Mujeres y alpinistas polacos en la hora de la siesta madrileña





Madrid, 17 de agosto de 2018


Hoy, yendo en el metro a la intempestiva hora de la siesta, trataba de imaginarme el sentido del humor y las ganas de diversión de todas las mujeres que iban sentadas frente a mí, una con el pelo largo tintado de pelirrojo de unos cuarenta y tantos, otra gordita enfrascada en la lectura de una revista, aquella de más allá abstraída en pensamientos allende los mares; trataba de imaginármelas con las piernas abiertas recibiendo en sí el céfiro de las gracias que Venus dispersa a sus amantes, y el resultado que me servía mi imaginación era una bonita fiesta para la hora de la siesta; sí, pese al calor, porque el calor es cosa que se puede mitigar con ráfagas de viento debidamente amansadas. Yo iba camino del otorrino a una consulta de rutina y del interrogante que me surgía se derivaban interesantes sugestiones tales como que siendo esta cosa tan divertida y propia de todo mamífero que se precie, me parecía que le dábamos demasiadas vueltas a la cosa mezclando en un beatifico acto de diversión y placer, cuestiones relacionadas con obsoletas morales a las que se les nubla la vista cuando los actos no se adecuan al diseño que viejas generaciones habían hecho de lo que debe o no deben de ser los actos de la vida. No existe nadie que no esté de acuerdo en que uno de los objetivos punta de la vida es divertirse y cazar ramalazos de felicidad entre el erial que pueden ser los hábitos de la vida cotidiana. Ser feliz aunque sea por una hora, carajo, sí, entre los brazos de esa chica de enfrente que anda despistada con su teléfono intentando sacarle un jugo al aparato que posiblemente en esta hora de siesta, y pese al calor, sólo podría proporcionarle las caricias aterciopelada de otras manos u otro cuerpo deseoso por naturaleza de tener entre sus brazos otro espécimen de la misma especie y preferiblemente de diferente género.

Trataba de imaginarme, decía, pero era como si un eunuco estuviera haciendo un ejercicio de agiornamento sociológico, convertido así en un observador de piedra que se preguntara por estos curiosos interrogantes de la existencia en los que unos y otros se ven asaltados por repentinos deseos de yacer con hembra o varón, así, sin más, en ese hervidero humano que es el metro, una mirada, unas piernas, un cuello como hecho para modelo de una porcelana china, en fin; quería imaginar la reacción de mis compañeras de viaje ante una situación en que se les presentara una improvisada oportunidad de folgar con ese desconocido que no hace más que echar ojeadas discretas a su espléndido escote: el pudor a hacer puñetas, el gusto subiendo como pequeñas descargas eléctricas por los muslos, el deseo despertando arrebolado junto al palo de mesana sobre el maderamen de la hora de la siesta, la penumbra correspondiente y los listones de luz entrando difuminados por la delgada líneas de una persiana desplomado de calor sobre el alféizar de la ventana; de la ventana de mi cabaña, mejor, si pudiera ser.

Sueños erotico los tiene todo el mundo, supongo, a no ser que la Madre Naturaleza le haya dotado para otras labores de índole religioso o eremítico, y aún así, porque ya se sabe cómo las gastan los sofisticados métodos que la especie usa para suscitar el deseo aunque sea bajo las piedras; y ahí está aquel santo varón San Antonio y sus tentaciones para decirnos de la voluntad que hay que tener para resistir el asalto de los encantos que la naturaleza ha diseñado para enganchar a sus hijos y llenar el planeta de pipiolos y gente menuda.

Y salgo del hospital y en una terraza de la calle Sandoval me encuentro a un par de chicas una de las cuales ríe a carcajada limpia agitando todo su cuerpo en sucesiva oleadas y no puedo remediar seguir el curso de mis pensamientos atípicos de esta hora de siesta y vuelvo a imaginármela, ahora a esta rubita de ojos como chispas, esta vez con su amiga haciéndole cosquillas con la punta de la lengua en el especial vallecillo de su intimidad, y ella divertidísima e imposibilitada para dejar de reír con las piernas abiertas tomándose de las rodillas para facilitar que la lengua viperina y juguetona de la amiga llegue a todos sus oscuros rincones. Y la dejo atrás y, cuando tomo la calle Fuencarral me cruzo con una moza que venía de carrera ensimismada con su teléfono y que de pronto se para como para considerar más atentamente lo que dice un inusitado whatsapp y enseguida me entra la sospecha de que ahí mismo tiene una imprevista propuesta que ha agitado repentinamente su cuerpo poniéndola junto al umbral de alguna puerta encantada.

Y digo yo, qué bicho te ha picado, amigo, porque entro en el metro de nuevo a la carrera porque el tren está a partir, me siento y, toma, ahí mismo, una moza que habla por teléfono con alguien sobre sus inmediatas vacaciones a algún lugar del mundo. Minifaldera con falda hasta el ombligo, lo que canta, como los ruiseñores desde antes del alba, ese cuento de nunca acabar que dice: aquí estoy yo, enterita para alegrar la calle y todo lo que se tercie. En un momento pone cara seria y dice: ya saldrá algo, porque el curro parece que se le acaba ya mismo. Pero es lo mismo, la manera en como asoman sus senos por la rendija mágica de su escote hace suponer que, o tiene muchísimo calor o que hay un cierta clase de música que es capaz de hacerla olvidar las dificultades para encontrar un curro. Sí, y con tanto observar aquí y allá me paso de estación y tengo que abandonar mi asiento para saltar al andén de Atocha, y así, camino de la tienda de Desnivel, camino de la tienda de Desnivel, sí, porque esta semana estoy absorto en el universo de los alpinistas polacos y sus aventuras en el Himalaya, que me desbordan hasta el punto de voy a necesitar un saco de sus libros después de leer a Kukuczka para seguir alimentando mis otros deseos, que no sólo de pan vive el hombre, aquellos relacionados con la montaña y sus hombres; caminando entre Antón Martín y la tienda, decía, cambio al fin de asunto, dejo a un lado el tema de las mujeres y me sumerjo en el universo del Himalaya, ese mundo en donde se han fraguado la portentosa voluntad de tantos hombres de la montaña. Voluntad en estado puro, capacidad de sufrimiento extremo, amor a la vida de la que han querido exprimir hasta la última gota, belleza, el compadreo con los límites de las posibilidades humanas, la lucha para saltar sobre el abismo que la muerte tiende a cada paso cuando se escala y vivaquea con lo puesto a cuarenta grados bajo cero.

Me impresionó está semana tanto la lectura del libro de Kakuczka que de pronto todos mis libros que tenía en la lista de espera han quedado a un lado y, pese a que mañana o pasado mañana me marcho al Pirineo, que sólo admite lecturas que no incrementen el peso de mi macuto, he querido aprovisionarme para pasar el otoño desbordado por la nueva presencia en mi cabaña de gente como Kurtyka, Renato Casarotto, Catherine Destivelle, Kukuczka, libros de Bernadette McDonald, Simón Elías Barasoain… De momento, y siempre bajo el asesoramiento del amigo Paco de Hoyos del Espino que es el que me ha surtido una larga lista de lecturas alpinas que no deben faltar en la biblioteca de un amante de la montaña.

Y ahora, porque el post demoró hasta que tuve tiempo libre, la tormenta amaga sobre mi casa, llueve y el olor a tierra mojada sube profundamente de los campos hasta mi cabaña llenando la tarde de otras resonancias. La vida es muy corta, pero es tan fértil y amigable a veces… hoy trayéndote el olor de la tierra, ayer regalándote el perfume cargado de mujer en los vagones del metro, más tarde, en el universo de una librería, admirándote de esa profunda carga de pasión y voluntad que tantos hombres y mujeres han puesto en su relación con esa montaña a la que Reinhold Messner llamaba la sua amata.










Tarde de verano






Que sean estas líneas como felicitación de cumpleaños
para María Serrana, de nuestro querido Navi.
Feliz cumple y que las ganas de vivir te sigan
acompañando por muchos, muchos años.


