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Grupo salvaje, de Sam Peckinpah


 El Chorrillo, 20 de mayo de 2015

Grupo salvaje, de Sam Peckinpah

Una película que vi tiempo ha bailaba en mi retina en estos días de campaña electoral como una premonición  de esa desesperada guerra del PP, escorpiones que un día habrán de perecer ante un no muy amable levantamiento de las hormigas, por continuar succionando del tejido social los réditos del trabajo común. Una guerra sin cuartel para un tiempo de paz en que las armas habrán de ser sustituidas por una conciencia de clase capaz de usar inteligentemente las urnas.


Grupo salvaje

Sam Peckinpah. Grupo salvaje.
Las hormigas devoran a los escorpiones
mientras los niños de ojos grandes
como estrenando mundo
meten sus palitos y cubren de himenópteros
la rosada desesperación de los condenados a muerte,
ríen, juegan serenamente acuclillados sobre el hormiguero.
Película de espectáculo de niños, de hormigas,
del hombre cazando al hombre
del hombre que ríe
de la mujer que llora y canta
del general que juega a la guerra.
La broma de vivir,
los ojos negros negros, los abstemios,
el oro del rey Midas presente como Dios
al principio y final de todas las catástrofes.

Suena la noche del tecnicolor como un grito entre las manos
como un largo túnel
que esponjara la voz
hasta convertirla en el bramido irreconocible
de una solitaria parturienta
a quien la vida de sus entrañas
reclamara su luz cuando la luz no existe
y todo es oscuro como una quebrada existencia sin esperanza;
bramido prolongado en la resonancia
de las concavidades de la cueva,
largo intestino petrificado
en donde sólo se oye la voz del silencio,
y muy de tarde en tarde
el gorgojeo de un lejana y flatulenta digestión.

Suena un silencio grave
sobre la faz de aquel desierto de piedra.
Por la puerta de la ciudad desfilan
huyendo del hedor de la descomposición de los cadáveres
como judíos sin tierra
gentes llenas de polvo con el cuerpo oliendo
al acre aire que dejaron los muertos.
La ciudad ya es de la sangre
de la estúpida muerte,
hormigas y escorpiones arden
ante los ojos de los niños rientes.
De todos los anhelos ciegos
de las razones estúpidas que salen del cuerpo de los hombres
de su infantiles pasiones
sólo queda el terrible reguero de sangre
los restos de la pira de una ciudad en llamas.
El círculo se cerró
el largo callejón sin salida se convirtió en fondo de mina
en donde de pronto cedieron los soportes.

Apoyado sobre las jambas del desastre
los ojos vacíos, el semblante abrumado
un hombre medita largamente mientras los títulos de crédito
cierran con sus risas la oscuridad del cinematógrafo.


Padres e hijos


El Chorrillo, 4 de marzo de 2015

Las dos de la mañana. De fondo la música de la 5ª Sinfonía de Chaikovsky. Frente a la chimenea, como siempre. Un rato después de terminar de ver Birdman. Mi motivación para escribir estas líneas nacen en el contexto de una conversación entre Emma Stone, en el papel de hija de Michael Keaton. La hija rompe la percepción que el padre tuvo de ella y hace un breve análisis de lo que fueron sus relaciones desde la adolescencia, una vocación del padre por llevar a cabo su proyecto personal por encima de todas las cosas. El padre queda tocado por la sinceridad de su hija, permanece pensativo y silencioso por unos segundos y enseguida el segundo movimiento de la sinfonía de Chaikovsky irrumpe en la escena subrayando una especie de revelación interior en el padre que fue incapaz de percibir antes durante las dos, tres últimas décadas de su vida lo verdaderamente importante: su hija había quedado arrumbada tras sus obsesiones profesionales. La música fluye en este momento como un milagro capaz de devolver la visión al invidente que fue desde siempre; tal es la capacidad de alumbramiento de la música tras el silencio entre padre e hija. Precisamente este segundo movimiento también tuvo su momento magnífico en el cine de los años treinta, Dama por un dia, de Franz Capra, no recuerdo apenas nada de la película pero sí perfectamente la música acompañando unos minutos de gloria de la protagonista. Curiosa esa manera que tiene la música de convertir el cine en un arte complejo y polifacético hasta el punto de que podamos prescindir de los ojos para captar la emoción, el desenlace, el misterio, el horror que nos sugiere una secuencia casi exclusivamente de la mano de la música.


La película me ha gustado, no tengo ningún pero que poner, todo lo contrario. Actuaciones, guión, trama, imaginación, diferentes problemáticas tratadas con cierta profundidad; un film de hoy y de nuestro mundo que indaga por las relaciones humanas, los deseos de fama, las miserias también de la lucha por obtener altos índices de audiencia, por ser “dama por un día” en el trending topic del Twitter. Sin embargo entre todo esto lo que más ha logrado engancharme ha sido la cruda relación del protagonista con su hija. Padres e hijos, un tema que me apasiona pero que nunca toqué en mi larga experiencia de aprendiz de escribidor. ¿Por qué? No lo sé con exactitud, imagino que sigo la corriente general que dice que los principales asuntos que nos preocupan en la vida no deben tocarse. No se me ocurre otra razón. Acaso los dichos expresan mejor que otra cosa lo que corre por el caletre de los humanos, ese, por ejemplo, de mejor no meneallo, algo así como si, haciéndonos eco de que en todas las casas cuecen habas, quisiéramos hacer oídos sordos arropados por el comportamiento general de una realidad que puede llevarnos a las puertas de un paisaje, rincón de la memoria que más bien quisiéramos desterrar sin más contemplaciones al olvido.  Pero son sólo suposiciones. Mi lectura, que a veces es algo desatenta, es, sin embargo concentrada cuando me tropiezo con algo que me interesa sustancialmente. Cuando cazo algo en donde puedo estar metido yo, que adivino que puede concernir a mi pareja, a mis hijos, a una especial relación que tuve hace años, me vuelvo todo ojos y oídos. La última vez que me encontré una escena similar a la de hoy se desarrollaba en una novela de Doris Lessing, Love Again; un descarnado encuentro de una hija con su padre muy mayor, en donde la crueldad de los recuerdos resuenan como latigazos sobre el alma de ambos.

La falsa historia en donde el pasado aparece en forma de dulces de mazapán es una de las cosas que peor llevo cuando la memoria nos congrega en torno a una conversación pretendiendo hacer de ese pasado, de nuestras motivaciones una balsa de aceite. No hay rincón en el mundo en donde no exista o hayan existido retazos de guerra, luchas de poder, celos, silencios que hayan podido desbaratarnos el alma; también es cierto su contrario, no hay rincón en el mundo donde el amor y la ternura tengan su hueco. Quizás se salven de esta afirmación diez o doce casos por continente.

