Tenerife-Madrid, 16/05/12

Para ti, Lucía...    
(Con música para acompañar la lectura)

(Este post se repite en Caminar cada día).
Mañana temprana de aeropuerto. Una ligera neblina cubre Los Cristianos. El cuerpo descansado, un leve sosiego a flor de piel; nada que hacer, esperar. Regreso de una larga y fatigosa caminata por la isla de Tenerife. ¿Se volverá alguna vez la vida más sosegada, esa vivencia desde la edad y la experiencia que hará que uno se encuentre con la realidad en una relación de habitualidad a la que lleguen los hechos y las circunstancias remansadamente, como una brisa sin demasiada importancia que refresca inadvertidamente nuestras disposiciones? Espero que sí, al menos que suceda con mucha más frecuencia que antes. El mundo se vuelve una prolongación de mi propia casa. Lo que quizás no sea bueno porque aminora sustancialmente la tensiones que lo nuevo produce, deja sin embargo en el ánimo un aire de seguridad y sosiego que quizás la edad está pidiendo desde hace tiempo. Ese cansancio a veces, no como algo negativo, simplemente como sensación de que un grado suficiente de quietud se ha instalado en nosotros, que hace posible vivir el momento más conscientemente sin las premuras de lo que continuamente tenemos por delante.

Desde esta disposición de animo escucho tras de mí a una mujer despedirse de la persona con la que está hablando por teléfono con un te quiero. Viejo dilema para mí que ayer mismo volvió a aparecer en un email de mi hija, que reclamaba desde unas cortas líneas la escritura de esas dos palabras al final de mis mensajes, siempre ayunos de ellas (bueno, no siempre). No crecí yo en un ambiente en donde se prodigaran de continuo esa clase de efusiones afectivas, le faltó a mi niñez y adolescencia, acaso, ese hábito que convierte las despedidas en un acto que viene a sellarse continuamente en un mar de efusiones incluidos los besos al telefonillo conque se cierran las comunicaciones telefónicas. Uno se extraña cuando ve películas chinas o japonesas al comprobar la frialdad con la que las personas cercanas se encuentran o se despiden; igualmente se admira de los hábitos en muchos países latinoamericanos de la profusión con que usan el amor mío, mi amor al final de cualquier intercambio de pareceres; los inuis se besan retregándose la nariz; los hombres varones rusos se saludan besándose en la boca; en París los amigos y amigas se saludan con un trío de besos. Me gustaría rastrear en algún tocho de antropología el rastro de las manifestaciones afectivas en otras culturas. Algún día lo haré.

La cultura de mi hija y la mía propia no creo yo que deban diferir mucho, pero sí parece que en ellas, en algún instante del cambio generacional se haya producido una necesidad, o un hábito, un deseo de explicitar algo de manera cotidiana que antes sólo se reservaba para los momentos de especial efusión afectiva. También es cierto que hay personas que necesitan más de estas manifestaciones que otras, siendo claro por demás, como ella me decía ayer en sus líneas, que es algo que ella sabe sobradamente, que lo que implícitamente se pide es el sonido del sonajero de esas palabras. A cuento de esto recuerdo una secuencia de El violinista en el tejado. Los judios inician su diáspora, un matrimonio mayor tira del carro con todos sus enseres. En un momento ella le pregunta a él: ¿Pero tú me quieres? El otro se queda pensativo y mueve la cabeza como diciéndose para sí: …esta mujer, qué cosas tiene. Al final le dice, pero mujer... después de cuarenta años... Inclina la cabeza como quien coge fuerza y sigue tirando del carro. Atardece y por delante tienen la desolación del destierro, pero sin embargo están juntos, se tienen el uno al otro.

Mi avión está ya en el aire, los plastas de Ryanair se han callado por un rato y el aparato este se mueve dentro de una calina intemporal semejante al líquido amniótico en que flota un futuro bebé. Como viajar en la nada, sólo el rumor de los motones y las conversaciones relajadas de los pasajeros. Tengo la vejiga que me está dando un toque, pero cualquiera deja la ventanilla y salta sobre chica que dormita a mi lado y su compañero, empeñado en teclar, también él, en un ordenador. Mi hija no me lee. Es una pena, no todo, que sería un coñazo de mucho cuidado, pero por lo menos algo, todo ese río, riachuelo de palabras en el que uno poco a poco va dejando lo mejor de sí, su forma de ver la vida, sus afectos, sus amores, sus deseos, sus frustraciones; cosas que salen del ánimo en precisos momentos de los viajes o las caminatas, de los recuerdos; versos de amor, palabras de desasosiego, de esperanza, de dicha de recordarles cuando estoy por ahí, ella, sus hermanos, la chica que me acompaña en la vida, una antigua amante que todavía me susurra nanas desde la memoria. ¡Ay!, Gorda, y es que uno es ruboroso y dice las cosas cuando nadie le ve, cuando vuela a diez mil metros sobre el nivel del mar, cuando atraviesa un desierto de lava preocupado porque no le queda un trago de agua ni comida y tiene que andar dosificando las fuerzas de su cuerpo para llegando a la civilización volver a enfrentarse a estas disquisiciones y saber que a fin de cuentas nuestras vidas están mucho más cerca que lo que las palabras con capaces de expresar.

Cuando el otro día atravesaba la solanera de las Cañadas del Teide, cuando subía fatigosamente una enorme cuesta y después rastreaba en el valle opuesto un resto de agua que aliviara mi sed, sentí muy densamente cuan estamos ligados a un puñado de personas; hay que sortear de vez en cuando algún tipo de peligro, la desolación de un paisaje inmensamente hermoso para encontrar dentro de uno muy vivamente ese tesoro escondido que de tarde en tarde asoma su naricillas entre los entresijos del alma. Os quiero.