El Chorrillo, 12 de agosto de 2018

La tarde es ventosa y, como mi gira por el mundo de los montes acabó precipitadamente, se ve que a mi ánimo todavía no le ha dado tiempo de ajustarse a este nuevo paisaje de El Chorrillo y sus días de calor, así que paso la tarde desnudo frente al ventilador mirando el agitado movimiento de las ramas de los olmos y las acacias sin hacer nada, esperando que algo al fin se agite dentro de mí y haga surgir el delgado hilo de algún deseo. A punto estuvo uno de entrar por la puerta de la tarde, pero no pasó del umbral; se trataba de un deseo repentino de sumergirme en las páginas de algún libro de aventuras, las tierras del Ártico, Levingstone o Stanley en África, quizás seguir las huellas de algún trotamundo o los pasos de algún atrevido alpinista, pero la cosa no cuajo, así que volví a arrellanarme en el sillón y continué mirando por la ventana. Las hojas de las acacias, ahítas de calor muchas de ellas, volaban por la parcela sembrando el suelo de sus lentejuelas amarillas. Más que un libro lo que en realidad me imaginaba era yo y el libro y esa disposición de otras veces que me hace olvidar donde estoy para pasar a vivir otra realidad que alguien ha vertido en las páginas de un viejo relato.

Cada vez estoy menos seguro de saber cuál sea la verdadera realidad. Me siento frente a la ventana, miro el cielo y sus nubes gordas flotando en el calor vaporoso que sube de los rastrojales, recuerdo, pasan por mi cabeza algunos pensamientos y sólo alcanzo a ver la realidad que soy yo mismo y mis circunstancias. Lo demás es tan sólo un lejano sueño que perezosamente aparece entreverado en las secuencias de mi mente. Hasta mí llega el estridente y monótono canto de las chicharras, el viento, el cercano rumor del ventilador. Y no hacer nada, no pensar en nada en concreto me conforta. Por algún momento quedo prendado del recuerdo de una época en que trataba de deshacerme de un afecto, pero que queriéndolo hostigarlo y alejarlo de mí, me perseguía sin remedio. Pero enseguida, como esas nubes que pasan blancas y algodonosas sobre el azul del cielo, se aleja para dar paso a un recuerdo del verano, una tarde de lluvia persistente, una noche de tormenta, la larga ascensión a un collado que colgaba en lo alto de una desolación de piedra.

Ahora, después del fresco de las altas cumbres donde el calor apenas llega para sudar de tarde en tarde, experimento los calores del llano, miro esos cerros de cebadas y trigales entre los que vivo que en esta época arden bajo el calor de después de la siesta pero que acogen y arropan mis pensamientos esta tarde. Paisaje amigo al que retorno siempre después de largos viajes o caminatas. Caminar se ha convertido en un modo de vida, que como la del monje, el ermitaño o el vagabundo, se va tejiendo mes tras mes sobre la urdimbre de los senderos; a veces caminos que llevan a alguna parte, como los caminos de Santiago, otras son sendas que suben y bajan montañas, que recorren bosques o siguen el curso de algún río, cuando no trepan por laderas abruptas y cruzan abismos desde donde el mundo se ve insignificantemente pequeño. Caminar da sentido a la vida, me digo en esta tarde de calor. Y sin embargo qué placer el de volver a disfrutar del entorno de mi casa donde siempre terminan por asentarse las emociones y las inquietudes que piden cambios de ritmo y paisajes diferentes.

Hoy enderecé un melocotonero con la ayuda de un cabrestante, ayer limpié la piscina y segué parte de la parcela. No huyo del calor, lo acojo y cuando es demasiado elevado lo mitigo con el ventilador. El calor, como el frío o la lluvia forman parte de las reglas del juego en que vivimos en los países templados. Siempre que la temperatura sube algo más de la cuenta recuerdo aquel verano de viaje familiar que pasamos en el desierto argelino. Mis hijos mellizos habían cumplido un año, Guillermo tenía tres y medio y, después de un azaroso curso nuestros cuerpos nos pedían un viaje largo y exótico que al final se concretó en un recorrido por el Magreb en el coche familiar de aquel entonces, un R4 adaptado para cocinar y dormir en él. En aquel viaje, en que el termómetro alcanzaba con alguna frecuencia los cincuenta grados cuando conducíamos entre las dunas, logramos mentalizarnos hasta tal punto que hoy todavía recuerdo con admiración cómo nos adaptamos a aquel calor. Parar el R4 a la sombra de unas palmeras, hacer la comida, jugar con los niños, leer, seguir todas las rutinas del viaje, detenernos con frecuencia a hacer alguna fotografía, atender a la hospitalidad de la gente de los pueblos… todo era tan normal y cotidiano… Mas luego el placer de los atardeceres entre las dunas, la minuciosa inspección del lugar de acampada a la búsqueda de posibles escorpiones, el frescor de las noches. Una noche tuvimos visita en nuestro campamento familiar situado a unos cientos de metros de una pequeña aldea del desierto. Era ya de noche y oímos acercarse a dos personas, un anciano de largas barbas canas tocado con un turbante y un joven que portaba una bandeja donde se veía una tetera, vasos y una gran sandía.


* * *

Desciendo en este instante, como quien se cae del guindo, de las alturas invernales del Dhaulagiri y el Cho Oyu. Una intensa tarde de lectura de la mano de Jerzy Kukuczka, Mi mundo vertical, ha dejado mi sistema nervioso tan excitado de necesitar alguna forma de relajación. Mi portátil yacía abierto desde días atrás en un rincón de la cabaña después de que recurriera a él días atrás como recurso para romper uno de mis largas y habituales tardes de no hacer nada y eché mano de él. Me encontré en su pantalla alguna de mis acostumbradas reflexiones cuando, a falta de otra cosa, uso el teléfono o el ordenador para calmar cierto hormigueo que me invita a escribir. El último párrafo había ido a para a las arenas del desierto, así que como los extremos se tocan no me pareció mal a continuación expresar algo de ese nerviosismo que me producía la lectura del libro de Kukuczka, en los últimos capítulos las ascensiones invernales del Dhaulagiri y Cho Oyu con una diferencia de días entre una y otra.



Releo el párrafo anterior y pongo unas junto a otras esas actividades que en el desierto eran tan normales y cotidianas, el placer de los atardeceres, la prevención contra los escorpiones, el frescor de las noches, y que en el Dhaulagiri o Cho Oyu, era vivaquear por encima de los ocho mil metros a cuarenta grados bajo cero, llegar a la cima cuando el sol doraba la cumbre, vivir un cansancio inenarrable, y unas y otras, tal un inmenso abanico de posibilidades que el hombre puede experimentar, se me presentan como una luminosa verdad que me hace ver la existencia como un hermoso regalo con el que uno puede dar consistencia, como si de la lámpara de Aladino se tratara, a los más increíbles y sofisticados sueños que uno pueda imaginar. Cada cual, a la medida de sus posibilidades y de su ambición.

Ese género de “descubrimientos” que tenemos tan delante de las narices que es difícil de apreciar acostumbrados como estamos a ver en la media distancia de los sucesos que se nos van presentando. Digo apreciar como descubrimiento. Pararse una tarde de verano y “descubrir” en la liviandad de la temperatura, en el frescor de una brisa o en el olor a tierra mojada tras la lluvia un gran placer es cosa que tiene que ver con un complejo y extenso mundo en donde tanto caben las experiencias extremas de un alpinista como la predisposición poética a disfrutar de un lujurioso otoño en los hayedos del norte. David de Esteban Resino, al impulso de una “vueltecita” que se está dando estos días por Islandia escribía días atrás en FB: “La vida pasa rápido y tal vez haya que empezar a ser auténticos “vividores”, preguntándonos qué es realmente lo que nos gusta y tras ello dar un pequeño paso y ponernos en marcha para hacerlo”. Terminaba su larga entrada con esta exhortación: “Escribe, dibuja, cose, corre, monta en bici, crea, baila… ¡Vive!”. A veces en FB uno encuentra “graciosas” afirmaciones que parecen una receta de buena salud. Así Miguel Ángel Sánchez Gárate se despachaba anteayer en el mismo foro con esta afirmación: “Sigue el camino que haga que tu corazón lata más rápido”. Todos, como se ve, asuntos que apuntan al mismo cometido, valga decir sacar de la vida toda la sustancia y la poesía que ésta es capaz de proporcionarnos.

