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Elogio de una lectura distraída



El Chorrillo, 16 de enero de 2015

Es curioso que una lectura que seguimos con cierta rutinaria obligación, ese porcentaje del libro que sin ser ganga no es digamos su parte más consistente, de golpe, como quien no quiere la cosa, encuentre en nosotros una especie de toque en el hombre que te dice, eh, tío, para, que por aquí hay algo que te interesa. Y efectivamente, das marcha atrás, te vas al comienzo del párrafo que leías con cierta distracción, y te encuentras que la lectura ha entrado en ese instante en uno de los momentos que requieren reducir la velocidad e incluso volver a releer.




Es como si dentro de uno hubiera un vigilante que trabajando en segundo plano velara para alertarnos sobre aquellos asuntos que pueda atravesar el libro que son de nuestro interés. Yo soy un lector especialmente distraído que puedo recorrer muchas páginas de los libros que leo medio ausente; en realidad esto responde al criterio de que una parte importante de nuestras lecturas es una constante búsqueda de uno mismo y las posibilidades que ofrece el yo al ser alumbrado por la sabiduría ajena. Uno puede leer como si me moviera por los párrafos a la búsqueda de esa reducida parte del yo y sus inquietudes, de manera que lo que uno espera encontrar es de tal valor, es lo suficientemente atractivo como para empujarte a atravesar a pie enjuto el resto del relato en espera del premio que alguna página, al fin, de algo que se va a convertir en gozo, en descubrimiento de una idea nueva o en afianzamiento de algo propio que el autor te ayuda a confirmar. Me sucede especialmente esto cuando paso largas temporadas caminando y tengo que compartir los paisajes y los incidentes del camino con la voz de un lector que va recitándome el libro mientras atravieso montañas, páramos o la ribera de algún río o mar; entonces tengo que desarrollar más el olfato para identificar los pasajes de estado interesante, los preñados con una idea fértil o con un relato sugeridor. He caminado miles de kilómetros por ahí y los pueblos y los paisajes no dejan mucho rastro en mi memoria, pero soy capaz de recordar con fidelidad un paraje que atravesé leyendo a Proust, a Joyce o a santa Teresa; el paisaje, la lectura y mi emoción se hermanaron hasta el punto de quedar conformados como la Santísima Trinidad los tres en uno.

Me encanta ser un lector distraído (a veces, se entiende); al revés que esos notabilísimos escritores que echan pestes de aquellos que no hacen una lectura atenta, Muñoz Molina es uno de ellos. Hablo especialmente de la narrativa, es obvio. Que el protagonista haga esto o lo otro no tiene importancia en muchos de los casos si el autor no ha concentrado en los hechos algo, innombrable y a veces difícil de saber en qué consiste, que arrastre nuestro ánimo y nuestra atención a detenernos para mejor saborearlo. Los libros, la literatura son un producto para nuestro gozo, nuestra reflexión o nuestro aprendizaje y sería una pretensión inútil pensar que en un tocho de trescientas o cuatrocientas páginas vamos a encontrar en cada párrafo una pepita de oro. Un libro es como un largo camino a través de una cordillera donde uno puede encontrarse un magnífico crepúsculo, el rumor apaciguador de un arroyo o la delicada belleza de algunas flores, hallazgos, encuentros, desencuentros, interrogantes; pero también cierta árida subida que llama a las puertas de nuestro esfuerzo que puede quedar embotado por el cansancio si no nos lo tomamos con un poco de desenfado. Los cambios de ritmo son algo propio de la naturaleza y de la vida, vivir en una especie de trópico en donde al calor y a la lluvia siguen continuamente al calor y la lluvia no es un paisaje atractivo para ver o leer con perspectiva. Como todo, la alternancia, la tensión y la relajación, alimentan de continuo nuestros afanes, y con ello nuestras lecturas y nuestras ganas de caminar.

La anécdota es que leyendo a Kart Ove Knausgård de repente me lo encontré hablando de Munch, el pintor noruego, y tuve que retroceder un par de pantallas para volver a leer “como es debido” cómo había aterrizado primero en aquel asunto y después para solazarme en el gustazo de recrear alguno de los cuadros de este pintor tras haberse dado un paseo por la National Gallery de Londres para hablar largamente de Rembrandt, lo que me llevó, mientras leía, también a Ingmar Bergman y a Liv Ullmann, un apetecible cóctel que ya me alegró este final de día con el fuego de la chimenea a punto de extinguirse y el agua de la lluvia repicando en los cristales de mi ventana. De las páginas del libro salté a cierto viaje familiar por Escandinavia en que descubrimos al escultor Gustav Vigeland y nos recreamos con la obra de Munch. Y como era de esperar terminaron de aparecer otros asuntos y personajes que vinieron a mezclarse con los anteriores atraídos por la proximidad geográfica y temática; fue el caso de Strindberg y cómo no, el rostro de prolíficas y patriarcales barbas de Ibsen. Ya había yo notado en Knausgård algo que me sonaba y que cualquiera que esté familiarizado con la literatura y el cine escandinavo no puede dejar pasar. El mundo atormentado de viejas pasiones de Bergman o Strindberg había empezado a rezumar de sus páginas desde días atrás.


En estos parajes fue a caer mi lectura de esta noche. Y es que leer también es encuentro con otras lecturas, con otros personajes de novelas, del cine o incluso de la música. Encontrar en las páginas de los libros resonancias de tus propias lecturas, de mundos atravesado con placer a lo largo de la vida, es uno de los gustazos que los amantes de la lectura pueden disfrutar constantemente. Un guiño, un paisaje común, una pasión desbordada, un terrible fatalismo como el que parecen cargar los dos protagonistas, Liv Ullmann y Max von Sydow en la película de Bergman, Pasión, por ejemplo, son elementos que están engastados en nuestra cultura de parecida manera a como lo están las obras homéricas, y es por ello que volver a revivir realidades complejas y antiguas de la mano de autores recientes, como es el caso de Knausgård, cuya descubrimiento tengo que agradecer al polifacético José Zalabardo, además de una refrescante brisa de reminiscencias constituye un auténtico reencuentro con nosotros mismos, con el lector que fuimos en nuestra lejana juventud.  


Leer distraídamente es como viajar en tren con la mirada puesta en el paisaje y los pensamientos rodando al ritmo de las sugerencias que aquel nos va trayendo.  