Cómo publicar una novela

Cuento mi breve historia personal. Termino mi libro, El último invierno; con la mayor ilusión del mundo, días después contacto con un amigo que trabaja en una editorial. Éste lo hace llegar a las manos correspondientes. Espero. Al cabo de un mes mi amigo me visita. La noticia es buena y mala. Buena porque el informe es muy positivo, incluso encomiable para la obra, me da pie para seguir alimentando mis ganas de escribir, mi gozo de la escritura. Mala porque la editorial, pese al informe positivo ha decidido no publicarlo. Cuando uno tiene la suerte de que lean su obra en alguna editorial, puede llegar a encontrarse con un informe similar a éste:
“Con el acreditado procedimiento de decir que se reescribe o reproduce tal cual un manuscrito hallado. Aquí, claro es, puesto que de personaje de estos mismos días se trata, el manuscrito es sacado a verde pantalla por la hija del finado, de un conspicuo disquet. El protagonista ha vivido la lucha, la ilusión, la esperanza del tardofranquismo y la transición. Se supone que también el consiguiente desencanto diluido en toda la crónica nacional que el relato conlleva. Vivir a pleno pulmón de deportista, con sus hazañas de ascensiones alpinas, y la admiración de sus fraternos héroes. Inquieto escolar, con sus recorridos por España y toda Europa en un destartalado doscaballos, en compañía de otra que tal y buena moza, que le gusta a rabiar, pero refractaria, inexplicablemente en tan prolongada intimidad, a dejarse tocar un pelo. Muchas aventuras de amor, de viajes, de ilusionada gestión humanitarista y cultural, de intensa relación familiar: Esa hija que decidirá publicar el manuscrito -no muy conforme con su retrato en él- y esa su esposa, Berta, a quien había inculcado la libertad que él mismo ejercitaba a todo trapo, pero a cuyos efectos, ¡ay!, el absoluto abandono conyugal, no pudo sobrevivir. Sin duda su desaparición es el suicidio por ello. Eligiendo una de las alturas pirenaicas que le fueron favoritas. De la que escribiera, él mismo cuan hermoso sería tal lugar para morir.
Tanta vocación solidaria ocultaba, como en el colofón escribe su hija, un espíritu solitario. De este modo, El último invierno, podía entenderse que todo el relato, la confesión, el reflexivo y ambiguo memorial que constituye este libro, este supuesto documento confesional, es el drama y al mismo tiempo la exaltación felicitaria de un solitario irreductible que se expresa en las manifestaciones apasionadas de fervorosas, incidentales e reincidentes camaraderías, sus relaciones con los demás -sean amantes, colaboradores, colegas, conmilitones, amén de su esposa, hija, hermanos etc.-, con el temor a ese compromiso de axial y rendida univocidad que llega a dejar "su cuidado -como diría San Juan de la Cruz- entre las azucenas olvidado".
Todo, escrito con ágil, bella, madurada prosa que a veces exagera su espontaneidad esmaltando, abusando a ratos de coloquialismos de bajura que no responden en todo momento -como ahora se da en casi todas las novelas, en el teatro, en el cine- a las estrictas necesidades del guión que los clásicos seguían y Cela entre sastres reinventó, en toda su eficacia y pureza verbal.
No conozco otros escritos con esta firma, pero se advierte una mano bastante experta en relatar, describir, decir cosas bien pensadas, bien experimentadas o intuidas. Por ello, es recomendable la publicación, con vistas al incremento de la parrilla para esa carrera de la más nueva narrativa bullente.”
Hasta aquí el informe pericial de la persona a la que fue encargada la lectura de la novela y a la que corresponde, sin ninguna duda un uso de la palabras escrita digno de admiración. El informe llegó a mí fraudulentamente (las editoriales no suelen dejar salir de sus archivos tales informes) por manos de terceros, de ahí que no pudiera agradecer ese buen hacer de la crítica del que fue mi primer y único intento de tratar de publicar un libro. No tenía/tuve ganas de enredarme más tarde en paseos por editoriales que no iban con mi carácter, pese, después de recibir el informe de más arriba, a entender que la novela lo merecía. Tuve entonces que aclararme a mí mismo dos aspectos. Uno, el más importante, era que debía de tener muy claro que el hecho de escribir y dar expresión a una inquietud latente en mí constituía la esencia de mi escritura; y dos, que debía diferenciar claramente entre el acto de escribir y sus posibles consecuencias, es decir el hecho de verse uno sometido a ingratas tareas, al menos para un tímido de tomo y lomo como un servidor, como pueden ser las presentaciones y actos similares. Algo como contaba García Márquez de cierto acto público en que se rendía homenaje a Juan Rulfo, en que sucedió que cuando fue nombrado éste desde el estrado, Rulfo no aparecía, se había escondido bajo la butaca. Quizás fuera una de esas historias de García Márquez en que la relación entre la realidad y la ficción no estaban claras, pero ahí está el detalle que ilustra una situación para la que los temperamentos algo retraídos no están preparados. Uno debería poder escribir desde el perfecto anonimato.
Aunque es obvio que el placer del texto, el placer de la escritura, es la esencia del hecho de escribir (a lo que yo añadiría el placer de la propia lectura, al contrario que algún afamado escritor como Cela o García Márquez, que parece que no volvían a leer sus obras ya publicadas), también es cierto que a nadie amarga el dulce de ser leído por otros tantos amantes de la lectura. Sin embargo, de ahí a perder el pie y hacer de la publicación casi una obsesión, hay un abismo. Quizás el abrigo de estas webs donde tanta gente que lee y escribe se encuentra, sea en muchos casos un buen destino para un libro. No es ociosa la afirmación de que se publican “demasiados” libros en el mundo, y de que siendo la vida excesivamente corta, la necesidad de filtrar, seleccionar, tratar de leer lo más notable, se convierta en un imperativo. ¿Cómo dedicar el escaso tiempo de que disponemos a una parte importante del escaparate de las publicaciones de actualidad, si todavía no hemos hincado el diente a la obra de Proust (ese Proust de quien Salvador Paniker decía a modo de excusa por no haberlo leído, que la vida era muy corta y Proust excesivamente largo), Musil, Tolstoi, Montaigne y tantos cientos más; lecturas por demás que requieren muchas veces meses de dedicación?
Vamos, que tampoco pasa nada si el libro no llega a publicarse para el caso de que éste, por mucho que nos guste y sea nuestro, ande a cientos de leguas de Ana Karenina, pongamos por caso. Por demás, uno pinta un cuadro y lo cuelga de las paredes de su casa; ya es mucho; si te gusta, si disfrutaste pintándolo, si lo degustas cada vez que te tropiezas con él. Desmitificar el hecho de publicar puede ser una asignatura pendiente. Nada de partirse el alma, y menos en los aledaños de editoriales que generalmente alientan intereses reñidos con la calidad literaria o se constituyen en simple forma de hacer dinero.
Quizás toda esta cháchara no sea otra cosa que decir que las uvas están verdes. También es posible, ¿por qué no?

El sabor de la sandía. Tsai Ming Liang.



