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Adiós, Andy


Coño, qué triste me desperté hoy. Cuando sonó el despertador me sentí tan triste que me arrebujé bajo el edredón pensando que hoy no iba a ser capaz de levantarme en todo el día de la cama. Buah buah buah, eso decía el niño pequeño y tristón que había amanecido en mitad de un precioso día de niebla. Había mirado de reojo la mañana cuando sonó el despertador, pero aquello no había dicho nada particular a mi pena, así que adopté la posición del embrión que en el silencio amniótico de un mundo remoto hubiera quedado olvidado en algún rincón de un sueño, encogí los hombros, hundí la cabeza entre las clavículas, plegué mis piernas sobre el abdomen, crucé mis brazos en el regazo de mí mismo y me dispuse a dormir.
Cuando desperté, con los ojos entornados busqué los números rojos del reloj despertador posado sobre el rayador amarillo junto a los pliegues de la cortina a cuadros verde. Di un respingo, era casi mediodía; me incorporé y, justo entonces, la figura de Gaza apareció por la puerta como todas las mañanas a darme los buenos días. Buenos días, Gaza, saludé; y, mientras introducía mis pies por la boca de las pantuflas, acaricié la cabeza de este cachorro juguetón e irresponsable que no deja gafas, guante, bolso que pilla por ahí sin mordisquearlo hasta dejarlo inservible. Gaza, cuando oye que me incorporo en la cama, viene enseguida a saludarme; eso me gusta especialmente; y con más razón hoy que estoy como un trapo; reconforta que a uno le laman el forro del alma con esas ganas de vivir que tiene este cachorro.
Pero hoy no me iba a dejar arredrar, ni iba a permitirme caminar por la casa como fantasma en cuarentena arrastrando melancólicas cadenas por lúgubres pasillos y corredores, así que... Así que que qué. ?: de momento la escritura, el mejor remedio que conozco contra esta clase de males.
Nuestra otra perra, Andy, murió ayer. Últimamente nos miraba tras sus ojos hundidos desde la lejanía de sus muchos años, pero lo hacía... no, ni siquiera era resignación aquello. Este animal no era resignado como somos los humanos en medio de las contrariedades, este animal seguía viviendo simplemente con todo lo que la vida le venía echando, su displasia, su vejez –parecía una abuelita arrugadita en su rincón del porche–, el frío, el calor, lo que fuere. A última hora, renqueante, arrastrando su medio cuerpo trasero, escuálido, totalmente en los huesos, iba como podía de aquí para allá buscando un poco de sol o resguardándose del rigor del frío. Siempre arrastrando su vejez con la misma naturalidad con que se producen los fenómenos atmosféricos. Tampoco hacía esto estoicamente como de nosotros podríamos llegar a decir, porque el estoicismo es una categoría moral de la que ella no tenía ninguna necesidad, que nosotros, asumidos de significación parece que tuviéramos siempre en el candelero esa necesidad de remitir nuestros actos a un código moral, a adjudicarle un adjetivo a nuestros actos con objeto de poner de relieve nuestra valía. A mí me admiraba encontrar en su cabezota peluda esa expresión de natural disposición frente al dolor.
Alguna de las últimas noches, antes de que ya no pudiera moverse definitivamente, agradecí mucho que viniera a dormir arrastrándose hasta hacer su arrebujo nocturno frente a la puerta de mi cabaña. A las dos o tres de la mañana, cuando ya me iba a dormir, me acercaba a ella y la acariciaba su cabezota de viejecita dándole las buenas noches; ella levantaba entonces los ojos y parecía asentir agradecida desde su sordera y su adustez de abuelita.
Por fin tuvimos que decidir su suerte, quedó inmovilizada y, de su costado, que se había abierto, había empezado a manar una masa sanguinolenta. Al día siguiente, mientras el veterinario preparaba su instrumental, la acariciábamos y, ella, desde su postración, levantaba la cabeza y nos miraba desde su poquito de vida como si intuyera que ya todo se había acabado. El veterinario le cortó el pelo de una pata, introdujo una aguja, apretó: quedó dormida instantáneamente. A continuación su cuerpo recibió el líquido letal. Andy ya no existía. La subimos a la carretilla y atravesamos la parcela con ella, la introdujimos en el hoyo que había abierto horas antes y después la cubrimos de tierra. A continuación rastrillé el terreno. Su tumba está a pocos pasos de donde suelo sentarme a leer los días de sol en invierno, ese banco de madera que también sirvió en una ocasión para dejar un reguero de semen como testimonio de que la vida, pese a todo, ha de primar sobre la muerte.
Pero no se piense que estaba triste por Andy, no, al menos eso creo. Recordé insistentemente durante todo el día ese admirable y repentino tránsito de la vida a la muerte, eso sí me llamaba profundamente la atención. De golpe su cabeza había caído sobre un costado, estaba muerta. Esa clase de obviedades, de verdades, que aún conociéndolas hasta la profundidad más íntima de nuestros huesos, no dejan de impresionarnos con su evidencia. Una inyección y de repente tu dolor, tus penas, tu amor, tu cansancio, tu memoria, tu pasión, tus proyectos, tus hijos, tu amante, tu casa, tus errores, tus trabajos, la niebla de plata, el mar profundo, las montañas espléndidas, los bosques misteriosos. los amigos, los libros, tu pereza, tu ardor, tus maratones, tus versos, todo, absolutamente todo, ha desaparecido. Eso sí que es el gran misterio de la vida.
Terminé de leer ayer Tokio blues, de Haruki Murakami. También allí se respiraba en más de una ocasión el aire incomprensible del párrafo anterior. Jóvenes vidas que desaparecen dejando el vacío inmenso tras de sí, la muerte en vida de los vivos, los suicidas que alientan tan frecuentemente la literatura japonesa.
No, no es deseable esa naturalidad de Andy en donde todos, árboles y animales, como en aquellos versos de Octavio Paz,