En canoa por el río Athabasca




El Chorrillo, 17/11/2013

He pasado la tarde entera descendiendo en canoa la corriente del río Athabasca al norte del Canadá. Cuando dejo el libro a un lado, la lluvia ha cesado y la noche se ha echado encima. Ahora suena música de Biber en lo altavoces, la cabaña está a oscuras y aunque la sonata llena el espacio y una oscuridad que apenas matizan las sombras de las acacias que mueven pesadas sus ramas agitadas por el viento, en el fondo de mi retina se agita la primavera de los paisajes inhóspitos y salvajes de aquellas tierras en las que una vez pasé un verano motivado por las lecturas de Jack London, Bonatti y algún  aventurero escribidor. Intenté alguna vez recuperar el clima de aquel verano en que recorrimos Canadá y Akaska como visionarios que se acercan a la tierra prometida, pero el esfuerzo resultó inútil, por entonces muchas de mis energías se fueron tras el alma de un sueño que había dejado aparcado al otro lado del Atlántico. De todas maneras el esfuerzo para recuperar el clima de viejas lecturas, de proyectos nunca cumplidos, queda siempre a una distancia imposible de aquellas aventuras que en lo años de juventud fraguamos sostenidas por nuestro más genuino deseo de vivir intensamente. El espectáculo de los grandes ríos, la inmensidad del Norte, con mayúscula, como lo escribe Eric Munsterhjelm, el autor de mi libro, una solitaria pista de más de setecientos kilómetros sin punto para repostar que nos condujo entonces al curso bajo del río Makenzie y la población más septentrional de aquella parte de Canadá antes de volar hasta la costa del Ártico, los dos meses transcurridos entre los fiordos, las ascensiones en el macizo del MacKinley donde las águilas, los osos o los caribúes compartían los valle con nosotros, todo ello era una aproximación a los libros que había leído, sin embargo aquel viaje, con lo interesante que fue de hecho, carecía del sabor y la sustancia que hoy encuentro en la lectura.



Existe una idea muy fértil que consiste en hacer de nuestra actividad un producto no tanto de nuestra razón y nuestra determinación como un algo derivado de un estado de ánimo, de una inspiración, de una situación que por sí misma propicia nuestra creatividad, da forma a algún proyecto, nos sume en vivencias que de perseguirlas racionalmente estarían abocadas al fracaso. Esa otra idea de que no se encuentra lo que se busca sería la justificación lógica para entender que nuestro organismo, mucho más exigente de lo que nosotros creemos, necesita un clima y unas circunstancias especiales para acceder a lo mejor de nosotros mismos y liberar así sus energías, su esencia más preciada. No se trataría tanto de hacer algo en particular, crear esto o lo otro, proyectar, tomar una determinación con argumentos sopesados largamente, no se trataría tanto de esto como de ponerse en situación de, propiciando así lo que haya de venir sin nuestra específica intervención. Cuando tenemos que resolver algún asunto importante, decimos que lo queremos consultar con la almohada. En realidad lo que queremos es encontrar un campo neutral en donde, liberados de la presión de lo inmediato, de los imperativos que nos quieren obligar a hacer esto o lo otro, pueda nuestra mente libremente decantarse por una solución que, por decirlo de alguna manera, surge de una voluntad del yo no mediatizado. Sería algo así como buscar una situación en la que el yo, libre, en comunicación consigo mismo, en contacto con una realidad familiar íntima es capaz de sacar de sí el escondido mundo de su poesía, su sensibilidad, su mejor hacer en definitiva.




Quizás estos días de otoño con su capacidad para provocar un deseado recogimiento después de un largo año de vagar por las tierras de este país, vengan a ofrecer junto al frío y al viento que empiezan a desnudar los árboles de los dorados pétalos de sus ramas, esa situación de que hablaba más arriba. Los días transcurren sin específicas tareas que emprender, mi ánimo me lleva a arreglar la parcela, solucionar pequeños problemas, atender alguna que otra obligación, pero todo como nacido de una inclinación repentina. Si me demoro en la cama no sucede nada, al día siguiente saldré a caminar antes del alba, si el césped crece demasiado lo corto, si la basura se acumula salgo a tirarla, si la luz de la cocina deja de funcionar, la desarmo, la arreglo. Todo ello entre la música, las lecturas y las largas tardes de no hacer nada frente a la ventana. Una armonía de la que a veces surgen algunos recuerdos, unos párrafos, una idea o, como en esta tarde mientras recorría los bosques y los ríos de Canadá, la confirmación de que para que uno sienta aproximarse la necesidad de acariciar las teclas del portátil no hay mejor manera que entregarse a situaciones en que el ánimo, liberado a sí mismo a sus sueños, a sus recuerdos o a la fuerza que encierran algunas lecturas, termine haciendo fluir de sí, como si de un manantial se tratara, alguna suerte de bondad, parte de uno que reconoceremos como esa escondida mismidad que tan difícil es de reconocer y expresar. Esa carrera de uno hacía uno mismo de la que habla Sastre y que su desesperanza impide realizar en ningún modo. “Corremos hacia nosotros mismos y somos el ser que al mismo tiempo no puede juntarse consigo mismo”, escribe el filósofo. El galimatías del en sí y el para sí de Sartre no logro entenderlo, aunque sí comprendo la imagen que lo ilustra, ese burro al que han atado un plátano a medio metro de la testuz y que corre tratando de morder la fruta sin alcanzarla nunca. Quizás por ello cuando, recogidos en soledad miramos largamente caer la lluvia tras los cristales de la ventana, una especie de claridad interna se abra ante nosotros haciendo posible ese acercamiento, ese vislumbre que nos aproxima a nosotros mismos y todo nuestro universo interior.

La intensidad con que mis recuerdos y mi lectura, caminando de la mano como dos buenos hermanos, hacen de la tarde y su recogimiento un remanso de sensaciones. Sentado cómodamente en la oscuridad rememoro las aventuras de aquellos hombres, un noruego y un sueco sin experiencia en esas latitudes que, armados con manuales de cómo se construía una canoa, una choza o se curtía la piel de un castor, deciden internarse en las tierras del Norte con un material elemental adquirido en el último pueblo que van a dejar atrás antes de internarse en las regiones al noreste de las montañas Rocosas.


Nada puede ser más agradable que encontrar en el corazón de estas primeras lluvias otoñales la compañía de un libro capaz de hacerte pasear por la geografía del mundo y de los hombres con el ánimo ensimismado de quien realiza una buena caminata a caballo entre sus sueños y la realidad.




Otoño




Sus ansias de plenitud anidaban
como pájaros en las ramas más
recónditas de su ser.
(Otoño, A. de la Madrid)

 

No oí el despertador, tampoco el timbre de alguien que llamaba temprano a la puerta de nuestra casa. Adivinaba que había amanecido pero mantenía lo ojos debidamente cerrados con el ánimo de defender el espacio encantado que se había formado en torno a un duermevela al que sólo le preocupaba la continuación de ese presente que tan pronto habitaba el paisaje de un sueño que no era capaz de recordar como se nutría de la autoconciencia de bienestar que lo invadía. Después comenzó a llover, algún trueno rasgó el espacio de la mañana. Fue entonces que decidí que no se era necesario hacer el paripé de no haber oído el despertador para seguir remoloneando en la cama. Era la decisión consciente de construir un particular espacio para la mañana del día que comenzaba. Nada de levantarse, nada de rehabilitación, nada de caminar un rato, nada de nada, remoloneo absoluto ovillado en el bienestar de las sábanas, en la lluvia que empezaba a abrirse paso a raudales sobre los cristales de las ventanas.

Otoño: vínculo de librería
Así la mañana empezó pronto a llenarse de contenido. Desde días atrás, desde que accidentalmente tropecé con un antiguo blog mío abandonado a su suerte desde hace años, Apuntes de otoño, se titula, la palabra otoño bailaba en mis pensamientos con una fuerza capaz de convocar y desentrañar antiguas claves de una vida. De aquel blog había nacido una novela que, olvidada en lo estantes de mi cabaña, me reclamó enseguida. Seis historias de mujeres que habían ocupado en algún momento de mi vida un espacio emocional y afectivo importante y que se hicieron hueco inmediatamente en mí obligándome a dejar otras lecturas para ocuparme de ellas. Su título era Otoño.