El sabor de la sandía. En La ciénaga, que vi el día anterior, quizás para no complicar más las cosas, que de por sí ya eran en exceso complejas, incluida la inclusión de una virgen que se aparece a los visionarios sobre el depósito del agua del pueblo, no vemos en ningún momento un atisbo de sexo. Ya debían de tener bastante todos sus personajes con lo que les caía a diario encima en esas casas de locos, para poner de relieve el hervidero del sexo, el componente central de la película de esta noche. La inquietud que no duerme, el sabor de la sandía, se convierten en asuntos cotidianos tensos y omnipresentes en todos sus personajes; la evidencia de una realidad está con el mismo rango de necesidad que respirar o beber. Ni siquiera dándole al espectador la posibilidad de objetivar el trabajo de las cámaras y de sus operadores, aspecto bufo y patético que confirma la universalidad de la presencia en el aire del sexo, merma la evidencia que nos delata como voyeurs siempre dispuestos a explotar la feroz ascendencia del sexo sobre nuestra voluntad.
Los pobres pastores de nuestras iglesias tienen poco que hacer frente a la liberalidad que se impone poco a poco en la vida cotidiana de la gente. El sexo es como los ecos de las campanas de antaño, siempre sonando durante el día o la noche; unas veces dando las horas recordándonos donde estamos y a qué nos debemos, y otras llamando a la celebración ritual del acto en donde se rememora la fuerza originaria de la vida, ponerse de rodillas, asistir a misa y poco a poco acercarse a la elevación, la ofrenda sacramental culminante del acto amoroso en donde los celebrantes ofrendan el sacramento del erotismo apremiados por el deseo inaplazable de alcanzar la desesperada liberación. Comunión plena con la santísima imaginería del deseo.
No deja de tener el sexo una vertiente cuasi religiosa que se aproxima con parecido apremio y voluntad al mecanismo emocional de los devotos de algunas confesiones. Pura fusión mística con los representantes del universo. La vida de los ascetas y los eremitas está llena de esa fuerza emocional que lo ocupa todo hasta el punto de que ni ellos mismos son capaces de discernir qué parte de su cuerpo o alma están plegando a Dios y qué parte lo hace a una amada. Todo sale del bajo estómago y del pálpito de la carne que no puede dejar de estremecerse cuando está bajo el influjo de esa luna llena del sexo. Le sucedía a Juan de la Cruz y a la muy apasionada Teresa de Jesús, dos notorios amantes de nuestro panorama erótico-cultural hispano. Si yo fuera capaz de expresar el estado emocional del niño que fui, engatusado y maleado durante ocho años por los curas de la institución salesiana, en algunos momentos culminantes de mi fervor religioso de entonces, creo que ni su fuerza ni su fervor deberían diferir en sus síntomas de otras devociones de las que ya de adulto fui feligrés. La manera en cómo las mujeres y sus cuerpos ocupan la imaginación de los hombres tiene bastante de esa enfermedad que aqueja a los creyentes incondicionales, que saltándose por encima todas las razones más razonables, piensan vivir alguna vez, después de la muerte, en los brazos plenipotenciarios de sus amantes y dioses; se trata de una enfermedad de patología similar a la que padecen los enamorados. La única diferencia consiste en que la feligresía católica tiene colocadas sus pretensiones más allá de la tumba, mientras que los otros, los enamorados, los amantes de las mujeres, aspiran a conseguir el cielo en la tierra.
Película, como otras tantas, para ver junto al fuego de la chimenea de invierno, agradable de seguir, y que como otras de parecido contenido, debería incluirse en el programa del catecumenado eclesial a fin de que las fuentes de esta institución fueran poniéndose al día desmitologizando algunas realidades vedadas durante décadas por la esquizofrénica institución eclesial del Vaticano. En el hinduismo, la unión del lingam, representación simbólica del dios Shiva, junto al ioni, representación de la vulva y la energía femenina, son para los creyentes del subcontinente indio la muestra de la indivisible unidad en la dualidad de lo masculino y lo femenino, un espacio pasivo y un tiempo activo desde los cuales se origina toda vida. En una ocasión en que vagaba por las afueras de un pueblo al norte de la India, me tropecé con un pequeño templo de piedra en forma de igloo. Una pequeña puerta daba acceso al interior. En el medio un gran lingam rodeado, impregnado de flores, ejercía de fuerza mediática entre los habitantes de la aldea y el más allá. Una mujer que vestía un sari de delicados colores malvas hacía sus plegarias frente a él. Me pregunto si la concepción de los otros dioses, el de Occidentes y el del mundo árabe, no llevará en sí enquistada de alguna manera la sublimación de esa fuerza que los hindúes representan con el lingam y el ioni. Me parece bastante verosímil. Una fuerza de parecida magnitud no se encuentra en la naturaleza, y los dioses, que fueron creados a nuestra imagen y semejanza, no podía prescindir de una fuerza impulsora tan avasalladora.

Padre e hijo. Sokurov


¿Por qué sería tan difícil encontrar la propia autenticidad, la de los otros, la de los amigos, la de la mujer que te acompaña? ¿Siempre todo tan escurridizo, lejano, hundido en la espesa niebla; siempre moviéndonos entre seudoverdades, reflejos que no somos nosotros, que no son más que una fluorescencia insignificante de la realidad? ¿Por qué perdimos la capacidad de ver y explicar lo que sentimos tan intensamente? Y luego, cuando lo reproducimos, quedándose en miserable parodia de nosotros mismos, sombras chinescas, lejana representación de lo que somos. Sin saber explicarnos, sin saber qué significa ella entre sus brazos cuando un gozo mayor que el universo mismo ocupa su cuerpo con violencia, con paz. El calor sintiendo el calor, el tacto estremecido de los labios sobre la mejilla. Y en otro tiempo el desprecio y la repulsa. Has sido cobarde, tu miedo me rompió el alma; la misma carne, los mismos labios son el recuerdo de una traición, de tu cobardía. ¿No quedamos en que fui yo quien te parí?, ¿qué eras mía? ¿A qué entonces aquel cuento de que tu marido te esperaba abajo y no podía vernos bajar juntos?
Vivíamos la oscuridad del lecho del amor y la luz se encendió y todo aparecía crudo, una parodia de los sentimientos que habían llenado sus almas poco antes. Dos caras, dos realidades, dos sustancias. Tú podías estar en ambas, verdad que un poco forzada; y cuando cambiabas de escenario apenas me conocías, estaba tu hija o los cazadores o tu marido te esperaba a la salida. ¿Dónde encontrar la propia verdad, la de él y ella de pies a metro y medio uno del otro en el aparcamiento a la salida del trabajo sorprendidos ambos, inquietos en el encuentro; dos mundos desconocidos el uno para el otro tratando torpemente de aproximarse, cada uno dando tímidamente razón de sus señas de identidad.
Había detenido la proyección de Padre e hijo, de Sokurov, para darse un respiro y encontrar palabras adecuadas para esa realidad que le negaba su comprensión. La mujer no era sólo un cuerpo y unas circunstancias, después de tropezar por casualidad en aquel estrecho pasillo de la realidad, una reunión de trabajo, el intercambio de algunas líneas, las cosas dejaron de ser lo que eran para transformarse en una sustancia nueva y primordial. Que esa sustancia dejara de ser tal para regresar de nuevo a sus ingredientes primeros, era algo totalmente incomprensible para él. Las moléculas que se unen por efecto del calor o sometidas a una presión por encima de lo normal, que lo hacen en circunstancias excepcionales, dejan de ser dos moléculas para transformarse en otra cosa. Algo irreversible. De ahí su incredulidad cuando los acontecimientos de un mes de noviembre soplaron como un ciclón sobre sus cabezas y vino a imponerse una intolerable dualidad. Y vino el tiempo de la tibieza, los días pasaron lentos, plenos en ocasiones.
Y acudiría la tristeza y cubriría temporalmente la tierra. ¿Y ocurrirá esto a menudo?, preguntaba el hijo, en el film. Si eres humano, durante toda tu vida, contestaba el padre. Durante toda la vida ocurrirá así, serán dos, distantes, lejanos, que sueñan haberse encontrado, pero que se despiertan solos todos los días en el lecho después de haber soñado una larga estadía con el amado. Eran las últimas secuencias. Está nevando, el padre se levanta, sale por la ventana y cruza el tablón que lleva a la terraza. Se oye: ¿Tú? ¿Dónde estás tú? Muy lejos. Y yo, estoy allí también? No. Estoy solo. La nieve lo cubre todo, gris, sin vida, el mar aparece blanco e inhóspito. El padre, descalzo, con el torso desnudo, se sienta sobre la nieve, mira la lejanía envuelta en la bruma. Fin.