... están ahí, dichosos en su estar,
frente a nosotros que no estamos,
comidos
por el amor comidos, por la muerte.

No es deseable porque a la manada de árboles bebiendo en el arroyo, a los montes como cielos desplomados, al contrario que a nosotros, les falta el valor de ser hombre o mujer, les falta la consciencia plena y admirativa de la vida, del amor, y poco a poco, aprendiéndolo lentamente –porque hay que aprenderlo, golpe a golpe, verso a verso– la consciencia de la muerte. Es decir, la tristeza de nuestra levedad.


El cuarto de baño




¡Mira que hacer un post sobre el cuarto de baño...! No, si tú...)
La decoración del cuarto de baño nació de la idea de otro baño, uno lejano de un pequeño hotel de San Carlos de Bariloche, en la Patagonia argentina. Allá llegamos a final del otoño en el día de la primera nieve. El lugar era amigable; desde nuestra ventana, a modo de hornacina sobre el tejado, veíamos nevar. El cuarto de baño era todo de madera machihembrada; se experimentaba dentro la sensación del interior de una sauna; evocaba alguna película de Bergman. La nieve y el interior acogedor de una ducha que derramaba su agua directamente sobre el piso levantando intensas nubes de vapor, era muy propio de aquella escena en que Max von Sydow revitalizaba sus carnes entre el vapor de la sauna y los golpes sobre su cuerpo de las ramas de abedul; creo que se trataba de El manantial de la doncella.
La idea sucinta venía pues de Argentina. Alguno de sus otros débitos tienen su origen en mis hábitos de pernoctar en los bosques. Cuando uno duerme en un bosque, la perspectiva que tiene del mundo sobre su cabeza es bastante peculiar; los árboles aparecen como lanzas dirigidas al cielo, el punto de fuga situado en el lugar inhabitual del cielo hace que los árboles, picudos y alargados por la perspectiva converjan hacia el centro del espacio que contemplamos desde el saco de dormir. Los árboles son un elemento dominante en mi experiencia. Si desde que habitamos nuestra casa tuve empeño en disponer de una pequeña alameda en alguna parte de la parcela, porque ello me ponía en contacto con el agradable sonido de sus hojas cuando vivaqueaba en ellas, mi empeño por llenar de árboles el cuarto de baño quizás arranca de un lejano viaje que hice con mi amiga Raquel cuarenta años atrás al cabo Norte; dos meses pasados en los bosques de abetos de Escandinavia, haciendo guardia tantas noches bajo sus ramas, bajo ese cielo que era un eterno crepúsculo-amanecer en donde uno confundía fácilmente la hora de dormir con la hora de la pesca o las largas sesiones de lectura, tanto tiempo dio para que se fijaran también en mi memoria la belleza plástica de su hermosa corteza de nieve. Sus cortezas, que nosotros usamos aquel verano para imprimir con fuego algunos pirograbados, fueron siempre un motivo fotográfico que en nuestras latitudes es difícil explotar, aunque cuando entre los pinos o los robles, en la sierra de Canencia, por ejemplo, apuntan algunos ejemplares el efecto es extraordinario; el pasado invierno, por ejemplo, atravesando la sierra desde Bustarviejo a Alamedilla, con la nieve hasta la rodilla, encontramos unos buenos ejemplares en cuyas ramas todavía tintineaban las hojas del final del otoño. Era una estampa de una belleza extraordinaria. Así pues el cuarto de baño debía de tener abedules. En un primer momento pensé en poner cortezas reales, quizás pequeños troncos segmentados, pero encontré una solución más sencilla y, sobre todo menos aparatosa pintando directamente sobre la parte superior del cuarto de baño los troncos que apuntaban al cielo por encima del alto friso de madera que había rescatado del hotelito de Bariloche.