Ante la lectura de las primeras páginas, intensas y evocadoras de un tiempo dorado, mi proyecto inmediato de caminar la costa del Mediterráneo  empezó a tambalearse substraído por la llamada del entorno otoñal, sustituido casi de repente por la idea de resucitar aquella espléndida estación a que dio lugar el blog y la novela subsiguiente. Así fue cómo empecé a pensar en la posibilidad de recorrer en el próximo mes octubre los hayedos y bosques de España que habían servido años atrás para llenar páginas y páginas de una bella e inesperada prosa de la que había empezado a disfrutar con la admiración de quien descubre a un autor nuevo del que enseguida va a querer leer todos sus libros.

El otoño había irrumpido imparable en mi campo visual. Y era este mismo otoño el que de temprano se abría paso en mí esta mañana, fresco, lleno de la profunda errabundez que corrió por mi cuerpo aquel año, lleno con los recuerdos que lo acompañaron, pleno de los paisajes dorados repletos de la lluvia de aquel viaje. Mi cuerpo se adormecía, la lluvia y el viento envolvían mi cabaña con contundencia dándole el aspecto de una cabaña de bosque azotada por la tormenta; los rayos traspasaban el umbral de mis párpados y encendían pequeños resplandores en mi retina.


Hubo un momento que imaginé o soñé, tan ambiguo era el límite entre el sueño y la vigilia, sentirme a punto de morir, quizás ya suficientemente mayor, no sé, el caso es que todo era tan normal, tan se acabó sin más, tan bonito... se desprendía cierta satisfacción en mi ánimo en aquella situación, morir era algo absolutamente normal en donde no cabía ni rastro de drama, era como el tránsito de la mañana a la tarde. En esta contemplación andaba cuando empezó a correrme por lo geniales cierto rumor venido como de muy lejos. Acaso tuviera que ver con un post que escribí no hace mucho que, titulé Vida y muerte. La tormenta rugía fuerte sobre mi cabaña, la lluvia y el viento reproducían algo del pandemonium propio de la ocasión; la relación entre vida y muerte de que hablaba en el post debió de convocar a través de mi hipófisis las onduladas caderas de un cuerpo de mujer. Así fue que pronto apareció en el umbral de mi conciencia la imagen de uno de mi sueños eróticos más frecuentes; en esos momentos que preceden a la muerte había encontrado, oh cielos y tierra, la deliciosa suavidad de un culo de terciopelo que mis manos acariciaban a la altura de la cara infinitamente abstraído, concienzudamente empeñado en llegar al momento último de mi vida surcando con la yemas de mis manos lo más entrañable del cuerpo femenino que durante toda mi vida había llenado mi deseos de plenitud; mujer sin rostro primero, pero más tarde saliendo de la ambigüedad en la candidez de una sonrisa, en el candor de un gesto, una mirada; en esos rostros cabía encontrar la esencia de todos aquellos que durante la vida habían contentado mi animo con su presencia real o imaginaria. La tormenta, la lluvia, la muerte, aquellos cuerpos de mujer de tan contundente realidad a hora tan temprana, terminaron por llevarme al jardín encantado de una delicia sollozante.

Pero el otoño y la lluvia seguían ahí, imperturbables, llenos de sugerencias y de necesidad de dejar transcurrir la mañana empapado en la sensaciones que ésta generosamente me iba susurrando al oído. Quedaba como un eco en el aire la idea de morirse acariciando un cuerpo, siendo acariciado por él; sugestiva imagen que no dejó de acompañarme durante toda la mañana. Nada tenía sentido, el tiempo era un invento baladí y vivir o no carecía ya de importancia, sólo existía aquella suave textura de piel de melocotón entre mis manos.

La tormenta empezó a ser tan aparatosa que terminé levantándome para asegurar las ventanas. La puerta permaneció abierta. Me traje a la cama el libro que anoche había dejado sobre mi mesa de trabajo. Traje hacia la cama el baúl de mimbre y, colocando la almohada sobre él, me acomodé como si estuviera en una chaise-longue. El otoño de la Laguna Negra se derramaba por la portada. En su comienzo el libro recogía impresiones y viviencias dispersas de aquella estación, después entraba de lleno en lejana estación de un pequeño pueblo de la Lombardía; el capítulo se titulaba Giovanna, un tiempo muy especial de mi primera juventud, un primer amor, el esplendor de los alerces en llamas, las lluvias interminables que yo, entonces estudiante de preuniversitario, miraba desde mi ventana con feliz admiración. Me sumergí en la lectura. Volví a revivir intensamente aquellos meses.



Eran las dos y media de la tarde cuando me resolví a dejar la cama, la tormenta se había alejado y ahora el sol entraba juguetón a través de las ramas de los árboles, una suave brisa andaba entreverada entre las hojas de los álamos.