Precisamente el pasado domingo nos visitó una vieja amiga, una maña orgullosísima de su tierra, la bella y sedienta tierra de Los Monegros, que después de hacer una encendida defensa en pro de construir embalses que puedan proveer de agua al país y de darnos una lección sobre las bondades del sistema de riego por goteo, por alguna misteriosa razón terminó dirigiendo la conversación a alguna curiosidad de comunicación que se daba entre su marido y ella de una parte y la relación de ambos con sus hijos; coincidíamos en muchas cosas. Le paso la palabra a ella, pero antes quiero agradecerle desde aquí la docena o docena y media de huevos que nos trajo de regalo. Desde que se ha hecho granjera y hortelana, de vez en cuando nos damos el gusto de comer huevos de verdad. Espero que antes de largarnos por ahí a corretear por el mundo, le podamos corresponder con algún producto de nuestra huerta. Esto decía ella: "Una percibe que en el ámbito de la comunicación entre padres e hijos existen niveles diferentes. Todos nos sentimos cómodos en aquél en que compartimos las enfermedades, novedades, cuestiones de trabajo, incluso nuestras inquietudes políticas. Sin embargo hay otros niveles en donde escasamente entramos, y otros todavía más significativos en donde nunca veremos a ningún miembro de la familia entrar para ponerlos en común. Si yo intentara hacer una breve lista, decía, de lo que más me interesa en la vida, aparte de la salud y el bienestar de los míos, y quisiera comprobar el grado de interés que los otros manifiestan por las cabeceras de lista de mis inquietudes, probablemente me llevaría un gran chasco. Si a mi hijo, al que has escrito una larga carta en diferido, hablando le haces patente esta posibilidad te podrá decir que es que él se comunica verbalmente, que la lectura no es su fuerte; o te pedirá fotos de tus viajes sabiendo que las tiene a cientos en cierto blog que sueles escribir cuando vas de acá para allá. Quizás sea un ejemplo tonto". Voy con otro ejemplo que me cuenta esta amiga aficionada a la escritura y que hace años en el transcurso de un viaje por América Latina escribió un libro de relatos que publicó posteriormente con el título de Caminando. Mira, me decía con cara de incredulidad, un escritor malagueño hizo días atrás una crítica de mi libro. Entonces yo quise compartirlo con mis hijos y les mandé un whatsapp con el vínculo de la crítica a la familia. ¿Os podéis creer, nos decía ella admirada de que la única contestación hubiera sido un “vaya, mamá”? Ejemplo tonto acaso, pero que quizás sirva para adivinar de qué cosa estoy hablando.

En la película de hoy la hija, al fin decidida, le habla al padre de lo efímero de la vida y da cuenta de lo que ha sido contemplar a su padre desde que tuvo uso de razón como ese payaso del que habla Shakespeare y que se repite como un estribillo en boca de un comediante callejero en el film; aquello de: "La vida no es más que una sombra que pasa, un pobre cómico que se pavonea y agita una hora sobre la escena y después no se le oye, un cuento narrado por un idiota con gran aparato y que nada significa". El personaje de Michael Keaton había convertido a su hija en la prolongación de su propio proyecto personal. Y la vida era muy corta y ya casi no tendrían tiempo de reencontrarse ni compartir las pequeñas cosas que son el jugo de la existencia.

 Algo así como si un aire atávico, en donde la esencia no formara parte de la tradición comunicativa, sobrevolara nuestras cabezas impidiendo hablar de lo que realmente nos interesa, de problemas y asuntos que nos afectan. La misma amiga, que tiene por cierto una buenísima relación con sus hijos, decía un momento después socarronamente: “Estoy segura de que si mañana voy y cruzo el Pacífico a nado, a mi regreso ninguno de ellos me va a preguntar por el asunto. Nos queremos mucho pero las cosas son así". Nuestra amiga de Los Monegros, que por demás flirtea también con la escritura de un blog en donde se mezclan los caballos con largos párrafos sobre la filosofía de la vida, terminó por contar la anécdota de cuál fue la respuesta de su primogénito, una mente muy dotada para el humor, cuando le envió una fotografía con los últimos libros publicados por ella: con eso ya tenemos para calzar la mesa de la cocina. Eso fue todo. Algo debe de haber en la relación padres hijos, continuó, que oblitera la circulación de ciertos temas. Una puede optar por pensar que nuestro interés mutuo no es lo que parece, sin embargo no creo que sea del todo cierto; sucede que nos queremos, un hecho humano y biológico que no está reñido con que nos seamos ajenos en aspectos personales que pueden ser importantes para ti, pero no para tus hijos. Y viceversa." A un servidor, ante tal contestación no se le ocurre otra cosa que menear la cabeza dubitativamente. Siempre me gustó nombrar a las cosas con su nombre y a estas alturas ya es muy difícil cambiar de manera de pensar. Asumir una realidad que uno no gusta es uno de los principios que parece necesario asumir. Tengo una suegra para la que todo es amor, tanto que esa palabra perdió significado para ella y para nosotros desde hace siglos. Tiene más de noventa años, pero habita un mundo que, como le sucede al tal Rajoy, no es un mundo que pertenezca a la realidad que nos corresponde vivir. Sería muy jodido irse a la tumba pensando que el mundo por el que has transitado durante tantas décadas está hecho de bizcochos y mazapanes.

Abonar las raíces del día que comienza


El Chorrillo, 25 de noviembre
 Estos días me alimento, como si de un niño o adolescente se tratara, de libros de aventuras, un perro inteligente y servicial, la larga y penosa tarea de remontar un río cuando las cascadas y los rápidos se interponen por medio y hay que transportar toda la impedimenta por tierras pantanosas y abruptas, el frío, las largas noches de invierno del extremo norte de América. Recuerdo que estos años atrás mis primeras lecturas de la mañana tras el desayuno eran textos de Alan Watt, Lao Tse, Zhuang Zi, cosas así casi siempre para abonar las raíces del nuevo ida que comenzaba. Esta temporada, después de zanganear medio año pateando, ese verbo que tanto gusta al amigo Manuel Coronado, el hombre de las miles de leguas bajo sus pies, pateando España, mi ánimo se encuentra más dispuesto a lecturas bien diferentes, bien que también éstas abonan sin lugar de dudas las raíces de estos últimos días de otoño, estas jornadas frías que tanto van en sintonía con el ambiente de los libros que leo. Doy mi paseo matinal, o si me he acostado tarde o se me pegan las sabanas lo omito, desayuno y enseguida me bajo a la cabaña y enciendo el fuego en la chimenea; ya entran a esta hora los primeros rayos del sol. Con el sol calentándome las piernas y con la llamas ardiendo de viejos troncos que yo mismo corté años atrás, me dispongo a la lectura como ese niño de La historia interminable que, escondido en la buhardilla leía absorto durante horas, ese mismo libro que mi alumnos más grandes devoraban con tanto gusto. Tengo que confesar que leo con mucho más interés también yo estas cosas que las sesudas reflexiones de Laín Entralgo. Además, creo que a alguno de esos filósofos de la actualidad que están en el candelero le sucede lo mismo leyendo cosas como la Isla del tesoro, de Stevenson.
Mario y Lucía (¿por qué estaría tan enfadada?) con su mami


Aquí está el secreto de la felicidad, decía el otro día un personaje de la película Rey de corazones, y señalaba con el dedo índice su cabeza. En Rey de corazones, una numerosa familia de locos queda abandonada por los alemanes a su suerte en un pueblo ocupado, ante la inminente llegada del ejército inglés. Sus vidas a partir de entonces pasan a ser un derroche de imaginación, una hermosa aventura de locos que la extrema cordura de los habitantes, llamados normales, jamás habrían llegado a conocer mediatizados como estaban, estamos, por juiciosos y razonables comportamientos. En el film cada cual busca de inmediato hacer realidad alguno de sus sueños favoritos, uno se hace conde, una pone en funcionamiento un colorista  y divertido prostíbulo, el sueño de un peluquero se hace realidad, cada cual encuentra su acomodo en el interín de esa aventura que sólo durará hasta que los alemanes y los ingleses, los verdaderos locos de la historia, se maten a escopetazos unos a otros antes de recibir con este acto conclusivo a los franceses que se harán definitivamente con el pueblo.
Cristina la valiente y family
Mariete diarreico en el desierto tunecino