Aquel año nos quitamos con alivio de encima una azulejería que no nos gustaba y que parecía sacada de una de las primeras películas de Almodóvar. Para la bañera pasamos una semana dando vueltas por ahí, buscábamos algo de diseño informal que se adaptara a la idea del conjunto y que no fuera de un refinamiento que chocara con el resto y tuviera dimensiones discretas, dado que el espacio del cuarto de baño era mínimo; pero nuestra búsqueda fue infructuosa, aparte de los precios, un cantar que habíamos de tener muy en cuenta. El caso fue que el siguiente fin de semana nos fuimos a ver a mi padre a Valdemoro, y a la vuelta, íbamos charlando sobre el asunto de la bañera, cuando de repente, sobre un contenedor de escombros, como un barco alzado sobre el promontorio de una isla de pedruscos, avistamos nuestra bañera. Aparcamos la furgoneta, nos aproximamos, miramos, estaba nueva. Visto y no visto la metimos en el coche y pies para qué os quiero. La bañera venía ni que pintada; era discreta, de formas convencionales, pero se ajustaba para otra idea que tenía en la cabeza, la posibilidad de revestir toda la base de piedra.
Árboles, un poco de cielo por encima de ellos, unas cumbres apuntando en lo alto de la fachada oeste sobre la puerta, la madera cubriendo los muros, la piedra de la base de la bañera. Bueno, poco a poco fuimos armonizando las ideas, algo así como se hace cuando uno está pintando un cuadro. Unas pocas pinceladas, unos pasos atrás para mirar el conjunto, otras pinceladas y así sucesivamente. Las piedras no fue difícil encontrarlas; el inodoro se pintó, el lavabo vino de un derribo; la lavadora recibió unos toques de pintura para conjuntarlo con la puerta y el revestimiento de madera.
Ahora quedaban sólo los pequeños detalles, una cortina de baño amarillo real, un espejo que hicimos a la medida y pintamos con bandas malvas y grises, y el capricho por mi parte de tener una fotografía de gran formato de todos nosotros retratados como Dios nos trajo al mundo. Para lo cual un día de aquellos, un invierno, mis hijos ya andaban por ahí organizando su vida, quedamos citados todos para la sesión fotográfica. Dos o tres horas antes rescaldamos la casa y preparamos el decorado. Nos divertimos montón haciéndonos fotos en bolas; primero en grupo, después de uno en uno; todos teníamos la imaginación muy aguda aquella mañana. En la pared del baño quedó una bastante formal. Es el retrato familiar que más me gusta. Creo que pillé a mis hijos a tiempo para estas cosas; si tuviera que hacer la sesión de fotos ahora lo mismo me decían que nanáis, sobre todo la Gorda que parece haberse hecho más pudorosa. Ya para la foto de desnudo que puse de ella en el frontispicio de la biblioteca me hizo un guiño que venía a decir algo así como una y no más Santo Tomás.
¿Y qué más? Pues que no faltan los días que eche de menos esa sencillez que reinaba en nuestro hogar, con los hijos mayores, de andar como recién nacidos por la casa; esas tertulias en el cuarto de baño por la mañana cuando Guillermo o cualquiera de los otros dos, sentado en el borde de la bañera, podían perfectamente entablar una de las largas conversaciones con su madre a propósito de cine o cualquier tema de universidad; aquí te pillo aquí te mato. El cuarto de baño siempre pareció un lugar propicio para conversar; un lugar en donde se mataban dos pájaros de un tiro, atendiendo a las necesidades personales y a la vez dando rienda suelta al gusto de relatar el sueño de la última noche. A mí nunca me pareció un lugar suficientemente ventilado para entrar en disquisiciones filosóficas, pero debo reconocer que la facultad comunicativa del lugar funcionaba muy bien.