Publicar: un laberinto



Cuento mi breve historia personal. Termino mi libro, El último invierno (ebook); con la mayor ilusión del mundo, días después contacto con un amigo que trabaja en una editorial. Éste lo hace llegar a las manos correspondientes. Espero. Al cabo de un mes mi amigo me visita. La noticia es buena y mala. Buena porque el informe es muy positivo, incluso encomiable para la obra, me da pie para seguir alimentando mis ganas de escribir, mi gozo de la escritura. Mala porque la editorial, pese al informe positivo ha decidido no publicarlo. Cuando uno tiene la suerte de que lean su obra en alguna editorial, puede llegar a encontrarse con un informe similar a éste:
“Con el acreditado procedimiento de decir que se reescribe o reproduce tal cual un manuscrito hallado. Aquí, claro es, puesto que de personaje de estos mismos días se trata, el manuscrito es sacado a verde pantalla por la hija del finado, de un conspicuo disquet. El protagonista ha vivido la lucha, la ilusión, la esperanza del tardofranquismo y la transición. Se supone que también el consiguiente desencanto diluido en toda la crónica nacional que el relato conlleva. Vivir a pleno pulmón de deportista, con sus hazañas de ascensiones alpinas, y la admiración de sus fraternos héroes. Inquieto escolar, con sus recorridos por España y toda Europa en un destartalado doscaballos, en compañía de otra que tal y buena moza, que le gusta a rabiar, pero refractaria, inexplicablemente en tan prolongada intimidad, a dejarse tocar un pelo. Muchas aventuras de amor, de viajes, de ilusionada gestión humanitarista y cultural, de intensa relación familiar: Esa hija que decidirá publicar el manuscrito -no muy conforme con su retrato en él- y esa su esposa, Berta, a quien había inculcado la libertad que él mismo ejercitaba a todo trapo, pero a cuyos efectos, ¡ay!, el absoluto abandono conyugal, no pudo sobrevivir. Sin duda su desaparición es el suicidio por ello. Eligiendo una de las alturas pirenaicas que le fueron favoritas. De la que escribiera, él mismo cuan hermoso sería tal lugar para morir.
Tanta vocación solidaria ocultaba, como en el colofón escribe su hija, un espíritu solitario. De este modo, El último invierno, podía entenderse que todo el relato, la confesión, el reflexivo y ambiguo memorial que constituye este libro, este supuesto documento confesional, es el drama y al mismo tiempo la exaltación felicitaria de un solitario irreductible que se expresa en las manifestaciones apasionadas de fervorosas, incidentales e reincidentes camaraderías, sus relaciones con los demás -sean amantes, colaboradores, colegas, conmilitones, amén de su esposa, hija, hermanos etc.-, con el temor a ese compromiso de axial y rendida univocidad que llega a dejar "su cuidado -como diría San Juan de la Cruz- entre las azucenas olvidado".
Todo, escrito con ágil, bella, madurada prosa que a veces exagera su espontaneidad esmaltando, abusando a ratos de coloquialismos de bajura que no responden en todo momento -como ahora se da en casi todas las novelas, en el teatro, en el cine- a las estrictas necesidades del guión que los clásicos seguían y Cela entre sastres reinventó, en toda su eficacia y pureza verbal.
No conozco otros escritos con esta firma, pero se advierte una mano bastante experta en relatar, describir, decir cosas bien pensadas, bien experimentadas o intuidas. Por ello, es recomendable la publicación, con vistas al incremento de la parrilla para esa carrera de la más nueva narrativa bullente.”
Hasta aquí el informe pericial de la persona a la que fue encargada la lectura de la novela y a la que corresponde, sin ninguna duda un uso de la palabras escrita digno de admiración. El informe llegó a mí fraudulentamente (las editoriales no suelen dejar salir de sus archivos tales informes) por manos de terceros, de ahí que no pudiera agradecer ese buen hacer de la crítica del que fue mi primer y único intento de tratar de publicar un libro. No tenía/tuve ganas de enredarme más tarde en paseos por editoriales que no iban con mi carácter, pese, después de recibir el informe de más arriba, a entender que la novela lo merecía. Tuve entonces que aclararme a mí mismo dos aspectos. Uno, el más importante, era que debía de tener muy claro que el hecho de escribir y dar expresión a una inquietud latente en mí constituía la esencia de mi escritura; y dos, que debía diferenciar claramente entre el acto de escribir y sus posibles consecuencias, es decir el hecho de verse uno sometido a ingratas tareas, al menos para un tímido de tomo y lomo como un servidor, como pueden ser las presentaciones y actos similares. Algo como contaba García Márquez de cierto acto público en que se rendía homenaje a Juan Rulfo, en que sucedió que cuando fue nombrado éste desde el estrado, Rulfo no aparecía, se había escondido bajo la butaca. Quizás fuera una de esas historias de García Márquez en que la relación entre la realidad y la ficción no estaban claras, pero ahí está el detalle que ilustra una situación para la que los temperamentos algo retraídos no están preparados. Uno debería poder escribir desde el perfecto anonimato.
Aunque es obvio que el placer del texto, el placer de la escritura, es la esencia del hecho de escribir (a lo que yo añadiría el placer de la propia lectura, al contrario que algún afamado escritor como Cela o García Márquez, que parece que no volvían a leer sus obras ya publicadas), también es cierto que a nadie amarga el dulce de ser leído por otros tantos amantes de la lectura. Sin embargo, de ahí a perder el pie y hacer de la publicación casi una obsesión, hay un abismo. Quizás el abrigo de estas webs donde tanta gente que lee y escribe se encuentra, sea en muchos casos un buen destino para un libro. No es ociosa la afirmación de que se publican “demasiados” libros en el mundo, y de que siendo la vida excesivamente corta, la necesidad de filtrar, seleccionar, tratar de leer lo más notable, se convierta en un imperativo. ¿Cómo dedicar el escaso tiempo de que disponemos a una parte importante del escaparate de las publicaciones de actualidad, si todavía no hemos hincado el diente a la obra de Proust (ese Proust de quien Salvador Paniker decía a modo de excusa por no haberlo leído, que la vida era muy corta y Proust excesivamente largo), Musil, Tolstoi, Montaigne y tantos cientos más; lecturas por demás que requieren muchas veces meses de dedicación?
Vamos, que tampoco pasa nada si el libro no llega a publicarse para el caso de que éste, por mucho que nos guste y sea nuestro, ande a cientos de leguas de Ana Karenina, pongamos por caso. Por demás, uno pinta un cuadro y lo cuelga de las paredes de su casa; ya es mucho; si te gusta, si disfrutaste pintándolo, si lo degustas cada vez que te tropiezas con él. Desmitificar el hecho de publicar puede ser una asignatura pendiente. Nada de partirse el alma, y menos en los aledaños de editoriales que generalmente alientan intereses reñidos con la calidad literaria o se constituyen en simple forma de hacer dinero.
Quizás toda esta cháchara no sea otra cosa que decir que las uvas están verdes. También es posible, ¿por qué no?

Pensamientos arriesgados, Savater. La desmitificación de un autor.

En la primavera pasada leí Pensamientos arriesgados, de Fernando Savater, un libro que alentó una buena cantidad de interrogantes cada mañana mientras las primeras horas del día transcurrían caminando las tierras de Navarra y Logroño, un Camino de Santiago al revés que estaba dispuesto a finalizar en el puerto de Somport; trascurrida la hora del alba encendía mi ipod y escuchaba a este señor, tan amante de las palabras como para decir que le producían orgasmos, cosa que ya de entrada me ponía en sintonía con él.  Fue una buena lectura, aunque es cierto que, fuera porque leer caminando aminora la capacidad de comprensión de textos no sencillos, dada la atención que requiere trochear parajes no frecuentados, o simplemente porque uno no está del todo preparado para las muchas sutilizas de la escritura y el pensamiento complejo, un porcentaje significativo del libro se me perdió entre la carrasca que puebla los montes al sur del pantano de Yesa. De todos modos si mi lectura hubiera sido en papel el libro habría quedado profusamente subrayado y ello me habría permitido traer a colación un buen puñado de asuntos sobre los que discurrir esta mañana. No fue el caso, es uno de los problemas que tiene la lectura escuchada del que trota por los montes, so pena que uno esté dispuesto a pararse de continuo, descargar la mochila, sacar el boli y el cuaderno, rebobinar el ipod y tratar de tomar nota de las palabras del lector de turno.

De todos modos el motivo de estas líneas viene al caso no de ese libro, sino de algunas de las afirmaciones de Fernando Savater que aparecen en El País de esta mañana. Cuando uno lee a un autor al que en determinados lugares de sus libros cuesta seguir, la situación es fácil que lleve al lector a ejercer un dejo de humildad y a considerar a la persona del autor en cuestión por encima de las capacidades del que lee, lo que con poco que nos descuidemos puede llevar a aceptar a éste supuestos y argumentos de un autor que, expresando en la prensa con cierta frecuencia su pensamiento, de forma impertinente como es el caso hoy, no sólo deberíamos cogerlo con pinzas, como sucede en la entrevista, sino que más valdría considerar como salido de una persona de escasas luces o pronta, por su ideología o por la impetuosidad de su carácter, a espetar sobre determinado público, como si se tratara de un maestro de escuela que desde la tarima de  su sapiencia  tratara de recriminar a sus alumnos pequeños la impertinencia de sus actos. No se entiende de otra manera las diatribas de Savater contra la gente del 15-M y sus formas asamblearias.  