No obstante, también es cierto, que la proximidad de la naturaleza siempre exhala una clase de perfume y de sensaciones que tienen algo de relación con nuestra capacidad de sumirnos en la aventura o de visitar exóticos rincones del planeta. Hay quien alimenta su alma con música barroca, otros lo hacen con la lectura de determinados libros, muchos con viajes a lugares singulares, otros se van a abrir en invierno una nueva vía de ascenso al Cho Oyu. Las pulsaciones que el corazón emite en cada uno de esos instantes da la medida del acierto de nuestra elección. Yo estos días vivo la incertidumbre de marcharme a correr nuevas aventuras al Pirineo, sopesé la posibilidad de viajar a Islandia o a la India y al final caí en el clímax de esos hábitos del verano en que las largas horas de lectura en la penumbra de la cabaña me llevan a lejanos países o, como es el caso esta tarde, a las siempre gratificantes aventuras que el Himalaya ha proporcionado a tantas generaciones de amantes de la montaña. Encuentro que en esa exhortación de David, de “¡Vive!”, también podría incluir este largo recorrido que hago esta tarde ricamente sentado con un libro en las manos por las cimas del Nanga Parbat, Makalú, Broad Peak, Dhaulagiri o Cho Oyu.

Hace un rato me encontré en FB que María Serrana, del Navi, cumplía setenta años. Contaba ella que por la mañana había oído en la radio algo que empezaba así “Una anciana de setenta años se…” y que el cuerpo le había dado un brinco pensando que era una anciana. ¡Ni de coña!, reaccionaba diciendo. Ni de coña, digo yo, también con setenta recién cumplidos. Las ganas de vivir apuntan por los poros de la piel de María con tanta fuerza que es imposible que exista para ella eso que llaman ancianidad en la jerga de la distribución de los años. Quizás uno de los grandes problemas de la gente mayor sea precisamente su capacidad o no para vivir con cierta intensidad. Hay muchos medios para hacer la vida interesante e intensa y la montaña es probablemente uno de los mejores y más gratificantes.

Mi tarde noche se alargó más de la cuenta. Debo terminar aunque todavía la suavidad de la hora me invita a seguir vagando por el mundo de las sensaciones, los recuerdos o las páginas de un libro.  









Un paseo por las calles de Turín



Turín, 5 de agosto de 2018 



Esta necesidad de hablar conmigo mismo que arrastro desde tantos años atrás, especialmente en esas largas caminatas por montañas o por el suelo patrio, hoy en un aeropuerto italiano, mañana en cualquier parte del mundo… Siempre la duda de su continuidad, o más bien la duda de compartir estas impresiones en el miradero de las redes. 
Reflexiono ante este hecho y encuentro que la persistencia de los pensamientos es tan liviana a veces que necesita de la escritura para llevar a éstos adelante y darles una cierta trabazón, trabazón para mí, se entiende. ¿Por qué y para qué? Acaso simplemente para aclararme o también porque surge así y en vez de coger la calle de enfrente tuerzo a la derecha sin que tenga que preguntarme constantemente por la razón de estos actos. Estoy en el mundo, estoy vivo y mi cuerpo, además de respirar y mi corazón bombear sangre hacia mi cerebro y mis extremidades, secreciona sustancias o pensamientos que a veces van a parar a las yemas de mis dedos como pajarillos ociosos que se ponen a cantar a la vera del camino sin razones especiales, simplemente porque les sale de dentro.

Así era esta mañana, mañana de domingo, mientras atravesaba a pie la ciudad de Turín camino del autobús del aeropuerto. Había salido del hotel y las calles estaban desiertas y recordaba una mañana similar en las calles de Santiago de Chile en que un autobús nos había dejado al borde de la madrugada en el paisaje desértico sus calles silenciosas. Impresiona una ciudad vacía en la que el sonido de tus pasos no tienen otro eco que el silencio de los durmientes arropados en el obligado descanso dominical. Y yo atravesaba las calles, esta mañana ayuno de pasiones y proyectos, y me preguntaba sobre la aleatoriedad de cómo vienen los deseos y se instalan en los conductos neurales y si, como decía el protagonista de El mundo de Apu, la única razón de vivir es vivir, lo que equivale a decir que no hay razón para la vida, que se vive y sanseacabó, entonces no hay nada que hacer que no sea dar un paso tras otro, seguir adelante. Pero me asaltaba una duda, me venía a la mente aquella vieja sentencia de Séneca de Vivir es militar, nada que sea quedarse con los brazos cruzados, la vida es litigio, lucha… ¿Entonces? ¿Y lucha para qué? ¿Para no caerse de la bici tener qué seguir pedaleando? ¿Para no caer al suelo seguir batiendo las alas en el aire? 

Y en esto pasó frente a una iglesia que tiene las puertas abiertas de par en par, ya empieza a hacer un calor de órdago, y oigo lejanamente los cantos que acompañan la liturgia de una misa. Y sus fieles me parecen resucitados medievales salidos de una mala comedia de Woody Allen que a falta de ciertas desmesuras del sexo han elegido a un alienígena divino para que ajuste sus problemas personales y su miedo a la muerte. 

Vivir, traer hijos al mundo, ¿reproducir at infinitum los dictados ciegos de la especie cuyo único cometido es mantener el flujo palpitante de la vida en continuo movimiento? Ayer en un whatsapp de mi familia Ana había puesto una imagen de mi nieto Manuel con la cara de llena del tomate de unos macarrones que se estaba comiendo; enseguida yo localicé una foto similar de su padre, mi hijo Mario, a la misma edad que su hijo en parecida situación. Casi cuarenta años separaban a estas dos imágenes idénticas. La envié. Me pareció un fiel ejemplo de esa reiteración con que la vida se repite de padres a hijos. ¿Estamos condenados a repetirnos, replicarnos durante generaciones a nosotros mismos sin otras pautas que nos sea volver a engendrar para que nuestros hijos a su vez engendren y vuelvan a hacerlo nuestros nietos? Mirando a la Naturaleza tal cosa es tan evidente que parece ridículo que los humanos queramos ser especiales y salirnos de esa norma tan lógica y que queramos así a la postre cargar de significados extras nuestra existencia. Los ciclos de las plantas, las hormigas correteando por todos los entornos del planeta muriendo y reproduciéndose, los peces en la inmensidad de su número y las aguas en que viven… a todos ellos, y a cada uno en particular, ¿alguien en su sano juicio se atrevería a asignarle una finalidad que no fuera única y exclusivamente la de reproducirse infinitamente? 

Estoy en el aeropuerto, levanto la cabeza del teléfono en el que voy dejando estas consideraciones, y me encuentro con cientos de pasajeros, con grandes paneles que anuncian coches, productos de cosmética, películas, tantas cosas destinadas, según los anunciantes, a hacer a la gente que los mira “felices”; de hecho tantas cosas para “hacer felices” con sus beneficios aquellos que venden coches, cosméticos o películas. Todo un magnífico proceso de retroalimentación en el que estamos insertos la mayoría. Autoengaños y engaños en definitiva para mantener en movimiento un sistema sin rumbo, uns vida que no tiene finalidad, pero que ya que estamos tenemos que darles un aire de consistencia que alimente el engranaje de la propia subsistencia sin que tengamos que hacernos demasiadas preguntas. 

Y en esta función en que cada uno estamos metidos, a estas alturas me surgen otras preguntas relacionadas con mi “manía” de llenar de palabras con las yemas de mis dedos la pantalla de este pequeño trasto telefónico. Por ejemplo esa costumbre, no sé si buena o mala, de airear mi soledad, mis manías, mis lecturas o mis puntos de vista sobre esto o lo otro en el pizarrón del ciberespacio. Mientras un hormiguero humano parte hacia distintas partes del mundo o aterriza procedentes de lugares remotos en este aeropuerto a mí, que estoy desocupado y que llegué al aeropuerto horas antes de la salida de mi vuelo, me da por divagar por allí por donde mis pensamientos les da por tirar. Así fue cómo recordé al tal Casado (llevó mes y medio sin abrir un solo día la prensa) que parece haber sido elegido para un puesto de responsabilidad en la derecha de nuestro país, y me admiro de que un niñato como este hombre se le pueda dar vela en el entierro de la fiesta nacional. Y parece que sí, que en esta democracia que vivimos (la palabra democracia siempre debería escribirse entre comillas) cualquier sinvergüenza o imbécil de turno podría gobernar un país. Es tal el ínfimo nivel de nuestros políticos (ah, la dichosa e inevitable costumbre de generalizar…) que produce, eso, admiración, que la vulgaridad más vergonzosa pueda llegar a los aledaños del poder. 