El cuarto de estar


Recuerdo que la primera cosa que busqué con los ojos cuando el propietario anterior nos enseñó nuestra casa fue la habitación de la chimenea, lo que sería después para nosotros el cuarto de estar. Fue una decepción. La estancia, semidesnuda, con tres diminutas ventanas y un mármol jaspeado rodeando el hogar era algo inhóspito y feo.
Como no teníamos un duro fue necesario echarle mucha imaginación y dedicarle gran cantidad de tiempo. En aquellos tiempos toda la familia desarrollamos todos los oficios que fueron necesarios para poner en condiciones una casa; nos llevó más de medio año dejar a nuestro gusto la parte de la casa que más nos urgía.
Cuando llegó el invierno el cuarto de estar ya estaba preparado para servirnos de lugar de encuentro, se convirtió en el espacio para la música, el cine, y sobre todo el lugar de la contemplación; la siempre presencia del fuego como catalizador del ensimismamiento o de la conversación relajada tras la cena.
Las sólidas ramas gruesas de la encina, las raíces, en otra época una tonelada de roble que se quemó durante dos inviernos en esa chimenea, los restos de recortes de haya de una fábrica de muebles o la madera de aglomerado que en las épocas de las restricciones económicas alimentaban nuestro fuego, como aquel año en que las raíces de retama de un campo vecino fue con su especial llama azulada y sus formas grotescas y nuevas en nuestra chimenea, constituyó el transfondo de todas las ensoñaciones de un invierno, una época que todavía no había chimenea en la cabaña y las largas veladas de invierno transcurrían en la semipenumbra de la habitación oscurecida intencionadamente para hacer de ella el refugio encantado en que recogerse al final del día para ir contando con los dedos de la mano las emociones que la jornada había deparado y después tejerlas aquí o allá con las llamas del fuego que a ratos subían chisporroteantes lanzando pequeños proyectiles encendidos a nuestros pies. Fuego compartido los fines de semana con un whisky de tintineantes cubitos de hielo en su interior mientras mis pensamientos subían o bajaban al ritmo de las llamas, encontrando a veces un rostro entre los troncos que cambiaba su fisonomía, reforzaba un rasgo, desaparecía en el fondo silbante de las cenizas y el fuego; sugiriendo otras rincones encantados de montañas entre cuyas cumbres siempre había encontrado el fuego como un ensalmo acompañando largas conversaciones de hombres y mujeres cuya pasión por la montaña el fuego parecía bruñir con un nosequé de belleza visionaria; trayendo al hilo de los pensamientos inquietos siempre en su ir y venir por los acontecimientos, los proyectos o acaso el reencuentro con unos ojos que fugazmente se cruzaron conmigo en algún recodo de las horas del días.
Cuando a mi madre la diagnosticaron un cáncer terminal fue ésta la habitación que preparamos para ella. Fue una mutación insólita para este espacio que siempre había sido de recreo y contemplación. A partir de entonces se convirtió en enfermería, dormitorio, taller en el que mi padre se entretenía con sus trabajos de maquetería. Sacamos el piano, metimos la cama de mis padres y, junto a la ventana pusimos una bonita mesa de pino que compramos expresamente para que trabajara él. Bajo el ancho aparador color nogal que atravesaba la pared norte y en el que descansaba una enorme pecera, instalamos la farmacia, los pañales, todo lo que ella iba a necesitar durante los tres meses que duraría su vida. De todas las metamorfosis que sufrió la habitación esta fue la que más permanentemente está incrustrada en mi retina. Los tres meses más intensos de mi vida transcurrieron entonces entre estas cuatro paredes; y probablemente les suceda lo mismo a Victoria y a nuestros hijos. Muchas de aquellas noches en que el fuego de la chimenea había sido casi prescrito, el rectángulo iluminado de las llamas era sustituido por la luz difusa del acuario en donde borboteaban las burbujas de oxigeno; mi madre, desde su lecho, gustaba mirar durante horas el ir y venir de los peces. Creo que le tranquilizaba mucho aquel espectáculo en medio de la oscuridad.