Me admira que el autor del libro que leí, que es casi el único conocimiento que tengo de este hombre,  diga, por ejemplo estas cosas. "¡Que no nos representan, dicen, cómo que no nos representan! Los políticos nos representan, pero depende de nosotros que nos representen como es debido. Pero nos representan, vaya que si nos representan". Obviamente no hay peor sordo que el no quiere oír, o mejor, que habiendo oído y entendido quiera manipular ostensiblemente el sentido de las palabras para de esa manera desprestigiar al oponente, vieja artimaña por demás utilizada siempre por presuntuosos que no teniendo argumentos cabales con los que arremeter con algo que molesta utiliza la falacia de los significados a medias para desprestigiar al contrario. Si cada cinco votos de Soria valen uno de Madrid, porque así interesan a los partidos mayoritarios, obviamente la representación no es tal, está groseramente manipulada; si los partidos en el poder, al que llegan con el señuelo de un programa electoral, que después no cumplen, o que entran en legislatura con decisiones de importancia política de primer orden (CiU en Cataluña con su paquete reformas económicas y sociales, por ejemplo) que esconden bajo la manga fuera de programa; si durante cuatro años pueden hacer lo que les dé la gana, sin tener en cuenta que los votantes votaban un programa y no una carta en blanco, es claro que la representatividad podrá seguir siendo todo lo formal que sea, pero de hecho es una representatividad amoral, basada en el engaño y con posibilidades de manipulación a posteriori que el sistema electoral con su hisopo bendice cada cuatrienio. Cosas tan obvias que uno se admira de la tanta sagacidad demostrada en esta ocasión por el filósofo señor Savater.
A este señor le aturde "que se trate de desvirtuar el carácter de ágora que tiene la política”, y lo dice, uno se queda perplejo, en el paquete de la crítica al 15-M. Es decir la defensa del ágora en el Congreso de los diputados, contra lo otro, que no sabemos qué puede ser para él, de las asambleas de Sol. Para morirse de risa, la defensa del ágora de los quince o veinte diputados tantas veces en el semi vacío hemiciclo, unos pocos de esos centenares que comen del presupuesto sin asistir, y que aparecen de vez en cuando en el Congreso para tirarse los tejos y hacer chistes malos, contra esa otra manera, las reuniones asamblearias de las numerosas acampadas en todas las plazas públicas de España.
Otra joya más de la entrevista. En este caso de cómo confundir el culo con las témporas: [Le dijeron que quizá sería bueno que la ética dejara a los chicos libres para desarrollar sus propios criterios, "para ser ellos mismos". ¡Pero qué dice usted! "¿O sea", se planteó Savater, "que en Geografía también debemos dejar que los muchachos decidan en asamblea cuál ha de ser la capital de Francia? ¿Que vengan a clase y aceptemos que digan, por ejemplo, Andorra, capital París?"]. Probablemente lo exiguo del espacio de una entrevista y la necesidad de reducir ésta a unos cortos exabruptos con que llamar la atención del lector, tenga la culpa, porque no es creíble que una lumbrera como ésta llegue a parir semejante esperpento argumental; tema aparte, por supuesto, el que haga mofa de una pedagogía que incentiva el crecimiento personal, la posibilidad de que los individuos puedan emplearse a fondo para ser ellos mismos.
Cuando uno lee, y si el libro es bueno o acaso nos aporta ideas y material de reflexión, a mí por lo menos me pasa, al autor siempre le cabe recibir una pizca de nuestra agradecida admiración. Se ha convertido en un compañero de viaje y, desde entonces, hasta que la memoria tenga a bien arrinconarlo, será un elemento más en nuestra vivencia, una parte de nuestra vida como lo es un paisaje que hemos disfrutado atravesando, como una música que puede invadir inesperadamente nuestro presente con sus voces entrañables. Lastimosamente es algo que difícilmente me puede pasar con Savater, cuando compruebo cómo respira; que tampoco me sucederá, por ejemplo, con don Camilo José Cela, del que me propongo hablar uno de estos días, por razones diferentes. El amor a los libros, como el de a las personas siempre tiene sus límites, uno no puede hacer un hueco en el corazón a aquellos que respetan mal las reglas del juego.



Camino de perfección. Teresa de Jesús


Mi afición a caminar y a la vez el gusto que me hace leer a los místicos no podían dejar de recalar tarde o temprano en este título: Camino de perfección, de Teresa de Jesús. Fue precisamente durante un largo recorrido de tiempo atrás por el Alto Tajo. Hacía una semana que caminaba. Cada mañana, mientras mis piernas entraban en calor arremetiendo las primeras cuestas, unas veces envuelto en el perfume del espliego o del tomillo, otras atravesando espinos de aulaga en flor, muchas siguiendo un sendero que no requería mucho mi atención; cada mañana, mientras todo este mundo confluía con el mío; mientras comenzaba a amanecer sobre los altos de algún acantilado, encendía mi mp3 y leía/escuchaba algún libro. A esta hora me gusta leer algo relacionado con el hecho de vivir, algo que me abra el apetito de intentar comprender lo que hago o dejo de hacer a cada momento, cuál es el significado de mis movimientos; o mejor, que me ayude a contemplar las cosas con el ánimo tranquilo, a vivirlas con la delectación simple de un bicho más entre otros muchos de los que pueblan el campo o los ríos. Y hay libros que son más propios para estos menesteres, que diría Teresa de Jesús, a quien precisamente leía en esas mañanas; arengas y consejos de la santa destinadas a sus monjas del convento de San José de Ávila, hace ya medio milenio.
Empecé el librito allá cuando atravesaba una mañana temprano por la vetusta localidad de Orihuela del Tremedal; casas de piedra, campanas de bronce sonando en el ambiente claro de la primera hora, calles estrechas y golondrinas y vencejos disputándose el aire de una fría mañana de abril. Lejos de Orihuela me acompañó por muchos días. Ahora caminaba junto al río, el rumor del agua siempre a mi diestra, los farallones encendidos por el sol tempranero, un cuclillo trenzando su canto con el agua y otros pájaros; también estaba el rumor de las hojas de los pinos agitadas por el viento.