Y atravesando todavía las calles de Turín voy dejando atrás un buen puñado de Iglesias. Sí, en medio de todo este fenomenal embrollo de la vida y la sociedad por la que me paseo en esta calurosa mañana de domingo, ahí está la Iglesia, amigo Sancho, con su Dios de pacotilla, sus intereses económicos, su hipocresía contribuyendo a la confusión general de la existencia. 

Mi espera en el aeropuerto, a falta de otra cosa, ha terminado convirtiéndose en un peculiar paseo por las calles de Turín. No me queda más tiempo. Mi vuelo está a punto de partir.





Welcome refugees. ¿Dónde queda aquello que no hemos sido?



El Chorrillo, 14 de junio de 2018 

El título, que no es mío, me lo encontré en un librito de versos de Julieta Gamboa titulado Ínsula. Era la una de la madrugada, nuestra perra dormía a mis pies y el silencio de la cabaña era lo suficientemente acogedor como para detenerse un momento a reflexionar sobre esos sorpresivos versos que hacían referencia a lo que pudiendo haber sido en nuestras vidas, una bifurcación que no tomamos, un tren que dejamos pasar, un proyecto que arrinconamos, un amor que no terminó de cuajar, una decisión importante que demoramos; lo que pudiendo haber sido en nuestras vidas no fue, quedó varado en una playa solitaria, sumido en el limbo, apenas una parte de nuestro yo que siendo posibilidad pero que careciendo de la fuerza necesaria sólo quedó en esbozo, en lejano deseo que el tiempo ha ido disolviendo en el río de los días de la vida. El tiempo, ese río en el que Hemingway decía pescar pero donde nuestra limitud sólo nos permite cobrar un número restringido de piezas.

Esta noche me resulta especialmente sugestiva esa idea de lo que no fui. Tantas veces que me entraron ganas de ser otro, o al menos un algo diferente; pensar que la vida es una sola y que uno no puede ser más que siempre igual a uno mismo parece un modelo muy limitado para una naturaleza que siempre se expresa de una manera tan exuberantemente dispar. De acuerdo en que alguien puede estar encantado con su ser, esa parte de narciso que todos tenemos cumple su función, somos en definitiva un tanto Pigmaliones de nuestra propia persona, pero también es cierto que lo nuevo, lo diferente, especialmente en esos periodos en que nos aguantamos malamente a nosotros mismos, ofrecen su parte de atractivo. La posibilidad de que pudiéramos ser otros durante una temporada, siendo nosotros mismos, está ahí como una prueba de laboratorio dispuesta a sorprendernos.

Sin embargo la sugerencia de los versos, que hacen entrever un variopinto paisaje en donde nos podríamos haber visto si las circunstancias o nuestras determinaciones hubieran sido otras, es enormemente atractiva porque nos ponen delante un mundo que pudo ser y que, como apunta Julieta, en algún lugar pudo ir a parar. Yo no tendría inconveniente, más, me agradaría sumamente, en coger el tranvía o un globo aerostático para visitar allí donde estuviere esa parte de mí que no fue. También me gustaría visitar espacios de la vida de gente a la que quiero y que la vida ha llevado lejos de mí y saber dónde, cómo habría quedado eso que no fue.

En estas reflexiones estaba anoche a poco de irme a la cama. Ya en ella, cuando ponía el despertador abrí un momento el FB para ver si había alguna notificación de interés y, date, en cabeza de página lo que me encontré fue a un tipo que poco más o menos pedía que los refugiados se fueran a su puta casa. Me dio un subidón tal de adrenalina de hacerme difícil conciliar el sueño. Pensé entonces en la gran posibilidad que se abría ante esta clase de individuos si tuvieran la oportunidad de elegir otra bifurcación de su vida anterior, una de esas desviaciones en que uno en vez de decidir hacerse buena persona se convierte en un hijoputa dispuesto a hacer jabón al modo de los alemanes con los judíos de todo refugiado recogido en el Mediterráneo. Si en este juego que es la vida supiéramos dónde  se encuentra esa parte de nuestro yo que no fuimos, pero donde podríamos recuperar algo de la inocencia que perdimos a base de xenofobia, egoísmo e ignorancia acumulada durante décadas, acaso estos bárbaros que con tanto gusto echarían a lo refugiados al mar, pudieran recobrar algo de su enfangada alma.

Yo, que andaba despistado, al tropezar mis ojos con alguien que, ante la actitud del gobierno, que tanto hay que elogiar, de acoger varios centenares de refugiados, echaba espumarajos por la boca pidiendo a voz en grito que devolvieran a esa gente a su país, contesté aquella intemperancia con datos de la historia de nuestro expolio y el de Europa sobre América Latina o África, pero al burro de turno no le cabían en la cabeza cosas tan de sentido común como el de la necesidad de echar una mano a la gente que está jodida. Cosas que le hacen pensar a uno en que la distancia entre un simio y determinada clase de personas es mucho más próxima que la que existe entre éstos y una persona medianamente inteligente y racional. Vamos, que puestos a poner un poco de claridad en los asuntos sociales y personales, seguramente dejar de ser uno por una temporada podría venirnos de perlas si fuéramos capaces de adoptar puntos de vista que nos son totalmente ajenos. Este párrafo, se habrá notado, entra con dificultad en el post, pero tenía necesidad de meterlo como fuera. Y es que después de contestar en FB me fui al perfil de aquel individuo y miré lo que compartía y la cosa me puso más nervioso; saber que en el mundo hay gente asi no es ninguna novedad, pero otra cosa es encontrártelos diciendo barbaridades desde una foto en donde una carina de mujer o un hombre adulto sonríen al personal desde las páginas del FB. Si ellos supieran lo terriblemente fea que se les pone el alma cuando aplauden a Italia o cuando defienden que a los refugiados hay que dejarlos que se ahogan en el Mediterráneo (ese Mr. Hyde que tantos llevan dentro y al que el doctor Jekill no dudaría en asesinar de llegar a su conocimiento), lo mismo terminarían aceptando que los africanos son seres humanos como nosotros y que a alguien que está en peligro de muerte hay que ayudarlo sin más. Lo terriblemente abyectos que podemos llegar a ser como personas debería alertarnos aunque sólo fuera por una cuestión de estética en un momento en que la moral es algo obsoleto, parece, en lo que pocos creen ya.

Refugiados europeos rumbo África y América Latina durante la Segunda Guerra Mundial 

Después de tan largo paréntesis quizás el título del post debería ser, para enseñanza de esos bárbaros dispuestos a echar al mar a lo refugiados: Dónde abandonar lo que somos para convertirnos a la fe del sentido común y la solidaridad.

En principio no era mi intención hablar de los refugiados. Salió así, no más. Y ahora me resulta difícil volver al tema del principio porque la carga emotiva que despertaron los versos de Julieta Gamboa ha sido reemplazada por un emotividad mayor que va de la consistencia del yo y las posibilidades de aquello que no hemos sido a esa otra vertiente social en la que el yo se hace comunidad y apuesta por una solidaridad que le sale del alma. Quizás en otro momento siga indagando sobre el paradero de eso que no fuimos.




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El precio de un sueño


Valdemanco, 10 de junio de 2018

Un sueño de 15000 litros de agua. Me reprocha alguien, en un comentario a mi último post, haberme gastado 15000 litros de agua en un sueño por el hecho de haber puesto a prueba la impermeabilidad de mi recién comprada tienda de campaña con un diluvio artificial de esa cantidad de agua. “¡15.000 litros para soñar me parecen un derroche!”, escribía esta misma mañana el comentarista. La cortesía me obligó a contestarle con lo primero que se me ocurrió: “¿Tu crees? Alguien que va a vivir, de momento, durante tres meses en una "casa" de menos de un metro cuadrado, se gasta 200 euros en la casa más 15000 litros de agua ¿está derrochando? ¿Quizás el costo de la casa donde vas a vivir tú, por ejemplo, este trimestre es más barato? :-)”.