La ciénaga. Lucrecia Martel





El atrevimiento de romper los nexos, dejándolos en su mínima expresión. Que se mantenga vibrante el drama, movimiento irrefrenable, dureza de lo que es sin los afeites de la componenda. Y el cuadro paralelo de la vaca que se hunde en la ciénaga, o el desenfreno de vida de los jóvenes convertidos en adultos irresponsables desde muy niños. Una manera de hacer cine que tiene sus defensores en el campo de la literatura. Servir con cuentagotas las claves del relato, incluso haciéndolo desaparecer, para poner de relieve los puntos claves de las vidas que se narran. Una panoplia de comportamientos que hacen revolverse incómodo al espectador en su silla.
Si la vida nos la sirvieran en flashes, todos los despropósitos uno detrás de otro, el resultado podía ser parecido. ¿Puede ser la vida de otra manera a veces? Parece que no, hay gente que nace en un círculo tan cerrado y estrecho que resulta un milagro su deserción. Los marañones/soldados de Lope de Aguirre abocados a las ruinas de sus vidas no tenían otra alternativa, la muerte o la locura; los personajes de La ciénaga no lo saben pero viven una situación similar a la de aquellos soldados de las tierras equinocciales, salvajes, locos en su continuo girar y girar sin un momento de respiro.
¿Dónde aprenderemos a ralentizar el tiempo, cuando? ¿No pasamos una parte importante de la vida hundidos en una ciénaga, barro, ruido, movimiento, ajetreo; un lugar donde nunca hay silencio? Debía estar más presente en el panorama literario y fílmico una escritura sin excesivos nexos, escueta, llena de las impresiones que los hechos aislados van dejando en la memoria, un modo de hacer en donde lo que cuenta es la capacidad del autor para suscitar en el lector o espectador el despertar de emociones paralelas, argumentos contrapuestos, quizás una síntesis dolorosa con la que blindarse contra los despropósitos y el destino.

El sabor de las cerezas. Kiarostami


Empezaba a encontrarme sospechosamente excitado, el largo día de escritura, la soledad de la casa y la lectura eran los ingredientes que me habían llevado a este estado, más a última hora la búsqueda en que me había empeñado de encontrar un puñado de películas japonesas para las próximas noches. El cine junto a la hoguera nocturna se estaba convirtiendo en estos días en algo inopinadamente atractivo que me hacía esperar la hora de la noche con gusto. No un cine cualquiera sino aquél que al cabo del día, sugerido por las reflexiones o por la escritura o los libros que leía, venía a concretarse en un director o en un título específico. Durante la tarde interrumpía la lectura o mi ensoñación y, movido por alguno de mis pensamientos, me levantaba, encendía el ordenador e indagaba aquí o allá buscando un director, un tema, una película. Hoy me había movido entre Kurosawa, Mizoguchi de nuevo, unas webs que proponían un centenar de películas como las mejores de la historia del cine, y por último Kiarostami; éste último sugerido más bien por el título del film que por el nombre del director. El sabor de las cerezas; era un título propio de una película japonesa o china. Los títulos del cine de estas latitudes eran atractivamente poéticos. No fue otra la razón de su elección de hoy. Cuento de la luna pálida de agosto, Historia del último crisantemo, El sabor de las cerezas, eran títulos que sugerían un paisaje con el Fuji Yama al fondo, secuencias sobre la ceremonia del té, el arte de la cerámica, las campanas de los templos en Año Nuevo, la fiesta de la cereza, sus árboles en flor, como en aquel primer sueño de la película de Kurosawa. Pero nada tenía la película de los componentes del paisaje fílmico japonés, como no fuera la manera de rondar austeramente la tragedia.

Un hombre busca un socio para que le diera tierra tras su muerte que debería producirse aquella misma noche. Se tomaría un puñado de somníferos, cogería un taxi y se tumbará en un hoyo antes de que los somníferos fueran a surtir efecto. Cuando a la mañana siguiente subiera aquel socio hasta las cercanías del árbol a cuyos pies había abierto un hoyo, si éste le encontraba vivo le daría la mano y le ayudaría a salir del hoyo; y si por el contrario estuviera muerto, echaría veinte paletadas de tierra encima. Ese era el trato. El dinero convenido quedaría en cualquier caso allí, encima de una piedra.

En aquel momento sonó el teléfono. Pausé la cinta y tomé el auricular; era la policía local, una voz de mujer preguntaba por los dueños de dos pastores alemanes. No sabía qué decir, hacía hora y media que había estado con ellos; dije ir a comprobar si estaban fuera los perros, pero la policía le aseguró que no hacía falta, que el chip que llevaban correspondía a mis perros. Incluso me dijo sus nombres: Gaza y Thalos. Me disculpé. Voy ahora mismo, gracias, dije, y colgué el teléfono. Allí estaban, en la oficina de la policía tranquilos como si estuvieran en su propia casa. Habían llegado al pueblo y callejeaban junto a unos jardines cuando una señora que había sacado a pasear a su perro los observó y se acercó a ellos. La siguieron dócilmente hasta el puesto de la policía local. Estuvieron muy amables los policías. Me ayudaron a subirlos al coche. Ya no podía dejarlos sueltos por la parcela hasta que no averiguara por donde se habían escapado y reforzara el pastor eléctrico, así que até a ambos a sus cadenas y les llevé comida y agua. No los oí ladrar en ningún momento.