El quid del verdadero conocimiento de la realidad consiste en averiguar quienes son los locos y quienes los cuerdos. Que yo me dedique estos días a leer libros de aventuras como un chiquillo, evitando sistemáticamente el acto de abrir las páginas de los periódicos, quizás tenga que ver con esta idea. Las aventuras en las que me sumerjo estas mañana tienen bastante en común con mis descubrimiento de estos últimos años, como ir reconociendo en la propia piel que la hora de los milagros de un día de invierno ronda aquellas otras del alba; éstas y otras “excentricidades” de parecida condición, y dedicarse a recorrer el mundo, las montañas y las orillas de los mares en ese prodigioso momento, echándose en manos del frío en invierno y del calor en verano para satisfacer esta rara predisposicón, constituye la puesta en práctica de un profundo conocimiento que uno va aquiriendo de la realidad que lo circunda y de la realidad que uno mismo es. Si alguien adquiere un conocimiento de la vida y del mundo y no lo usa para provecho propio eso sí que es ser un tío raro, si estudias ruso y no te das un paseo por San Peterburgo para recrear tus lecturas de Chejov junto a la orilla del río Nevá, tío, no sabes lo que te pierdes, ¿de qué te sirven tus conocimientos, tus lecturas, si no sigues los dictados de los placeres que ellas te sugieren? Yo tenía un vecino cuando vivía en Serranillo del Valle que, cuando regresábamos toda la familia tras un largo verano de recorrer una parte importante del mundo, llenos nuestros ojos de rostros, paisajes, museos, montañas, mares, fiordos, llenos nuestros ojos con el herrumbroso y penumbrado color de los cuadros de Rembrandt, iba y nos decía que él no necesitaba tomarse tanto trabajo, que todo eso lo veía él en la tele.
En el tren de Diyarbakir-Estambul
No seamos torpes, hombre, sepamos ver quién está realmente zumbado y dejémos que la locura corra por nuestras venas. Sigámonos envenenándonos, como les decía yo el otro día a Laure y a Manuel, con nuestra Pedriza, con los caminos, con esas aventuras que hacen que los años de la vida pasen luminosos y espléndidos por nuestras retinas y nuestros corazones. Quizás deba aclarar para finalizar que las aventuras no sólo transcurren allende los mares o los paisajes exóticos, que también ella, la locura, anda merodeando por talleres y laboratorios, un medio que mucho tiene que ver con el trabajo de explorar tierras ignotas (naturalmente tengo en mente al amigo Antonio, este año trabajando en Burdeos).
En autobús entre Dakar y Bamako (Malí)

Las aguas del río Beni en la cuenca del Amazona

Candilejas. Las fuentes de la emoción




El Chorrillo, 24/11/2013

Toscas y propias de un momento fugaz, así me parecen las palabras que uso en ocasiones, hace dos, tres días, meses, porque la realidad huye de las manos, se escurre inaprensible y, queriendo retenerla escribiendo sobre ella algo se rompe, se afea, queda como una mala reproducción; como esa flor ante la cual detenemos nuestro caminar y, para quererla mirar más de cerca y contemplarla a nuestro gusto, la arrancamos. La flor arrancada ha perdido su encanto, es un ser muerto. Así nos acercamos en ocasiones a las cosas, el otro día a un culo bonito, hoy acaso a la impresión agridulce que me deja la visión de Candilejas, de Chaplin. En el aire quedan quejidos inaudibles que hoy llegaban a mis oídos mientras Calveiro, Chaplin, sentado en el borde de la cama de su vecina a quien había salvado la vida, hacía un emocionado discurso para animarla a cobrar ánimos después de un intento de suicidio. Quejidos, vamos, la incapacidad por no ser capaz de expresar apenas un parte mínima de lo que merodea por dentro de uno cuando la emoción hace acto de presencia. No se necesita que el asunto sea abultado, la emoción puede brotar de cualquier hecho con apariencia anodina. Apariencia, digo. Y el otro día, por ejemplo, fue la contemplación de un cuerpo. El asunto es que la posibilidad de expresar la emoción es tarea difícil que fácilmente puede quedar en eso, en tosco intento.
Uno, que chapucea de continuo con las palabras, siente a ratos, como hoy, el pinchazo de la insustancialidad flotando entre los párrafos ante la dimensión de la emoción suscitada aquí o allá por una película, un libro. Hay un personaje en una novela de Pennac, El dictador y la hamaca, que muere viendo una película de Chaplin. Tras la finalización del film, la acomodadora mira absorta los ojos del espectador en cuyos pupilas ella todavía podía leer las fuentes de la emoción. La emoción es indecible, pero honda y penetrante lo suficiente como para provocar la muerte del personaje. Me sonaba haber escrito ya algo sobre esto y me fui a buscarlo en el Google y lo encontré, fue un mes de julio en Johannesburg, y la emoción que entonces me llenaba había nacido días atrás antes de abandonar Bombay junto a una amiga con la que había viajado durante un mes por India y a la que despedí al día siguiente en el aeropuerto. No recuerdo el hecho concreto que la provocó, pero Chaplin me ha servido de enlace hoy para reencontrarme con una idea que entonces fue fértil. En aquel día se juntaron hechos distintos que debieron de contribuir a afinar mi sensibilidad. Por una parte las calles de Bombay junto al hotel en que nos hospedábamos habían quedado inundadas en algunos sitios con agua hasta la rodilla y nosotros nos habíamos tenido que “pasear” por aquella inundación en busca de un cajero durante medio día un tanto asustados porque nos habíamos quedado sin dinero; no podíamos pagar la cuenta del hotel y al día siguiente Margarita, mi amiga con nombre de flor, tenía que coger el vuelo para Madrid. Después se trataba de la noche de la despedida. Nos habíamos conocido dos meses atrás a través de mi blog mientras yo viajaba por Malasia e Indonesia y la emotividad de la despedida después de cuarenta días de recorrer Sri Lanka y una parte sustancial de la India profunda juntos había dejado nuestros organismos en un alto estado emocional.
Bombay un día de monzón
Venía a decir en aquel post que lo que hay que hacer para alcanzar la sabiduría era rastrillar la vida y buscar con la lupa aquello que durante nuestra existencia ha aventado nuestras emociones, todas aquellas situaciones que nos han hecho sentirnos amorosamente bien, a fin de que ello nos ayude a reconocer las fuentes de la emoción.
Estas cosas podrían compararse a las crestas de tinta que dejan sobre un cilindro las líneas de un cardiograma. Observando las mismas, esos picos que se dan en instantes que sentimos la emoción palpitar con fuerza por dentro, y reteniendo a posteriori las circunstancias en las que éstos se producen, sería posible obtener un buen conocimiento de la manera que tiene de respirar nuestro espíritu; qué nos emociona y conmueve, qué nos jode, que nos aburre, que nos hace vibrar. Las emociones como un excelente camino para conocernos un poco más.

Día de playa en Bombay... pero todos vestidos y diluviando

Acaso las emociones que son provocadas por los otros, como era el caso de la actuación de ese excelente comunicador que es Chaplin, como es el caso de tantas obras de arte, de cierta música, o algunos libros, determinadas experiencias, estén estimulando una parte importante de nosotros, siendo el momento de la emoción, como le sucede al personaje de Pennac, una estimulación de sentimientos, percepciones, sensibilidad ante la belleza, que de no ser vivida -la emoción- nos mantendría en un tosco primitivismo. Las emociones que recorren al personaje de Candilejas son un excelente muestrario de muchas facetas importante de nuestra condición humana: el desamparo, la gratitud, el amor, la soledad, el reconocimiento de los demás, la amistad, la desesperación, el altruismo. Si echamos un vistazo a las grandes pasiones que mueven el mundo y las comparamos con éstas, no es difícil darse cuenta de que si el mundo funciona mal es porque no sabemos escucharnos a nosotros mismos y no nos comportamos siguiendo nuestra naturaleza más elemental. Si, como decía alguno de esos extremadamente ricos americanos, a él le producía orgasmos ganar grandes cantidades de dinero, no será porque sea muy sagaz, simplemente se trata de un enfermo.