No me interesa si los litros de agua son muchos o pocos o si el coste de la tienda le parece un derroche al comentarista; en este mundo en donde todo es relativo y en el que el yo y sus circunstancias son determinantes para valorar el acierto o no de nuestros actos, cualquier opinión puede tener validez si nos ceñimos a un contexto determinado. Yo no sé si el comentarista vive en mitad del desierto o a la orilla del Amazonas donde podrían vivir mil generaciones bebiéndose el río entero como en la novela Hijo de hombre, de Roa Bastos, sin que el Atlántico echara de menos una pizca del habitual caudal del gran río; en cualquier caso es obvio que su opinión variaría de vivir en uno u otro lugar del mundo. De todos modos sea bienvenido un asunto tan baladí para gastar un rato intentando sacar jugo a esa idea del precio de un sueño, a la que puede acompañar la postura de un observador que desde la distancia valora, casi siempre mal, si el precio que pagamos por un sueño es un derroche o no.

¿Cuál es el precio de un sueño? Bonita pregunta a la que sin duda se tendrá que enfrentar cualquiera que desee hacer de su vida un arte, algo que merezca la pena y que consista en algo más que en vegetar frente a un televisor o haciendo compras en un centro comercial. Días atrás Francisco Sánchez y yo bromeábamos sobre nuestra próxima expedición invernal de septuagenarios al K2; decía él, entre otras cosas, de aquello, pensando en alcanzar cumbre: “10 minutos en la cima y cagando leches. Esta será la recompensa: 10 minutos en la vida que valdrán como 10000 años en la vida de uno”. Soñé en grande y toqué el cielo, escribe Cristina Spinola, la mujer que dio sola la vuelta al mundo en bicicleta. También soñó en grande Ueli Steck o José Ángel Lucas cuando se fue a escalar el espolón Walter, o Carlos Soria cuando sueña con alcanzar los catorce ochomiles mientras una gran parte de gente de su edad vive ya en una residencia de ancianos; o en aquellos años en que la Oeste del Picu en invierno era para todos nosotros un sueño imposible y que sin embargo cuatro “alucinados” de la época, el Ardilla; José Ángel Lucas, César Pérez de Tudela y el Murciano, lograron hacer realidad en un mes de febrero de 1973.


Soñar. ¡Dios!, y que los sueños no nos falten. ¿Con qué habremos de alimentar nuestra vida si nos faltan los sueños? ¿Será alguna vez un derroche el precio que pagamos por un sueño? Me temo que inmersos como estamos en la vida de las portadas de los periódicos, acaso en los asuntos de la comunidad con la crisis energética y el uso de bienes, imprescindibles, por cierto, como el agua o el aire que respiramos, podemos llegar a perder el norte respecto a asuntos que sin ninguna duda nos incumben personal y vitalmente.



Partiendo de la consideración de que la actividades de la montaña se cuentan entre las cosas más “inútiles” que una persona puede hacer en su vida (bendita aquella Conquista de lo inútil, de Werner Herzog o Lionel Terray, tanto monta un título como otro), hablar de derroche es poco menos que un contrasentido. Lo hermoso, lo bello, lo que da intensidad a nuestras vidas no es precisamente algo de lo que se pueda sacar provecho precisamente, al menos en el sentido en que nuestra preclara sociedad entiende este término. La vida, cuya inteligencia supera nuestras pobres concepciones mercantilistas, sabe muy bien que si hay algo importante para ella son precisamente los sueños, los retos que unos u otros nos ponemos por delante para… ¡yo qué sé!, para ¿deleitarnos con la certeza de que somos capaces de tocar con las yemas de lo dedos nuestros propios límites? ¿capaces de saborear el gusto de probar nuestras capacidades, nuestro esfuerzo, la superación de nuestros miedos?, ¿para vivir con plenitud la montaña, nuestro encuentro con la naturaleza, con la proverbial belleza de este mundo tan frecuentemente encerrado en los escenarios de la alta montaña, en los vivacs, en las situaciones extremas de una escalada?

Ja, el derroche, el derroche del agua, del dinero, de los esfuerzos… ¡Benditos derroches en los que incurrimos probando nuestra vida, dándoles sentido entre las paredes de granito, los neveros, vagando por valles y bosques a la búsqueda de nosotros mismos, al encuentro con el silencio, la noche, toda la belleza que yace en el mundo esperando a que los ociosos “derrochadores” de este planeta salgan a disfrutarla; yo mismo hace un par de días metido en una tienda de un escaso metro cuadrado bajo la lluvia torrencial de unos aspersores soñando con una larga estadía en los Alpes, recordando mis “inútiles” incursiones en la montaña, mis relaciones con los temporales.

Sí, y que no nos falten los sueños y los retos, porque el día que eso suceda habremos, entonces sí, envejecido definitivamente. Así que a derrochar se ha dicho, cuanto más inútiles nuestros sueños y nuestros esfuerzos más hermosa será la recompensa.






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Los vagidos de la Naturaleza




El Chorrillo, 9 de junio de 2018

Ayer recibí una tienda de campaña que compré para mi salida a los Alpes la próxima semana. Tratando de reducir mi equipaje al mínimo para aliviar a mi quisquillosa espalda que se queja en exceso de las palizas a la que la someto, di en Internet con una que pesaba tan sólo un kilo. Demasiado pequeña, demasiado estrecha, sin doble techo, más bien parece un saco de vivac, pensé cuando la vi montada en la parcela. La miré un buen rato como quien se rasca la cabeza tratando de resolver un problema complejo. ¿Resistirá esto las interminables tormentas que con seguridad tendré que soportar durante el verano?, me preguntaba. El peso era tentador frente a la otra que uso, de unos dos kilos y medio. La opción entre el peso y el confort se decantaba no obstante hacia mi obsesión de reducir mi macuto a la mínima expresión. Decidí probar. Metí dentro de la tienda un aislante, dispuse los tres aspersores de los alrededores fijos de manera que la tela de la tienda recibiera el chorro de todos ellos ininterrumpidamente y programé un riego de tres horas. A continuación cogí un libro, me metí en la tienda y le dije a Victoria que pusiera en funcionamiento el riego. Enseguida comenzó a llover aparatosamente, sí, pese a que el día era soleado. Cada aspersor da unos mil quinientos litros por hora; multiplicado por tres aspersores, y esto multiplicado por las tres horas, el total previsto de agua sobre la tienda era aproximadamente de unos trece mil quinientos litros. Creo que era una buena manera de verificar la impermeabilidad del habitáculo que habría de acogerme durante un trimestre.

Enseguida me sentí como en mi casa. Me puse cómodo en el aislante, esponjé la almohada y traté de distraerme leyendo a Philip Roth, pero no funcionó. Sucedió una cosa curiosa, pronto la lluvia, goterones gordos que se estampaban sobre la tela de la tienda, me transportó a alguna de esas tormentas memorables que viví el pasado año cuando el aparatoso ruido de la lluvia hacía imposible mi sueño y me obligaba a usar tapones de cera. El nervioso placer que me producen las tormentas en alta montaña estando solo se acrecentaba en ese momento por la estrechez del espacio. Traté de trasladarme a algún lugar de los Alpes. Y sí, cerré los ojos y lo conseguí. De pronto era el vagido del viento y el cielo transformado en diluvio y un tronar que restallaba por los alrededores en medio de una cortina de agua. Cerrar los ojos, abrir los poros todos de la piel y vivir el éxtasis de la soledad con la noche abriéndose en canal cuando uno, dos, tres rayos cruzaban por el cielo atravesando mi tienda y mis párpados.

Después me recordé en una noche en unos acantilados de Lanzarote, al final de una de las jornadas de circuncaminar la isla, descolgando sobre las olas un pequeño mp3 que sostenía con un cordino. En aquella ocasión trataba de grabar la música del mar que golpeaba sobre las concavidades de la costa y que tanto me placía escuchar aquella madrugada. ¿Grabar para qué? Toma, para recrear mi soledad y la fiesta de aquel momento en mi casa frente al fuego de la chimenea, por ejemplo.