Volví a encender el proyector. El protagonista, después de intentar convencer a tres personas para que le hicieran el trabajo, se encontraba con un hombre que sí parecía dispuesto a cumplir su propuesta, pero antes éste le obliga a hacer un largo recorrido en coche en el trata de convencerle para que desista de su propósito. Termina contándole su propia experiencia. Tras un intento fallido de suicidio con unas pastillas, un día, antes del amanecer se hizo con una soga y se dirigió a alguna parte del valle. Allí encontró un cerezo y trató de pasar la cuerda por una rama lanzándola desde abajo. Como no lo consiguió trepó al árbol y según estaba atando la soga a una gruesa rama observó que las cerezas estaban maduras; entonces cogió una y se la echó a la boca; estaba exquisita. En ese momento amanecía, era muy bella la luz del alba; comió otras cerezas, contempló el sol saliendo entre la bruma del horizonte. Después cogió algunos puñados más de cerezas, desató la cuerda de la rama, bajó del árbol y se dirigió a su casa. Había ido a suicidarse y volvía a casa con unos puñados de cerezas que comió con su mujer. Un cerezo le salvó la vida. Las cerezas habían cambiado su forma de pensar. Yo tenía problemas, decía, pero entonces comprendí que nadie está libre de ellos. Y entonces le cuenta un chiste de un turco que va al médico y que dice a éste que si se toca la cabeza con el dedo le dolía, cuando se tocaba el brazo también le dolía, con el estómago sucedía lo mismo, le dolía siempre. Cuando ha terminado de explicar sus dolencias, el médico le contesta: lo que le pasa es que tiene el dedo roto. Hizo un inciso y prosiguió: amigo, es su mente la que está mal, no la realidad; cambie su forma de ver el mundo, mire las cosas de forma positiva. Después de aquella conversación algo de la maquinaria que trabajaba en su interior quedó descompuesto. Las últimas secuencias de la película son una pócima que el espectador va tragando con intensidad creciente intentando averiguar cual será el desenlace definitivo. Algo que el director, poniendo la noche y una tormenta por medio, negará en el último instante saliéndose por la tangente y mostrando al equipo de rodaje y al protagonista en una parada técnica de la filmación. Los títulos de crédito y la música siguen a un fundido en negro.

Apagué el proyector, la oscuridad estaba bañada por la luz de la luna que entraba por la puerta acristalada de la habitación. Contemplé a oscuras por un rato el fuego y después salí a ver a los perros. Todo estaba en orden, parecían acobardados por su aventura nocturna. Separé a ambos para que sus cadenas no se liaran, coloqué la tolva del pienso y el agua en medio para que estuvieran al alcance de ambos y me despedí de ellos recomendándoles que fueran buenos chicos. Mañana, cuando hubiera reforzado con dos hileras de alambre el pastor eléctrico, les soltaría. Hoy, al contrario que otras noches, parecían habérseles ido a ambos las ganas de ladrar. Volví junto al fuego; las llamas llenaban el hueco de la chimenea. Eran las tres de la mañana. 

Mouchette, Robert Bresson.


Cuando uno es diferente y está empezando a vivir y la casa y el hogar apenas conservan un resto de calor, y la vida, rodeada de escorpiones que merodean por las calles del pueblo, se hace apenas soportable. Y Mouchette que siente dentro de sí la ambigua fuerza de un deseo desconocido y el dolor del rechazo y la mano crispada de los adultos y la fuerza brutal del mundo rural, el veneno tras los visillos, la exasperación del padre que la golpea contra la pila del agua bendita. Y la lluvia la sorprende en el bosque y se refugia bajo un árbol, y mientras llueve, frente a ella se representa otro drama, un ajuste de cuentas por una mujer. El alcohol, los celos; una madre que agoniza, un bebé que llora arropado sobre un jergón junto al hueco de la chimenea; imponderables; brutos, atisbos de caridad que se transforman en vómitos. Mouchette lleva encima el estigma maldito de los desheredados; rueda por la pendiente embarrada abrazada a las dádivas que recibió como huérfana; su cuerpo cae al río. Un plano fijo se prolonga interminable hasta que las aguas vuelven a su quietud intemporal. El río que se ha tragado su vida yace mudo tras la leve música en que transcurre la secuencia. Fin.

A la hora de la siesta el sol caldeaba el interior de la cabaña, entraba rotundo por la ventana sur y caía sobre el sillón. Abrí la ventana de par en par y aproximé el sillón hasta el rectángulo de luz. Me tumbé, cerré los ojos. Por mi cabeza corrían pensamientos amables muy lejanos al mundo de Mouchette. Era una suerte haber nacido en tiempo de paz, lejos de los brutos, haber emprendido un camino sorteando a los brutos, resucitando de las manos melifluas de la iglesia católica. Era una suerte haber leído y haber comprendido temprano lecciones elementales con que andar por el mundo. Y haber encontrado el peligro y el modo de superarlo. Y haber desterrado a Dios tras años de lucha contra los fantasmas que engendraron los días de infancia bajo la presión de las sotanas. Y ser un raro y un solitario. Y poder tumbarse al sol con los ojos cerrados mientras Ramón J. Sénder continuaba relatando la aventura demencial de Lope de Aguirre tras abandonar el delta del Amazonas. Y dormir. Y despertar, y volver a la isla Margarita donde Aguirre continuaba su carnicería. Y cuando el sol empezaba a dorar las hojas de las parras contra la tierra negra recién arada, hacer una pausa para encontrar en los versos de Gonzalo Rojas el olor a mujer que me gusta consumir a esa hora en que la noche lentamente empieza a invadir mi territorio y mi aislamiento, tiempo propicio por añadidura para apuntalar convicciones mientras los dos ahorcados de Lope de Aguirre se balanceaban en su último estertor ante la mirada aterrorizada del pueblo y de la soldadesca, obligados todos a contemplar el espectáculo de lo que será su propia muerte si no se doblegaban a los dictados de aquel loco. Ejemplo eficiente y bárbaro de los que ostentan el poder y que transferido a nuestra época de crisis se metaboliza en comportamientos igualmente bárbaros aunque transferidos a un sistema que disuelve responsabilidades en abstractas entidades políticas o financieras. Mouchette era hija de la barbarie, la tropa de Lope de Aguirre era hija de la barbarie, los ciudadanos corrientes de nuestros días somos hijos de la barbarie.

Pero no por ello mis pensamientos perdían la animosidad de una atención despierta que escudriñaba la realidad con avidez; esa necesidad de comprender que no pocas veces pone el cuerpo y la mente en una tensión propia de un atleta lanzado hacia una meta. Comprender. Cuando ese esfuerzo es fructuoso, se le ve entrar en el cuerpo con la fuerza de una convicción que no se sabe muy bien en qué consiste pero que es objeto de una sensación que tiene cierto parecido, por el goce que le proporcionaba, a cuando uno, entrenando para algún maratón, llegaba a casa después de una trotada de veinte o treinta kilómetros; la hora del alba y el frío de la mañana ponen entonces sobre la piel el regalo de una comprensión en la que el hombre y la naturaleza, formando parte de la misma cosa, no tenían necesidad de ninguna verdad porque la verdad estaba ahí, vibrando en la carne y en el pensamiento en un sístole diástole ayuno de explicación, pero tan real como la tierra que uno pisa.