Monasterio Buenafuente de Sistel

Hacía años que quería leer a esta mujer apasionada. Su nombre se oye devotamente tanto en lenguas viperinas como la de Cioran, como en mentes inteligentes y brillantes como la de George Elliot, otra mujer admirable. No hace falta ser creyente para leerla, de hecho es suficiente sentir la emoción de su pasión para que uno desee hacer de su lectura un primer acto matinal. Si Cioran decía que si Dios tenía que dar las gracias a alguien, sería a Juan Sebastián Bach, algo parecido podría haberse dicho de Teresa de Ávila. A mí me importa bien poco el Papa y toda su cohorte, pero, sin embargo soy devoto de los amores de Teresa y de su fuerza arrolladora. No sé muy bien en qué cajón puede meter un ateo esa emoción que suscita su lectura, cómo se pueden diferenciar estos sentimientos de otras pasiones, otros amores; pero sucede de ese modo, siento una profunda cercanía por el cómo dice, acaso más de lo que dice en sí; leo con atención, con recogimiento, sabiendo que en sus palabras, en la enorme fuerza de sus argumentos duerme algo indefinible en donde se esconde la verdad que todos buscamos. Ella habla como priora a sus monjas; las habla, ya lo sé, de un Dios, de un cielo, de un infierno en los que yo no creo, y no sólo que no creo, sino que hacerlo se me parece como la representación de un estado de ingenuo infantilismo; sin embargo, sus palabras, más allá de las circunstancias de la época en que el mundo vivía encerrado aún en una concepción de la realidad mágica y sujeta a las furias y a las bondades de un Dios nacido a imagen y semejanza de una idea patriarcal humana; más allá de todo esto, sus palabras son vigentes en esa apasionada devoción a los valores importantes, al amor, sea donde sea se ponga ese amor; el amor como fuerza que nos mueve, nos conmueve, nos catapulta más allá de nosotros dando sentido a nuestras vidas. El amor de Teresa de Jesús es tan sublime que es frecuentemente causa de un gran desgarramiento físico interior. Un amor terrible y arrollador que no cabe en la explicación biológica que comúnmente le damos, ni es posible encorsetar bajo ningún sistema; parece. Aunque a mí me emociona ese amor de Teresa de Jesús, no por eso dejo de pensar que está equivocada, que lo que le sucede a ella, aunque con mucho más fuerza, es lo que le sucede a tantos; vive esa sensación oceánica que sentimos todos y que menciona Freud, y que no sabiendo bien dónde colocar, lo refieren a Dios, otros al amado o la amada, muchos a la Naturaleza, a la Humanidad, etc. Quizás por ello no es difícil encontrar concomitancias en la escritura de la santa con otras lejanas culturas orientales, lo que demostraría que las religiones en el fondo lo que hacen es intentar dar salida a inquietudes que el ser humano no logra representarse con claridad, pero que ejercen sobre él una enorme fuerza.
Cuando aquella mañana oía largamente, junto al canto de los pájaros que poblaban la arboleda del Tajo, hablar de la necesidad de la oración interior como uno de los principales modos de emplear el tiempo de nuestro día, ese calor que pone, esa pasión de mujer sabia a quien las riquezas y los honores de este mundo parecen tontos y peligrosos juegos con que confundir a la gente; cuando la oía, me parecía que aquello no guardaba mucha diferencia con lo que Buda predica, con lo que era mi recogimiento a esa hora mágica del día en que la noche y el día se besan.
Si Teresa de Jesús hubiera nacido en Manchuria o en Nepal, a la oración interior le habría dado otro nombre. Se trata de la misma cosa que se hace en Oriente. A Santa Teresa le sobra Dios, se atrevería uno a decir, le sobra ese gran interés que han heredado los hijos de Alá y los cristianos por un paraíso, un infinito placer post mortum que sería como el resultado de la mejor inversión que uno haya podido hacer en vida. En ella, una mujer tan apasionada, esa relación con un Dios amante, padre y hecho a la medida de un gran monarca, me parece tan solo una consecuencia de la presión social de su época. Lo que cuenta, como en todo amor, es el anhelo del ser amado, ese cántico espiritual que alumbra la noche de San Juan de la Cruz, noche oscura en que el dilatado anhelo del santo viste de Amada a ese Dios salido del Medioevo y que con una claridad más universal, menos apresado de convenciones de la Iglesia de entonces, acaso hubiera roto los barrotes de hierro en que estaba encerrado el pensamiento para llegar a quedarse en puro deseo, la pasión de querer algo, alguien externo a nosotros hacia quien toda nuestra voluntad tiende.

Vivac junto al Tajo
¿Cumplirá todo esto la función de algún mecanismo interno difícil de agarrar por las orejas, de oler, de mirarle las tripas por dentro; sustitución, sublimación, acaso el de esa fuerza necesaria que nos ayude a tener un motivo para seguir estando vivos?
Y así, mañana tras mañana volvía a la santa, todavía junto al Tajo, muy temprano, cuando el sol apenas acababa de posarse en los roquedales de las escarpaduras del río, allá en lo alto; mientras la bruma se demoraba entre los sauces y los pinos ralos de la orilla, allí donde el río, más arriba, parecía abrirse paso como entre las nubes. Una humedad y un frío que me pillaron desprevenido. Leía las explicaciones que daba la santa sobre cómo ha de ser la oración mental, padres nuestros y ave marías con que desayunarse todo el día sin apartar la mirada del Altísimo. Y yo, mientras oía a la Santa iba pensando que quizás me habría venido mejor traerme un librito de San Francisco de Asís, que era más aficionado a la naturaleza que Teresa de Jesús, una oración quizás para mí más acorde la del parloteo con los pájaros, o los jabalíes que se esconden pero que dejan marcado el bosque con sus patas de excavadora.
En cierto momento la santa me aburría; mientras la oía distraídamente quise imaginármela en las cercanías de un amor no tan divino. Tan recia mujer habría necesitado un buen ejemplar masculino, inteligencia y sensibilidad a espuertas. Se me hace difícil imaginar una posible pareja para estas mujeres que admiro, y a las que leí últimamente, la Dickinson, George Elliot, Teresa de Jesús, Colette. En El canon occidental, Harold Bloom dice de George Elliot, que no había varón en la época de Elliot a su altura, a excepción de Adam Smith que ya estaba “cogido”, que la hubiera hecho sombra, y explica que de haberse casado con un hombre de inferior inteligencia su obra se habría resentido inevitablemente. No sé, entonces las mujeres lo tenían bastante mal. Desde luego lo que no me imagino es a un hombre corriente con una mujer de armas tomar como Teresa de Jesús. San Juan de la Cruz probablemente no habría pasado de hacer manitas con la Santa. No recordaba, metido en un bosquecillo de bojes, encinas y pinos, si Quevedo coincidió en vida con ella; quizás Quevedo habría sido un buen plan, pero es que a Quevedo le sucedía lo mismo que a Pessoa, a Pavese, parecían tan poco agraciados físicamente que era difícil pensarlos en las cercanías del dominio de Cupido. Por demás las salidas de madre de Bocaccio, cuando mete las narices en los conventos, no servirían a la energía de la superiora del Convento de San José de Ávila que en esto del amor iba muy que muy en serio y muy reciamente. Quizás Teresa sí habría hecho buenas migas con Dante a condición de que ésta hubiera cambiado el hábito por el traje cortesano de Beatriz; aunque a la humildad de la santa le viniera algo estrecha esa manía de Dante de saberse por encima de todos los mortales de su época.
Hoy ya hace un tiempo de aquel encuentro con Teresa de Jesús, pero me queda, sin embargo calentito y muy cerca todavía el sabor de aquellos momentos de recogimiento matinal que la cercanía de sus ratos de lectura me proporcionaban.