No hay ninguna de esas emociones tan humanas que mencionaba más arriba que tenga que ver con la explotación de los otros o con la acumulación de propiedades y dinero. Actitudes así me parecen más propias de personas torpes y mermadas por el resplandor de unos fuegos de artificio, que otra cosa. Las fuentes de la verdadera emoción están en otro lugar. ¿Dónde está la tuya, la mía, la de tus hijos, de tus amigos, de la gente que quieres? Pues eso, ese parece que sea el camino, indagar por sus orígenes y tratar de ser fieles a ellas. 

Pasaje a la India


El Chorrillo, 22/11/2013

Mi chica la hortelana, Victoria, ve mucho cine, fue siempre una experta, desde que era muy jovencita acumulaba largos ficheros en donde se iban sumando anotaciones sobre tal película o tal director, sobre esto o lo otro. Yo soy un desastre, apenas sería capaz de nombre a un puñado de directores o actores, y por supuesto a ningún músico, productor o lo que sea en relación con el cine. El caso es que uno de nuestros temas más reiterativos de conversación sea el cine. Raro, ¿no? No, no tanto. Como los que conversamos somos dos, la costumbre y la certeza de que para que la cosa funcione y se convierta en algo agradable y provechoso, nos ha llevado a entender que la discrepancia es un maravilloso instrumento para darle juego a cualquier conversación que se precie. Conversar con alguien con quien coincidimos en todos los puntos y matices es una cosa sumamente aburrida, y cuando ello puede darse, lo mejor es que uno haga de abogado del diablo para darle juego al asunto, cosa que me sucede a mí en casa y fuera de ella. No olvidemos que conversar es un arte y una de las cosas más apasionantes cuando somos capaces de auparnos sobre la punta de nuestros pies y sacarle punta a las palabras y los conceptos.
Valga la introducción para decir que nada más terminar la película de hoy ella va y dice: bueno..., así, como si la cosa no llegara a un cinco raspado sobre diez. Y añade: esta película es demasiado larga, yo creo que se pueden decir las mismas cosas con muchos menos metros de celuloide. En fin, estábamos recogiendo. Cuando terminamos de ver una peli en la cabaña hay que mover los sillones, subir manualmente la pantalla, desplazar una mesa, correr el felpudo hacia la ventana del sur y dejar en condiciones mi mesa de trabajo. Eso estaba haciendo yo mientras oía sus cortos comentarios. El reloj marcaba cerca de la una de la mañana, no era cosa de entablar una conversación sobre el asunto a esa hora, así que nos despedimos y yo me senté frente a la pantalla del ordenador pensando que acaso yo estaba esta noche en ventaja respecto a ella a la hora de saborear una película concreta, alguna, digo. Ella es capaz de ver todo, de oírlo todo, no perderse nada y de hacer una buena ficha técnica para la web de filmaffinity.com/es/ donde tiene subidas un buen número de críticas de su propia cosecha.
Ahora tengo que descifrar esa impresión, esa afirmación del porqué yo podía haber disfrutado más de la película. Tendré que seguir escribiendo para aclararme sobre el asunto, porque de momento no lo tengo claro. Es la una de la madrugada, pero no importa; fuera hace frío pero aquí dentro hay un confort de estar en mangas de camisa; el silencio de la cabaña a esta horas de la noche es un fenómeno absolutamente fantástico, sólo el rumor de las teclas y un muy ligero runrún de la cpu lo acompañan.
Uno "ve" una película con los ojos y con los oídos, pero también con algo más, hay algo más que está presente en el hecho de "verla". Está la experiencia de cada cual, su filosofía, la relación que tengas con el ambiente en que se desarrolla el film -la India en el caso de hoy-, tus gustos propios, tus sueños -si sueñas con pasearte por la Antártida y ves una película ambientada allí, tu atención se comporta como un aspirador de cinco mil watios-; la lista podría alargarse, y ello sin contar nuestra facilidad para identificarnos con tal o cual personaje, tal o cual situación, lo que también tiene efectos sobre el resultado de nuestro gozo, ese gozo de ver una peli que puede decantarse en placer, miedo, lágrimas o dejarnos el corazón como dentro de un puño.
Cada persona, siendo un mundo en sí misma, puede sentir ante una buena película de maneras muy diferentes. A mí la película de hoy, Pasaje a la India, de David Lean, basada en la novela de E. M. Forster, no sólo no me pareció larga sino que me habría tragado un par de horas más de film sin respirar. ¿Por qué? Espera que lo piense, porque todavía no lo sé. Voy a indagar.
Alguna aproximación:
Uno: la India es el país más apasionante y hermoso que conozco, sobrecogedor, contradictorio, acogedor, bullente de color, amigable, misterioso, inescrutable, triste, apasionante, loco, un país donde la vida y la muerte pueden convivir en el mismo escenario en donde los niños juegan a la pelota, las mujeres lavan la ropa o los mendigos posan sus platillos de aluminio en el suelo para recibir alguna limosna de los viandantes.
Dos: siempre tengo a la India en mente cuando pienso en irme de viaje. La película termina en el escenario de Cachemira, y no hay vez que no piense en irme por ahí que no se me aparezca Srinagar, la ciudad de los canales de aquella región del país como un objetivo inmediato del que mi chica intenta apartarme debido a los conflictos bélicos con Pakistán que amenazan con desatarse a cada momento.
Tres: el conflicto con los ingleses, el sentimiento de casta de estos, la violencia de su sometimiento es algo que vivo como mío, como tantas situaciones conflictivas en donde los poderosos masacran sin piedad a los autóctonos, a los más débiles. El film trata estos problemas y apunta hacia una liberación.
Cuatro: El hecho de que en la película se eviten los caminos fáciles, aunque en ocasiones los estereotipos hagan inevitablemente su aparición. La compleja relación que se da entre los personajes hace a mi gusto sostenible la longitud del film.
Cinco: La gente, el colorismo, los paisajes, las costumbres. Aspectos que para un espectador curioso interesado en el país no deja de ser bastante importante.
Los aspectos propiamente fílmicos me los salto, no creo que tuvieran por demás mucha importancia en ese porqué que me hago a mí mismo sobre el placer de ver esta película. Creo que teniendo en cuenta estas consideraciones uno puede hablar de disfrutar más que otro de un film en función  de aspectos distintos frente a los que espectadores diferentes tienen visiones no coincidentes, y sobre todo porque la problemática, el asunto, el escenario estén más o menos cerca empáticamente de cada uno de ellos. Creo que sí son razones suficientes ya para decir por qué yo he podido disfrutar hoy más con la película que mi chica, la cinéfila. 

Probablemente la película tiene defectos, aunque en este caso no me molestaron demasiado, sin embargo hay que decir que el principal de ellos consiste en que la situación dramática se levanta sobre una dudosa actitud de la coprotagonista que firma una acusación contra el protagonista, Aziz, del todo inverosimil, pero que a la vez sirve para levantar todo el tinglado de fuerzas emocionales, sentimentales o legales que harán que ingleses e indios se enfrenten violentamente en un trabajo de síntesis que fílmicamente es interesante. Pero bueno, también Skespeare caía irremediablemente en ese truco cuando nos fabrica un personaje como Otelo, regio y razonable pero ingenuo y crédulo lo suficiente como para hacer barbaridades sin caer nunca en el obvio engaño a que le están sometiendo; y en la misma línea esa obsesiva maldad de Yago o Macbeth que llega hasta el punto de dejarnos el sistema nervioso con una temblaera de indignación, pese a lo difícil que nos resulta creer que haya una maldad de ese rango.  