El día en que creímos llegada la hora sí encendimos el fuego de la chimenea. Victoria y yo montamos guardia durante la noche. El silencio de la casa tenía algo de premonición; sólo era interrumpido por el crepitar del fuego y la bomba del acuario. Mi madre había cortado la tarde anterior su relación con el mundo circundante y vivía dormida sumida en el abismo de sí misma; ausente, su organismo se preparaba para morir. No daba ninguna muestra de sufrimiento. Con las luces apagadas y las sombras bailando al ritmo de las llamas sobre las paredes de la habitación, la escena tenía las características de los grandes momentos de la vida de los hombres. Sobre las dos de la mañana me metí en la cama con mi madre; intermitentemente su asma hacía su respiración trabajosa, sonora, pero no tardaba en volver a la normalidad. Sentí su calor como se siente el calor de una amante. Los años de toda una vida desfilaban por mi memoria unidos al sentimiento de no haber dedicado tiempo suficiente a mi madre después de mi infancia. Sus largas esperas durante los fines de semanas hasta que volvía de la montaña, inclinada sobre alguna labor de punto, a veces muy entrada la madrugada, retornaron a mí. ¿Cuánto la había hecho sufrir a ella esa peligrosa afición mía de la escalada? Y su silencio ante ello, nunca una palabra de recriminación; nunca una observación en contra cuando a su hijo en plena nochebuena se le ocurría que él no cenaría en casa porque prefería hacerlo solo en la Pedriza. Dios, cuántos disparates se hacen en la vida. Todo aquello se lo decía susurrando. Mis labios tocaban su cuello en un último esfuerzo porque me oyera, porque sabía que dentro de un rato ella ya no viviría; mis brazos la atraían contra mí. Hacia las cuatro de la mañana despertó repentinamente, sus pulmones estaban encharcados de sangre; fue el principio del final.
Como la casa, aparte lo más prioritario, fue haciéndose poco a poco, no sería descabellado hablar de la historia de un hogar; al fin y al cabo algo bastante más importante para sus habitantes que cualquier otra historia, sea ésta la de la China o la del imperio Austro-Húngaro. Nuestras raíces se asientan siempre en una casa, la de la infancia; y no hay periodo en la vida en que no nos hallemos de un modo u otro vinculado al espacio en el que transcurre la mayor parte de nuestra existencia, nacen nuestras inquietudes, sufrimos, amamos, nos hacemos mayores y, ójala, tengamos la oportunidad de morir.
El cuarto de estar en su evolución siempre chocó con un imponderable. Convertido en lugar discretamente retirado del resto de la casa, era idóneo para las siestas de los meses de calor, y a falta todavía de descubrir la cabaña todavía convertida en chamizo para las herramientas, en lugar para el retiro; pero tenía la limitación de una altísima ventana a la que casi había que trepar para contemplar el atardecer o ver simplemente el campo. Así que un buen día nos armamos de cortafrío y maza e hicimos un enorme hueco en la pared de poniente, suficiente como para poder sentarse a contemplar ya todos los crepúsculos del año, cosa de vital importancia para mi caso, y muy particularmente en esta casa en la que sólo los sembrados se interponen entre nosotros y la sierra de Gredos. El punto álgido de la obra fue subir dos vigas de hormigón de más de dos metros de larga sobre el dintel de la puerta. Uno que es un cagaprisas y que cuando está en un proyecto no puede esperar a mañana a recibir ayuda, tuvo que ingeniársela para subir y meter las vigas en sendos huecos, lo que quedó ahí para mi gusto y satisfacción como testimonio de que uno puede más de lo que cree poder. Ahora al atardecer no le faltaba ya más que un par de hamacas en las que columpiarse sobre la siesta y ver volar las golondrinas mientras el sol se acostaba, lo que sucedió después de nuestro primer viaje a América. Después de nuestra experiencia de dos semanas navegando por el Amazonas, decidimos que el invento de la hamaca era un artilugio que había sido creado expresamente para nuestro habitación del crepúsculo. Y dicho y hecho. Ahora, cuando nos reunimos toda la familia en casa en Navidad, los niños no piden otra cosa que les dejen dormir allí. Se sienten como en un barco. También nosotros.
Sus paredes son también un muestrario de circunstancias variadas: viajes por Oriente, por Irán, por India, dos retratos nuestros, retratos a la antigua usanza como presidiendo el lugar, una máscara carnavalesca comprada un verano en Venecia, la familia en pleno por todos los lados, ellos y ellas, ella y él, un dibujo a tinta china de Peña Ubiña y bajo él un hueco de un retrato de Marisa que ha pasado a la cabaña; y por último una foto colectiva en donde todos, guapos y sonrientes, parecemos no haber roto un plato en nuestra vida. En las paredes también hay testimonios de mis veleidades pictóricas, un tiempo que me compré un puñado de pinceles y unos tubos de pintura al óleo.
El cuarto de estar está un poco triste ahora. Yo me recluí en la cabaña y cuando raramente subo es para ver una película a última hora o para compartir con Victoria un rato frente a la chimenea. Quizás vengan tiempos mejores. El hombre ya se sabe es animal de costumbres y a mí me sucede ahora que los siete u ocho metros cuadrados de mi cabaña me parecen espacio más que suficiente para vivir. Por el resto de la casa parezco como de visita.