Escarpados del Tajo




Cómo se escribe una novela


El encuentro sobre un tema de literatura, en Facebook, con uno de mis contactos, me va a servir esta mañana de disculpa para escribir unas líneas mientras vigilo frente a la ventana cómo los pájaros vienen a dar cuenta de las pipas que he esparcido sobre una silla allá en el jardín. El caso es que compré hace tiempo un comedero de pájaros y lo colgué de la rama de una acacia, frente a la ventana de mi cabaña. Durante meses nunca vi acercarse por allí a ningún pájaro. Hace unos días, sin embargo, eché de menos el comedero; salí a ver lo que había pasado con él y me lo encontré roto en el suelo, probablemente no resistió el peso de alguna paloma, o simplemente no les gustó a los pájaros de mi parcela que vieron en él una trampa. Total, que decidí prescindir de él y, tomando un buen puñado de pipas, las coloqué sobre una silla del jardín. No tardaron en aparecer los pájaros a descascarillar las pipas. Ahora pasan horas revoloteando en torno a la silla, así que a la tarea matinal de echar de comer a los peces, se ha incorporado la comida de los pájaros. Ahora estoy empezando a conocer a mis congéneres de la parcela. Les miro y me río de mi condición de propietario; uno, obsesionado con eso de la propiedad, se olvida de que todos somos criaturas con igual derecho a disfrutar de los bienes de la naturaleza; las pipas; las aceitunas del olivo; las peras que se zampan los mirlos -cabroncetes ellos-; los nísperos, que cuando fui a coger la segunda cosecha para la que había desplazado hasta el árbol una larga escalera la tarde anterior, me encontré que los pájaros sólo me habían dejado tres o cuatro, que se habían zampado media cesta ellos solitos; las lechugas, de las que dan cuenta los conejos, simpáticos pero listos y amantes de las verduras, a los que tengo que expulsar a base descargas eléctricas, un pastor eléctrico con el que he tenido que rodear las madrigueras para invitarles cortesmente a que vayan a comerse las lechugas del vecino. Es seguro que a los pájaros de por aquí no les gustaba el comedero, de la misma manera que a mí no me gustan los corsés ni las recetas relacionadas con la literatura, con los modos de escribir, lo que no es negar, por cierto, la utilidad de las mismas.
El punto de arranque. El texto que me sirve de disculpa, que me sirve de disculpa, digo, está relacionado con la necesidad expresada por el autor de un post (Defectos más comunes de una novela. (III) Posponer el comienzo de la trama | Crítica de Libros. www.criticadelibros.com) de que el escribidor trabaje teniendo en cuenta que, “la principal dificultad para un novelista es conseguir, hoy en día, que el lector dedique a tu libro los veinte minutos diarios que tiene para distribuir entre los viudeojuegos, la serie de la tele, el periódico, la pantalla del metro y las redes sociales”. Mi respuesta, ante esta afirmación, decía que me producía escalofríos pensar en que alguien tenga que tener ese tipo de premisas delante para escribir; desde luego no me imaginaba a ninguno de esos posibles lectores con un libro de Celline, de Thomas Mann, de Proust, de Flaubert en las manos.
¿Cómo se escribe una novela? Ni idea, escribiéndose, me imagino. Un día inventamos un personaje y lo hacemos madrugar, las del alba serían... y el personaje se pone en camino; y mientras tanto volvemos a las tareas del día, regamos los tiestos, echamos una siesta y a la mañana siguiente cogemos de nuevo la pluma, el ordenador y caemos en la cuenta, porque se nos ha ocurrido mientras tratábamos de quitarnos el sueño de encima, que a tal personaje le conviene un escudero; más tarde descubrimos que necesita una Dulcinea, y así sucesivamente, incluso se nos puede llegar a olvidar, como le sucedió a Cervantes, que al burro le habíamos hecho desaparecer en el capítulo anterior, y hagamos cabalgar sin más a Sancho sobre su rocín, sin apercibirnos de que la última vez que cogimos la escritura lo había hecho robar por algún cretino. El placer de levantarse cada día, imagino, cuando el novelista está en vena, e intentar descubrir en qué consiste lo que va a escribir esa mañana; lo decía Marguerite Dura, ponerse a escribir para averiguar lo que uno va a escribir. Creo que algo parecido le leí a Antonio Muñoz Molina, me parece que en la introducción de El invierno en Lisboa, es la manera en que el libro se va haciendo cada mañana. Italo Calvino cuenta divertido en Leyendo a los clásicos, cómo el personaje de Ariosto, en Orlando furioso, va de acá para allá con su caballo de manera interminable, no sabiendo el escritor qué hacer con él, hasta que una buena mañana don Leudovico se siente más inspirado y entonces su caballero echa a andar definitivamente por los vericuetos de la escritura de una manera diabólica. ¿No sucede algo similar en la novela de Sterne, aquel maravilloso Tristram Shady? Las referencias serían inagotables. Tampoco Proust parece interesado en otra cosa que no sea la expectativa, acaso, esa que se hace dueña de la novela, Balbec, Albertina, la señora de Guermantes, la Berma, son referencias para magnificar el presente del relato, para darle la fuerza descomunal del deseo sin las muletas de la intriga.
Naturalmente hay novelas que deben de hacerse, acaso, de otra manera, las de Aghata Christie, por ejemplo, El código de Da Vinci, imagino (aunque no lo leí), un montón de novelas modernas, generalmente novelas de entretenimiento, las que leemos en el metro porque no requieren ese mínimo de concentración necesaria.
¿Qué es una buena novela? Yo no entiendo ni patata de estas cosas, pero obviamente una buena novela debe emocionarte, debe contener ramalazos de genialidad, comunicar la vivencia de una experiencia de tal manera que sea necesario pararse y cerrar los ojos para retener el sabor ese de la magdalena que viene de la conjunción de la lectura con nuestra propia vida interior; para apreciar y emocionarte con esa mirada mutua que apenas dura décimas de segundos, en la que dos personajes de Conrad adivinan en Lord Jim un precioso mundo de afinidades. Yo intenté leer, caminando por un lugar intrincado (lectura oída), La historia universal de la infamia, de Borges, y fue un fracaso total, aquello era de lo que no puede leerse en el metro, ni caminando por parajes que requieren especial atención si no quieres perderte. Desde entonces, cuando camino, procuro adecuar el nivel de mis lecturas a la atención que requiere el camino. Y si se tercia que esté muy enganchado por lo que estoy leyendo, como me sucedió el pasado año cuando repetía la lectura de En busca del tiempo perdido, mientras atravesaba caminando España de sur a norte durante un cálido verano, lo que hago es supeditar la lectura al camino, y así cuando algo me llama especialmente la atención me paro, me siento bajo un árbol y degusto tranquilamente la dosis de emoción que me procura ese paraje con el que me he encontrado. Hace ya un tiempo tuve una pelotera dialéctica con una amiga a propósito, esta vez, de qué era una buena película. Andábamos navegando por los canales de Kerala, al sur de la India. Los argumentos de entonces sobre el cine, sirven ahora también para la literatura (¿Qué es una buena película?, era el título).
A Juan Marsé le leí en alguna ocasión decir que esas cosas, cómo cada uno hace una novela, pertenecen al ámbito privado de la cocina en la que cada uno elabora sus relatos, etc.; que después los críticos tengan que ganarse el pan especulando sobre esto o lo otro, eso ya es harina de otro costal. Malcolm Lowry no sé si llegó a publicar en vida su obra maestra, Sábato tuvo que recurrir a la ayuda de un amigo para con dinero de su bolsillo poder publicar El Túnel. Los ejemplos son miles. Y es que los supuestos de la crítica y las metodologías destinadas a aquellos que quieren escribir, hay que tenerlos en cuenta, pero... son tan relativos que, para averiguar si algo es bueno, mejor hundirse en la lectura e intentar comprobar si aquello que uno lee tiene cierto efecto sobre la fisiología del lector, esa emoción que corre en forma de lágrimas por el rostro del personaje de Pennac , en El dictador y la hamaca; un personaje que fallece viendo una película de Chaplin. Tras la finalización del film, la acomodadora descubre absorta los ojos del espectador en cuyas pupilas ella podía leer las fuentes de la emoción (Las fuentes de la emoción).
Quizás junto a las buenas y menos buenas novelas haya que hablar también de buenos y menos buenos lectores, Pennac era/es un buen lector, de la misma manera que lo fue Borges. E incluso dentro de los malos lectores cabría hablar todavía de especímenes muy diferentes, yo, por ejemplo, me considero un pésimo lector, un lector al que la trama le trae casi siempre sin cuidado; me sucede con alguna frecuencia atravesar por montones de páginas sin enterarme de lo que está sucediendo en el libro. Mientras leo mi mente anda en otro sitio probablemente utilizando las páginas del mi libro supuestamente mal leído como lanzadera hacia lugares y espacios concomitantes relacionados con mi propia vida o la realidad que me circunda; leer es recrear la propia vida, hacer un cóctel con los componentes de la lectura y la propia experiencia, las propias ideas. Cuando Proust en Balbec anda como loco enamorado de aquella chiquilla que es Albertina, yo no dejo de hacer lo propio, la lectura de Proust me pone en contacto con la lectura de mi propia vida, de mis sentimientos y emociones, me estoy leyendo a mí mismo. Otras veces es diferente, cuando leo a Celline mis sentimientos están en otro lado, en Celline el esplendor es su prosa, maravillosa, espontanea, robusta, cautivadora; en este caso es el placer del texto, no hay trama que valga aquí tampoco, es lo que dice, pero sobre todo cómo lo dice, tanto monta para el caso el que el personaje Celline haya sido puesto en entredicho por asuntos ajenos a la literatura.
Mis pajaritos siguen dándose un festín con las pipas, nada de comederos ni estructuras engañosas que pueden hacerles olvidar lo que realmente constituye el placer del sustento, la alerta de la posibilidad de una trampa en donde desperdiciar nuestro maravilloso tiempo; el placer de la lectura, diría yo.