En torno a Tierras de penumbra


El Chorrillo, 19/11/2013

El título de la película era Tierras de penumbra. El protagonista, un conocido profesor de universidad interpretado por Anthony Hopkins. Un puñado de ideas de las que bailan en la cabeza de uno haciendo que se tambaleen las referencias a las que los años, la experiencia o las propias reflexiones nos han acostumbrado a asirnos: esto soy, esto creo; así hasta que llegamos y tropezamos con alguna piedra, una duda, un pensamiento que acaso alguna vez sospechamos estaba escondido desde tiempo atrás entre los pliegues de confusos sentimientos contradictorios. El aplomo con que el profesor imparte sus ideas, atrezzadas en el ambiente de prestigio de una universidad de solera, ayudan a tomar aquellas como realidades indiscutibles a su auditorio de la época. A mí me sorprendió ya de entrada, apenas empezada la película, la siguiente. Están comentando un texto literario en clase; ¿qué clase de amor?, pregunta el profesor en relación a determinado párrafo. Y ante la indecisión de los alumnos contesta él mismo la pregunta: "El más intenso gozo no reside en poseer sino en desear. El deleite que jamás se desvanece, la dicha eterna serán suyos sólo mientras lo que más desean esté fuera de su alcance". Me he encontrado con esta idea más de una vez; hace unos años en Montaigne, y más recientemente en Claudio Magris. Ambos lo expresan así:
Montaigne: "El amor no es sino un deseo demente por aquello que huye de nosotros" y cita a continuación un fragmento de Orlando furioso, de Ariosto: "Igual que el cazador que persigue a la liebre, por el frío y por el calor, por montes y valles; sólo la estima cuando huye y la menosprecia cuando la tiene".
Magris, en Ítaca y más allá: "El amor es nostalgia, tensión y lejanía y está mucho más vivo cuanto mejor sabe que está en el camino y no en la meta, extrayendo su savia de este distanciamiento nunca plenamente colmado, y de la esperanza de colmarlo".
 Así las cosas y aunque parte de esa impostación del profesor queda posteriormente reducida a descubrir en sí mismo por la vía de la humildad la terrible implicación que sus palabras podían tener para su propia vida inmediata, la película, que hace un recorrido elíptico por diversas ideas que terminan siendo como partes de una sonata que vienen a repetirse con modulaciones diferentes, confirma en su propia carne el dramatismo de un aserto que sólo se sostenía en un principio como idea brillante fraguada en el laboratorio literario o filosófico: Un amor tardío que, al asumir su papel real donde la posibilidad de realizarse en una sucesión de distanciamientos y aproximaciones termina por hacerse imposible por la muerte del ser amado, adquiere una dimensión trágica que termina por confirmar la idea de que no hay amor más veraz e intenso que aquel que mantiene alejados a los amantes. El deseo se extingue, el deleite y la dicha se desvanecen cuando la distancia que había entre el deseo y el objeto deseado ha desaparecido. En el caso de la película una realidad que no llega a cumplirse y que debido a la muerte de la amada enfatiza la pasión, el amor con una dosis a la vez de dolor insoportable para el protagonista.
Qué sea lo que queremos decir cuando nos referimos a las palabras amar y desear quizás pudiera matizar esta idea, pero de todos modos persiste la tensión que hay entre ellas cualquiera que sea la definición que acordemos como referencia. Nos mueve el deseo, cualquier deseo, nos ciega la necesidad de alcanzar algo. De acuerdo, todo va bien en ese estadio, sentimos la fuerza del impulso, la música, el calor, la fuerza que nos lleva a conseguir algo, todo va bien hasta el mismo momento en que lo conseguimos. Entonces, con mayor o menor retardo, sucede algo curioso y a la vez dramático, todo nuestro maravilloso empuje ha tocado techo, hemos perdido la capacidad de poder seguir sosteniendo el anhelo, esa felicidad que nos provocaba la expectativa. La dicha está en la espera. La única manera de sostener la pasión de Romeo, Julieta, Dido, Eneas, Tristán o Isolda es concluir la historia de manera que no sea posible el encuentro definitivo entre los amantes.
 Hay otra idea interesante en la película es la que el protagonista, C. S. Lewis, expresa así: "Les sugiero que la prueba de que Dios nos ama es que nos ofrece el don del sufrimiento. El sufrimiento es el megáfono de Dios para despertarnos. ¿Saben?, somos como bloques de piedra a partir de los cuales el escultor extrae las formas de los hombres. El golpe de su cincel, que nos lastima tanto, es lo que nos hace perfectos". Uno de vez en cuando se tropieza, como quien lo hiciera en la calle con antiguos conocidos que no vemos de años atrás, con ideas que ha ido recolectando en sus lecturas o en su experiencia personal, y entonces, como sorprendido por su inesperada presencia, detiene su lectura o, como en mi caso, pauso el proyector y trato de aterrizar en su contenido, en su realidad, en su absurdo quizás, acaso en su engañosa pretensión de abrirse camino en mis creencias. La primera vez que me tropecé, hace ya muchos años con esta idea, fue leyendo Tempestades de acero, de Ernst Jünger, una alabanza a la guerra como elemento de formación personal y experiencia interior. Algo que más tarde volví a encontrar leyendo La forja de un rebelde, de Arturo Barea. A propósito de esta idea escribe Barea en su libro: “La guerra ha arrancado a España de su parálisis, ha sacado a la gente de sus casas donde se estaban convirtiendo en momias...”. ”Seremos los más fuertes, mucho más fuertes que nunca, porque se nos habrá despertado la voluntad”.
 La cosa puede resultar algo terrible a primera vista, pero esconde mucho del modo en que puede llegar a comportarse nuestro organismo. De parecida manera a como el amor se hace más ferviente en la separación, la excesiva seguridad, una comodidad sin sobresaltos prolongada durante años, puede llegar a necesitar del extremo dolor para que abandonemos nuestro estado de momificación. Algo así como si nuestro organismo necesitara estar bajo los efectos de una tensión, más fuerte siempre cuanto más aspiremos a vivir una vida densa y significativa, a fin de poder recibir el flujo estimulante que emana en una vida rica y satisfactoria. Vamos, que sentado cómodamente durante excesivo tiempo frente al televisor las posibilidades de vivir son más bien escasas.
Tengo que dejar por un momento la película, salgo a la parcela, la noche es fría, las últimas hojas de los álamos oscilan en la oscuridad haciendo un ruido seco y temblón. Cuando vuelvo contemplo la imagen que ha quedado congelada sobre la pantalla; en la parte baja de la misma los subtítulos dicen: "Leemos para no estar solos". Es la contestación de uno de los estudiantes al requerimiento del profesor, uno que por demás no comparte sus opiniones aunque sí la voracidad por la lectura. Quizás sea sólo una ocurrencia del guionista ni siquiera salida de la realidad en la que se apoya la película, no lo sé, pero el asunto se repite en el film como una de esas melodías que rondan erráticas por los movimientos de una sinfonía llamando nuestra atención con sus arabescos a cargo de una flauta o un cello acaso. Pero ahí queda, leemos para no estar solos, quizás sea verdad en muchos casos; de todos modos no habría por qué convertirlo en finalidad, leer para, no necesariamente convivimos con otras personas para no estar solos. Leemos y la lectura se convierte en una gozosa compañía, ideas, personas, historias, autores que viven junto a nosotros en la soledad de nuestros paseos, de nuestras largas horas de lectura en el lugar preferido de nuestro hogar.
Ver una peli a veces no sólo parece ser un elemento de pasatiempo o placer, también puede llegar a tener consecuencias sobre nuestro modo de ver la realidad... y en el caso de esta noche consecuencias sobre mis hábitos de sueño. Son las tres de la mañana y hace cuatro horas que debería haberme acostado, pero la cosa se lió (por cierto, que lio, parece que lleva tilde aunque ignoro por qué); bueno, decía que la cosa se lió y este post es la prueba de ello.



