero estrellan el horizonte. Mico, nuestro gato, se subió a mí regazo y ahora los dos oímos en la oscuridad la obra de Mozart (Gaza, nuestra perra, a la que parece no interesar la música, se acurrucó a mis pies y ahora emite un ronquido suave similar al de algunos oyentes cuando se duermen en el auditorio escuchando una larga obra de Bruckner). El día se acaba. Buenas noches.