Mi cabaña




Ayer estuve solo en casa. Por la tarde, después de andar ordenando un poco por aquí y por allá sucedió un pequeño milagro. De pronto me vi como quien descubre un maravilloso entorno que los días anteriores, tras mi larga ausencia, había pasado acaso desapercibido, al menos en esa intensidad emotiva que surge poderosa en contadas ocasiones cuando los muebles, determinado rincón, algún detalle sobre las paredes, incluso una música que en otro tiempo sonaba con frecuencia porque alguno de sus habitantes era adicto a ella, tiene la capacidad de evocar eso que de nuestra vida tiene y tendrá hasta el último instante de entrañable experiencia. El pálpito de vida que habita en los cordones de una hamaca, un sillón, una cama; el rectángulo ensombrecido del hueco de una chimenea que calentó durante décadas los ojos y alimentó las ensoñaciones; las habitaciones de los hijos que les vieron crecer, que guardaron sus secretos, sus expectativas, que alimentaron la aparición de un amor; los lugares de reunión, las sillas que ocupábamos durante nuestras largas conversaciones o los ajustes que deben de hacerse en todas las familias; la mesa camilla bajo cuyas faldas yacía la televisión severamente proscrita y sólo accesible en contadas ocasiones y que sirve ahora para diversión de nuestros hijos cuando nos cuentan ahora las triquiñuelas que usaban para violar aquellas rígidas normas. ¿Quién podría dar con detalles las mil y una circunstancias que encierran las paredes del hogar? Cuando el pasado año mis hijos venían a echar un vistazo a la casa durante nuestra ausencia, un largo viaje por África, nin guno de ellos se libró del encanto del encuentro con un nosequé misterioso que habitaba El Chorrillo en la soledad aleteante de una calurosa tarde de verano; todos experimentaron algo que creo estaba también en mí ayer tarde; ellos hablaban del encuentro con sus raíces.


Hoy, y si el ánimo me da para más también más adelante, inicio un recorrido por mi casa, y ello si las moscas me dejan en paz, que contento estaba yo este año porque apenas se las veía, hasta que de pronto, quizás viendo que su final se aproxima se han puesto nerviosas y andan por la casa desesperadas no dejándome un minuto de paz, montones de moscas fornicadoras cuyo único objeto en estos días es copular y morder.