#Desobedientes




Se me pegaron las sábanas, y es que ayer tras la película, una de las mejores que he visto en los últimos meses, Intocables, de Eric Toledano y Olivier Nakache, se me ocurrió abrir el Twitter y me encontré con un atractivo TT por donde anduve indagando, #Desobedientes, era el hashtag. La red se rejuvenecía inesperadamente con el viejo tema de la desobediencia civil, llovían desde todos los lados las citas de Thoreau, Luther King, Gandhi, Mandela. De repete el Sí se puede que cantamos en todas las manifestaciones tenía una herramienta muy efectiva a su disposición. Me fui a ojear el programa de referencia hacia el que apuntaban los enlaces, en la Sexta; había una interesante intervención de Ignadio Ramonet y del juez Santiago Vidal. El documental finalizaba con unas palabras de éste último (se refería a los terrorista financieros de nuestro país, Bankia y los otros): Mejor para ellos que no les toque que yo les juzgue. Aludía también a la indecorosa invasión del Ejecutivo en el ámbito judicial.

Esta madrugada hace un frío que pela, sobre los cristales del coche brilla la primera capa de hielo de la temporada. Cuando paré el coche e iba a cerrar la puerta, pensé que mejor lo dejaba abierto; unos días atrás había perdido misteriosamente la llave en el trayecto y ya sólo me quedaba una copia; mejor dejaba todo abierto y la llave dentro. La rasca que corría me iba a obligar a embozarme y a utilizar los guantes de lana; la luna gorda, próxima al horizonte, presidía el espectáculo matinal. El frío me obliga a caminar deprisa. ¿Qué pasaría, se preguntaba Ramonet, si los desobedientes fuéramos muchos y, por demás nos negáramos a pagar cualquier clase de multa?, ¿nos meterían a todos en la cárcel, dónde, cómo, en un estadio de fútbol, organizarían algún tipo de campo de concentración?

Fantaseando con las afirmaciones de Ramonet me imaginé con una multa de esas que la delegación de gobierno intenta clavar a algunos de los simpatizantes del 25S, y no pagándola me veía en la cárcel con otros tantos manifestantes; repasaba dos conceptos que desconocía hasta ayer mismo, empoderamiento, efecto Streisand; hacía memoria de la cantidad de cosas nuevas que he aprendido durante el último año, asuntos de economía, movimientos sociales, historia. La crisis me estaba enriqueciendo; la crisis y las manifestaciones habían conseguido fomentar en mí un notable emponderamiento, una especial confianza en mi capacidad de indignación como sujeto cuya participación en la indignación general puede contribuir a mejorar el estado de injusticia que vivimos. Fantaseaba, me imaginaba una o dos semanas en la cárcel; y pensaba que una de las cosas que iba a echar de menos era estos paseos previos al alba; por lo demás mis pocas obligaciones bien podían aplazarse; viviría otra experiencia más; tendría dilatados momentos de lectura, no necesitaría fregar los platos ni limpiar las cacas de los perros. Nunca estuve en la cárcel, pero estarlo por los motivos que esgrimen como delictivos desde el Ministerio del Interior, iba a ser un gran honor. Pero sobre todo pensaba en la gran cosa que sería que una parte importante de la población se negara rotundamente a pagar determinados impuestos, esa salvaje subida del IVA, por ejemplo, se decidiera a tomar la calle de pueblos y ciudades sin violencia pero efectivamente, una desobediencia unánime que pusiera patas arriba todas esas bufonadas legales que hacen que nuestros impuestos sirvan para socializar las pérdidas de los banco y no para tener una sanidad y una educación racional.

Sin embargo siempre queriendo dejar atrás una pesadilla, aun con la certeza de que al día siguiente nos despertaremos y volveremos a encontrar al dinosaurio; esa maravillosa síntesis de los microrrelatos de Luis Felipe Lomelí (¿Olvida usted algo? -¡Ojalá!) y de Augusto Monterroso (Cuando despertó el dinosaurio todavía estaba ahí).

A poco de dejar a mi espalda el punto más lejano de mi recorrido quise echar un vistazo a la luna y, decepción, ya no quedaba rastro de ella, se había hundido en un horizonte empastado en el azul sucio y tiznado de poniente. Por demás, a los lados del camino se abría un paisaje nuevo que no había podido ver en la oscuridad de mis paseos anteriores: sobre el suelo pardo, salpicado de terrones diseminados, erráticos como sobre una superficie lunar, crecían puntiguados como pequeñas lanzas saliendo de la tierra, los tiernos brotes de la cebada. Curioso comportamiento el de algunas plantas que vienen a crecer y desarrollarse precisamente a contracorriente de la generalidad: mira que ocurrírseles venir a la vida en esta época, precisamente cuando el frío comienza a crecer y la luz a disminuir, pudiéndolo hacer en primavera...


Cuando me dirigía a la cabaña, ya con los primeros rayos del sol iluminando las alturas otoñales de los álamos blancos, me agradó escuchar el conventual rumor del agua en el estanque de los peces. Bajé a por la cámara fotográfica y decidí hacer una toma de ellos. La pondría debajo de estas líneas para amenizar el aspecto del post. La idea de la necesidad de ser desobediente todavía me iba a acompañar por un buen rato.




El sabor de la sandía. Tsai Ming Liang.