La Naturaleza posee las mejores partituras que uno pueda escuchar a lo largo de su vida. La brisa entre las hojas de los álamos, la sinfonía del mar, el canto de los pájaros, la fanfarria de las tormentas, el susurro de la cebada y los trigales en un día de viento, el rumor de los arroyos, el estruendo de las cascadas… Y hay una música en la naturaleza, la más enternecedora de todas, quizás, que son los vagidos y el plañir que rodean a los encuentros amorosos, aquellos, especialmente, cuando ella se va “acercando poco a poco al fuego que todo lo quema” (Lhasa de Sela, Me acerco al fuego que todo lo quema, la luz de tu cara, la luz de tu cuerpo). Se lo decía a una amiga: colecciono la música de la Naturaleza. Pero ella no entendía que yo pudiera coleccionar esa clase de música entre los mejores CDs de música clásica, de jazz, de flamenco, y menos que yo no pidiera permiso a la Naturaleza para grabar todos los sonidos que salen de su garganta, de sus cráteres, de la ventisca, de la brisa aterciopelada que mueve las hojas temblonas de los álamos frente a mi ventana, de las entrañas de un cuerpo cuyo plañir amoroso, dulcísimo, lastimero, agreste, terrible como quien está a punto de expirar, resquebraja la noche o despierta a todos los vecinos de un Macondo en donde una Úrsula y un Buendía pudieran celebrar un nuevo encuentro amoroso.

Grabo a la Naturaleza que brama y suspira en todas las rendijas de la existencia, que grita o aulla o se hace aguacero o torrente o suaves olas con su sonido de campanillas lamiendo los cantos rodados que duermen sobre la playa; la naturaleza que plañe y musita palabras de amor. Amor mío, amor mío, nos despertaba una y otra vez un hilo de voz de mujer, como salido del rincón más remoto del alma, en plena noche en un hotel mientras viajábamos por algún lugar de América Central. Y su voz era tan tierna, tan propia de esos rincones íntimos de la Naturaleza que habitan nuestro ser interior, que era imposible no sucumbir a ese amor y a ese “fuego que todo lo quema” para entonar al unísono ese canto a la vida que recorre todo el cuerpo.

Aunque no lo parezca todavía estoy en mi minitienda, llueve monótonamente y los aspersores siguen empapando la tela; y ésta resiste y ni una gota entra en el interior. Aún tengo los ojos cerrados, todavía estoy en algún lugar remoto de los Alpes discurseando conmigo mismo, pensando en la íntima relación que tengo con la montaña, en esa otra íntima relación, también, que me vincula a mis otras mitades, las féminas, cuyos plañidos amorosos deleitan mis oídos y mi cerebro.

Me gusta oír la música con los ojos cerrados. Victoria, cuando vamos al auditorio a escuchar algún programa de música clásica, siempre tiene la propensión a darme con el codo pensando que acaso pueda estar dormido y que vaya a soltar un ronquido en medio de un solo de violín, lo cual le haría salir corriendo espantada de vergüenza; entonces le devuelvo el codazo y me vuelvo hacia ella sonriendo levemente. También me sucede esto cuando dentro de la tienda asisto a uno de esos memorables espectáculos de las tormentas; mi cuerpo se embebe de cuanto me rodea, del fragor, del agua, de la noche a punto de convertir una de esas catástrofes naturales en un sofisticado placer.


 







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Los comunistas y Pablo Iglesias… “esa gentuza”




El Chorrillo, 5 de junio de 2018


"Es tu vida,
condúcela como si la hubieras robado".
(Sing Street)

Esta noche, mientras veía Sing Street, una peli algo loca, encantadora historia de encuentros y desencuentros donde el amor y el impulso creativo se abren paso dejando por el camino una sensación de bienestar, recordé un vídeo que circulaba por FB que aludía de una manera despreciativa a los comunistas (ah, los comunistas, como quien habla de extraterrestres sin derecho a la vida), y especialmente a Pablo Iglesias. El vídeo, hecho de frases cortadas con un cúter unas detrás de otras e ignorando absolutamente el contexto, algo que tenía la factura de un Inda o un Jiménez Losantos, daba un recorrido a intervenciones de Pablo Iglesias desde la edad en que su mamá le daba la teta; más o menos a juzgar por la longitud de su coleta. Esas cosas que la intelligentsia de la derecha cutre del país fabrica a modo de chorizos embutiendo imágenes de Maduro y disparates llamativos para asustar al personal y crear en este bendito país donde sólo la derecha es capaz de organizarse, el consabido clima de rechazo contra algún personaje de la izquierda. En principio me llamó mucho la atención que la persona que lo había compartido, a la que considero seria y responsable, hiciera hincapié en el hecho de que “aquello” había que compartirlo, “el vídeo por el que Iglesias o Podemos (no recuerdo bien el término) darían un millón por que desapareciera de las redes”.

Días atrás otro compañero del FB hacía gala de un pretendido ingenio comparando a Iglesias con el Napoleón de De rebelión en la granja, de Orwell. A éste, además, le cabía el orgullo de utilizar el nombre de Pablo Manuel en referencia a Iglesias “para no confundir las cosas serias”.  Sus comentarios eran largos, pero no tuve valor para leer los últimos, no quise sucumbir al aburrimiento. En esencia, los argumentos, que brillaban por su ausencia, eran sustituidos por la consabida mala lengua del que “desprecia lo que ignora” y usa de una patética facilidad para despreciar al prójimo (sí, esa peste nacional que asola el país desde siempre y que se dedica sistemáticamente a usar el tirachinas contra las cabezas de cualquiera que tenga intención de mejorar esta tierra tan jodidamente castigada por mangantes y corruptos).

La manera en como se arremetía, tanto en un caso como en el otro más arriba, me invita, pese a que el señor Iglesias no sea santo de mi devoción, a hacer alguna puntualización en este circo en el que no parece haber medias tintas y en donde tantos están empeñados en fusilar a cualquiera que destaque y pretenda hacer algo por la gente de esta tierra. La tendencia a la mofa y a la burla, tan propia de aquellos que nunca han movido un dedo ni arrimado el hombro para mejorar la corrala ésta en la que los españoles vivimos, es cosa que me solivianta.  Dicho esto y, constatada la incoherencia del señor Iglesias y su pasión por el poder y por mangonear para imponer sus criterios en Podemos, hay que añadir a continuación que no hay hecho político más importante en el panorama español desde los tiempos de la Transición, descontando  acaso el despertar del 15M, que el surgimiento de Podemos como única esperanza para empezar a cambiar el orden de las cosas. Quien encuentre exagerada esta afirmación no tiene más que contar los diputados de esta formación en el Congreso y compararla con la representación de la izquierda en los anteriores periodos legislativos. El siguiente paso es obvio, la creación de Podemos y su expansión descansa esencialmente sobre este hombre llamado Pablo Iglesias, por lo que es de cajón que todos aquellos que nos consideramos de izquierdas (los de derechas ya tienen a su Rajoy y a todos los corruptos del PP a quien defender), como personas de buena voluntad, tendremos que agradecer a este hombre el surgimiento de un partido en un momento en que el panorama político español se encontraba en estado cataléptico. Vamos, le decía yo al comentarista reidor del párrafo anterior, que bien vale dar a Dios lo que es de Dios, etcétera... La desmesura, venga de donde venga, suele quitar valor a la racionalidad del análisis político, y creo que muchos se pasan buscando el desprestigio de este hombre de razonable buena voluntad pero al que el poder le suena en los oídos como un canto de sirenas.

Hay gente que pretende divertirse en las redes sociales a costa de usar permanentemente de la mofa contra todo aquel que aparezca en los titulares de los periódicos, gente “lista” y sobrada que no distingue entre lo que es la izquierda y la derecha, y que con tal de llamar la atención estarían dispuestos a tirarse por el Viaducto. En este mundo de hoy, ahora con más razón por la delicada situación política que vivimos tras el descalabro del PP, me parece que no debería haber otra cosa que aglutinar fuerzas en la izquierda. No es tiempo de ahondar en la división y sí de organizarse y de crear corrientes de opinión favorables a la unión. Sí, por supuesto, claro, es evidente, no faltaría más: que no falte la crítica que siempre es tan necesaria… algo imprescindible, pero que nada tiene que ver con lo que hacen o escriben algunos empeñados en buscar los aplausos fáciles de etc., etc.