Antes del fin. Ernesto Sábato.



De la lectura del último libro de Ernesto Sábato, Antes del fin, no sabría decir con precisión qué era lo que verdaderamente me molestaba, creo que rondaba ese afán desmesurado que recorren lo últimos años de su vida haciendo que en el libro la realidad moral y social, la ideología, la injusticia adquieran una dimensión desmesurada especialmente para un hombre que se acerca al fin de sus días. Todo lo que cuenta Sábato en su libro parece provenir del desencanto de un mundo injusto; es el alegato de un luchador que no vive otro cometido que la expresión de esa injusticia, y a la que acompaña un largo discurso dirigido a animar a la juventud a pervertir estos valores y a transformar la sociedad. Junto a ello algunas leves referencias a su esposa, a otra mujer que cuidó de él, a su hijo Jorge, al que esta vez sí, dedica largas páginas de sentido recuerdo.
Imagino que cuando una persona tiene tantos años le queda poco margen para otras cosas, no son tiempos ya de pasiones nuevas ni de poner en cuestión una larga vida de rectitud y empeños artísticos y sociales. Pero me queda la duda. Esperaba de este libro una confesión más personal, esa desnudez de la que habla Machado frente a un tiempo que se acaba y no necesitando ya de los tiquismiquis de las convenciones, afronta la propia realidad de la muerte dando rienda suelta a una íntimidad mucho más conflictiva. Al menos eso quiero creer yo de un espíritu apasionado y superior.
Ayer estuve en el teatro, David & Eduardo, un extraño encuentro; la historia de dos hombres, un esposo y un amante, que encontrándose en el entierro de la esposa, amante a su vez del segundo, en un diálogo a dos voces y durante algo más de una hora, llegan a aceptar la realidad del amor de ambos por aquella mujer. Las pasiones que corren por el interior de los seres humanos no encuentran precisamente todas ellas vía libre para ser aceptadas en una sociedad estructurada en torno a una férrea moral de pareja, donde los valores están establecidos con precisión y en donde la falta a la norma queda estigmatizada como un oprobio, especialmente para la mujer.
Esta tarde, en uno de los ensayos de Claudio Magris, Ítaca y más allá, que leo a ratos tras la siesta, me sorprendió con un tema con el que quizás pueda aclararme un poco en relación a esa insatisfacción que me dejó el libro de Sábato. El artículo lleva el título de El tardío verano de Ibsen. Comienza Claudio Magris con esta cita: “Un día la juventud vendrá a llamar a mi puerta y entonces será el fin del constructor Solness”, dice este último en el homónimo drama de Ibsen que marca, en 1892, un cambio de rumbo en la obra del escritor noruego. Con el Constructor Solness, cito a Magris, Ibsen parece abandonar el compromiso fundamentalmente ético, ideológico y social de sus dramas precedentes para dirigirse al trágico juego de los impulsos y de la vitalidad. Hace después referencia Magris a los demonios de cabellos rubios o morenos, que Solness, el mismo Ibsen sin duda, teme y al mismo tiempo desea con absoluta determinación aferrar, que son sobre todo la oscura y profunda energía de la vida, que rompe los frenos con los cuales la razón y la moral han creído dominar el caótico y múltiple fluir de lo real. Descubrir en Ibsen, como sucedió también en Goethe, que sus personajes o ellos mismos planteen el reproche de no haber vivido sus vidas, el haberlas reprimido y sacrificado en nombre de una meta aparentemente superior (el arte, el trabajo, la moral, la civilización) en realidad no justifica la vida ni le confiere un significado, sino que más bien la sofoca vil e inútilmente (los últimos renglones son de Magris).
Me da un ramalazo de gusto encontrar que los interrogantes que me plantean mis lecturas, autores de cualquier época o demarcación geográfica, puedan encontrar, como en este caso, un rodrigón en el que sostener mis propias intuiciones. Pensar que hay algo en nosotros indecible, pero tan presente como la sangre misma, esa oscura y profunda energía de la vida que nutre nuestro interior, sin distinción de edad o condición, con su fuego primigenio, es aceptar la posibilidad de un camino que la intuición en su maravillosa forma de acercarse a la realidad supo adivinar pese a la poderosa presión del établissement moral y religioso.
La obra de teatro de ayer, aunque algo blanda y contemporizadora con un público típico encerrado en el corsé de una ética universalmente dada como correcta, deja a lo largo de la representación un hueco en que poder hacer plausible esa oscura y profunda energía que hace posible que no nos tengamos que reprochar el haber vivido nuestra propia vida, el haber seguido ese impulso sin el cual la exitencia puede quedar en cosa de chichinabo.
Quizás de todas estas consideraciones provengan esa extraña sensación de tristeza que me venía de la lectura del libro de Sábato. Lectura en pro de una mejora social, humana, pero lectura que, anclada en una meta aparentemente superior, deja a un lado la posibilidad de otros encuentros, otras pasiones. Esa inquietante ternura de Ibsen, de que habla Claudio Magris, por ejemplo, frente a una nueva aurora. En un libro con este título creo que habría sido imprescindible ir más allá de una relación de hechos y de una apuesta por una sociedad más justa. Es al individuo al que buscamos cuando abrimos un título como éste, al menos eso me sucede a mí.