Mouchette se convirtió ayer noche en una pieza más, obra de arte de primer orden, en el imprescindible intento de comprender la vida.  

Él, ella


Me encanta él, ella en esta hora de cabaña, de verano, de desnudez, ella es como la presidenta sedosa del lugar, algo parecido a ese misterioso triángulo que se abre sobre el escote de las chicas de buen ver; apacible, tranquila, gustadora del fresquillo que le viene allá por las laderas envueltas en la penumbra, la suave brisa del ventilador acariciándole con su lengua de aire. Tiene un pequeño defecto y es que es un tanto inquieta, apenas que te descuides un poco pierde su suavidad aterciopelada, su aparente despiste, ahí como adormilada sobre mis muslos, y entonces ya es otra cosa, levanta su hociquillo como quien se asomara al alféizar de la ventana a ver el panorama y entonces ya es otra cosa. Yo hablaba de la otra, la mansa y adormilada ahí, por debajo de mi libro de turno, ajena a la crisis y al esfuerzo de los políticos por hacer comulgar al personal con ruedas de molino, ajena a lo que sucede en mi libro, una fenomenal tormenta sobre la Patagonia en donde un piloto y su mecánico luchan por sobrevivir, ajena a la tarde que ya ha empezado a ponerse de caramelo sobre la línea del horizonte, al viento que agita la ruidosa pelambrera de los álamos frente a mi cabaña.
La miro, con sus venillas y su forma de volcancillo melancólico, la miro y como para animarla en su melancolía le enseño el cuerpo bonito de alguna chica, su matita de pelo, sus pezones oscuros sobre el montecillo de sus pechos, y ésta se pone contenta, levanta la cabeza por encima del portátil y empieza a abrir sus ojos curiosos sobre ese bonito espectáculo; siento que se le está alegrando el corazón; mira, le digo, a ésta la tuve mucho tiempo como salvapantallas en el móvil; no sé por qué, esa tristeza de su rostro, la cabeza baja, el paso como quien se dirige pensativa a una cita, sus muslos subiendo hacia la ondulación de las caderas, hacia la doble curvatura de su cuello, todo hacia arriba como una oración hacia el aire cálido del deseo. ¿Verdad que es bonito un cuerpo de mujer?, le digo. Y él, ella, asiente levantando ahora su pequeño cráter sobre el touchpad y dejando escapar un pequeño estremecimiento de gusto.
Son maravillosas estas pequeñas revoluciones que un cuerpo produce en el interior del otro cuerpo, ¿verdad?, le digo; quieto, quieto, todavía no, despacito, le advierto. Vamos a ver qué hay ahora en esta otra carpeta. Y le digo al Picasa que nos dé una vuelta por los alrededores, y éste, obediente, nos trae a él y a mí otros paisajes, variaciones sobre el mismo tema, el origen del mundo, la suavidad de las dunas de un desierto dorado. Poco la poco, la lluvia, que ha empezado a desgranar su letanía sobre los cristales, rumorosa, trayendo de un lejano monzón el eco de sus pasos, se derrama por la penumbra como un río sobre el campo sediento, penetrando la tierra e inundándola de dulzor y estremecimiento. Y él se llena de humedad y calor; despierto ya se alza hacia mí y me mira ruborizado con los ojos llenos de lágrimas, como diciendo: ¿qué me está pasando?
No le contesto, las imágenes, unas tras otras han ido acaparando su atención. Me temo que debo retirarme, debo respetar su intimidad y dejarle solo junto a ese inmenso anhelo que ha empezado a crecer en él.
La tarde terminaba, el cielo se había vestido de noche y fuera sólo quedaba el solitario tintineo de las hojas del álamo. 

Pensamientos arriesgados, Savater. La desmitificación de un autor.

En la primavera pasada leí Pensamientos arriesgados, de Fernando Savater, un libro que alentó una buena cantidad de interrogantes cada mañana mientras las primeras horas del día transcurrían caminando las tierras de Navarra y Logroño, un Camino de Santiago al revés que estaba dispuesto a finalizar en el puerto de Somport; trascurrida la hora del alba encendía mi ipod y escuchaba a este señor, tan amante de las palabras como para decir que le producían orgasmos, cosa que ya de entrada me ponía en sintonía con él.  Fue una buena lectura, aunque es cierto que, fuera porque leer caminando aminora la capacidad de comprensión de textos no sencillos, dada la atención que requiere trochear parajes no frecuentados, o simplemente porque uno no está del todo preparado para las muchas sutilizas de la escritura y el pensamiento complejo, un porcentaje significativo del libro se me perdió entre la carrasca que puebla los montes al sur del pantano de Yesa. De todos modos si mi lectura hubiera sido en papel el libro habría quedado profusamente subrayado y ello me habría permitido traer a colación un buen puñado de asuntos sobre los que discurrir esta mañana. No fue el caso, es uno de los problemas que tiene la lectura escuchada del que trota por los montes, so pena que uno esté dispuesto a pararse de continuo, descargar la mochila, sacar el boli y el cuaderno, rebobinar el ipod y tratar de tomar nota de las palabras del lector de turno.

De todos modos el motivo de estas líneas viene al caso no de ese libro, sino de algunas de las afirmaciones de Fernando Savater que aparecen en El País de esta mañana. Cuando uno lee a un autor al que en determinados lugares de sus libros cuesta seguir, la situación es fácil que lleve al lector a ejercer un dejo de humildad y a considerar a la persona del autor en cuestión por encima de las capacidades del que lee, lo que con poco que nos descuidemos puede llevar a aceptar a éste supuestos y argumentos de un autor que, expresando en la prensa con cierta frecuencia su pensamiento, de forma impertinente como es el caso hoy, no sólo deberíamos cogerlo con pinzas, como sucede en la entrevista, sino que más valdría considerar como salido de una persona de escasas luces o pronta, por su ideología o por la impetuosidad de su carácter, a espetar sobre determinado público, como si se tratara de un maestro de escuela que desde la tarima de  su sapiencia  tratara de recriminar a sus alumnos pequeños la impertinencia de sus actos. No se entiende de otra manera las diatribas de Savater contra la gente del 15-M y sus formas asamblearias.  