El sabor de la sandía. En La ciénaga, que vi el día anterior, quizás para no complicar más las cosas, que de por sí ya eran en exceso complejas, incluida la inclusión de una virgen que se aparece a los visionarios sobre el depósito del agua del pueblo, no vemos en ningún momento un atisbo de sexo. Ya debían de tener bastante todos sus personajes con lo que les caía a diario encima en esas casas de locos, para poner de relieve el hervidero del sexo, el componente central de la película de esta noche. La inquietud que no duerme, el sabor de la sandía, se convierten en asuntos cotidianos tensos y omnipresentes en todos sus personajes; la evidencia de una realidad está con el mismo rango de necesidad que respirar o beber. Ni siquiera dándole al espectador la posibilidad de objetivar el trabajo de las cámaras y de sus operadores, aspecto bufo y patético que confirma la universalidad de la presencia en el aire del sexo, merma la evidencia que nos delata como voyeurs siempre dispuestos a explotar la feroz ascendencia del sexo sobre nuestra voluntad.
Los pobres pastores de nuestras iglesias tienen poco que hacer frente a la liberalidad que se impone poco a poco en la vida cotidiana de la gente. El sexo es como los ecos de las campanas de antaño, siempre sonando durante el día o la noche; unas veces dando las horas recordándonos donde estamos y a qué nos debemos, y otras llamando a la celebración ritual del acto en donde se rememora la fuerza originaria de la vida, ponerse de rodillas, asistir a misa y poco a poco acercarse a la elevación, la ofrenda sacramental culminante del acto amoroso en donde los celebrantes ofrendan el sacramento del erotismo apremiados por el deseo inaplazable de alcanzar la desesperada liberación. Comunión plena con la santísima imaginería del deseo.
No deja de tener el sexo una vertiente cuasi religiosa que se aproxima con parecido apremio y voluntad al mecanismo emocional de los devotos de algunas confesiones. Pura fusión mística con los representantes del universo. La vida de los ascetas y los eremitas está llena de esa fuerza emocional que lo ocupa todo hasta el punto de que ni ellos mismos son capaces de discernir qué parte de su cuerpo o alma están plegando a Dios y qué parte lo hace a una amada. Todo sale del bajo estómago y del pálpito de la carne que no puede dejar de estremecerse cuando está bajo el influjo de esa luna llena del sexo. Le sucedía a Juan de la Cruz y a la muy apasionada Teresa de Jesús, dos notorios amantes de nuestro panorama erótico-cultural hispano. Si yo fuera capaz de expresar el estado emocional del niño que fui, engatusado y maleado durante ocho años por los curas de la institución salesiana, en algunos momentos culminantes de mi fervor religioso de entonces, creo que ni su fuerza ni su fervor deberían diferir en sus síntomas de otras devociones de las que ya de adulto fui feligrés. La manera en cómo las mujeres y sus cuerpos ocupan la imaginación de los hombres tiene bastante de esa enfermedad que aqueja a los creyentes incondicionales, que saltándose por encima todas las razones más razonables, piensan vivir alguna vez, después de la muerte, en los brazos plenipotenciarios de sus amantes y dioses; se trata de una enfermedad de patología similar a la que padecen los enamorados. La única diferencia consiste en que la feligresía católica tiene colocadas sus pretensiones más allá de la tumba, mientras que los otros, los enamorados, los amantes de las mujeres, aspiran a conseguir el cielo en la tierra.
Película, como otras tantas, para ver junto al fuego de la chimenea de invierno, agradable de seguir, y que como otras de parecido contenido, debería incluirse en el programa del catecumenado eclesial a fin de que las fuentes de esta institución fueran poniéndose al día desmitologizando algunas realidades vedadas durante décadas por la esquizofrénica institución eclesial del Vaticano. En el hinduismo, la unión del lingam, representación simbólica del dios Shiva, junto al ioni, representación de la vulva y la energía femenina, son para los creyentes del subcontinente indio la muestra de la indivisible unidad en la dualidad de lo masculino y lo femenino, un espacio pasivo y un tiempo activo desde los cuales se origina toda vida. En una ocasión en que vagaba por las afueras de un pueblo al norte de la India, me tropecé con un pequeño templo de piedra en forma de igloo. Una pequeña puerta daba acceso al interior. En el medio un gran lingam rodeado, impregnado de flores, ejercía de fuerza mediática entre los habitantes de la aldea y el más allá. Una mujer que vestía un sari de delicados colores malvas hacía sus plegarias frente a él. Me pregunto si la concepción de los otros dioses, el de Occidentes y el del mundo árabe, no llevará en sí enquistada de alguna manera la sublimación de esa fuerza que los hindúes representan con el lingam y el ioni. Me parece bastante verosímil. Una fuerza de parecida magnitud no se encuentra en la naturaleza, y los dioses, que fueron creados a nuestra imagen y semejanza, no podía prescindir de una fuerza impulsora tan avasalladora.

Padre e hijo. Sokurov


¿Por qué sería tan difícil encontrar la propia autenticidad, la de los otros, la de los amigos, la de la mujer que te acompaña? ¿Siempre todo tan escurridizo, lejano, hundido en la espesa niebla; siempre moviéndonos entre seudoverdades, reflejos que no somos nosotros, que no son más que una fluorescencia insignificante de la realidad? ¿Por qué perdimos la capacidad de ver y explicar lo que sentimos tan intensamente? Y luego, cuando lo reproducimos, quedándose en miserable parodia de nosotros mismos, sombras chinescas, lejana representación de lo que somos. Sin saber explicarnos, sin saber qué significa ella entre sus brazos cuando un gozo mayor que el universo mismo ocupa su cuerpo con violencia, con paz. El calor sintiendo el calor, el tacto estremecido de los labios sobre la mejilla. Y en otro tiempo el desprecio y la repulsa. Has sido cobarde, tu miedo me rompió el alma; la misma carne, los mismos labios son el recuerdo de una traición, de tu cobardía. ¿No quedamos en que fui yo quien te parí?, ¿qué eras mía? ¿A qué entonces aquel cuento de que tu marido te esperaba abajo y no podía vernos bajar juntos?
Vivíamos la oscuridad del lecho del amor y la luz se encendió y todo aparecía crudo, una parodia de los sentimientos que habían llenado sus almas poco antes. Dos caras, dos realidades, dos sustancias. Tú podías estar en ambas, verdad que un poco forzada; y cuando cambiabas de escenario apenas me conocías, estaba tu hija o los cazadores o tu marido te esperaba a la salida. ¿Dónde encontrar la propia verdad, la de él y ella de pies a metro y medio uno del otro en el aparcamiento a la salida del trabajo sorprendidos ambos, inquietos en el encuentro; dos mundos desconocidos el uno para el otro tratando torpemente de aproximarse, cada uno dando tímidamente razón de sus señas de identidad.
Había detenido la proyección de Padre e hijo, de Sokurov, para darse un respiro y encontrar palabras adecuadas para esa realidad que le negaba su comprensión. La mujer no era sólo un cuerpo y unas circunstancias, después de tropezar por casualidad en aquel estrecho pasillo de la realidad, una reunión de trabajo, el intercambio de algunas líneas, las cosas dejaron de ser lo que eran para transformarse en una sustancia nueva y primordial. Que esa sustancia dejara de ser tal para regresar de nuevo a sus ingredientes primeros, era algo totalmente incomprensible para él. Las moléculas que se unen por efecto del calor o sometidas a una presión por encima de lo normal, que lo hacen en circunstancias excepcionales, dejan de ser dos moléculas para transformarse en otra cosa. Algo irreversible. De ahí su incredulidad cuando los acontecimientos de un mes de noviembre soplaron como un ciclón sobre sus cabezas y vino a imponerse una intolerable dualidad. Y vino el tiempo de la tibieza, los días pasaron lentos, plenos en ocasiones.
Y acudiría la tristeza y cubriría temporalmente la tierra. ¿Y ocurrirá esto a menudo?, preguntaba el hijo, en el film. Si eres humano, durante toda tu vida, contestaba el padre. Durante toda la vida ocurrirá así, serán dos, distantes, lejanos, que sueñan haberse encontrado, pero que se despiertan solos todos los días en el lecho después de haber soñado una larga estadía con el amado. Eran las últimas secuencias. Está nevando, el padre se levanta, sale por la ventana y cruza el tablón que lleva a la terraza. Se oye: ¿Tú? ¿Dónde estás tú? Muy lejos. Y yo, estoy allí también? No. Estoy solo. La nieve lo cubre todo, gris, sin vida, el mar aparece blanco e inhóspito. El padre, descalzo, con el torso desnudo, se sienta sobre la nieve, mira la lejanía envuelta en la bruma. Fin.