Habitar la casa en la que llevamos viviendo veinte años fue producto de una simple casualidad, un día que paseamos en coche Mario y yo por el campo, a dos kilómetros del pueblo, coronando una lomita frente a un campo en donde se mecía sereno como el mar una espigada cebada, se alzaba una casa solitaria en cuya parcela crecían unas tomateras, un olivo, tres cerezos, dos pinos y algún puntiagudo ciprés. Cuando doblamos el camino, nos encontramos con un cartel: se vende. Un mes más tarde aquello se convirtió en nuestro hogar.

“Mi obra es sólo un sueño sobre los seres y las cosas que se manifiestan ante los sentidos. Es una alusión a los misterios que oculta el mundo sensible” Son palabras de Henri Bosco. Para mí la cabaña durante mucho tiempo fue una higuera frente a su ventana, el símbolo de la vida y la muerte representado en sus brazos nudosos alzados al cielo como sarmentosos dedos de anciana ya desde el primer invierno; me inspiró durante mucho tiempo, el vaivén de sus hojas, los brotes tiernos cada primavera cuando en la parcela era todavía un ser solitario que me hacía compañía frente a este rústico adosado de la casa que por entonces no era más que un cuartucho para las herramientas del anterior propietario; un lugar con el que me encariñé en seguida y que con el tiempo convertí en refugio, lugar de trabajo, espacio para la ensoñación. Con el tiempo abrí ventanas, encalé el interior, construí una estantería donde recoger los libros que más me gustaban; hice de sus paredes un testimonio de mis pasiones, el retrato de una mujer solitaria ocupó pronto un lugar prominente junto a la chimenea, sus ositos de peluche poblaron su repisa o la estantería de los libros; a ellas subieron también la representación de mi otra pasión, la de correr, dos fotografías testimonio de la llegada a la meta en dos maratones, desfallecido, hecho trizas, en una de ellas mi hija corriendo a mi encuentro. También hay en la repisa de la chimenea un pequeño Buda, y un caballo que Lucía y Quique trajeron de Polonia a Marisa y que alguna especial circunstancia hicieron retornar a mi cabaña.


La pared sur recoge imágenes caras: un descanso en el camino de un largo periplo familiar en bicicleta por España, verano de pedaleo a través de los ríos que subían desde la misma puerta de la casa, empezando por el Guadarrama, península arriba hasta llegar al mar, para descender después de cuatro semanas desde Galicia y tierras de Zamora de nuevo hasta casa, tras una ardua pedaleada por la sierra de los Ancares; a su derecha una escultura de Villelan que representa a dos ancianos desnudos reunidos por los años y una ternura indecible; junto a ellos el otoño dorado de Gedrez donde vivimos un par de años, el dibujo de la amante de los caballos, la Osita, un grabado de Kety, la tía pintora de Victoria cuya dulzura de carácter recordamos todos en casa con tanto cariño; y a la derecha, sobre el dintel, los tres mosqueteros de nuestros hijos en tierras de Laponia en amigable encuentro con un reno del lugar; un testimonio más de nuestra vocación de viajeros infatigables. No vivimos en el recuerdo, pero sí vive él en nosotros, en la prolongación de nosotros mismos y de las personas que queremos, sí acaricia con su mano nuestro yo agradecido. Hay muchos momento en la vida en que uno cierra los ojos o mira las imágenes que cuelgan de las paredes y siente dentro de sí eso que Henri Bosco denomina los misterios del mundo sensible, la gozosa alegría de encontrarnos de nuevo con nosotros mismos, con ellos, la comunión del presente y el pasado en ese misterio que también es la vida.

Hoy el viento anda agitando las ramas; hoy, la higuera que era mi ventana entera ya no existe, un verano enfermó y cuando volvimos de uno de nuestros viajes la encontramos caída sobre un costado; todavía vivían unas pocas hojas sobre su madera muerta. De la poca vida de aquella que quedó encerrada en su raíz, brotó un renuevo que se eleva con sus dos brazos tímidamente rodeado por dos acacias, un olmo y un álamo blanco.

La cabaña es en sí misma un mundo, me llevaría libros enteros expresar el tránsito de las emociones vividas en ella, los sueños convertidos en realidad entre sus cuatro paredes, los cientos de horas que ella pacientemente ha acogido mis penas o mis alegrías, sus ruidos, sus cantos, el fuego calentando siempre en invierno mi alma; el silbo del aire, el canto de los pájaros, la noche estrellada entrando por su ventana hasta mi cama.






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