Me admira que el autor del libro que leí, que es casi el único conocimiento que tengo de este hombre,  diga, por ejemplo estas cosas. "¡Que no nos representan, dicen, cómo que no nos representan! Los políticos nos representan, pero depende de nosotros que nos representen como es debido. Pero nos representan, vaya que si nos representan". Obviamente no hay peor sordo que el no quiere oír, o mejor, que habiendo oído y entendido quiera manipular ostensiblemente el sentido de las palabras para de esa manera desprestigiar al oponente, vieja artimaña por demás utilizada siempre por presuntuosos que no teniendo argumentos cabales con los que arremeter con algo que molesta utiliza la falacia de los significados a medias para desprestigiar al contrario. Si cada cinco votos de Soria valen uno de Madrid, porque así interesan a los partidos mayoritarios, obviamente la representación no es tal, está groseramente manipulada; si los partidos en el poder, al que llegan con el señuelo de un programa electoral, que después no cumplen, o que entran en legislatura con decisiones de importancia política de primer orden (CiU en Cataluña con su paquete reformas económicas y sociales, por ejemplo) que esconden bajo la manga fuera de programa; si durante cuatro años pueden hacer lo que les dé la gana, sin tener en cuenta que los votantes votaban un programa y no una carta en blanco, es claro que la representatividad podrá seguir siendo todo lo formal que sea, pero de hecho es una representatividad amoral, basada en el engaño y con posibilidades de manipulación a posteriori que el sistema electoral con su hisopo bendice cada cuatrienio. Cosas tan obvias que uno se admira de la tanta sagacidad demostrada en esta ocasión por el filósofo señor Savater.
A este señor le aturde "que se trate de desvirtuar el carácter de ágora que tiene la política”, y lo dice, uno se queda perplejo, en el paquete de la crítica al 15-M. Es decir la defensa del ágora en el Congreso de los diputados, contra lo otro, que no sabemos qué puede ser para él, de las asambleas de Sol. Para morirse de risa, la defensa del ágora de los quince o veinte diputados tantas veces en el semi vacío hemiciclo, unos pocos de esos centenares que comen del presupuesto sin asistir, y que aparecen de vez en cuando en el Congreso para tirarse los tejos y hacer chistes malos, contra esa otra manera, las reuniones asamblearias de las numerosas acampadas en todas las plazas públicas de España.
Otra joya más de la entrevista. En este caso de cómo confundir el culo con las témporas: [Le dijeron que quizá sería bueno que la ética dejara a los chicos libres para desarrollar sus propios criterios, "para ser ellos mismos". ¡Pero qué dice usted! "¿O sea", se planteó Savater, "que en Geografía también debemos dejar que los muchachos decidan en asamblea cuál ha de ser la capital de Francia? ¿Que vengan a clase y aceptemos que digan, por ejemplo, Andorra, capital París?"]. Probablemente lo exiguo del espacio de una entrevista y la necesidad de reducir ésta a unos cortos exabruptos con que llamar la atención del lector, tenga la culpa, porque no es creíble que una lumbrera como ésta llegue a parir semejante esperpento argumental; tema aparte, por supuesto, el que haga mofa de una pedagogía que incentiva el crecimiento personal, la posibilidad de que los individuos puedan emplearse a fondo para ser ellos mismos.
Cuando uno lee, y si el libro es bueno o acaso nos aporta ideas y material de reflexión, a mí por lo menos me pasa, al autor siempre le cabe recibir una pizca de nuestra agradecida admiración. Se ha convertido en un compañero de viaje y, desde entonces, hasta que la memoria tenga a bien arrinconarlo, será un elemento más en nuestra vivencia, una parte de nuestra vida como lo es un paisaje que hemos disfrutado atravesando, como una música que puede invadir inesperadamente nuestro presente con sus voces entrañables. Lastimosamente es algo que difícilmente me puede pasar con Savater, cuando compruebo cómo respira; que tampoco me sucederá, por ejemplo, con don Camilo José Cela, del que me propongo hablar uno de estos días, por razones diferentes. El amor a los libros, como el de a las personas siempre tiene sus límites, uno no puede hacer un hueco en el corazón a aquellos que respetan mal las reglas del juego.