La ciénaga. Lucrecia Martel





El atrevimiento de romper los nexos, dejándolos en su mínima expresión. Que se mantenga vibrante el drama, movimiento irrefrenable, dureza de lo que es sin los afeites de la componenda. Y el cuadro paralelo de la vaca que se hunde en la ciénaga, o el desenfreno de vida de los jóvenes convertidos en adultos irresponsables desde muy niños. Una manera de hacer cine que tiene sus defensores en el campo de la literatura. Servir con cuentagotas las claves del relato, incluso haciéndolo desaparecer, para poner de relieve los puntos claves de las vidas que se narran. Una panoplia de comportamientos que hacen revolverse incómodo al espectador en su silla.
Si la vida nos la sirvieran en flashes, todos los despropósitos uno detrás de otro, el resultado podía ser parecido. ¿Puede ser la vida de otra manera a veces? Parece que no, hay gente que nace en un círculo tan cerrado y estrecho que resulta un milagro su deserción. Los marañones/soldados de Lope de Aguirre abocados a las ruinas de sus vidas no tenían otra alternativa, la muerte o la locura; los personajes de La ciénaga no lo saben pero viven una situación similar a la de aquellos soldados de las tierras equinocciales, salvajes, locos en su continuo girar y girar sin un momento de respiro.
¿Dónde aprenderemos a ralentizar el tiempo, cuando? ¿No pasamos una parte importante de la vida hundidos en una ciénaga, barro, ruido, movimiento, ajetreo; un lugar donde nunca hay silencio? Debía estar más presente en el panorama literario y fílmico una escritura sin excesivos nexos, escueta, llena de las impresiones que los hechos aislados van dejando en la memoria, un modo de hacer en donde lo que cuenta es la capacidad del autor para suscitar en el lector o espectador el despertar de emociones paralelas, argumentos contrapuestos, quizás una síntesis dolorosa con la que blindarse contra los despropósitos y el destino.

El sabor de las cerezas. Kiarostami


Empezaba a encontrarme sospechosamente excitado, el largo día de escritura, la soledad de la casa y la lectura eran los ingredientes que me habían llevado a este estado, más a última hora la búsqueda en que me había empeñado de encontrar un puñado de películas japonesas para las próximas noches. El cine junto a la hoguera nocturna se estaba convirtiendo en estos días en algo inopinadamente atractivo que me hacía esperar la hora de la noche con gusto. No un cine cualquiera sino aquél que al cabo del día, sugerido por las reflexiones o por la escritura o los libros que leía, venía a concretarse en un director o en un título específico. Durante la tarde interrumpía la lectura o mi ensoñación y, movido por alguno de mis pensamientos, me levantaba, encendía el ordenador e indagaba aquí o allá buscando un director, un tema, una película. Hoy me había movido entre Kurosawa, Mizoguchi de nuevo, unas webs que proponían un centenar de películas como las mejores de la historia del cine, y por último Kiarostami; éste último sugerido más bien por el título del film que por el nombre del director. El sabor de las cerezas; era un título propio de una película japonesa o china. Los títulos del cine de estas latitudes eran atractivamente poéticos. No fue otra la razón de su elección de hoy. Cuento de la luna pálida de agosto, Historia del último crisantemo, El sabor de las cerezas, eran títulos que sugerían un paisaje con el Fuji Yama al fondo, secuencias sobre la ceremonia del té, el arte de la cerámica, las campanas de los templos en Año Nuevo, la fiesta de la cereza, sus árboles en flor, como en aquel primer sueño de la película de Kurosawa. Pero nada tenía la película de los componentes del paisaje fílmico japonés, como no fuera la manera de rondar austeramente la tragedia.

Un hombre busca un socio para que le diera tierra tras su muerte que debería producirse aquella misma noche. Se tomaría un puñado de somníferos, cogería un taxi y se tumbará en un hoyo antes de que los somníferos fueran a surtir efecto. Cuando a la mañana siguiente subiera aquel socio hasta las cercanías del árbol a cuyos pies había abierto un hoyo, si éste le encontraba vivo le daría la mano y le ayudaría a salir del hoyo; y si por el contrario estuviera muerto, echaría veinte paletadas de tierra encima. Ese era el trato. El dinero convenido quedaría en cualquier caso allí, encima de una piedra.

En aquel momento sonó el teléfono. Pausé la cinta y tomé el auricular; era la policía local, una voz de mujer preguntaba por los dueños de dos pastores alemanes. No sabía qué decir, hacía hora y media que había estado con ellos; dije ir a comprobar si estaban fuera los perros, pero la policía le aseguró que no hacía falta, que el chip que llevaban correspondía a mis perros. Incluso me dijo sus nombres: Gaza y Thalos. Me disculpé. Voy ahora mismo, gracias, dije, y colgué el teléfono. Allí estaban, en la oficina de la policía tranquilos como si estuvieran en su propia casa. Habían llegado al pueblo y callejeaban junto a unos jardines cuando una señora que había sacado a pasear a su perro los observó y se acercó a ellos. La siguieron dócilmente hasta el puesto de la policía local. Estuvieron muy amables los policías. Me ayudaron a subirlos al coche. Ya no podía dejarlos sueltos por la parcela hasta que no averiguara por donde se habían escapado y reforzara el pastor eléctrico, así que até a ambos a sus cadenas y les llevé comida y agua. No los oí ladrar en ningún momento.

Volví a encender el proyector. El protagonista, después de intentar convencer a tres personas para que le hicieran el trabajo, se encontraba con un hombre que sí parecía dispuesto a cumplir su propuesta, pero antes éste le obliga a hacer un largo recorrido en coche en el trata de convencerle para que desista de su propósito. Termina contándole su propia experiencia. Tras un intento fallido de suicidio con unas pastillas, un día, antes del amanecer se hizo con una soga y se dirigió a alguna parte del valle. Allí encontró un cerezo y trató de pasar la cuerda por una rama lanzándola desde abajo. Como no lo consiguió trepó al árbol y según estaba atando la soga a una gruesa rama observó que las cerezas estaban maduras; entonces cogió una y se la echó a la boca; estaba exquisita. En ese momento amanecía, era muy bella la luz del alba; comió otras cerezas, contempló el sol saliendo entre la bruma del horizonte. Después cogió algunos puñados más de cerezas, desató la cuerda de la rama, bajó del árbol y se dirigió a su casa. Había ido a suicidarse y volvía a casa con unos puñados de cerezas que comió con su mujer. Un cerezo le salvó la vida. Las cerezas habían cambiado su forma de pensar. Yo tenía problemas, decía, pero entonces comprendí que nadie está libre de ellos. Y entonces le cuenta un chiste de un turco que va al médico y que dice a éste que si se toca la cabeza con el dedo le dolía, cuando se tocaba el brazo también le dolía, con el estómago sucedía lo mismo, le dolía siempre. Cuando ha terminado de explicar sus dolencias, el médico le contesta: lo que le pasa es que tiene el dedo roto. Hizo un inciso y prosiguió: amigo, es su mente la que está mal, no la realidad; cambie su forma de ver el mundo, mire las cosas de forma positiva. Después de aquella conversación algo de la maquinaria que trabajaba en su interior quedó descompuesto. Las últimas secuencias de la película son una pócima que el espectador va tragando con intensidad creciente intentando averiguar cual será el desenlace definitivo. Algo que el director, poniendo la noche y una tormenta por medio, negará en el último instante saliéndose por la tangente y mostrando al equipo de rodaje y al protagonista en una parada técnica de la filmación. Los títulos de crédito y la música siguen a un fundido en negro.

Apagué el proyector, la oscuridad estaba bañada por la luz de la luna que entraba por la puerta acristalada de la habitación. Contemplé a oscuras por un rato el fuego y después salí a ver a los perros. Todo estaba en orden, parecían acobardados por su aventura nocturna. Separé a ambos para que sus cadenas no se liaran, coloqué la tolva del pienso y el agua en medio para que estuvieran al alcance de ambos y me despedí de ellos recomendándoles que fueran buenos chicos. Mañana, cuando hubiera reforzado con dos hileras de alambre el pastor eléctrico, les soltaría. Hoy, al contrario que otras noches, parecían habérseles ido a ambos las ganas de ladrar. Volví junto al fuego; las llamas llenaban el hueco de la chimenea. Eran las tres de la mañana.