En los tiempos previos a la Transición el climax educacional del franquismo se esforzó mucho en adjudicar el sanbenito de “rojos” a todos aquellos que disentían con la dictadura. Rojo, comunista, demonio con cuernos. Eran tiempos difíciles en que la presión social y de los medios hacían de los disidentes, de parecida manera a como lo hacía con los homosexuales, una clase social a exterminar porque atentaba contra el Estado fascista. Hoy, siguiendo aquellos hábitos franquistas, a los disidentes del sistema, a los indignados, a los que quieren que la riqueza del país se reparta de una manera más justa o los llaman comunistas o pretenden hacer de ellos el objeto de sus burlas. Creo que era de Churchill aquella afirmación de que tenemos los gobernantes que nos merecemos.

El ser crítico con Podemos me ha traído algunas desavenencias con amigos y gente de las redes, pero una cosa es ejercer la crítica y otra muy diferente  es no reconocer los méritos de algunas personas, Pablo Iglesias, por ejemplo, aunque a continuación valore que tras el excelente trabajo hecho en los primeros momentos de la formación política, ahora corresponda retirarse y dejar paso a otros líderes no contaminados por el empacho del poder y con una miaja más de coherencia.



Polémica Wielicki, Pérez de Tudela, Carlos Soria





El Chorrillo, 27 de mayo de 2018

Vengo de otras guerras, se me ocurrió compartir alguna entrada de este blog en algunos foros de montaña y fue tal el diluvio de visitas que por un momento me creí un tío casi importante, ya podía presumir con mis amigos y decirles, ¿sabes cuántas visitas en veinticuatro horas? Cinco mil. Vamos, como para poder aparecer ya en los periódicos. Es una broma. Considero que los caminos de la fama tienen más espinas que la corona de Cristo. Mi humilde blog, que hablaba últimamente del amor a las mujeres, del elogio de la insignificancia, de la gandulería, del nacimiento de mi hijo, de la belleza de morir, en fin cosas así, se había equivocado de camino y había entrado en el terreno resbaladizo de especulaciones que yo, como amante de la montaña, no terminaba de entender.

Una introducción al tema. Alguien, un renombrado alpinista hace una crítica al exceso de medios técnicos usados en el Himalaya y que obviamente apuntan a la expedición de Carlos Soria. Dos: otro contraataca diciendo que en montaña todo vale y se extiende largamente sobre cierta persona que dice que miente en relación a su actividad alpinística. Los sobreentendidos son aquí los protagonistas por excelencia. A continuación el primer alpinista esboza en un escrito muy razonado y razonable, que lleva el título de Infamia, un alegato en pos de la verdad y que apunta con la escopeta cargada contra los difamadores. Husmeé el terreno por si podía encontrar alguna aclaración sobre el asunto pero no encontré nada aparte de los consabidos aduladores de siempre y algún que otro comentario que venía al caso.

Como de lo que quiero hablar tiene que ver con un tercer asunto que encontré esta mañana en El Confidencial, me refiero a él antes de seguir adelante. Se trata de un titular que decía “Krzysztof Wielicki es un gran alpinista, pero no tiene los valores del Princesa de Asturias”. ¿Razones? Un twit del coronel del Ejército de Tierra Alberto Ayora que dice: “No lo merece quien no movió un dedo para rescatar a uno de mis hombres en el GII”. Y a continuación el periodista cuenta toda la historia de ese rescate. Ese es su único argumento personal. A Pedro Gil, el periodista de cuya pobreza conceptual da cuenta el artículo que vergüenza da leer, no le cabe una glosa mínima del historial alpinístico de Wielcki, le basta un twit para mandar a éste al infierno y llenar de paso una página del periódico. La pereza y desidia con que algunos emborronan las páginas de los periódicos clama al cielo. Y como colofón en FB toda una panda de aplaudidores a los que el periodista ha lanzado el hueso de la discordia muerden y comparten con la alegría xenófoba de aquellos a los que la velocidad de los dedos sobre el teléfono no les deja tiempo para pensar.


Resumiendo. Yo, que ando de despistado por la vida pero que me gusta la montaña a rabiar y que paso una buena parte del año pateándolas desde hace más de medio siglo, me quedo perplejo ante todo este mundillo en donde los doctos en la materia debaten sobre asuntos que me caen tan lejos y que no caben en mi cabezota de hombre primario porque en la montaña que yo mamé no existían este tipo de disputas ni contrariedades. A la montaña se va, creo yo, por el placer de escalarlas, por el gusto de la aventura, por enfrentarnos a un reto personal, por puro delirio amoroso si se quiere para seguir glosando las palabras de Messner cuando habla de su amada. Eso aprendí por propia experiencia y en mis lecturas de hace muchos años, los clásicos de siempre, Terray, Rebuffat, Demaison, Bonatti… Sin embargo lo que me encuentro en los debates de las redes son enzarzamientos de unos con otros, aduladores que aplauden a su ídolo, problemas sobre la certeza de ciertas ascensiones, insultos velados, intentos de descrédito para un alpinista que tenía los huevos tan en su sitio como para subir al Everest en invierno, discusiones… Y me suena que, o aquí hay gato encerrado y la mala hostia propia de los que crean discordia en todos los lados está presente, o es que somos unos tontos el culo que le damos cuerda a los asuntos porque no tenemos otras cosas de más provecho que hacer. Porque no se comprende que gente que ama la montaña, que la siente en sí con la intensidad de quien le dedica todos sus ratos de ocio, pueda caer en la trampa de andar desprestigiando a alguien que siente las mismas cosas, que emplea su vida en una actividad tan inútil y gratificante como el escalar, pueda caer en la nimiedad de una discusión en la que se trata de descalificar a otra persona que ama las mismas cosas que él, que comparte los mismos riesgos, que si llega el caso se echarán una mano para salir de un apuro.

En fin, además de escribir y compartir aquellos dos post de que hablé al principio, de los cuales el que más me gustaba era el que se titulaba Elogio de la insignificancia, y que mostraba mi particular punto de vista respecto a la montaña, metí el cazo en la entrada que el autor titulaba Infamia. Este era mi comentario:

“La verdad es que leyéndote me siento como quien se cae del guindo. Mi ignorancia y mi alejamiento durante décadas de los ambientes de montaña, quizás tengan parte en ello. Mi aprecio por todos aquellos que apostasteis fuerte en los años en que descubrí la montaña y me asomé tímidamente a ese universo que ha forjado una parte sustancial de mi vida es tal que me cuesta asimilar el que en su entorno pueda moverse algo tan impropio y tan lejos de las imágenes que mi retina del pasado conserva: Un invierno, por ejemplo, que protagonicé con José Angel Lucas un rescate en la Oeste de la Amezúa y que nos tuvo atados a la pared toda la noche con lo puesto y en que cuando montábamos el último rápel apareció por la Apretura el equipo de rescate encabezado por Carlos Soria a darnos el relevo; tu propia imagen en aquel invierno en la Oeste del Naranjo junto a José Angel Lucas, el Murciano y el Ardilla; tantas situaciones en que tanto tú como Carlos os habéis jugado el pellejo; tantas personas que en mayor o menor grado hemos arriesgado nuestras vidas por un compañero y que más tarde, en el laberinto de los medios, en la confusión de las informaciones o acaso en la impostación a que pudo llevarnos la publicitación de una actividad que hemos hecho o dejado de hacer, convierte esa inútil lucha personal en que nos hacemos grandes para nosotros mismos, sin que tenga que importar a los otros en absoluto, en campo para la disputa.

“No me cabe que en una actividad tan gratuita, y tan solidaria, cuando las circunstancias de un accidente lo han hecho necesario, se den situaciones que merezcan posteriormente ese sustantivo con que en cabezas tus líneas. Mi admiración por Carlos Soria, es grande, pero también lo es por ti, por Gerardo Blazquez, por Jerónimo, por el Murciano, sólo por citar nombres de compañeros con los que compartía entonces nuestra pasión común.