Camino de perfección. Teresa de Jesús


Mi afición a caminar y a la vez el gusto que me hace leer a los místicos no podían dejar de recalar tarde o temprano en este título: Camino de perfección, de Teresa de Jesús. Fue precisamente durante un largo recorrido de tiempo atrás por el Alto Tajo. Hacía una semana que caminaba. Cada mañana, mientras mis piernas entraban en calor arremetiendo las primeras cuestas, unas veces envuelto en el perfume del espliego o del tomillo, otras atravesando espinos de aulaga en flor, muchas siguiendo un sendero que no requería mucho mi atención; cada mañana, mientras todo este mundo confluía con el mío; mientras comenzaba a amanecer sobre los altos de algún acantilado, encendía mi mp3 y leía/escuchaba algún libro. A esta hora me gusta leer algo relacionado con el hecho de vivir, algo que me abra el apetito de intentar comprender lo que hago o dejo de hacer a cada momento, cuál es el significado de mis movimientos; o mejor, que me ayude a contemplar las cosas con el ánimo tranquilo, a vivirlas con la delectación simple de un bicho más entre otros muchos de los que pueblan el campo o los ríos. Y hay libros que son más propios para estos menesteres, que diría Teresa de Jesús, a quien precisamente leía en esas mañanas; arengas y consejos de la santa destinadas a sus monjas del convento de San José de Ávila, hace ya medio milenio.
Empecé el librito allá cuando atravesaba una mañana temprano por la vetusta localidad de Orihuela del Tremedal; casas de piedra, campanas de bronce sonando en el ambiente claro de la primera hora, calles estrechas y golondrinas y vencejos disputándose el aire de una fría mañana de abril. Lejos de Orihuela me acompañó por muchos días. Ahora caminaba junto al río, el rumor del agua siempre a mi diestra, los farallones encendidos por el sol tempranero, un cuclillo trenzando su canto con el agua y otros pájaros; también estaba el rumor de las hojas de los pinos agitadas por el viento.
Hacía años que quería leer a esta mujer apasionada. Su nombre se oye devotamente tanto en lenguas viperinas como la de Cioran, como en mentes inteligentes y brillantes como la de George Elliot, otra mujer admirable. No hace falta ser creyente para leerla, de hecho es suficiente sentir la emoción de su pasión para que uno desee hacer de su lectura un primer acto matinal. Si Cioran decía que si Dios tenía que dar las gracias a alguien, sería a Juan Sebastián Bach, algo parecido podría haberse dicho de Teresa de Ávila. A mí me importa bien poco el Papa y toda su cohorte, pero, sin embargo soy devoto de los amores de Teresa y de su fuerza arrolladora. No sé muy bien en qué cajón puede meter un ateo esa emoción que suscita su lectura, cómo se pueden diferenciar estos sentimientos de otras pasiones, otros amores; pero sucede de ese modo, siento una profunda cercanía por el cómo dice, acaso más de lo que dice en sí; leo con atención, con recogimiento, sabiendo que en sus palabras, en la enorme fuerza de sus argumentos duerme algo indefinible en donde se esconde la verdad que todos buscamos. Ella habla como priora a sus monjas; las habla, ya lo sé, de un Dios, de un cielo, de un infierno en los que yo no creo, y no sólo que no creo, sino que hacerlo se me parece como la representación de un estado de ingenuo infantilismo; sin embargo, sus palabras, más allá de las circunstancias de la época en que el mundo vivía encerrado aún en una concepción de la realidad mágica y sujeta a las furias y a las bondades de un Dios nacido a imagen y semejanza de una idea patriarcal humana; más allá de todo esto, sus palabras son vigentes en esa apasionada devoción a los valores importantes, al amor, sea donde sea se ponga ese amor; el amor como fuerza que nos mueve, nos conmueve, nos catapulta más allá de nosotros dando sentido a nuestras vidas. El amor de Teresa de Jesús es tan sublime que es frecuentemente causa de un gran desgarramiento físico interior. Un amor terrible y arrollador que no cabe en la explicación biológica que comúnmente le damos, ni es posible encorsetar bajo ningún sistema; parece. Aunque a mí me emociona ese amor de Teresa de Jesús, no por eso dejo de pensar que está equivocada, que lo que le sucede a ella, aunque con mucho más fuerza, es lo que le sucede a tantos; vive esa sensación oceánica que sentimos todos y que menciona Freud, y que no sabiendo bien dónde colocar, lo refieren a Dios, otros al amado o la amada, muchos a la Naturaleza, a la Humanidad, etc. Quizás por ello no es difícil encontrar concomitancias en la escritura de la santa con otras lejanas culturas orientales, lo que demostraría que las religiones en el fondo lo que hacen es intentar dar salida a inquietudes que el ser humano no logra representarse con claridad, pero que ejercen sobre él una enorme fuerza.
Cuando aquella mañana oía largamente, junto al canto de los pájaros que poblaban la arboleda del Tajo, hablar de la necesidad de la oración interior como uno de los principales modos de emplear el tiempo de nuestro día, ese calor que pone, esa pasión de mujer sabia a quien las riquezas y los honores de este mundo parecen tontos y peligrosos juegos con que confundir a la gente; cuando la oía, me parecía que aquello no guardaba mucha diferencia con lo que Buda predica, con lo que era mi recogimiento a esa hora mágica del día en que la noche y el día se besan.
Si Teresa de Jesús hubiera nacido en Manchuria o en Nepal, a la oración interior le habría dado otro nombre. Se trata de la misma cosa que se hace en Oriente. A Santa Teresa le sobra Dios, se atrevería uno a decir, le sobra ese gran interés que han heredado los hijos de Alá y los cristianos por un paraíso, un infinito placer post mortum que sería como el resultado de la mejor inversión que uno haya podido hacer en vida. En ella, una mujer tan apasionada, esa relación con un Dios amante, padre y hecho a la medida de un gran monarca, me parece tan solo una consecuencia de la presión social de su época. Lo que cuenta, como en todo amor, es el anhelo del ser amado, ese cántico espiritual que alumbra la noche de San Juan de la Cruz, noche oscura en que el dilatado anhelo del santo viste de Amada a ese Dios salido del Medioevo y que con una claridad más universal, menos apresado de convenciones de la Iglesia de entonces, acaso hubiera roto los barrotes de hierro en que estaba encerrado el pensamiento para llegar a quedarse en puro deseo, la pasión de querer algo, alguien externo a nosotros hacia quien toda nuestra voluntad tiende.
¿Cumplirá todo esto la función de algún mecanismo interno difícil de agarrar por las orejas, de oler, de mirarle las tripas por dentro; sustitución, sublimación, acaso el de esa fuerza necesaria que nos ayude a tener un motivo para seguir estando vivos?
Y así, mañana tras mañana volvía a la santa, todavía junto al Tajo, muy temprano, cuando el sol apenas acababa de posarse en los roquedales de las escarpaduras del río, allá en lo alto; mientras la bruma se demoraba entre los sauces y los pinos ralos de la orilla, allí donde el río, más arriba, parecía abrirse paso como entre las nubes. Una humedad y un frío que me pillaron desprevenido. Leía las explicaciones que daba la santa sobre cómo ha de ser la oración mental, padres nuestros y ave marías con que desayunarse todo el día sin apartar la mirada del Altísimo. Y yo, mientras oía a la Santa iba pensando que quizás me habría venido mejor traerme un librito de San Francisco de Asís, que era más aficionado a la naturaleza que Teresa de Jesús, una oración quizás para mí más acorde la del parloteo con los pájaros, o los jabalíes que se esconden pero que dejan marcado el bosque con sus patas de excavadora.
En cierto momento la santa me aburría; mientras la oía distraídamente quise imaginármela en las cercanías de un amor no tan divino. Tan recia mujer habría necesitado un buen ejemplar masculino, inteligencia y sensibilidad a espuertas. Se me hace difícil imaginar una posible pareja para estas mujeres que admiro, y a las que leí últimamente, la Dickinson, George Elliot, Teresa de Jesús, Colette. En El canon occidental, Harold Bloom dice de George Elliot, que no había varón en la época de Elliot a su altura, a excepción de Adam Smith que ya estaba “cogido”, que la hubiera hecho sombra, y explica que de haberse casado con un hombre de inferior inteligencia su obra se habría resentido inevitablemente. No sé, entonces las mujeres lo tenían bastante mal. Desde luego lo que no me imagino es a un hombre corriente con una mujer de armas tomar como Teresa de Jesús. San Juan de la Cruz probablemente no habría pasado de hacer manitas con la Santa. No recordaba, metido en un bosquecillo de bojes, encinas y pinos, si Quevedo coincidió en vida con ella; quizás Quevedo habría sido un buen plan, pero es que a Quevedo le sucedía lo mismo que a Pessoa, a Pavese, parecían tan poco agraciados físicamente que era difícil pensarlos en las cercanías del dominio de Cupido. Por demás las salidas de madre de Bocaccio, cuando mete las narices en los conventos, no servirían a la energía de la superiora del Convento de San José de Ávila que en esto del amor iba muy que muy en serio y muy reciamente. Quizás Teresa sí habría hecho buenas migas con Dante a condición de que ésta hubiera cambiado el hábito por el traje cortesano de Beatriz; aunque a la humildad de la santa le viniera algo estrecha esa manía de Dante de saberse por encima de todos los mortales de su época.
Hoy ya hace un tiempo de aquel encuentro con Teresa de Jesús, pero me queda, sin embargo calentito y muy cerca todavía el sabor de aquellos momentos de recogimiento matinal que la cercanía de sus ratos de lectura me proporcionaban.