Respecto al asunto de Krzysztof Wielicki. Me parece que dar mucha importancia a los premios es cuestionar la gratuidad con que nos acercamos a la montaña, que por demás no es una actividad de competición. En el caso del premio Princesa de Asturias hay que insistir en que no es éste el que da lustre al alpinista, sino todo lo contrario ¿Debemos considerar que porque el premio, por ejemplo, no haya sido concedido a Carlos Soria éste es menos merecedor de elogios que Welicki? Los méritos en el alpinismo están frecuentemente anidados en hechos de gente anónima. ¿Cómo hacer demasiado caso a estos usos, los premios, que parecen establecer un elenco de prioridades meritorias como si esto fuera un maratón? ¿Tendríamos que asignar puntos a las actividades? Y si es así cuántos puntos valdría subir y bajar del Everest en diecisiete horas? ¿Cuánto puntuaría la ascensión invernal al mismo pico? ¿Cuánto el descenso del Narga Parbat perdido entre los glaciares y corredores cuando Messner perdió a su hermano? Bien que se honre a alguien, pero es peligroso. Me chirría en los oídos oír que Wielicki no merece el premio tal. Eso le pone en el campo de los malos, como cuando en la escuela te colocaban de rodillas con lo brazos en cruz y algunos libros en las manos por haber hecho una fechoría. La cosa da para consideraciones de este tipo que nadie en su sano juicio habría hecho si no se establecieran esta clase de premios.

¿Y si nos volviéramos hacia las montañas, que son nuestra prioridad, y nos olvidáramos de tanto debate chungo? ¿Y qué importancia tiene que además alguien haya subido o haya dejado de subir a tal o cual pico? ¿Tan pendientes estamos de la consideración de los otros por uno u otro motivo para que estas cosas afecten al hecho esencial de nuestra relación con la montaña, a la intensidad de vida que ella nos proporciona?

Quizas deba añadir esto: Pensando en una conversación que tuve en la pasada primavera con un amigo de viejos tiempos de escalada mientras nos tomábamos un café en el salón de su casa que daba al Circo de Gredos, imaginé una situación similar departiendo con amigos o conocidos de aquella época, incluidos aquellos con los que pudiéramos no estar de acuerdo, contando batallitas, confesando errores de juventud o no de juventud y reconociéndonos al final como suertudos compañeros de andanzas. Un buen momento para reconciliarnos antes de que la palmemos, cosa que no estará tan lejos sabiendo la edad que tenemos todos. 



Cuerpo de mujer




El Chorrillo, 26 de mayo de 2018

A veces es una maravilla recordar todos esos cuerpos desnudos de mujer que han pasado un instante por la retina de uno, cuerpos reales tocados y amados, cuerpos recreados en la pantalla de un ordenador, cuerpos entrevistos en su desnudez mientras vas en el metro o en el tren de cercanías, bellos cuerpos que acompañan como el sabor de la magdalena de Proust algunos de nuestros ratos de asueto. La belleza de unas nalgas, el rincón oscuro en que confluyen los deseos, la laxitud de sus formas despertando entre las sábanas revueltas. Las evocaciones de un cuerpo de mujer llenan una parte considerable de la existencia. Ellas, como un tiempo de lluvia en que nos acogiéramos al calor del fuego de una cabaña en invierno, transitan por el espacio mágico de mis ensoñaciones con la delicadeza adormilada de quien vaga largamente entre el sueño y la vigilia.

Te despiertas, abres los ojos y, entre el revoltijo de los pensamientos aparece una figura de mujer, un gesto de coquetería, una sonrisa, la velada mirada de un deseo todavía no reconocido. Caminas junto al mar al amanecer, o acaso en la profunda oscuridad de un valle del Pirineo y en el casual desfile de los pensamientos aparece un generoso escote al que precedía la encantadora sonrisa de una caminante con la que te cruzaste el día precedente descendiendo entre grandes peñas y, poco después se produce el milagro, la Virgen de Fátima, emergiendo entre la somnolencia de la mañana poco a poco va inundando tu propio cuerpo con la hermosa sugerencia de unos pechos adormecidos bajo la blusa, llena tu retina que te empuja a profundizar en aquel encuentro y a emparejarlo con otros recuerdos, femenina ausencia celebrada en la evocación del día que comienza.

Nada enturbia la presencia de las hadas cuando la cerrazón de la conciencia ha bajado las persianas para refugiarse en la oquedad de los pensamientos donde un brote de luz en forma de cuerpo de mujer ha nacido para ser atendido con los aperos de la imaginación. Entonces la estancia se convierte en un templo. Templo es la montaña, templo es un cuerpo de mujer donde rezar cada mañana de hinojos, los ojos llenos de lágrimas, la infinita devoción de tocar unas caderas, unos pechos, la curva leve de unos labios, apretando las mandíbulas para no gritar ese “Dios” que se ahoga en la garganta cuando, incrédulos, esa belleza y ese deseo desbordan nuestro ser.

Rememoro los cuerpos de una lejana visita a un museo ateniense donde se exhibían esculturas de Praxíteles, otras más de Canova en algún museo de Europa, muchos de pintores, Courbet, Modigliani, Renoir, Tiziano, Velázquez, Rubens. Las repaso en mi mente, y retengo esa imagen de la escultura de una Venus que tomé en Atenas, el vestido húmedo cayendo sobre los pechos, el estómago, el ombligo, como una caricia que se ciñera a la carne en una explosión de erotismo. En ella el escultor ha descrito una espiral a modo de vuelo de golondrina y nos ha llevado a un mundo que transciende la belleza para añadirle esa pizca de aroma que, como la rendija de un escote por donde asoman el comienzo de unos senos, hacen volar la imaginación hacia un espacio de una refinada sensualidad.



Erotismo, arte donde lo haya, donde la imaginación y la creatividad se suman a la belleza de los cuerpos para hacer de la vida un espacio donde los juegos de la infancia resucitan uniéndose al largo aprendizaje de exploración y sensibilidad de nuestros sentidos que nos llevarán de la mano, más allá del mero contacto físico, a resucitar todas las escondidas fibras de la sensualidad diseminadas por nuestro cuerpo. Porque saber de los calores que pueden esconderse todavía bajo nuestra piel es asunto que sorprende, pero fácil de comprobar cuando alguna virgencita se nos aparece improvisadamente en cualquier curva del camino y nos sorprende con una lejana sugerencia, una mirada apenas duradera el tiempo de la chispa que salta de la hoguera, pero capaz de iluminar largas semanas de nuevas ensoñaciones.

El lenguaje de lo que todo el mundo sabe pero no se dice, los sobreentendidos sobrevolando entre nosotros a la caza de una presa adormilada a la vera del camino; el deseo latente hasta en el aire que respiramos; la necesidad del otro yo, que como un universal habita en el cuerpo del tú; la belleza plena de los cuerpos atravesando la calle, viajando en el metro, vibrando en cada célula de nuestro cerebro; materia y energía que desde la mañana a la noche nos ronda a la espera paciente de poder recoger entre las manos, como agua de lluvia, los frutos que nuestro deseo ha ido sembrando a lo largo del día en todos los rincones de nuestras fantasías.

La posibilidad de ir guardando en la memoria, como quien recolecta setas :-), pequeños fragmentos de puzzle que cada uno va recogiendo a través de sus sentidos en el seno de la primavera, hace que nuestro cestillo de mimbre, si el recolector es espabilado y tiene los ojos abiertos, se convierta, Dios mediante, en el mejor aliciente que nuestra imaginación necesita para hacer los honores debidos a los anhelos que duermen en nosotros, como el arpa de Bécquer, esperando aquella mano de nieve que venga a despertarlos.

Allan Poe, que incluía en el prólogo de su famoso poema El cuervo, las condiciones que debían cumplir unos versos para ser bellos, daba alguna pista: el asunto debía tratar sobre algo extraordinario. ¿Y qué mas extraordinario, decía, que el amor? Ergo, ¿habrá realmente algo en el interés de las personas, añadamos que en general, que supere el interés que todo el mundo tiene por las cuestiones del amor, el sexo, las mujeres? I dont think so.

A estas alturas de la escritura me siento ya exento de culpa, ya respiro aliviado, ya no me acosa la sensación de ser un raro como al principio de este escrito, que tenía la impresión de que podía ser observado como alguien que desbarraba, que de puro romanticismo parecía estar sufriendo una peligrosa obsesión por lo femenino. Las encuestas dicen que estoy dentro de la normalidad; un poco soñador, sí, pero no en grado preocupante.